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- Víctor Samuel Rivera
- Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.
miércoles, 26 de julio de 2017
Tradicionistas y maurrasianos. José de la Riva-Agüero (1904-1919)
jueves, 7 de octubre de 2010
Carácter de la literatura del Perú independiente

Reseño José de la Riva-Agüero, Carácter de la literatura del Perú independiente, Lima, Universidad Ricardo Palma, 2008 (1905) en la Revista Teológica Limense, Vol. XLIV, No 2, Mayo / Agosto, 2010, pp. 277-279.
martes, 9 de marzo de 2010
Dios, Patria y Rey (III). Carácter de la literatura: su composición

Para mis lectores historiadores del pensamiento político y la filosofía peruana. La lectura de este post debe sujetarse a la de sus precedentes en la numeración “Dios Patria y Rey”. Pronto voy a colgar una selección de archivo aparte de filosofía en el Perú.
A los lectores hermeneutas: les ruego que tengan paciencia.
Pronto: Hermenéutica de la actualidad. En abril o mayo regresamos con “Lezione di congedo” de Vattimo y otros comentarios de hermenéutica.
Dios Patria y Rey (II)
Carácter de la literatura del Perú independiente (1905)
Parte I: La composición del libro monarquista
Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal

En Carácter de la literatura hay una tesis transversal de Riva-Agüero relativa a la influencia de las literaturas nacionales que debemos observar ahora. De acuerdo a Montealegre, estas influencias son fundamentalmente la española, la francesa y otras, en el orden que estamos anotando. “Otras” se refiere de manera general a la influencia inglesa, alemana e italiana. En principio, la influencia nacional fundamental es la de España, la cual resulta ser el “original” frente a la literatura peruana. Riva-Agüero llega a sostener la tesis bastante fuerte de que esta subordinación es inevitable, pues se remite al origen de la tradición literaria, que se vincula a su vez con la continuidad histórica de la lengua nacional, el español. Escribe Riva-Agüero que:
“En las grandes literaturas, v. gr.: la francesa, la inglesa, la italiana, es clarísima y casi inconfundible la línea que separa a los autores propios de los extraños. Sobre los criterios de nacimiento, nacionalidad y residencia, predomina el del idioma, que en la inmensa mayoría de los casos se confunde con el de la raza” (a partir de aquí en general cito la edición de 1905, pp. 170-171).
La conclusión respecto del “carácter” peruano es manifiesta:
“No sucede lo mismo con las que podríamos llamar literaturas provinciales y coloniales, a falta de más adecuado nombre, que vienen a ser subdivisiones de las primeras, dentro de las cuales están comprendidas por el vínculo superior de la lengua y de la raza” (p. 171).

La literatura peruana, pues, debe ser definida por su carácter subordinado porque, desde el punto de vista de la tradición literaria, depende de España. Eso quiere decir: los modelos eminentes literarios serán siempre los mismos que los españoles “por el vínculo superior de la raza”. Se trata de un vínculo “colonial” inevitable, que el lector entiende no afecta sólo al carácter literario, sino a la “raza” misma. Pero la literatura admite influencias nacionales externas al idioma y, de una u otra manera, también por ello estilos o caracteres de otros pueblos. Como vamos a ver después, la tesis fuerte es fundamentalmente una apariencia que, como todas, es algo engañosa, y hace menos evidente una de las sugerencias políticas más interesantes de la obra: la idea de que en el carácter peruano hay una suerte de germen de “originalidad”. La “originalidad” es una idea política muy poderosa: en el contexto conceptual de Tarde y Les lois de l’imitation, que ésta sea posible significa también la tesis de que puede pasarse de ser un país imitativo y “atrasado” a la condición de país original o “avanzado”; esto es, de país dependiente a un país con un carácter “propio”, no imitativo. El carácter “colonial” no implica la falta de originalidad. Desde el punto de vista político, es ésta la idea central que guía el libro entero: el Perú puede ser un país original.

