Víctor Samuel Rivera

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.
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martes, 22 de diciembre de 2015

Nueva publicación: Charlie Hebdo. El evento del fil del nihilismo cumplido






Charlie Hebdo. El evento del fin del nihilismo cumplido. Estudios Filosóficos, LXIV, 187 (2015), 331-354

Se trata de la versión extensa y detallada del tema de la conferencia plenaria dictada en el XV Congreso Nacional de Filosofía, centrado en los conflictos culturales.

Para tener acceso a la versión en formato pdf, aplastar la imagen del Emperador Santo Germánico en la parte izquierda.




martes, 19 de mayo de 2015

Evento y memoria/ 70 años de la derrota de Alemania





Evento y memoria
70 años de la derrota de Alemania


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía



Hoy, mientras este ensayo se redacta, es 15 de mayo de 2015. Este mes se conmemoró el 70 aniversario de la rendición incondicional de Alemania ante Estados Unidos y Rusia, que selló el final de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Los países de la órbita americana celebraron el día 8, mientras Rusia, China, la India y virtualmente el resto de la humanidad lo hizo el 9, en un extraordinario desfile en Moscú. Está fuera de discusión que el episodio de 1945 afecta la sensibilidad del universo en un sentido tal que, aunque haya secciones del planeta que poco o nada hayan tenido que ver en el asunto original, es manifiesto que nadie puede sustraerse a su interés. Para nosotros, los posteriores, sin importar condición, posicionamiento político, geografía, etc., comprender la humanidad no puede separarse del recuerdo de 1945 y, por supuesto, de lo que este recuerdo significa. La derrota de Alemania en 1945, para decirlo de otra manera, es un criterio para interpretar el presente del hombre; lo que el hombre es, lo que en cada caso somos nosotros, los presentes, no llega a ser comprendido, o estaría incompleto en caso de no hacerlo, si se excluyese la noticia y la rememoración de lo acontecido en 1945. Tener noticia y recordar 1945 compromete al que lo sabe, a través del hombre, consigo mismo. Ignorar 1945, esto es, carecer de memoria en este caso, es reprochable en cualquier persona. 1945 es, así, del interés del hombre. Una rememoración que compromete al hombre se ha hecho evento; el hombre encuentra en la rememoración un mensaje que llega desde el pasado remitido para él. No importa al respecto aquí la condición particular de cada quién, su posicionamiento político, geografía, etc. El recuerdo de 1945 interna a cada uno en su esencia de hombre del mundo presente. 







Memoria y rememoración históricas, si seguimos a Kant, tienen hoy con propiedad una dimensión metafísica. Han llegado a ser un factum metafísico. Pero, como ya se ha anotado, el que la historia haya devenido una experiencia universal, esto es, propia y constitutiva del hombre, sugiere también un compromiso universal. En este caso con los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, cuyas diferencias históricas y políticas tan profundas se hacen irrelevantes en el recuerdo; esto en sí mismo es digno de ser observado: el recuerdo medio de la Segunda Gran Guerra disuelve la identidad de los vencedores, que se odiaban entre sí, algo que aún hoy, al celebrar su triunfo por separado en fechas diferentes, revela la intensidad metafísica de esa misma diferencia. De otra manera, sin esa distancia benevolente y olvidadiza la celebración, esto es, la rememoración del evento, no sería posible para la humanidad, como no lo es en el caso de muchas otras guerras del pasado, inclusive la Primera Guerra Mundial. A este respecto es muy interesante para la vista del hermeneuta cómo Alemania celebra hoy la destrucción de sí misma, cómo es capaz de compartir la alegría por los muertos y dañados que le pertenecen como si fuera aliada de su propio abatimiento: un hecho reciente que muestra la radicalidad metafísica de los eventos para la historia del hombre. Acontece luego lo mismo con el final de la Guerra Fría: un escenario que nos conduce rápidamente a tópicos como “el fin de la historia” o “el pensamiento único” de la década de 1990. Pero esta última consecuencia, más cercana en el tiempo, resulta claramente a los presentes que es o ha devenido algo discutible. No discutible por razones puramente morales y políticas o filosóficas, sino fácticas; por eventos que retan y se imponen al pensar del hombre.


