El
uso filosófico de “hermenéutica” en el Perú tiene un inicio; un inicio no muy
lejano, ciertamente. Este puede rastrearse hacia fines de la década de 1980. Lo
encontramos en un artículo publicado en Areté, seria e inobjetable
revista del Departamento de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del
Perú. Era el primer número de la flamante revista, que recogía entonces las
audaces iniciativas de trabajo de sus jóvenes profesores. Era también, aunque
pasara desapercibido esto para todos, la primera obra académica que se hacía en
el Perú sobre Hans-Georg Gadamer (1900-2002); este filósofo alemán era el
fundador reconocido de la hermenéutica filosófica y, para fines de la década de
1980, un autor en plena fama y productividad, que atravesaba en Alemania su
momento de mayor actividad polémica e intelectual. El artículo de Areté se
ocupaba del tema del carácter lingüístico de la comprensión en la obra
principal de este ilustre profesor jubilado, Verdad y Método. Se trata
de un texto más bien elemental y pedagógico, sin mayor valor académico, pero
testimonio y huella del ingreso apagado de un cierto tipo de discurso en
filosofía. En cierto sentido, para el Perú de 1989 el artículo publicado, con todo y
su carácter más bien introductorio, aparecía como un aporte curioso sobre un
filósofo dicho en ascenso, dicho productivo y polémico, incluso incomprendido
más entonces que ahora, considerada su opus maius la incierta novedad de
un desconocido perfecto.
“Hermenéutica”
es una palabra cuyo uso social es muy reciente. Como todo lo reciente, parece
obvio, pero más aún: tiene la apariencia de ser y haber sido siempre un tema
permanente e intemporal. Esta es una de esas palabras que, habiendo sido creada
por la filosofía profesional, ha terminado siendo legada, sin duda
involuntariamente, a los más remotos consumidores del lenguaje insipiente de
las academias, a tiros entre los ecos gritones de corrillos y tabernas. Una
expresión que, por sus funciones en el conocimiento, y que fue elaborada para
definir, precisar y hacer fluidos y comprensibles unos argumentos, ha terminado
secuestrada del que podemos llamar su cerco de sentido. Y aunque este secuestro
aparece como lenguaje corriente en el mundo universitario, no es mayor a una
reciente circulación traviesa y malsana, joven como suelen ser los errores
inmaduros. Se requiere aquí de una historia. Una historia que, aunque no pueda
revertir el dispendio de seguridad del que el cerco de sentido otorga la
ilusión, pueda al menos recordar a los usuarios originales, la comunidad
filosófica, por qué, para qué, con qué objeto apareció y se usa entre los
filósofos del Perú la voz “hermenéutica”. También, naturalmente, de cómo la uso
yo.
Es fácil sospechar que los dedos de una sola mano constituyen un dato
especulativo muy grande para estimar cuántos lectores podía haber tenido Verdad
y Método en el Perú de 1989, tan poco interesado en el lenguaje y tan afectado
en cambio por la violencia. El terrorismo y la sangre humana aquí y allá tenían
muy ocupados a los filósofos como para dedicarse mucho a pensar el diálogo,
aunque no tanto como para no regalarle un inicio en el umbral del terror en que
se vivía entonces.
En 1989 Gadamer había pasado en el
ambiente de habla española, de un modesto anonimato, a haberse convertido en
una genuina voz de la filosofía continental. Tenía ya varios lustros en
polémica con el filósofo continental de ese momento, Jürgen Habermas. Habermas
había dedicado no poco trabajo en refutar o descatalogar su obra, acusada de
ser relativista y conservadora a la misma vez. La polémica con Habermas sería
publicada y revisada o interpretada de diversas maneras, tanto por los mismos
interlocutores como por sus comentaristas posteriores. Gadamer publicaría después
un conjunto de conferencias y otros textos menores en el volumen que hoy se
conoce como Verdad y Método II, impreso por primera vez en alemán en
1986; buena parte del texto es un diálogo con Habermas y el punto de vista por
él representado. Este diálogo dio lugar a que Paul Ricoeur y otros acuñaran la
expresión “hermenéutica crítica”, algo así como un encuentro violento entre
lenguajes incompatibles, aunque con un final feliz. La hermenéutica habría
dejado de ser una preocupación para la socialdemocracia. De hecho, pasaría a
ser desde entonces “crítica”, es decir, un discurso al servicio de la agenda
del globalismo globalismo woke “de izquierdas”, tan notorio hoy con los
escándalos de sobornos y corrupción del pornógrafo judío democrático Jeffrey Epstein. No es fácil olvidar a las izquierdas moralistas, sancionadoras, impecablemente blancas, gordas
y bobaliconas, mantenidas hasta hace tan poco por el Departamento de Estado de
los Estados Unidos, la USAID y las corporaciones millonarias de Silicon Valley.