El carácter colonial del Perú se vincula también con la fuente de su originalidad. Ésta procede de la historia de las influencias literarias y sociales en España misma, de la que el Perú era parte y con quien se identifica hasta 1824. Continuando la polémica entre Carácter de la literatura y Estado social del Perú durante la dominación española de Javier Prado, mientras que Prado confunde en los trescientos años de la monarquía peruana las dinastías de Habsburgo y Borbón como un único sistema político y un mismo “ideal”, Riva-Agüero se esmera en destacar sus diferencias a través de la evolución de la influencia literaria. Se trataría de una dinastía tradicional (tradicionalista) frente a una dinastía moderna. Pero sólo el gobierno austriaco, tradicional y católico, habría sido auténticamente hispánico y, por ello, orientado en la originalidad no sólo literaria, sino social y política de España; habría tenido un “ideal propio”: la teocracia católica. La dinastía borbónica, en cambio, por su origen francés, habría introducido la influencia de la Francia ilustrada, una Francia desdichada cuyo destino estaba en la anarquía, la revolución y la República. En España, el régimen borbónico habría desnaturalizado al país con la influencia francesa, llevándola a la negación de su “ideal”, que significaba también la desarticulación de su Imperio y su decadencia literaria y social hasta el presente, mientras no hubiera un “nuevo ideal” que remplazara al anterior. Aunque la influencia francesa habría hecho pasar a España de un país “adelantado” y con una literatura original a ser un país imitativo y “atrasado”, en el Perú, en cambio, habría definido en la historia social el tipo nacional, esto es, el tipo psicológico propiamente peruano . Desde un punto de vista general de la obra de Riva-Agüero, el ingreso del mundo moderno bajo la dinastía Borbón habría significado así la definición del carácter nacional peruano.
La originalidad del Perú, como vemos, depende de reconocer características del carácter nacional originado bajo el reinado de la dinastía borbónica, es decir, en el siglo XVIII. A partir de allí, la decadencia española es un proceso independiente del Perú. En cierto sentido, el “Perú independiente” sería un evento histórico cuyo origen habría sido la monarquía borbónica. Desde entonces, la influencia española procede de la tradición literaria, pero se filtra por el carácter nacional. Ahora bien. Esta originalidad es “colonial” en un sentido doble: porque procede de una evolución española, y porque además esta evolución significó el ingreso de la influencia francesa, habría que agregar, del “carácter francés”. Como esto ocurre inicialmente bajo los Borbones, hay una parte “francesa” en el carácter nacional peruano. En relación inversa a la historia social y política de España, Francia habría ido ocupando desde su génesis un lugar cada vez más relevante en la imitación peruana, hasta devenir en la pretensión de “influencia exclusiva” (pp. 231. 237), que albergaría la tendencia en convertirnos (de colonia española) en “colonia francesa”. Es inevitable pensar en la ideología positivista de Prado, cuya nacionalidad es indiscutible.
La influencia francesa se haría presente más particularmente a partir del periodo romántico. En este periodo se constataría también el ingreso de las influencias nacionales inglesa y alemana. Ahora bien: las influencias nacionales en el estilo literario no son mera literatura, sino que son elementos formativos del “carácter”, esto es, informan las expectativas políticas y sociales. Buena parte de la Sección VII está consagrada a este tema. España se afrancesa, y el Perú se afrancesa a través de España. Pero también el Perú se afrancesa por sí mismo, al seguir modelos literarios franceses, lo cual sería especialmente cierto en la prosa, y más en especial en la literatura social: la filosofía, la sociología y la ciencia política. Escribe Montealegre que de “filosofía y ciencias sociales y políticas” “no sabemos los peruanos sino por los libros y manuales franceses; y cuando nos aventuramos a estudiar a un pensador, crítico o literato que no es francés, no lo estudiamos sino porque en París está de moda”, “es una miserable servidumbre; es una triste y vergonzosa abdicación de nuestra raza, de nuestro ser y de nuestro criterio”. La influencia “exclusiva” francesa debe moderarse para evitar caer al estado de “colonia” del que habríamos salido hacia el siglo XVIII; éste es, en efecto, un tema central de la argumentación se la Sección VII. Un buen ejemplo de ese coloniaje, de ese “galicismo de pensamiento” ¿no sería acaso Javier Prado? Pero no había cómo nombrarlo. ¡Carácter de la literatura trata sólo de literatura!

