La
hermenéutica en el Perú
Anticipo
de un libro en camino
“Hermenéutica” es una palabra cuyo uso social es muy reciente. Como todo lo reciente, parece obvio, pero más aún: tiene la apariencia de ser y haber sido siempre un tema permanente e intemporal. Esta es una de esas palabras que, habiendo sido creada por la filosofía profesional, ha terminado siendo legada, sin duda involuntariamente, a los más remotos consumidores del lenguaje insipiente de las academias, a tiros entre los ecos gritones de corrillos y tabernas. Una expresión que, por sus funciones en el conocimiento, y que fue elaborada para definir, precisar y hacer fluidos y comprensibles unos argumentos, ha terminado secuestrada del que podemos llamar su cerco de sentido. Y aunque este secuestro aparece como lenguaje corriente en el mundo universitario, no es mayor a una reciente circulación traviesa y malsana, joven como suelen ser los errores inmaduros. Se requiere aquí de una historia. Una historia que, aunque no pueda revertir el dispendio de seguridad del que el cerco de sentido otorga la ilusión, pueda al menos recordar a los usuarios originales, la comunidad filosófica, por qué, para qué, con qué objeto apareció y se usa entre los filósofos del Perú la voz “hermenéutica”. También, naturalmente, de cómo la uso yo.
Es fácil sospechar que los dedos de una
sola mano constituyen un dato especulativo muy grande para estimar cuántos
lectores podía haber tenido Verdad y Método en el Perú de
1989, tan poco interesado en el lenguaje y tan afectado en cambio por la
violencia. El terrorismo y la sangre humana aquí y allá tenían muy ocupados a
los filósofos como para dedicarse mucho a pensar el diálogo, aunque no tanto
como para no regalarle un inicio en el umbral del terror en que se vivía
entonces.
En 1989 Gadamer había pasado en
el ambiente de habla española, de un modesto anonimato, a haberse convertido en
una genuina voz de la filosofía continental. Tenía ya varios lustros en
polémica con el filósofo continental de ese momento, Jürgen Habermas. Habermas
había dedicado no poco trabajo en refutar o descatalogar su obra, acusada de
ser relativista y conservadora a la misma vez. La polémica con Habermas sería
publicada y revisada o interpretada de diversas maneras, tanto por los mismos
interlocutores como por sus comentaristas posteriores. Gadamer publicaría
después un conjunto de conferencias y otros textos menores en el volumen que
hoy se conoce como Verdad y Método II, impreso por primera vez en
alemán en 1986; buena parte del texto es un diálogo con Habermas y el punto de
vista por él representado. Este diálogo dio lugar a que Paul Ricoeur y otros
acuñaran la expresión “hermenéutica crítica”, algo así como un encuentro
violento entre lenguajes incompatibles, aunque con un final feliz. La
hermenéutica habría dejado de ser una preocupación para la socialdemocracia. De
hecho, pasaría a ser desde entonces “crítica”, es decir, un discurso al
servicio de la agenda del globalismo woke “de izquierdas”, tan notorio hoy con
los escándalos de sobornos y corrupción del pornógrafo judío democrático
Jeffrey Epstein. No es fácil olvidar a las izquierdas moralistas,
sancionadoras, impecablemente blancas, gordas y bobaliconas, mantenidas hasta
hace tan poco por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, la USAID y
las corporaciones millonarias de Silicon Valley.
El texto de Areté de
1989, sin que esto pareciera captarlo nadie, era una tímida actualización del
Perú en un debate entonces contemporáneo. 1989 sería también un momento
decisivo para el mundo occidental, si no ya para la humanidad entera: Fue el
año señalado para el final de la Guerra Fría entre el capitalismo nihilista y
el comunismo nihilista. El Muro de Berlín caería ese año, a ojos del que esto
redacta un efecto predecible de la supresión del patrón oro en 1973. La URSS no
pudo competir con Estados Unidos en la producción industrial de dólares sin
respaldo y, como es comprensible, luego de una agonía más bien breve
históricamente, la URSS quebró, cayéndose como un castillo de naipes como nunca
el Imperio Romano. Las polémicas en torno del ganador aparente de la Guerra
Fría y los soportes conceptuales que la filosofía le dada o lo quitaba serían
durante tres décadas el nudo de toda discusión actual de la filosofía de las
universidades y los cafetines de los cultos, que se pondrían pronto a
reemplazar la lucha de los pobres y los desposeídos por la lucha de los
promiscuos y los pedófilos a ser reconocidos en sus derechos universales e
inalienables. En este contexto Gadamer, quien proponía centrarse en una gestión
pública y global marcada por la idea de “diálogo” se iría haciendo simpático y
aun deseable al nuevo orden mundial anglosajón.