Aunque en el mundo presente la prensa y el acceso universal al conocimiento y la comunicación sugieren lo contrario, la experiencia de la historia como un compromiso del hombre como tal es en sí misma algo digno de interés filosófico, en particular para el hermeneuta. Es el diagnóstico de una singularidad histórica. Si la comprensión de la historia, al menos de algunos acontecimientos en ella, compromete al hombre como tal, es porque ha adquirido una dimensión metafísica: aunque contingente, universal y propia del hombre. La universalidad de la rememoración y, por lo mismo, del sentido histórico, es patrimonio fáctico del hombre. Se trata de un hecho tan extraordinario como reciente. Parafraseando al Conde Joseph de Maistre en Considérations sur la France (1796): antes conocíamos la historia de los italianos, de los franceses o de los rusos, pero no conocíamos la historia del hombre. En los siglos XVIII y XIX un mundo que rememorara eventos como recepción y noticia de un mensaje universal aparecía como un sueño de la Ilustración; nunca como un dato fáctico. Se trataba quizá de un compromiso de muchos hombres, pero no de una realidad histórico-social. Curiosamente, cuando Inmanuel Kant tomó en serio el programa de la Ilustración como una guía en la historia, lo diagnosticó como una orientación infinita para el logro de algo imposible. La realidad del valor metafísico de la historia sólo alcanzaba lugar en una experiencia más bien trágica. Kant comprendió que un mundo universal podía ser pensado, pues la (su) metafísica lo hacía, pero que la fuente de ese pensamiento era un interés de la razón, no una realidad. Y quiso decir con ello que la esencia del mundo histórico del hombre era pensable aun cuando no era posible transformarla en una realidad. Pero esa realidad, que Kant consideraba “metafísica”, hoy es la experiencia histórica acontecida de nosotros, los presentes. No es “metafísica” como lo era un ideal de la razón ilustrada, sino como un evento, es decir, como una realidad que se ha impuesto finalmente en un mundo histórico-social en el cual el hombre se reconoce asombrado; prueba de que en algún sentido no es el autor.

Memoria y rememoración históricas, si seguimos a Kant, tienen hoy con propiedad una dimensión metafísica. Han llegado a ser un factum metafísico. Pero, como ya se ha anotado, el que la historia haya devenido una experiencia universal, esto es, propia y constitutiva del hombre, sugiere también un compromiso universal. En este caso con los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, cuyas diferencias históricas y políticas tan profundas se hacen irrelevantes en el recuerdo; esto en sí mismo es digno de ser observado: el recuerdo medio de la Segunda Gran Guerra disuelve la identidad de los vencedores, que se odiaban entre sí, algo que aún hoy, al celebrar su triunfo por separado en fechas diferentes, revela la intensidad metafísica de esa misma diferencia. De otra manera, sin esa distancia benevolente y olvidadiza la celebración, esto es, la rememoración del evento, no sería posible para la humanidad, como no lo es en el caso de muchas otras guerras del pasado, inclusive la Primera Guerra Mundial. A este respecto es muy interesante para la vista del hermeneuta cómo Alemania celebra hoy la destrucción de sí misma, cómo es capaz de compartir la alegría por los muertos y dañados que le pertenecen como si fuera aliada de su propio abatimiento: un hecho reciente que muestra la radicalidad metafísica de los eventos para la historia del hombre. Acontece luego lo mismo con el final de la Guerra Fría: un escenario que nos conduce rápidamente a tópicos como “el fin de la historia” o “el pensamiento único” de la década de 1990. Pero esta última consecuencia, más cercana en el tiempo, resulta claramente a los presentes que es o ha devenido algo discutible. No discutible por razones puramente morales y políticas o filosóficas, sino fácticas; por eventos que retan y se imponen al pensar del hombre.

Hoy es ya difícil que alguien crea seriamente que la historia ha terminado. Aunque se concede que haya muchas personas que se adscriban al pensamiento único, es evidente también que ese pensamiento no es del hombre en el sentido en que lo es el evento de 1945. Los celebrantes de día 9, por su propia presencia en el desfile de Moscú, como los ausentes, por su sola ausencia, acuerdan el gran acontecimiento: no hay más un pensamiento único, si alguna vez lo hubo fuera de la distancia histórica que todo lo enturbia y oculta. En las celebraciones divididas no se revela un desacuerdo crítico, pues nadie dialoga, sino la imposición de una realidad hermenéutica, quizá algo impredecible al inicio del siglo de los presentes y que, hasta donde alcanza el hermeneuta, escapa a la comprensión media de los actores mismos. Esta última realidad aún tiene una dimensión metafísica, por lo que el compromiso del hombre se halla involucrado en ella, pero lo que en cada caso somos, la condición de cada cual, su condición, posicionamiento político, geografía, etc. de pronto se convierten en factores fundamentales para ese comprender; definir qué memoria debe uno albergar, qué es reprochable ignorar, cuál es el sentido de lo que se debe comprender. Y ese sentido que nos involucra sigue siendo metafísico.