Hemos ya visto la división en partes desde el punto de vista de las influencias nacionales. Pasemos ahora a los modelos o tipos literarios eminentes que dominan cada uno de los tres períodos básicos. Es notorio que hay una muy marcada para cada uno de los periodos de la parte narrativa de Carácter de la literatura. Para la sección “clásica”, conformada por el acápite III y el fragmento narrativo de la II dedicado a Melgar y Olmedo, el modelo eminente es el poeta español Manuel José Quintana. En la Sección IV, “romántica”, el modelo eminente es José Zorrilla. Llama la atención encontrar la “moderna” sin un modelo, pero el lector entre líneas advierte pronto que está descolocado en la Sección VII. Es evidente que es para no mencionarlo en la que le corresponde. Se trata de Rubén Darío. Los “modernos” -que en buena parte eran contemporáneos del marqués- “Se imaginan que rivalizan con Rubén Darío, poeta exquisito, pero funestísimo maestro”. Agrega Riva-Agüero que Darío es “admirable en sí a título de curiosidad singular” pero que en cambio resulta “aborrecible” “como jefe de escuela” (p. 233). Ya que “funestísimo maestro” y “aborrecible” “jefe de escuela” es natural que se lo mandara a otra parte. En lugar de tratar del maestro, se enfatiza por el contrario la influencia nacional francesa en especial párrafo aparte. En el desarrollo narrativo de las secciones II-VI no escapa al lector que frente a cada una de las personalidades “originales” corresponden los literatos peruanos del periodo respectivo como epígonos locales, cada uno de los cuales es objeto de diversos juicios, algunos de una espantosa crueldad y un no menor sentido de la chanza: “Mis juicios carecerán de aquella sólida y jugosa madurez que sólo dan los años y la experiencia” –se excusa el joven- “y he declarado con entera sinceridad la impresión que dichas obras me han producido” (p. 3). Los epígonos son valorados por el criterio de su originalidad artística, la cual es a su vez medida por su relación con los modelos eminentes y las influencias nacionales.

Nuestra clasificación de las secciones de la parte narrativa de Carácter de la literatura sugiere pronto que debe poder señalarse un autor representativo para cada periodo, tanto de la influencia nacional predominante como del modelo literario que se sigue. No deberá sorprendernos que a cada uno de estos tipos corresponda también un ideario político, cada uno de los cuales es correlativo a uno de los temas de la tesis de Prado. Y en efecto: para el clasicismo y Quintana el texto ofrece en la Sección III al poeta Felipe Pardo y Aliaga (1808-1868); para el romanticismo y Zorrilla tenemos en la Sección IV a Ricardo Palma; al modernismo y su “funestísimo” Darío corresponde Manuel González Prada (1848-1818). La influencia nacional de acuerdo con el proceso evolutivo de la imitación española se da de manera transversal. Así, al clasicismo corresponde la influencia de la España borbónica, al romanticismo la imitación española de autores eminentes franceses y al modernismo la influencia francesa. Como ya sabemos, hay un proceso que se inicia con una influencia española que es cada vez más dependiente, ella misma, de la de Francia. La idea central subyacente aquí es que, mientras más nos acercamos hacia el presente (de 1904) y vamos de un periodo literario al que sigue, más poderosa es la influencia francesa y, viceversa, mientras más alejados estamos del presente, mayor es la influencia española. El presente, es, sin duda, la imitación francesa directa, leída ya en francés. En el punto medio se halla el romanticismo, que con toda certeza tiene la preferencia del autor. Felipe Pardo es hijo del clasicismo, que es España imitando a la Francia del absolutismo; Palma imita la España romántica, que es también una imitación de la francesa (e indirectamente de la alemana y, sobre todo, de la inglesa, a través del novelista de leyendas Walter Scott). González Prada es ya casi Francia misma. El juicio de cada uno vendrá acompañado, como estudio sociológico, de cada uno de los temas del Prado de 1894.
Continuaremos la semana que entra.
Caetera desiderantur
lunes, 22 de febrero de 2010
Dios, patria y Rey. Montealegre y Javier Prado (I)
Dios, patria y Rey (I)
Javier Prado y el marqués de Montealegre (1904-1905)
Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal
La versión final de este texto, impreso en Arauraria, 24, 2010, desarrollado y con notas, es accesible en pdf desde aquí.