Cabe recordar que
existe el registro de la polémica entre Gadamer y Jürgen Habermas que había
tenido lugar como consecuencia de la publicación de Verdad y Método.
Habermas era un crítico de la sociedad tradicional, una suerte de ilustrado que
veía con cierto horror una versión de la verdad sin método, que era el
trasfondo del libro de Gadamer. Tenemos acceso a la discusión con un libro en
forma de dossier, impreso en alemán en 1971. Es bien sabido
que el debate entre uno y otro concluyó en la asimilación, exitosa o no tanto,
de la hermenéutica de Gadamer dentro del discurso legitimador de la ideología
socialdemócrata de Habermas, ese fantasma del siglo XX que ha llegado vivo y
sin vida al presente, sumido en el silencio.
La hermenéutica se
planteaba como el discurso medio de la filosofía continental, incluso como la
retórica de la burocracia academia global. Recogiendo esto, Gianni Vattimo se
haría célebre al aseverar una década después, quizá con algún exceso de
entusiasmo, que la hermenéutica habría devenido en la “nueva koiné” del tiempo
contemporáneo al suyo, que en cierto sentido es aún lo contemporáneo nuestro.
Pero volvamos a 1989 y al introductorio artículo de Areté. Revista de
filosofía. El tema es que, en 1989, la hermenéutica de Gadamer estaba ya
bajo la bendición demócrata de Habermas. La hermenéutica filosófica, como un
discurso, pasaba al pico de su popularidad en el mundo, incluso con una cierta
aura progresista y luego hasta democrática y liberal, como se puede notar de
los textos de Paul Ricoeur o Adela Cortina; ambos presuponen la importancia de
la hermenéutica filosófica y, por decirlo de alguna manera, su utilidad social
en un mundo que iba dejando en la quiebra a la autoritaria URSS y su medio
planeta de satélites.
Desde el sencillo
artículo de Areté de 1989 es grande el camino que ha seguido
la clase de lenguaje filosófico estimulada por la obra de Gadamer en el Perú.
Algunos autores que son considerados de manera ordinaria como “hermeneutas” se
han transformado en lecturas obligadas en filosofía política y ciencias
sociales. Éste es el caso, por ejemplo, del canadiense Charles Taylor, así como
del ya citado Paul Ricoeur, aunque quizás con menor difusión. Si se hiciera un
estudio estadístico del uso de “hermenéutica” en filosofía, pero también en otras
ciencias humanas o sociales, encontraríamos una intensidad desacostumbrada del
empleo tanto de esta voz, así como de sus derivados “hermenéutico”,
etc. Aunque la hermenéutica filosófica sea poco menos que desconocida, al
menos su nombre circula de muchas maneras, pocas veces teniendo referencia a
Gadamer o algo que pueda ser asociado al artículo de 1989.
En filosofía ha sido
grande la acogida para la obra de Martin Heidegger, el maestro y la fuente de
las tesis más aceptadas de Verdad y Método. La acogida de Heidegger
no puede ser considerada en el Perú como muy minuciosa sino más bien todo lo
contrario, por lo que no ha aportado gran cosa a comprender mejor a Gadamer
entre quienes le dan su trabajo a leer tanto Verdad y Método como
las incontables obras menores que van en calidad más bien de escolios del libro
de 1960. Como sea, el conocimiento de Heidegger en el Perú, o bien es
incipiente, o bien se limita a lo que era para la cultura de Mayo del 68’, es
decir, apenas algo existencialista, un poco de Ser y Tiempo y
las conferencias de Sendas perdidas. Sea como fuere, la suerte de la filosofía
de Gadamer en el Perú no iba a ser tan feliz. Lo que se verá sobre el autor
alemán se puede aplicar también a los maestros que lo son más afines o que son
de alguna manera el desarrollo, la continuación (o la distorsión) del
planteamiento inicial.
