Víctor Samuel Rivera

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.

lunes, 2 de marzo de 2026

La hermenéutica en el Perú




            El uso filosófico de “hermenéutica” en el Perú tiene un inicio; un inicio no muy lejano, ciertamente. Este puede rastrearse hacia fines de la década de 1980. Lo encontramos en un artículo publicado en Areté, seria e inobjetable revista del Departamento de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Era el primer número de la flamante revista, que recogía entonces las audaces iniciativas de trabajo de sus jóvenes profesores. Era también, aunque pasara desapercibido esto para todos, la primera obra académica que se hacía en el Perú sobre Hans-Georg Gadamer (1900-2002); este filósofo alemán era el fundador reconocido de la hermenéutica filosófica y, para fines de la década de 1980, un autor en plena fama y productividad, que atravesaba en Alemania su momento de mayor actividad polémica e intelectual. El artículo de Areté se ocupaba del tema del carácter lingüístico de la comprensión en la obra principal de este ilustre profesor jubilado, Verdad y Método. Se trata de un texto más bien elemental y pedagógico, sin mayor valor académico, pero testimonio y huella del ingreso apagado de un cierto tipo de discurso en filosofía. En cierto sentido, para el Perú de 1989 el artículo publicado, con todo y su carácter más bien introductorio, aparecía como un aporte curioso sobre un filósofo dicho en ascenso, dicho productivo y polémico, incluso incomprendido más entonces que ahora, considerada su opus maius la incierta novedad de un desconocido perfecto.
“Hermenéutica” es una palabra cuyo uso social es muy reciente. Como todo lo reciente, parece obvio, pero más aún: tiene la apariencia de ser y haber sido siempre un tema permanente e intemporal. Esta es una de esas palabras que, habiendo sido creada por la filosofía profesional, ha terminado siendo legada, sin duda involuntariamente, a los más remotos consumidores del lenguaje insipiente de las academias, a tiros entre los ecos gritones de corrillos y tabernas. Una expresión que, por sus funciones en el conocimiento, y que fue elaborada para definir, precisar y hacer fluidos y comprensibles unos argumentos, ha terminado secuestrada del que podemos llamar su cerco de sentido. Y aunque este secuestro aparece como lenguaje corriente en el mundo universitario, no es mayor a una reciente circulación traviesa y malsana, joven como suelen ser los errores inmaduros. Se requiere aquí de una historia. Una historia que, aunque no pueda revertir el dispendio de seguridad del que el cerco de sentido otorga la ilusión, pueda al menos recordar a los usuarios originales, la comunidad filosófica, por qué, para qué, con qué objeto apareció y se usa entre los filósofos del Perú la voz “hermenéutica”. También, naturalmente, de cómo la uso yo.


            Es fácil sospechar que los dedos de una sola mano constituyen un dato especulativo muy grande para estimar cuántos lectores podía haber tenido Verdad y Método en el Perú de 1989, tan poco interesado en el lenguaje y tan afectado en cambio por la violencia. El terrorismo y la sangre humana aquí y allá tenían muy ocupados a los filósofos como para dedicarse mucho a pensar el diálogo, aunque no tanto como para no regalarle un inicio en el umbral del terror en que se vivía entonces.