En todas las circunstancias históricas hace sentido ver el pasado como en dirección hacia el que recuerda, que se encuentra siempre ante una totalidad. Resulta fructífero interpretar de este modo la reflexión de Martin Heidegger sobre el hombre y la realidad como un ser-ahí, un Dasein. En la rememoración pensada desde el Dasein la experiencia del pasado aparece significada en el presente, incorporada a él, y hace sentido porque tiene un efecto comprometedor con el hombre; aparece constituyendo su mundo, no como un mero recuerdo, sino como una tarea de mundo, como un mundo cuya esencia exige y demanda atención, una atención que debe ser realizada por quien ha comprendido lo que el recuerdo histórico significa; no comprender puede resultar así algo culposo y digno de reproche, lo que hace comprensible las compulsivas celebraciones de los alemanes y de las que son incapaces los rusos postsoviéticos o los perdedores en general en las guerras. Alemania parece querer demostrar que ha comprendido. Esto se expresa diciendo que el mundo que es propio en cada caso se relaciona con tener una condición allí, un posicionamiento político, una geografía, etc. y, de esa manera, comprender es también un realizar, cuyo olvido o ignorancia, como ya se ha insistido, son reprochables. 


Recapitulando, habría que decir que toda experiencia histórica aparece como un sentido, y que ese sentido es comprometedor con un mundo cuya esencia es reconocible en la rememoración. Pero está presupuesto que el sentido tiene unos límites de referencia; no es “el mundo” sin más, incluso. Decir “ése es mi compromiso (histórico)” es también comprender que “ése es mi mundo”, un mundo histórico con una circunscripción frente a otros mundos históricos que no son el mío, bajo cuyo horizonte el mío se instala. Está presupuesto que hay mundos anteriores y que los habrá posteriores. Es más decisivo a nivel metafísico reconocer que hay una geografía hermenéutica, un alcance que se relaciona de modo primero con tener una condición, un posicionamiento, etc. Y esta geografía no es necesariamente espacial, en el sentido de significar el alcance político institucional de la posesión de un territorio. Es una geografía de sentido, donde hay un adentro y un afuera. Como el sentido es geográfico, el compromiso tiene los límites del mundo histórico al que se pertenece. Los presentes, en el recuerdo, se reconocen en un horizonte de pertenencia cuyos bordes son imprescindibles e inevitables. Se debe notar que este esquema, que aquí se ha relacionado con el Dasein de Heidegger, elude la idea de una universalidad histórica. Es interesante y paradójico encontrarse con ella como un factum de sentido, pues da la impresión de que con ese factum adviene un mundo que carece de bordes. Y es justamente por esa razón que se pregunta aquí por la memoria, pues juega un rol fundamental para establecer límites hermenéuticos: indica y orienta sobre lo que compromete frente a lo que no lo hace. La memoria y los límites del sentido histórico vienen juntos.  



  


Tal vez la reflexión anterior puede ayudar a comprender por qué un mundo universal puede ser rememorado al menos de dos maneras diferentes, una el 8 de mayo y otra el 9, por potencias humanas diferentes. No importa aquí mucho si Alemania se halla contenta siempre y se celebra en todas las fechas y relieves. Es posible que esto sea así porque, desde 1945, Alemania carece esencialmente de bordes que le sean propios. Es por ello un país sin esencia. Le restan, sin embargo, los bordes de los demás. No es el único país cuya experiencia de sentido histórico político viene afirmada de esa manera. Una experiencia histórica puede siempre encontrar su sentido en la historia de su vencedor, o de un proyecto histórico cuya éxito da por suyo, y éste es el caso de los pueblos que se entregan al poder de un imperio que les ofrece protección, es el más rico o es muy activo bélicamente, es una amenaza social inevitable con la que se debe transar, etc. Puede pensarse en la historia social de la América Latina del siglo XX y su relación con los Estados Unidos. O de la izquierda latinoamericana burguesa en relación con la Unión Soviética, así como su pliegue súbito y masivo a los intereses políticos, económicos y metafísicos de los Estados Unidos cuando la Unión Soviética dejó de existir. Necesitaba ser mantenida. Pasó de un lustro al otro de la lucha de clases, la violencia como partera de la historia y la dictadura del proletariado a los derechos humanos, el diálogo como única instancia para resolver conflictos sociales y la lucha tenaz por lo más importante en la vida burguesa: el sexo. No podía y no puede por sí misma. Carece, pues, de esencia.