El siglo XX tardío no
difundiría mucho la idea de la hermenéutica más allá de la frontera de los
estudiosos germano-parlantes en el ambiente académico del Perú. Y ni siquiera
eso. Aún a inicios de este siglo XXI Gadamer seguía siendo una rareza
bibliográfica. Si examinamos los repositorios electrónicos de las instituciones
académicas que hacen filosofía, vamos a tener una sorpresa bastante
desalentadora. En los últimos 20 años la Pontificia Universidad Católica del
Perú presenta sólo tres trabajos de tesis, sea relativamente al pensamiento de Gadamer mismo o sea de la
hermenéutica como una forma de discurso; la Universidad Antonio Ruiz de Montoya registra en su repositorio virtual apenas una tesis sobre Gadamer:
sólo dos tesis aplican con la palabra clave “hermenéutica”. La Universidad
Nacional Mayor de San Marcos presenta muy recientemente indicios de interés por
el discurso de la hermenéutica filosófica. Se ha podido reconocer una tesis
notable sobre Charles Taylor de 2019, así como otra sobre Gianni Vattimo del
año siguiente. No hemos podido encontrar ninguna tesis sobre Gadamer, el
referente fundamental de la hermenéutica. No hemos hallado ninguna monografía
sobre la hermenéutica filosófica como tal. No puedo procesar cómo se puede
vivir en la Luna.
No está demás acotar
que al presente no existen hay trabajos académicos, monografías, artículos o
tesis sobre la hermenéutica en el Perú ni sobre el influjo de ninguno de los
autores vinculados con esa tradición de pensamiento en el contexto peruano.
2002 es el año del
fallecimiento de Hans-Georg Gadamer. Al morir había cumplido los 102 años.
Mientras se hacía en todo el orbe ceremonias y homenajes en honor del autor y
su obra, en Lima no sucedía casi nada. Ese año, como una nota más bien
marginal, se publicó una nota de simpatía. No en alguna Facultad de Letras o
Humanidades, sino en una de Ciencias Sociales, donde es esperable hubieran
llegado antes los efectos de la hermenéutica que sus más bien sutiles
argumentos y fuentes. Aquí presentamos unas frases de una severa y algo triste
nota en la conocida revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad Nacional de San Marcos. Escribe su autor, Manuel Castillo, un
científico social:
El
año 2002 quedará en la memoria sociológica universal como aquel en que se
produjeron dos pérdidas irreparables en la producción de literatura
social. Murieron Pierre Bourdieu y Hans-Georg Gadamer pero, mientras el primero
ha sido recordado e incluso trascendió los medios de comunicación su
fallecimiento -siempre con la debida excepción de su baja intensidad en
cuanto a presencia- y se realizaron algunos homenajes en su nombre, en
el caso del segundo, Hans-Georg Gadamer, la noticia de su fallecimiento (13
de marzo del 2002) pasó en el caso nacional, literalmente,
inadvertida.
Se
pregunta la nota acto seguido, casi más como una solicitud de condescendencia
que como lo que era, una consideración con uno de los autores más decisivos en
el rumbo de la filosofía continental de la segunda mitad del siglo XX:
¿Por qué rememorar a
Gadamer, un filósofo alemán que poco o nada le puede decir, no a la mayoría de
los peruanos, sino al menos a la minoría de los que aún practican y ofician en
el campo de las ciencias sociales y las humanidades nacionales?
Pocas
veces unas tan pocas palabras revelan con tanto énfasis el estado de la
filosofía en el Perú, en mucho tan imitativa, defectiva, pero en lo menos
filosófico antes que en lo más. No sólo la mayoría de peruanos, sino
reconocidamente las élites de científicos sociales y filósofos políticos
estaban de espaldas a uno de los discursos de filosofía más notorios de su
tiempo, que no era tanto su tiempo como el tiempo del existencialismo y el
cientificismo de la década de 1940. Debe ser indicado que Gadamer, tres lustros
después del artículo de Areté de 1989, el mismo Gadamer, de
quien Habermas sostuvo con cruel ironía que había “urbanizado” “la provincia
heideggeriana”, seguía siendo lo que todavía parece ser ahora, un desconocido.
Un ilustre desconocido. Es evidente sin embargo que algo ha sucedido entre 2002
y el presente, al menos algo lo suficientemente relevante como para dar lugar a
esta historia.
La palabra “hermenéutica”, sin embargo,
parece menos esotérica ahora que hace veinte años. No creemos posible que se
pueda volver a escribir sobre Gadamer lo que escribió Manuel Castillo en 2002.