Era 1904. José de la Riva-Agüero, futuro Marqués de Montealegre de Aulestia “preparaba entonces su bella tesis de Letras: Carácter de la literatura del Perú independiente, a la que Unamuno consagró varios artículos llenos de elogios”. Los amigos Francisco García Calderón y José de la Riva-Agüero caminaban de un lado para el otro del salón; conversaban acerca del Conde de Maistre y Emilio Castelar. Una Lima aún colina de conventos, colmada centenaria de torres que llamaban a adorar al Santísimo Sacramento, de luz colapsaba esa noche en el palacete de Don Enrique Barreda. Admiración y loor del pueblo de la Ciudad de los Reyes, refulgía allí en pleno la aristocracia. Estaban Raymundo Morales, Mansuelo Canaval, Carlos Zavala, José Gálvez, Felipe Sassone y otros grandes jóvenes señores de Lima. Era el primer gran baile social al que asistían García Calderón y Riva-Agüero: pero ellos mismos no eran amigos de bailar. Los dos grandes genios generacionales del Perú preferían ir caminando de un extremo al otro discutiendo sobre quién era más inteligente: si los profesores Mariano Cornejo o Javier Prado. Sus amigos del colegio francés se turnaban esa noche la mano de la espléndida Paquita Benavides. Ella les prodigaba con prudencia “su majestad un poco prematura”. Estupenda, reposaba su belleza impávida María Olavegoya.
Durante el baile en casa de Don Felipe Barreda se hizo un brindis por José de la Riva-Agüero: Lizardo Alzamora, entonces el decano de Letras de San Marcos, interrumpió un instante la recepción para invocar con grandes halagos y celebrar con una copa la brillante carrera del joven positivista, el joven nietzscheano y anticristiano cuya tesis Carácter de la literatura estaba entonces ya avanzada. Monseñores Tovar y Roca, sorprendidos a la alabanza del talento del aristócrata, veían severos la escena desde una esquina, cubierta su incomodidad ante el irreligioso en elegante traje clerical. Desde la esquina opuesta del salón de los Barreda observaba solitario Javier Prado: era el filósofo más importante de la Lima positivista.
En el ambiente amigable de la vida social espléndida de lo que la historiografía peruana conoce como “la República aristocrática” Javier Prado (1871-1921) era el filósofo positivista más reconocido del Perú. De hecho, Prado era famoso por haber introducido al país este tipo de filosofía de manera profesional y académica. Prado además era aún bastante joven para 1904, sólo trece años mayor que Montealegre. Para la fecha del baile de los Barreda venía de haber sido profesor de Riva-Agüero en el curso de Historia de la filosofía en la Facultad de Letras regida por Alzamora. Hay testimonio del aprecio que tenía Riva-Agüero por el profesor positivista, cuyas enseñanzas seguía en gran medida en la composición de su tesis: pero esta simpatía escondía una incomodidad profunda, que los modales de Lima obligaban a llevar en el misterio. Y es que sobre la familia de Javier Prado pendía un terrible problema social. Era un asunto derivado del comportamiento de su padre, el General Mariano Ignacio Prado. Prado papá había tenido un lamentable desenvolvimiento durante la Guerra del Pacífico (1879-1885).
El General Prado había sido en fechas de la guerra el Presidente de la República. La opinión pública lo acusaba de haberse escapado a Europa; lo acusaba del doble cargo de desertor y ladrón. Escribe Montealegre a Unamuno en 1906: “El General Mariano Ignacio Prado no fue únicamente gobernante rapaz sino totalmente inepto”, “y, lo que es más, desertor del mando supremo en los angustiosos momentos de una tremenda y desgraciada guerra nacional”. Aunque no era probado que Prado papá hubiera robado dinero del Estado, su familia, luego de terminado el conflicto, hacía gala de una extraña ostentación que cernía sobre sus miembros una fama vergonzante. Quizá es necesario apuntar que es un lugar común de la historiografía del pensamiento político peruano que los jóvenes de la generación del 900 eran especialmente sensibles ante todo lo relacionado con la guerra. Estos bailes con los Barreda y Paquita Benavides resultaban, después de todo, bastante desagradables. “Todos en el Perú, yo inclusive” –escribiría Montealegre un par de años después- “nos hemos hecho cómplices en tolerar a la familia” (Prado). “Infinito me cuesta contar tales vergüenzas”, añade. Hacía referencia a los banquetes y bailes compartidos con Javier Prado.