Hacia 1990, cuando la comprensión media de la universalidad histórica prestaba credulidad al lenguaje sobre “el fin de la historia” y el pensamiento único”, parecía que “mi mundo” podía ser interpretado por todos y cada uno como el mundo del hombre en una historia del hombre. Pero esto era al precio de opacar u omitir de la narrativa consecuente de esa historia las condiciones que hacen posible el pensamiento histórico social, que implican bordes y límites. Una narrativa, contar una historia, aunque sea la de la humanidad, involucra instituciones e intereses. Y aunque haya una narrativa universal, no todas las instituciones e intereses son iguales. Y en esto el pensamiento ontológico social de Joseph de Maistre, que él llamaba “metapolítica”, reviste de una insospechada actualidad. Aun cuando pueda haber una dimensión hermenéutica universal, no hay tal cosa como “el hombre”. Eso quiere decir: aun cuando sólo pueda pensarse en eventos de recuerdo como 1945 como eventos del hombre, el hombre que comprendemos es en cada caso siempre italiano, francés o ruso. Es un hombre con intereses de diverso tipo, económicos, pero también culturales, religiosos, étnicos, familiares, etc. que, al menos en principio, sólo hacen sentido cuando se ha mapeado el relieve y los bordes de su geografía hermenéutica. Su compromiso, a pesar del factum de la universalidad del horizonte de interpretación, es no disponible para el hombre en cuanto tal. El sentido como algo para realizar es impensable sin una geografía y unos límites

Nadie puede ser indiferente a 1945, y en ese sentido 1945 es evento, mensaje orientador y criterio de la compresión humana. Si un meteorito se estrellara contra la Tierra la conmoción sería universal en un sentido análogo. Pero la idea de “borde” no puede ser omitida. Hacerlo afrenta la misma memoria que conmemora 1945 como evento, esto es, como llamado a un compromiso. Aun cuando hay un horizonte del hombre, su traducción histórico social retorna desde la benévola distancia a la cercanía. Esto de dos maneras: en relación al pasado y en relación al presente.

De un lado, puede pensarse en la pluralidad de posibilidades que subsisten desde el pasado, que habla de lo que fue, pero también de lo que pudo haber sido, y de lo que no habría sido después, cuyo significado se enhebra con la condición de cada uno, su posicionamiento político, su geografía, etc. Y de lo que  aún de ese pasado puede ser o es. Los pasados nunca son completamente abolidos, y extienden sus límites de memoria más allá de su existencia fáctica. Siempre que esos pasados conservan una existencia institucional, constituyen aún un sentido; tienen límites y pueden extenderlos. Eso ocurre hoy con el Estado Islámico, sus creencias, prácticas e instituciones. Hacer de cuenta que un pasado cuyas instituciones existen, aunque sean reducidas, ha muerto, es una ficción hermenéutica; es apretar los ojos para ver mejor. La comprensión del sentido es ante todo comprensión de la facticidad, que no depende sólo del hombre, y no puede, una vez acontecida, ser considerada un “proyecto” del hombre. Abubakar Al-Bagdadi, el rey fundador del Estado Islámico, no pudo saber que sería proclamado Califa cuando recibió su primera partida económica de los Estados Unidos como cabecilla terrorista a su servicio. Curiosamente, el recuerdo que es generoso con la facticidad puede maniobrar mejor y no peor con sus propias posibilidades de éxito y de continuidad en tanto mundo humano. El que cierra los ojos a estos pasados remanentes se hace incapaz de elaborar su expansión o su transformación posteriores o su imponerse como evento. Por otro lado, nunca es más interesante la pluralidad de nosotros, los presentes, que cuando revaloramos la perspectiva por la que se canceló la diferencia en el recuerdo del pasado, como ha ocurrido con 1945. Rememorar esa historia como una solución de continuidad de las creencias e instituciones de los vencedores oblitera de peligrosa manera algo que siempre ha sido real: que el mundo humano tiene límites para que alguien pueda decir seriamente “es mi mundo”. Los soviéticos comunistas y sus socios liberales se hallaron en el mismo horizonte, del hombre de su futuro, pero ambos dieron lugar a presentes divergentes. Y eso siempre fue visible; bastaba con aproximar la mirada en lugar de alejarla.