Ya desde el siglo pasado era posible llevar en la universidad peruana algún
curso referente a Gadamer, sobre su libro Verdad y Método o bien algún curso
sobre la hermenéutica en general. No se engañe el lector: se trataba de una
excepción antes que de una norma. Los largos periodos y los más bien retorcidos
desembalses de erudición sobre la cultura alemana media no ayudaban gran cosa
para ganarse empatía entre los académicos peruanos; tanto alumnos como
profesores de filosofía encontraban mayor interés en Sigmund Freud, Friedrich
Nietzsche, o Carlos Marx, los maestros de la sospecha de la década de 1960.
Carl Jung, la sociología francesa de la década rodeada de Mayo del 68’, el
Martin Heidegger de Sendas perdidas, Jacques Lacan o Michel Foucault hacían al
estudiante medio un cómodo crítico engagé de la civilización
burguesa mientras, al mismo tiempo, las décadas de 1970, 1980 y 1990 aparecían
como escenarios apagados e inesenciales ante los temas de 1960, que parecían,
en cambio, eternos.
Es difícil no asociar esto con el catolicismo
vaticano, tan poderoso en los países latinos, y su obsesión con los cambios
sociales que, al parecer, nunca envejecen después de los Beatles. Los lectores
de Heidegger, alimentados por la cultura francesa, seguían una hermenéutica que
apenas sabía pronunciar “Dasein” y parecía obra heroica de Jean Paul Sartre. En
general, la Undécima tesis de Feuerbach era el último grito de la moda, eso
desde la capilla del colegio hasta los estudios de doctorado. La hermenéutica,
que en términos generales era más bien una forma germana de conservadurismo,
terminaba sus insoportables vórtices eruditos en tesis inaceptables para su
tiempo: algo sobre el “diálogo” y la lingüisticidad, tan diferente de las
explosiones del terrorismo. La hermenéutica parecía
derrotada por la Guerra Mundial, en su pobreza, sin la ventaja de haberse jamás
legitimado con el rifle que hizo mártires a los curas engagés de
los años 60’. Pero los curas se hacen viejos. Aunque parezca mentira, los curas
y las canciones de Marisol siempre se marchitan.
En 2002 Gadamer, aquí
aún un desconocido, había muerto. Ya desde 1990 había ingresado discretamente a
la academia peruana en cambio por extraños caminos. La hermenéutica enseña que
no hay tal cosa como un saber desinteresado, un saber neutral, un saber sin
compromisos. Seguiremos en lo que sigue esta sugerencia como un dogma y
dejaremos esa clase de saber a los asesores del Pentágono. Es sobre lo que esta
sugerencia indica que tendremos aquí en el resto un libro de hermenéutica. Su
eje temático no será su recepción en el Perú, que puede ser descrita como el
calco y la copia del secentismo. Su interés será, más bien, estimular la
filosofía que no se deja poner límites por las orgullosas disciplinas
particulares ni por los inmortales aparentes frenos que las historias humanas
parecen ponerle a su agenda. Como hemos adelantado en el prólogo, en gran
medida, en este trabajo habrá de tenerse en manos una hermenéutica religiosa,
ligada a la vida social, pero desde fuera de las mallas cientificistas y
liberales sesentistas en las cuales tuvo la hermenéutica filosófica su ingreso
en los debates peruanos cuando en 1989 un trabajo pedagógico dio nacimiento a
la palabra “Gadamer”, quizá sin la esperanza de que diese membrete a ninguna
manera de hacer filosofía.
No mucho después de la
muerte de Gadamer la religión recomendó a los católicos el conocimiento y, más
aún, el empleo de la hermenéutica filosófica. En efecto, el Papa Benedicto XVI
lo dejó así sugerido por emplear este término él mismo. Hasta el momento de la
intervención del Papa con la palabra “hermenéutica” el mero nombre de tal cosa
era signo de algo incompatible con la fe de los apóstoles, que los más
exquisitos de los teólogos creían debía haber esperado a Santo Tomás de Aquino
para existir. Hablar antes de hermenéutica, sobre todo en el Perú, era como
hacer un guiño a los demonios. Es manifiesto el deseo de normalizar el uso de
la voz “hermenéutica” en el vocabulario de la filosofía cristiana. Esto ocurrió
en el discurso para la Curia romana en ocasión de Navidad el 22 de diciembre de
2005 a la Curia Romana.