El texto de Areté de 1989, sin que esto pareciera captarlo nadie,
era una tímida actualización del Perú en un debate entonces contemporáneo. 1989
sería también un momento decisivo para el mundo occidental, si no ya para la
humanidad entera: Fue el año señalado para el final de la Guerra Fría entre el
capitalismo nihilista y el comunismo nihilista. El Muro de Berlín caería ese
año, a ojos del que esto redacta un efecto predecible de la supresión del
patrón oro en 1973. La URSS no pudo competir con Estados Unidos en la
producción industrial de dólares sin respaldo y, como es comprensible, luego de
una agonía más bien breve históricamente, la URSS quebró, cayéndose como un
castillo de naipes como nunca el Imperio Romano. Las polémicas en torno del
ganador aparente de la Guerra Fría y los soportes conceptuales que la filosofía
le dada o lo quitaba serían durante tres décadas el nudo de toda discusión
actual de la filosofía de las universidades y los cafetines de los cultos, que
se pondrían pronto a reemplazar la lucha de los pobres y los desposeídos por la
lucha de los promiscuos y los pedófilos a ser reconocidos en sus derechos
universales e inalienables. En este contexto Gadamer, quien proponía centrarse
en una gestión pública y global marcada por la idea de “diálogo” se iría
haciendo simpático y aun deseable al nuevo orden mundial anglosajón.
Cabe recordar que existe el registro de la polémica entre Gadamer y Jürgen
Habermas que había tenido lugar como consecuencia de la publicación de Verdad y
Método. Habermas era un crítico de la sociedad tradicional, una suerte de
ilustrado que veía con cierto horror una versión de la verdad sin método, que
era el trasfondo del libro de Gadamer. Tenemos acceso a la discusión con un
libr en forma de dossier, que sería impreso en alemán en 1971. Es bien sabido
que el debate entre uno y otro concluyó en la asimilación, exitosa o no tanto,
de la hermenéutica de Gadamer en la filosofía socialdemócrata de Habermas, ese
fantasma del siglo XX.
La hermenéutica se planteaba como el discurso medio de la filosofía
continental, incluso como la retórica de la burocracia academia global.
Recogiendo esto, Gianni Vattimo se haría célebre al aseverar una década
después, quizá con algún exceso de entusiasmo, que la hermenéutica habría
devenido en la “nueva koiné” del tiempo contemporáneo al suyo, que en cierto
sentido es aún lo contemporáneo nuestro. Pero volvamos a 1989 y al
introductorio artículo de Areté. Revista de filosofía. El tema es que,
en 1989, la hermenéutica de Gadamer estaba ya bajo la bendición demócrata de
Habermas. La hermenéutica filosófica, como un discurso, pasaba al pico de su
popularidad en el mundo, incluso con una cierta aura progresista y luego hasta
democrática y liberal, como se puede notar de los textos de Paul Ricoeur o
Adela Cortina; ambos presuponen la importancia de la hermenéutica filosófica y,
por decirlo de alguna manera, su utilidad social en un mundo que iba dejando en
la quiebra a la autoritaria URSS y su medio planeta de satélites.