  


Comprender el carácter metafísico de una rememoración histórica no debe ser demasiado arduo. Hay que asociar “metafísica” con una preocupación humana ineludible y, en un sentido muy claro, la Segunda Guerra Mundial es una realidad metafísica. Decimos por ello que hay allí un mensaje del Ser, que es una manera de expresar que una realidad metafísica ha acontecido para el hombre. Pero ésta no significa ni se traduce en un único compromiso, aunque sus consecuencias, y la geografía que éstas despliegan, son y deben ser de interés para todos y cada uno. Esta realidad puede ser y está revestida por una cierta fragilidad. Un acontecimiento histórico que es metafísico, a diferencia de lo que los divulgadores de “el fin de la historia” y “el pensamiento único” pensaban en la década de 1990, puede ser y es frágil. Se halla suspendido en el recuerdo, que en gran medida es un espacio para la intervención humana. Resulta notorio que el interés por el pasado, que constituye en este caso el espacio para comprender al hombre, es despertado por algo no humano. Justamente y en la medida en que es así es que reconocemos en ese interés una realidad metafísica, esto es, más allá de nuestro alcance, razón por la cual el pasado concebido de esta manera, no puede ser olvidado, y exige rememoración y cuidado. Pero la memoria de lo inolvidable es una tarea dejada a los hombres, que pueden ser descuidados o irresponsables. Algo no humano, pues, es dejado al cuidado del hombre. Ignoramos qué puede salir de un recuerdo, de una rememoración metafísica que, siendo ella misma acción, puede desembocar en lo más estupendo, como también en lo más espantoso, en cuyo caso, se dejará el cuidado humano más allá del hombre, a la atención de los dioses, o bien, de los demonios.

lunes, 9 de febrero de 2015

Seminario - Taller de Verano UNFV: Diálogo con Gianni Vattimo/ Hermenéutica y ontología del evento





 

Dicta: Dr. Víctor Samuel Rivera

Lugar: Salón principal, Instituto Raúl Porras Barrenechea
Calle Colina 398, Miraflores

Fecha: Del 20 de febrero de 2015 al 20 de marzo de 2015

Horario: Días viernes de 11:00 am a 1:00 pm.

Tema: El Seminario-taller se orienta a presentar el pensamiento político y social de la última etapa del pensamiento del filósofo hermeneuta italiano Gianni Vattimo (Turín, 1936 - ), una de las personalidades vivas de mayor relevancia en la filosofía de tradición continental y una figura en la formación del pensamiento político-filosófico contemporáneo en el mundo de habla española. Creador de la hermenéutica nihilista y de la corriente en filosofía denominada “ontología del evento”. Se va a estudiar sus obras más relevantes desde 2003 hasta la actualidad, el uso y la evolución de su vocabulario, sus fuentes así como sus posibles aplicaciones en la interpretación de la realidad política y social.

Objetivo: Introducir al participante al vocabulario y las estrategias de argumentación de la ontología del evento. Desde el punto de vista bibliográfico, se va a enfatizar en las obras de Vattimo Nihilismo y emancipación (2003), Ecce comu (2006), Comunismo hermenéutico (con Santiago Zabala, 2011) y De la realidad (2012). Se examinará además textos del director del Seminario-taller que reseñan, evalúan y critican al autor estudiado. Otra bibliografía será recomendada para complementar el estudio.

Programa del Seminario – Taller:

Sesión del 20 de febrero: Introducción a la hermenéutica filosófica. Problemas y fuentes de la tradición hermenéutica. La hermenéutica frente a la tradición cientificista y la ilustración. La hermenéutica de Heidegger. La hermenéutica de Gadamer. Vattimo y la cuestión del nihilismo.

Sesión del 27 de febrero: Nihilismo y emancipación. Racionalidad y hermenéutica en el primer Vattimo. El pensamiento social como ontología, ontología de la actualidad. El pensamiento de Vattimo y la dicotomía izquierda y derecha. ¿Qué hace de izquierda a Vattimo?