En el contexto de
2005, tres años después de la muerte de Gadamer, se trataba de la normalización
del legado de este mismo que había sido combatido por Habermas (como también
Heidegger); la hermenéutica aparecía ahora como un discurso donde la fe era
capaz de conciliarse y educar con la razón, una razón que ya no era más la de
la Ciencia, ni la de la socialdemocracia habermasiana, ni la del kantismo
racionalista ni la supuesta razón de los maestros de la sospecha, que
sospechaban tan escasamente de sí mismos. El discurso de las élites del Vaticano,
sea para mal como es ahora, o para bien algunas veces, es decisivo para las
clases medias católicas, las grandes impulsoras anónimas de la hermenéutica en
los países católicos.
La bibliografía tanto
teológica como filosófica desarrollada en torno del pensamiento de Benedicto
XVI ha intentado esbozar el trasfondo de su discurso como una actividad
hermenéutica, como una actividad en que la filosofía hermenéutica había jugado
un rol de trasfondo productor de sentido. Espero que la lectura de este libro,
algo disperso de estilo, pueda explicar este punto más adelante. Una década de
pontificado en nada hermenéutico fue la respuesta de los poderes económicos
globales al esfuerzo del papa Benedicto por acercar a la Iglesia a formas más
eficientes de diálogo con el mundo contemporáneo. La cuestión de la verdad y la
práctica de la religión en la hermenéutica filosófica es un rememorar, un
comprender y un aplicar; durante la década posterior el proceder político de la
Iglesia se desarrolló en cambio como un mandar, un cambiar, un destruir y un
adaptar el cristianismo a los poderes económicos y militares de este mundo, un
giro despótico que suelen apreciar tantos curas de élite de la época presente.
La mera aquiescencia de los católicos ante el autoritarismo de los últimos años
muestra el intenso compromiso del cristianismo contemporáneo con el
racionalismo moderno y sus más siniestras contrapartidas de dominación ciega y
violencia metafísica contra el cristianismo mismo.
Vattimo, filósofo italiano, se había hecho célebre en la década de 1980 por haber popularizado la idea de un “pensamiento débil”. Ése era su diagnóstico de su tiempo; el Ser se habría debilitado, dando lugar a una cultura ajena a la violencia, incluso ajena a la política, una sociedad estética y estática. Vattimo tuvo la habilidad de redactar una suerte de manifiesto posmoderno; la obra colectiva Il pensiero debole que editara con Aldo Rovatti en 1988. La idea de un debilitamiento progresivo del saber debe integrarse con el movimiento cultural e intelectual posmoderno, que sería muy influyente en las décadas de 1980 y 1990 y en cuyo contexto se entiende la posición de la Iglesia, en ese entonces defensora de los modelos permanentes de conservación social. A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX es obvio que este pensamiento débil de Vattimo era aliado del proceso de deterioro de las sociedades occidentales. Vattimo llamó “nihilismo” a ese movimiento y lo trató como si fuera un camino inexorable, un destino inevitable llevado por el Ser antes que por el hombre. Vattimo subrayaba en ellas su carácter infundado como “debilitamiento del Ser”.
A fines del siglo XX el giro político fue en gran medida determinado por el ingreso de Vattimo en la política. Quien hasta fines del siglo XX estaba conforme (y era aun abanderado) con las ideales medios de las sociedades capitalistas, se lanzó a una guerra contra las instituciones sociales básicas, incluida allí la religión, pero también la democracia occidental y la ética basada en el concepto de “derechos”. Este Vattimo político influenciaría mucho el lenguaje general de la filosofía, generando diversas reacciones, desde la más cauta reserva a la oposición marcada y militante contra la sociedad occidental moderna. En realidad, las primeras dos décadas del siglo XX conocieron un gran auge de la hermenéutica como propuesta cultural. Tras los estudios en este rubro se reprodujo de alguna manera un entorno político de conformidad, oposición o bien rechazo del “Ser”, entendido más bien como el espíritu de la época. Para usar una famosa expresión del Papa Benedicto XVI, se trataba del dilema entre una hermenéutica de la continuidad y una hermenéutica de la reforma. En medio de ese dilema, un adversario común, el pensamiento conservador de la socialdemocracia europea, enemigo tanto de la capilla como del disenso.