Desde el sencillo artículo de Areté de 1989 es grande el camino que
ha seguido la clase de lenguaje filosófico estimulada por la obra de Gadamer en
el Perú. Algunos autores que son considerados de manera ordinaria como
“hermeneutas” se han transformado en lecturas obligadas en filosofía política y
ciencias sociales. Éste es el caso, por ejemplo, del canadiense Charles Taylor,
así como del ya citado Paul Ricoeur, aunque quizás con menor difusión. Si se
hiciera un estudio estadístico del uso de “hermenéutica” en filosofía, pero
también en otras ciencias humanas o sociales, encontraríamos una intensidad
desacostumbrada del empleo tanto de esta voz, así como de sus derivados
“hermenéutico”, etc. Aunque la hermenéutica filosófica
sea poco menos que desconocida, al menos su nombre circula de muchas maneras,
pocas veces teniendo referencia a Gadamer o algo que pueda ser asociado al
artículo de 1989.
En filosofía ha sido grande la acogida para la obra de Martin Heidegger, el
maestro y la fuente de las tesis más aceptadas de Verdad y Método. La
acogida de Heidegger no puede ser considerada en el Perú como muy minuciosa
sino más bien todo lo contrario, por lo que no ha aportado gran cosa a
comprender mejor a Gadamer entre quienes le dan su trabajo a leer tanto Verdad
y Método como las incontables obras menores que van en calidad más bien de
escolios del libro de 1960. Como sea, el conocimiento de Heidegger en el Perú,
o bien es incipiente, o bien se limita a lo que era para la cultura de Mayo del
68’, es decir, apenas algo existencialista, un poco de Ser y Tiempo y las
conferencias de Sendas perdidas. Sea como fuere, la suerte de la filosofía de
Gadamer en el Perú no iba a ser tan feliz. Lo que se verá sobre el autor alemán
se puede aplicar también a los maestros que lo son más afines o que son de
alguna manera el desarrollo, la continuación (o la distorsión) del
planteamiento inicial.
El siglo XX tardío no difundiría mucho la idea de la hermenéutica más allá
de la frontera de los estudiosos germano-parlantes en el ambiente académico del
Perú. Y ni siquiera eso. Aún a inicios de este siglo XXI Gadamer seguía siendo
una rareza bibliográfica. Si examinamos los repositorios electrónicos de las
instituciones académicas que hacen filosofía, vamos a tener una sorpresa
bastante desalentadora. En los últimos 20 años la Pontificia Universidad
Católica del Perú presenta sólo tres trabajos de tesis relacionados con el
asunto del presente libro, sea relativamente al pensamiento de Gadamer mismo o
sea de la hermenéutica como una forma de discurso; la Universidad Antonio Ruiz de Montoya presenta registrada en su repositorio
virtual apenas una tesis sobre Gadamer: sólo dos tesis aplican con la palabra
clave “hermenéutica”. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos presenta muy
recientemente indicios de interés por el discurso de la hermenéutica
filosófica. Se ha podido reconocer una tesis notable sobre Charles Taylor de
2019, así como otra sobre Gianni Vattimo del año siguiente. No hemos podido
encontrar ninguna tesis sobre Gadamer, el referente fundamental de la
hermenéutica. No hemos hallado ninguna monografía sobre la hermenéutica
filosófica como tal. No puedo procesar cómo se puede vivir en la Luna.
No está demás acotar que al presente no existen hay trabajos académicos,
monografías, artículos o tesis sobre la hermenéutica en el Perú ni sobre el
influjo de ninguno de los autores vinculados con esa tradición de pensamiento
en el contexto peruano.