Sesión del 6 de marzo. Ecce comu. Racionalidad y hermenéutica en el segundo Vattimo. La hermenéutica y su vínculo con la tradición anglosajona: Ludwig Wittgenstein, Richard Rorty. El problema del debolismo. Evento del Ser y revolución.

Sesión del 13 de marzo: La lección de despedida de 2008. Comunismo hermenéutico. Gestell y evento como temas transversales del pensamiento del segundo Vattimo. Sentido ontológico de la revolución bolivariana. Comunismo hermenéutico y hermenéutica nihilista. Restauración del concepto de “revolución”. Heidegger y Marx.

Sesión del 20 de marzo: Las Gifford Lectures y la ontología del evento de 2010. La cuestión de la violencia. Tipos de violencia en Vattimo. Violencia de la metafísica. Metafísica y Gestell. El giro kuhniano en el pensamiento político de Vattimo. El evento como violencia ontológica.

Reseña del Director del Seminario – taller:
Víctor Samuel Rivera (Lima, 1964) es doctor en Filosofía y magíster en Historia de la Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; licenciado en Filosofía y Bachiller en Humanidades por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía en mérito de su producción académica desde 1992. Es profesor de la Escuela Profesional de Filosofía de la Universidad Nacional Federico Villarreal. Ha coordinado con Carlos Muñoz (España) y Daniel Leiro (Argentina) Ontología del declinar (Buenos Aires, Biblos, 2009); fue incluido en la compilación de Gianni Vattimo et alii El Mito del Uno (Madrid, Dickynson, 2006) y en el volumen de Éndoxa (Madrid) consagrado en honor de Hans-Georg Gadamer (2005).

Víctor Samuel Rivera ha publicado más de 80 colaboraciones en libros colectivos, artículos de revistas indexadas y reseñas en España, Italia, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Venezuela y Bolivia. En Perú ha escrito colaboraciones para Lexis (PUCP), Areté (PUCP), Socialismo y participación, El pensamiento y la escritura (UNMSM), entre otros. Considerado en los Archives Descartes (París), miembro del grupo internacional de investigadores en conceptos políticos Iberconceptos (Universidad del País Vasco).

Descripción operativa:

El Seminario-taller consta de cinco sesiones de dos horas lectivas cada una distribuidas a lo largo de cinco semanas. Las sesiones constan de una lección magistral, seguida de una hora de diálogo en torno a lecturas previamente señaladas. Es obligatoria la lectura previa de los textos que en cada caso se asignen.

CIDEHMER, Escuela de Filosofía de la Universidad Nacional Federico Villarreal, Grupo Razón y Diálogo, Instituto Raúl Porras Barrenechea.

El ingreso a la sesiones sin certificación es gratuito.


Para la expedición de certificados, coordinaciones e informes: seminariovattimo2015@gmail.com

miércoles, 13 de julio de 2011

¿Qué es “evento”?



¿Qué es “evento”? (I)
Unos apuntes


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

“Evento” puede parecer, fuera de su contexto, una expresión especialmente infecunda y banal. Puede tomarse como una expresión meramente periodística. Pero es, recogida desde su propio uso ordinario, una expresión que alcanza un específico sentido filosófico, que vamos a calificar desde ahora de “metafísico”. En lo filosófico en general “evento” es parte de un cuerpo terminológico de la hermenéutica, muy en particular del lenguaje de Gianni Vattimo (1932-). Vattimo ha intentado esta empresa para articular el discurso de lo que inicialmente llamó “Pensamiento débil”, en un célebre manifiesto conjunto con otros pensadores italianos en 1983. Tomando como punto de referencia una interpretación de Martin Heidegger, desde la década de 1980 Vattimo ha intentado centrar el interés de la hermenéutica como pensamiento de la realidad social. Ha subrayado la idea de que el “Ser” no es, sino que acontece, que llega a ser en la interpretación de las experiencias histórico-sociales. Interpretar la realidad histórico-social es vincularse con el Ser como un acontecer del ser. La interpretación es un dejar ser al Ser, en que éste es a la vez pensar que interpreta y realidad social que tiene lugar y demanda ser pensada. En cierto sentido, la interpretación así considerada se convierte en la filosofía fundamental, en conocimiento del Ser, en ontología. Desde su definición por Aristóteles, la Ontología es la disciplina que se ocupa de las primeras causas y de los primeros principios. Si el Ser es evento, el pensamiento en torno del evento es también ontología. Vattimo ha llamado a veces a su propio ejercicio hermenéutico “ontología de la actualidad”, en una expresión tomada de Michel Foucault.