Hecho este recuento de factores es razonable preguntarse qué ocurrió en el Perú. Cómo fue la recepción del derrotero de la hermenéutica filosófica en las primeras dos décadas del siglo XX. Ya hacia fines del XX la hermenéutica había tenido un desarrollo socialmente apreciado en las obras de Charles Taylor y Paul Ricoeur. Ambos autores usaron la hermenéutica de Gadamer o, al menos, algo muy semejante a ella, para dar salidas de legitimidad a las sociedades occidentales. Estas posiciones enfrentaron los retos y la crisis de las democracias sugiriendo posturas conciliadoras de diverso tipo, que contribuyeron no poco a la consolidación de los lenguajes políticos y los desarrollos de las ciencias sociales actuales; eran pues, versiones conservadoras de la hermenéutica, que hicieron suyas las agendas en que fue evolucionando la civilización occidental. En la vida cultural del Perú esta clase de hermenéutica tuvo una recepción innegable. Más adelante, al tratar de manera desagregada a Taylor y Ricoeur haremos una evaluación de su influencia con recurso a fuentes digitales sobre tesis, cursos o artículos compuestos sobre ambos que, no siendo los únicos, son los más representativos.
Volvamos ahora al texto conmemorativo de la revista Investigaciones Sociales, publicado en homenaje al fallecimiento de Gadamer. Gadamer falleció en marzo de 2002. Hasta ese instante apenas puede registrarse unos pocos textos impresos sobre Gadamer o su obra en el arco de 1989 y esa fecha. Prácticamente no hay nada que valga la pena mencionar. Ya no digamos en Areté sino, virtualmente, en ninguna fuente académica peruana. Entretanto, Gadamer y la hermenéutica se habían convertido en interlocutores necesarios para la estética, la ética, filosofía política y las ciencias sociales donde, a no dudarlo, habría ingresado en la academia peruana de manera intrusiva y anónima. El autor de la nota de 2002 en San Marcos no niega la perplejidad de conmemorar en el Perú a un desconocido. El autor de la nota de 2002 en San Marcos no niega la perplejidad de conmemorar en el Perú a un desconocido, redondea el párrafo citado al inicio de esta introducción de la siguiente manera:
Y sin embargo el recuerdo no es para menos, porque aun cuando en el Perú
estamos acostumbrados a desdeñar la teoría social, sus especulaciones y
producciones, de algo sí podemos estar seguros: el inmenso legado que dejó la
obra de Gadamer es válido no sólo para la filosofía e imaginación académica
social alemana sino por la influencia que su pensamiento tuvo en los últimos
veinticinco años del transcurrir del debate teórico de la humanidad.
Un par de años después de los comentarios en Investigaciones Sociales, la academia de Lima recibiría a Gianni Vattimo, el relativista, el creador de la idea de la debilidad de la razón, como un héroe del pensamiento. Esto se infiere bastante bien del artículo (entonces el único artículo) dedicado a dar a conocer este autor por una revista de San Marcos. En San Marcos se escribiría la primera nota académica seria sobre la obra del turinés y, en poco más de una década, Gadamer y la hermenéutica se convertirían en moneda más o menos fiable en el mercado de las tesis y las investigaciones hasta poco antes imposibles. La prueba de que éstas eran imposibles antes de 2001 es ésta: no había antes nada; nadie habla de lo que no existe. Ya desde antes del siglo presente, en mi condición modesta de profesor que debía correr por los umbrales de tres o cuatro empleos, me interesé en las obras antimodernas y tardoliberales de Vattimo, frente a las cuales he diseñado la hermenéutica del misterio. Su lectura me llevó a una interpretación política de Gadamer y Heidegger y, a partir de ellos, a una cierta teología política y social que hoy dirijo en el camino de los predecesores antes aludidos. Gadamer falleció en marzo de 2002. Hasta ese instante apenas puede registrarse unos pocos textos impresos sobre Gadamer o su obra en el arco de 1989 y esa fecha. Prácticamente no hay nada que valga la pena mencionar. Ya no digamos en Areté sino, virtualmente, en ninguna fuente académica peruana. Entretanto, Gadamer y la hermenéutica se habían convertido en interlocutores necesarios para la estética, la ética, filosofía política y las ciencias sociales donde, a no dudarlo, habría ingresado en la academia peruana de manera intrusiva y anónima.
Una historia de la hermenéutica llevada al detalle es, en gran medida, una especie de autobiografía. El libro que preparo, pues, será un registro testimonial: será la historia que yo mismo he vivido y me constituye.