2002 es el año del fallecimiento de Hans-Georg Gadamer. Al morir había
cumplido los 102 años. Mientras se hacía en todo el orbe ceremonias y homenajes
en honor del autor y su obra, en Lima no sucedía casi nada. Ese año, como una
nota más bien marginal, se publicó una nota de simpatía. No en alguna Facultad
de Letras o Humanidades, sino en una de Ciencias Sociales, donde es esperable
hubieran llegado antes los efectos de la hermenéutica que sus más bien sutiles
argumentos y fuentes. Aquí presentamos unas frases de una severa y algo triste
nota en la conocida revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la
Universidad Nacional de San Marcos. Escribe su autor, Manuel Castillo:
La palabra “hermenéutica”, sin
embargo, parece menos esotérica ahora que hace veinte años. No creemos posible
que se pueda volver a escribir sobre Gadamer lo que escribió Manuel Castillo en
2002. Ya desde el siglo pasado era posible llevar en la universidad peruana
algún curso referente a Gadamer, sobre su libro Verdad y Método o bien algún
curso sobre la hermenéutica en general. No se engañe el lector: se trataba de
una excepción antes que de una norma. Los largos periodos y los más bien
retorcidos desembalses de erudición sobre la cultura alemana media no ayudaban
gran cosa para ganarse empatía entre los académicos peruanos; tanto alumnos
como profesores de filosofía encontraban mayor interés en Sigmund Freud,
Friedrich Nietzsche, o Carlos Marx, los maestros de la sospecha de la década de
1960. Carl Jung, la sociología francesa de la década rodeada de Mayo del 68’,
el Martin Heidegger de Sendas perdidas, Jacques Lacan o Michel Foucault hacían
al estudiante medio un cómodo crítico engagé de la civilización burguesa
mientras, al mismo tiempo, las décadas de 1970, 1980 y 1990 aparecían como
escenarios apagados e inesenciales ante los temas de 1960, que parecían, en
cambio, eternos.
Es difícil no asociar esto con el
catolicismo vaticano, tan poderoso en los países latinos, y su obsesión con los
cambios sociales que, al parecer, nunca envejecen después de los Beatles. Los
lectores de Heidegger, alimentados por la cultura francesa, seguían una
hermenéutica que apenas sabía pronunciar “Dasein” y parecía obra heroica de
Jean Paul Sartre. En general, la Undécima tesis de Feuerbach era el último
grito de la moda, eso desde la capilla del colegio hasta los estudios de
doctorado. La hermenéutica, que en términos generales era más bien una forma
germana de conservadurismo, terminaba sus insoportables vórtices eruditos en
tesis inaceptables para su tiempo: algo sobre el “diálogo” y la lingüisticidad,
tan diferente de las explosiones del terrorismo. La hermenéutica parecía derrotada por la Guerra Mundial, en su pobreza, sin
la ventaja de haberse jamás legitimado con el rifle que hizo mártires a los
curas engagés de los años 60’. Pero los curas se hacen viejos. Aunque
parezca mentira, los curas y las canciones de Marisol siempre se marchitan.
En 2002 Gadamer, aquí aún un desconocido, había muerto. Ya desde 1990 había
ingresado discretamente a la academia peruana en cambio por extraños caminos.
La hermenéutica enseña que no hay tal cosa como un saber desinteresado, un
saber neutral, un saber sin compromisos. Seguiremos en lo que sigue esta
sugerencia como un dogma y dejaremos esa clase de saber a los asesores del
Pentágono. Es sobre lo que esta sugerencia indica que tendremos aquí en el
resto un libro de hermenéutica. Su eje temático no será su recepción en el
Perú, que puede ser descrita como el calco y la copia del secentismo. Su interés
será, más bien, estimular la filosofía que no se deja poner límites por las
orgullosas disciplinas particulares ni por los inmortales aparentes frenos que
las historias humanas parecen ponerle a su agenda. Como hemos adelantado en el
prólogo, en gran medida, en este trabajo habrá de tenerse en manos una
hermenéutica religiosa, ligada a la vida social, pero desde fuera de las mallas
cientificistas y liberales sesentistas en las cuales tuvo la hermenéutica
filosófica su ingreso en los debates peruanos cuando en 1989 un trabajo
pedagógico dio nacimiento a la palabra “Gadamer”, quizá sin la esperanza de que
diese membrete a ninguna manera de hacer filosofía.
No mucho después de la muerte de Gadamer la religión recomendó a los
católicos el conocimiento y, más aún, el empleo de la hermenéutica filosófica.