Hemos tomado la expresión “evento” de la interpretación que hace Gianni Vattimo de algunas ideas de Heidegger, pero en el uso que damos aquí a la expresión nos remontamos también a un origen extraoficial, la metapolítica. La metapolítica es la “metafísica” de la política. El origen de esta expresión procede del siglo XVIII y se relaciona con la recepción filosófico-política de la modernidad de parte de pensadores espiritualistas. Por extraño que parezca, uno de los fundadores de la tradición de la metapolítica, el Conde Joseph de Maistre, elaboró también de alguna manera una concepción del Ser y la interpretación social como “evento”, aunque con un vocabulario algo diferente. Tanto para Vattimo como para de Maistre, sea en metapolítica o en la ontología de la actualidad, el Ser acontece: se trata de un acontecimiento relativo a la interpretación e incorporación en las prácticas humanas entendidas históricamente. La existencia histórica y sus transformaciones, sus revoluciones, son el lugar propio del Ser. Vamos a desarrollar brevemente las dos entradas que hemos mencionado, de cuya conjunción nos servimos para tratar de cuestiones sociales y elaborar la idea de que cuando usamos la expresión “evento” empleamos la palabra en un sentido filosófico y metafísico y no sólo en algún sentido vago o periodístico. Vamos primero a hacer algunas consideraciones generales sobre el evento y luego hemos de pasar a la descripción somera del evento en los autores mencionados.

“Evento” no es en absoluto una expresión general que pueda ser considerada filosóficamente estéril. Por el contrario, es una expresión que puede resultar muy fecunda filosóficamente hablando. “Evento”, en el lenguaje cotidiano, es sinónimo de “acontecimiento”. Como recurso terminológico de la hermenéutica filosófica, “evento” indica un acontecimiento que se inserta en un contexto histórico-social. Es un acontecimiento histórico, que marca y define en y desde una historia. En general, la expresión se refiere a un acontecimiento social que nos parece propio de recuerdo en una narración histórica. En 1814 el Emperador Alejandro I de Rusia ingresa a París; recibe el aplauso del pueblo bajo una fiesta de banderas blancas. Lo siguen en procesión las cabezas reinantes de casi toda Europa, o sus representantes. Lo hemos leído así según Chateaubriand. Sabemos que entender la Europa del siglo XIX es en alguna medida poder representarse este evento. Si hubiéramos vivido en París en 1814 no hubiéramos querido estar ausentes del acontecimiento y, en algún momento, nos hubiera significado el momento. Para usar una expresión de Ludwig Wittgenstein: de alguna manera, el evento se hace “criterio” de la historia donde aparece, esto es: le confiere una identidad frente a otras historias y la singulariza. Reconozco una historia porque a ésta le pertenece tal evento y no otro. El “evento” como criterio en un marco histórico-social hace de foco de significación. Otras cosas hacen sentido cuando se refieren al evento y fuera del ámbito del evento carecen de significado. Todo esto puede revestir interés filosófico y metafísico de muchas maneras, aunque deseamos destacar sólo la referente a la hermenéutica y la metapolítica.

Para los lectores afiliados o consumidores de la hermenéutica filosófica, “evento” es en primer lugar la traducción española del alemán “Ereignis”. En su uso filosófico-político podemos remitirnos a la interpretación de Martin Heidegger por el filósofo italiano Gianni Vattimo. “Evento”, en términos muy generales, forma parte de una constelación terminológica muy compleja, que podemos omitir. Nos interesa en cambio que Vattimo relacione “evento” con la idea de verdad. Se trata de una concepción de la verdad que se halla presente en la obra del “segundo Heidegger”, esto es, el Heidegger posterior a la obra Sein und Zeit (1927). Esta concepción es particularmente manifiesta en los ensayos recogidos en la obra Holzwege (Sendas perdidas, 1935-1943), y muy en especial en el ensayo El Origen de la obra de arte (1935). Aunque la idea de “evento” no se halla propiamente en los textos de Heidegger que sirven a Vattimo de referencia, la interpretación que sigue es muy sugerente.