Por insólito que parezca, precisamente el año del baile de Enrique Barreda, los mismos jóvenes aristócratas organizaron un brindis para Javier Prado. Ese año de 1904 se celebraba una década de la publicación del libro más emblemático del positivista, un ensayo filosófico-político que se consideraba en la época su obra magistral. El texto se llamaba Estado social del Perú durante la dominación española, y había sido impreso en 1894. El joven filósofo positivista era llamado ese año para desempeñarse como plenipotenciario en la Argentina “y encargado de una misión secreta con Chile”. Con arrepentimiento escribe Riva-Agüero al respecto que había contribuido él mismo “a organizar una fiesta de la juventud en su honor”. “Olvidando de la historia” “lo que yo debía a mi misión y a la patria”. Agrega: “le pronuncié (entonces) un discurso elogioso”.

De alguna manera Javier Prado se había ganado su propia fama a través de la vida académica. Ya de 1888 databa su primer libro, El genio, pero sus textos decisivos para la historia de la filosofía peruana fueron los dos siguientes. En 1890 redactó El método positivo en el Derecho Penal y en 1894 su Estado social. Riva-Agüero iba a hacerse cargo de apropiarse e invertir el significado político de las dos últimas obras. La de 1890 era una tesis de criminología, y sería muy famosa en la historia del Derecho Penal en el Perú. Esa tesis contenía además un concepto filosófico que era parte del ingreso de la psicología colectiva en el Perú, era el “carácter nacional”. Los países tenían una psicología colectiva, un “carácter” social que podía ser conocido a través del método estandarizado de la ciencia positiva. El diagnóstico del “carácter nacional” era útil socialmente: permitía establecer las virtudes y los vicios de un pueblo, aquello para lo que éste era apto y aquello para lo que carecía de cualidades; también sus más atávicos defectos. En Javier Prado la idea del carácter nacional venía ligada con un poderoso ingrediente de racismo “científico”. Su fuente eran las ideas racistas del Conde Gobineau, la psicología social de Gustave Le Bon y el evolucionismo de Herbert Spencer. Con estos antecedentes, se tipificaba la psicología colectiva a través de la herencia genética y la influencia del medio geográfico y el clima sobre las razas. La filosofía positiva podía ir en auxilio de las ciencias sociales, por ejemplo, del Derecho Penal.
Estado social fue el discurso de apertura del año académico en San Marcos en 1894. Se consideró en su tiempo una pieza excepcional de aplicación de las nuevas doctrinas positivistas al pensamiento social y político, recibiendo por ello de inmediato el aplauso de los más destacados catedráticos de la Facultad de Letras, Alejandro Deustua (1849-1945) y Pablo Patrón. El texto de Prado tenía por agenda dos cosas; la primera era poner de manifiesto, a través del método positivo, las ventajas de las instituciones y prácticas del sistema republicano de gobierno sobre el monárquico; la segunda era defender la concepción positiva de la filosofía como proyecto social, como visión de “progreso” a través de la ciencia y la libertad. Esto se observa claramente en la división del texto.
Estado social se divide en cuatro secciones I-IV, siendo las tres primeras evaluación de determinadas prácticas e instituciones sociales y la última una serie de observaciones correlativas de comparación del régimen tradicional con el moderno. La sección I trata sobre el régimen monárquico, la sección II sobre el catolicismo y las instituciones religiosas; la sección III es un examen sobre las razas que componen el Perú, su cruzamiento y los factores geográficos que influyen sobre ellas. Como emplea el modelo de criminología de 1890, hace un listado de las virtudes y los vicios del “carácter nacional”. Está implícito que el sistema institucional de la monarquía española debía ser sustituido por uno radicalmente nuevo, la república, con la premisa implícita de que el régimen nuevo es más apropiado para el “progreso”. En la sección IV encontramos tres conclusiones, una por cada una de las tres secciones anteriores; república, laicismo y “progreso”. Y el “progreso” requería un quiebre radical con la tradición institucional española: acabar con las distinciones, fiestas, religión y costumbres sobrevivientes del Antiguo Régimen peruano; en pocas palabras: romper con la tradición. Es el programa general del liberalismo positivista.