En efecto, el Papa Benedicto XVI lo dejó así sugerido por emplear este término
él mismo. Hasta el momento de la intervención del Papa con la palabra
“hermenéutica” el mero nombre de tal cosa era signo de algo incompatible con la
fe de los apóstoles, que los más exquisitos de los teólogos creían debía haber
esperado a Santo Tomás de Aquino para existir. Hablar antes de hermenéutica,
sobre todo en el Perú, era como hacer un guiño a los demonios. Es manifiesto el
deseo de normalizar el uso de la voz “hermenéutica” en el vocabulario de la
filosofía cristiana. Esto ocurrió en el discurso para la Curia romana en
ocasión de Navidad el 22 de diciembre de 2005 a la Curia Romana.
En el contexto de 2005, tres años después de la muerte de Gadamer, se
trataba de la normalización del legado de este mismo que había sido combatido
por Habermas (como también Heidegger); la hermenéutica aparecía ahora como un
discurso donde la fe era capaz de conciliarse y educar con la razón, una razón
que ya no era más la de la Ciencia, ni la de la socialdemocracia habermasiana,
ni la del kantismo racionalista ni la supuesta razón de los maestros de la
sospecha, que sospechaban tan escasamente de sí mismos. El discurso de las
élites del Vaticano, sea para mal como es ahora, o para bien algunas veces, es
decisivo para las clases medias católicas, las grandes impulsoras anónimas de
la hermenéutica en los países católicos.
La bibliografía tanto teológica como filosófica desarrollada en torno del
pensamiento de Benedicto XVI ha intentado esbozar el trasfondo de su discurso
como una actividad hermenéutica, como una actividad en que la filosofía
hermenéutica había jugado un rol de trasfondo productor de sentido. Espero que
la lectura de este libro, algo disperso de estilo, pueda explicar este punto
más adelante. Una década de pontificado en nada hermenéutico fue la respuesta
de los poderes económicos globales al esfuerzo del papa Benedicto por acercar a
la Iglesia a formas más eficientes de diálogo con el mundo contemporáneo. La
cuestión de la verdad y la práctica de la religión en la hermenéutica
filosófica es un rememorar, un comprender y un aplicar; durante la década
posterior el proceder político de la Iglesia se desarrolló en cambio como un
mandar, un cambiar, un destruir y un adaptar el cristianismo a los poderes
económicos y militares de este mundo, un giro despótico que suelen apreciar
tantos curas de élite de la época presente. La mera aquiescencia de los
católicos ante el autoritarismo de los últimos años muestra el intenso
compromiso del cristianismo contemporáneo con el racionalismo moderno y sus más
siniestras contrapartidas de dominación ciega y violencia metafísica contra el
cristianismo mismo.
Vattimo,
filósofo italiano, se había hecho célebre en la década de 1980 por haber
popularizado la idea de un “pensamiento débil”. Ése era su diagnóstico de su
tiempo; el Ser se habría debilitado, dando lugar a una cultura ajena a la
violencia, incluso ajena a la política, una sociedad estética y estática.
Vattimo tuvo la habilidad de redactar una suerte de manifiesto posmoderno; la
obra colectiva Il pensiero debole que editara con Aldo Rovatti en 1988.
La idea de un debilitamiento progresivo del saber debe integrarse con el
movimiento cultural e intelectual posmoderno, que sería muy influyente en las
décadas de 1980 y 1990 y en cuyo contexto se entiende la posición de la
Iglesia, en ese entonces defensora de los modelos permanentes de conservación
social. A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX es obvio que este
pensamiento débil de Vattimo era aliado del proceso de deterioro de las
sociedades occidentales. Vattimo llamó “nihilismo” a ese movimiento y lo trató
como si fuera un camino inexorable, un destino inevitable llevado por el Ser
antes que por el hombre. Vattimo subrayaba en ellas su carácter infundado como
“debilitamiento del Ser”.