En 1935 Heidegger habría insinuado que la verdad debe ser entendida como una realidad histórico-social, como una experiencia, como la experiencia histórica, inclusive. La verdad entendida de esta manera presupone también que ésta no es dada, sino que es realizada, que es llevada a cabo por los agentes históricos, esto es, como un contexto amplio de formas de conducta y significaciones colectivas en un determinado contexto social. Si definimos a los agentes históricos sólo como seres humanos, no estamos comprendiendo lo que Heidegger quiso decir en un texto que pertenece a una serie más bien antiilustrada, cuyo énfasis mayor no recae en la capacidad humana de intervenir en la historia, sino en la presencia de otros factores concomitantes, que por desarrollar efectos en una historia humana, bien podemos llamar agentes, aunque ya no serían agente humanos. El autor de la obra “no es XXX”, sostiene de pasada Heidegger: no debe atribuirse la verdad de la obra (el evento) a un ser humano en particular o a un determinado agente humano en general. Las formas de conducta y las significaciones colectivas tienen su verdad desde un ángulo en que el acontecer incluye la intervención no humana. El significado del momento (histórico) es evento en gran medida por la manifestación de esa agencia no humana. Esa agencia no humana caracterizaría en buena medida la verdad de la obra de arte: mientras XXX es el autor, su agente, como una realidad histórica, es particularmente lo no humano puesto e instalado como humano: es, pues, su origen.


El Heidegger de 1935 hace de la verdad la procedencia de la obra, esto es, la procedencia, el origen de una realidad histórico-social. Esta procedencia es a la misma vez su fuente y su significado. Este significado se realizaría, se transformarían en la experiencia social en instituciones. Mejor sería decir: acontecerían como instituciones. En la interpretación que hace Vattimo de El Origen de la obra de arte, y más en particular en los textos de Vattimo de finales de la década de 2010, insiste en la expresión “envío histórico” para referirse a esto. Este envío no es un “mensaje” abstracto, sino que es una realidad social que tiene lugar en el mundo humano, aunque realizada no principal ni necesariamente por agentes humanos. La idea del envío del mensaje que viene del origen remite a esta otra: los agentes del evento envían, son aquellos de donde la verdad procede.

Vattimo-Heidegger hacen de la verdad, antes que lo que es, lo que ha venido siendo desde el origen. Con esta estrategia, la verdad pasa de ser entendida como “un ser” a ser entendida como “un acontecer”, un llegar a ser de algo desde el origen que envía. En una obra de arte, sólo se puede acceder a su verdad si se es capaz de asociarse, de integrarse al contexto histórico social del que la obra forma parte. Comprender la verdad es una asociación con aquello de donde la obra ha procedido, lo que la ha hecho nacer, esto es, el acontecimiento de la obra como un registro histórico-social. En esta interpretación de Heidegger, el autor de Holzwege habría pensado que la verdad, como un significado dentro de un contexto histórico-social, se plasma de manera particular en las instituciones políticas. Una lectura entre líneas del texto orienta al lector a pensar que el tema de la verdad es en realidad el tema de la fundación histórica de los envíos, esto es, del inicio o la fundación de las instituciones sociales. En analogía con las obras de arte, la verdad más fundamental para el hombre sería dada en un contexto más amplio de incorporación y actuación en el contexto histórico del fundar, en el sentido de instaurar un origen. La verdad se presenta en el origen de la obra, en el origen de los acontecimientos histórico-sociales. Heidegger hace una analogía entre la obra de arte y “la fundación de un Estado”.


La idea de “evento” en Vattimo no debe ser separada de la concepción de la verdad en el texto de Heidegger de 1935. No importa si el propio Heidegger pensó o no en estos términos, sino que, si se relaciona la idea de evento con la concepción de la verdad expuesta en El Origen de la obra de arte, nos hallamos en la situación de definir el evento como en acontecimiento histórico-político de la fundación, cuya verdad es un haber venido-a ser. Hemos acudido a una idea heideggeriana según la cual el “evento” puede ser entendido como una intervención de agentes no humanos en la historia. En un cierto sentido, estos agentes intervienen desde la nada. Fundan desde la nada. Hacen que la nada sea fundadora. Si uno se pregunta dónde está el sentido de la fundación, del acto inaugural, del evento que hace posible el envío, la respuesta es que de ninguna parte. Es simplemente un aparecer y un llegar a ser. Justamente eso es lo que queda manifiesto en las ideas de que el evento es indisponible para el hombre. Esta idea puede ser mejor acogida desde el ángulo de la metapolítica, y más en especial desde la teología política.
 
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