Del libro de Javier Prado de 1894 nos interesan, antes que sus premisas, sus conclusiones. Su punto de partida en un acendrado determinismo racial, que en buena parte compartía José de la Riva-Agüero. Era un lugar común de la filosofía política del último tercio del siglo XIX, originado en autores como el Conde Gobineau y los sociólogos positivistas Herbert Spencer y Gustave Le Bon, autores de moda en la universidad peruana del 900. Compartía también con Prado la idea del método positivo como una manera de comprender las instituciones sociales. Incluso estaba Riva-Agüero de acuerdo en líneas generales con la tesis criminológica de 1890. De hecho, ya desde que era alumno de Prado en 1904 estaba en marcha la tesis “Carácter de la literatura”, esto es, una tesis de filosofía social, en el mismo sentido que las de Prado de 1890 o 1894. Era una tesis sobre el “carácter nacional” y, por lo tanto, una evaluación de las virtudes y los vicios del pueblo peruano, aunque esta vez desde el ángulo de la historia literaria. Ahora bien. Aun compartiendo puntos de vista substanciales, Riva-Agüero no encontraba que la obra del maestro fuera muy sólida. Del amplio y detallado estudio de las razas que componen el Perú, su degeneración y cruzamientos, no se deducía las rotundas afirmaciones de Prado. De las tres premisas no salían las tres conclusiones. No se deducía que “el gobierno republicano (es) el más avanzado y perfecto de todos los sistemas políticos”. Tampoco quedaba muy claro si la religión que durante la monarquía “estableció un fanatismo abrumador en lugar de propagar las verdaderas enseñanzas del Evangelio” iba a correr mejor fortuna si “el poder religioso” ya no estaba más “íntimamente unido al poder monárquico”. Y, por supuesto, era muy discutible que el mero cambio de régimen de la monarquía religiosa a la república laica fuera en sí mismo un modo de corregir los efectos que el cruzamiento racial y el clima tibio del trópico habían causado. Javier Prado, pues, tenía una pera en dulce.
Para García Calderón y Riva-Agüero el episodio de la guerra de 1879 marcaba especialmente su vida, tanto académica como moralmente. El padre de García Calderón había sido Presidente provisional de la República en la ausencia desertora del papá de Javier Prado; mientras el General vivía holgado y desertor en París, García Calderón padre era a un tiempo prisionero y desterrado. En el brindis de 1904, en presencia de Francisco García Calderón, su mejor amigo, Montealegre debía sentirse bastante incómodo halagando al que en privado tomaba por hijo de un traidor y un delincuente. “Los hijos del General” –escribe Riva-Agüero a Unamuno- “intentan” “hacerse perdonar su triste historia” “con el prestigio de sus riquezas y con la afabilidad que han adoptado”. Pero no habían tenido mucho éxito realmente. En el banquete para Prado estarían otra vez Morales, Canaval, Zavala y Felipe Sassone, estaría José Gálvez y Francisco García Calderón. No se podía desairar a Prado. Pero tampoco lo halagaría con sinceridad. El joven marqués, que tanto admiraba al maestro, no podía darle mejor tributo que demostrarle cuán lejos podía llegar a interpretar el país alguien que, siguiendo los principios de la filosofía que él mismo había impuesto, no deseaba ningún vínculo con “los Prado”. ¿Cómo mostrar su posición frente a Prado sin dejar de respetarlo como maestro? ¿Cómo podía Riva-Agüero diferenciarse del filósofo de la familia “vergonzante”? Existía una manera: era mostrarle que su tesis tan famosa estaba equivocada.
En efecto. Una manera gentil de afrontar la situación tan incómoda que venimos describiendo era dedicándole a Prado la tesis que estaba redactando en 1904. Era demostrar que la obra de Prado era incompatible con el pensamiento de los jóvenes que le ofrecían banquetes y bailes. En el brindis del banquete a Prado ofrecido por él mismo escribe el Montealegre de 1904: “Aquí se ha hecho alusión hace poco, brillantemente, al más célebre de vuestros escritos, a vuestro discurso sobre el coloniaje, que han leído con avidez cuantos se interesan por nuestra historia patria”. Carácter de la literatura saldría a la imprenta un año después. La obra de Riva-Agüero estaba en camino de ser la refutación del más admirable texto que Prado jamás hubiera redactado: con el mismo método, con los mismos presupuestos, con la expresa idea de mostrar que las conclusiones de la sección IV de Estado social no eran la consecuencia razonable de las premisas de las secciones restantes. Agrega en su discurso Riva-Agüero esta deliciosa ironía: “No es lisonja” -le dice a Prado- “porque en la conciencia de todos está” que “aquel trabajo juvenil se contará siempre entre las más exactas y excelentes aplicaciones que en el Perú se han hecho de los modernos de sociología”. En efecto: no era lisonja. Era una ironía maliciosa. Prado lo comprendería todo al leer la tesis de Riva-Agüero. Los demás circunstantes del banquete lo sabrían también.