A fines del siglo XX el
giro político fue en gran medida determinado por el ingreso de Vattimo en la
política. Quien hasta fines del siglo XX estaba conforme (y era aun abanderado)
con las ideales medios de las sociedades capitalistas, se lanzó a una guerra
contra las instituciones sociales básicas, incluida allí la religión, pero
también la democracia occidental y la ética basada en el concepto de
“derechos”. Este Vattimo político influenciaría mucho el lenguaje general de la
filosofía, generando diversas reacciones, desde la más cauta reserva a la
oposición marcada y militante contra la sociedad occidental moderna. En realidad, las primeras
dos décadas del siglo XX conocieron un gran auge de la hermenéutica como
propuesta cultural. Tras los estudios en este rubro se reprodujo de alguna
manera un entorno político de conformidad, oposición o bien rechazo del “Ser”,
entendido más bien como el espíritu de la época. Para usar una famosa expresión
del Papa Benedicto XVI, se trataba del dilema entre una hermenéutica de la
continuidad y una hermenéutica de la reforma. En medio de ese dilema, un
adversario común, el pensamiento conservador de la socialdemocracia europea,
enemigo tanto de la capilla como del disenso.
Hecho
este recuento de factores es razonable preguntarse qué ocurrió en el Perú. Cómo
fue la recepción del derrotero de la hermenéutica filosófica en las primeras
dos décadas del siglo XX. Ya hacia fines del XX la hermenéutica había tenido un
desarrollo socialmente apreciado en las obras de Charles Taylor y Paul Ricoeur.
Ambos autores usaron la hermenéutica de Gadamer o, al menos, algo muy semejante
a ella, para dar salidas de legitimidad a las sociedades occidentales. Estas
posiciones enfrentaron los retos y la crisis de las democracias sugiriendo
posturas conciliadoras de diverso tipo, que contribuyeron no poco a la
consolidación de los lenguajes políticos y los desarrollos de las ciencias
sociales actuales; eran pues, versiones conservadoras de la hermenéutica, que
hicieron suyas las agendas en que fue evolucionando la civilización occidental.
En la vida cultural del Perú esta clase de hermenéutica tuvo una recepción
innegable. Más adelante, al tratar de manera desagregada a Taylor y Ricoeur
haremos una evaluación de su influencia con recurso a fuentes digitales sobre
tesis, cursos o artículos compuestos sobre ambos que, no siendo los únicos, son
los más representativos.
Volvamos
ahora al texto conmemorativo de la revista Investigaciones Sociales,
publicado en homenaje al fallecimiento de Gadamer. Gadamer falleció en marzo de 2002. Hasta ese instante apenas puede registrarse unos pocos textos impresos sobre Gadamer o su obra en el arco de 1989 y esa fecha. Prácticamente no hay nada que valga la pena mencionar. Ya no digamos en Areté sino, virtualmente, en ninguna fuente académica peruana. Entretanto, Gadamer y la hermenéutica se habían convertido en interlocutores necesarios para la estética, la ética, filosofía política y las ciencias sociales donde, a no dudarlo, habría ingresado en la academia peruana de manera intrusiva y anónima. El autor de la nota de 2002 en San Marcos no niega la perplejidad de conmemorar en el Perú a un desconocido.
Pocas veces unas tan pocas palabras revelan con tanto énfasis el estado de la filosofía en el Perú, en mucho tan imitativa, defectiva, pero en lo menos filosófico antes que en lo más. No sólo la mayoría de peruanos, sino reconocidamente las élites de científicos sociales y filósofos políticos estaban de espaldas a uno de los discursos de filosofía más notorios de su tiempo, que no era tanto su tiempo como el tiempo del existencialismo y el cientificismo de la década de 1940. Debe ser indicado que Gadamer, tres lustros después del artículo de Areté de 1989, el mismo Gadamer, de quien Habermas sostuvo con cruel ironía que había “urbanizado” “la provincia heideggeriana”, seguía siendo lo que todavía parece ser ahora, un desconocido. Un ilustre desconocido. Es evidente sin embargo que algo ha sucedido entre 2002 y el presente, al menos algo lo suficientemente relevante como para dar lugar a esta historia.

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