            En 1989 Gadamer había pasado en el ambiente de habla española, de un modesto anonimato, a haberse convertido en una genuina voz de la filosofía continental. Tenía ya varios lustros en polémica con el filósofo continental de ese momento, Jürgen Habermas. Habermas había dedicado no poco trabajo en refutar o descatalogar su obra, acusada de ser relativista y conservadora a la misma vez. La polémica con Habermas sería publicada y revisada o interpretada de diversas maneras, tanto por los mismos interlocutores como por sus comentaristas posteriores. Gadamer publicaría después un conjunto de conferencias y otros textos menores en el volumen que hoy se conoce como Verdad y Método II, impreso por primera vez en alemán en 1986; buena parte del texto es un diálogo con Habermas y el punto de vista por él representado. Este diálogo dio lugar a que Paul Ricoeur y otros acuñaran la expresión “hermenéutica crítica”, algo así como un encuentro violento entre lenguajes incompatibles, aunque con un final feliz. La hermenéutica habría dejado de ser una preocupación para la socialdemocracia. De hecho, pasaría a ser desde entonces “crítica”, es decir, un discurso al servicio de la agenda del globalismo globalismo woke “de izquierdas”, tan notorio hoy con los escándalos de sobornos y corrupción del pornógrafo judío democrático Jeffrey Epstein. No es fácil olvidar a las izquierdas moralistas, sancionadoras, impecablemente blancas, gordas y bobaliconas, mantenidas hasta hace tan poco por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, la USAID y las corporaciones millonarias de Silicon Valley.
            El texto de Areté de 1989, sin que esto pareciera captarlo nadie, era una tímida actualización del Perú en un debate entonces contemporáneo. 1989 sería también un momento decisivo para el mundo occidental, si no ya para la humanidad entera: Fue el año señalado para el final de la Guerra Fría entre el capitalismo nihilista y el comunismo nihilista. El Muro de Berlín caería ese año, a ojos del que esto redacta un efecto predecible de la supresión del patrón oro en 1973. La URSS no pudo competir con Estados Unidos en la producción industrial de dólares sin respaldo y, como es comprensible, luego de una agonía más bien breve históricamente, la URSS quebró, cayéndose como un castillo de naipes como nunca el Imperio Romano. Las polémicas en torno del ganador aparente de la Guerra Fría y los soportes conceptuales que la filosofía le dada o lo quitaba serían durante tres décadas el nudo de toda discusión actual de la filosofía de las universidades y los cafetines de los cultos, que se pondrían pronto a reemplazar la lucha de los pobres y los desposeídos por la lucha de los promiscuos y los pedófilos a ser reconocidos en sus derechos universales e inalienables. En este contexto Gadamer, quien proponía centrarse en una gestión pública y global marcada por la idea de “diálogo” se iría haciendo simpático y aun deseable al nuevo orden mundial anglosajón.
            Cabe recordar que existe el registro de la polémica entre Gadamer y Jürgen Habermas que había tenido lugar como consecuencia de la publicación de Verdad y Método. Habermas era un crítico de la sociedad tradicional, una suerte de ilustrado que veía con cierto horror una versión de la verdad sin método, que era el trasfondo del libro de Gadamer. Tenemos acceso a la discusión con un libr en forma de dossier, que sería impreso en alemán en 1971. Es bien sabido que el debate entre uno y otro concluyó en la asimilación, exitosa o no tanto, de la hermenéutica de Gadamer en la filosofía socialdemócrata de Habermas, ese fantasma del siglo XX.
            La hermenéutica se planteaba como el discurso medio de la filosofía continental, incluso como la retórica de la burocracia academia global. Recogiendo esto, Gianni Vattimo se haría célebre al aseverar una década después, quizá con algún exceso de entusiasmo, que la hermenéutica habría devenido en la “nueva koiné” del tiempo contemporáneo al suyo, que en cierto sentido es aún lo contemporáneo nuestro. Pero volvamos a 1989 y al introductorio artículo de Areté. Revista de filosofía. El tema es que, en 1989, la hermenéutica de Gadamer estaba ya bajo la bendición demócrata de Habermas. La hermenéutica filosófica, como un discurso, pasaba al pico de su popularidad en el mundo, incluso con una cierta aura progresista y luego hasta democrática y liberal, como se puede notar de los textos de Paul Ricoeur o Adela Cortina; ambos presuponen la importancia de la hermenéutica filosófica y, por decirlo de alguna manera, su utilidad social en un mundo que iba dejando en la quiebra a la autoritaria URSS y su medio planeta de satélites.
            Desde el sencillo artículo de Areté de 1989 es grande el camino que ha seguido la clase de lenguaje filosófico estimulada por la obra de Gadamer en el Perú. Algunos autores que son considerados de manera ordinaria como “hermeneutas” se han transformado en lecturas obligadas en filosofía política y ciencias sociales. Éste es el caso, por ejemplo, del canadiense Charles Taylor, así como del ya citado Paul Ricoeur, aunque quizás con menor difusión. Si se hiciera un estudio estadístico del uso de “hermenéutica” en filosofía, pero también en otras ciencias humanas o sociales, encontraríamos una intensidad desacostumbrada del empleo tanto de esta voz, así como de sus derivados “hermenéutico”, etc. Aunque la hermenéutica filosófica sea poco menos que desconocida, al menos su nombre circula de muchas maneras, pocas veces teniendo referencia a Gadamer o algo que pueda ser asociado al artículo de 1989.
            En filosofía ha sido grande la acogida para la obra de Martin Heidegger, el maestro y la fuente de las tesis más aceptadas de Verdad y Método. La acogida de Heidegger no puede ser considerada en el Perú como muy minuciosa sino más bien todo lo contrario, por lo que no ha aportado gran cosa a comprender mejor a Gadamer entre quienes le dan su trabajo a leer tanto Verdad y Método como las incontables obras menores que van en calidad más bien de escolios del libro de 1960. Como sea, el conocimiento de Heidegger en el Perú, o bien es incipiente, o bien se limita a lo que era para la cultura de Mayo del 68’, es decir, apenas algo existencialista, un poco de Ser y Tiempo y las conferencias de Sendas perdidas. Sea como fuere, la suerte de la filosofía de Gadamer en el Perú no iba a ser tan feliz. Lo que se verá sobre el autor alemán se puede aplicar también a los maestros que lo son más afines o que son de alguna manera el desarrollo, la continuación (o la distorsión) del planteamiento inicial.
            El siglo XX tardío no difundiría mucho la idea de la hermenéutica más allá de la frontera de los estudiosos germano-parlantes en el ambiente académico del Perú. Y ni siquiera eso. Aún a inicios de este siglo XXI Gadamer seguía siendo una rareza bibliográfica. Si examinamos los repositorios electrónicos de las instituciones académicas que hacen filosofía, vamos a tener una sorpresa bastante desalentadora. En los últimos 20 años la Pontificia Universidad Católica del Perú presenta sólo tres trabajos de tesis relacionados con el asunto del presente libro, sea relativamente al pensamiento de Gadamer mismo o sea de la hermenéutica como una forma de discurso; la Universidad Antonio Ruiz de Montoya presenta registrada en su repositorio virtual apenas una tesis sobre Gadamer: sólo dos tesis aplican con la palabra clave “hermenéutica”. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos presenta muy recientemente indicios de interés por el discurso de la hermenéutica filosófica. Se ha podido reconocer una tesis notable sobre Charles Taylor de 2019, así como otra sobre Gianni Vattimo del año siguiente. No hemos podido encontrar ninguna tesis sobre Gadamer, el referente fundamental de la hermenéutica. No hemos hallado ninguna monografía sobre la hermenéutica filosófica como tal. No puedo procesar cómo se puede vivir en la Luna.
            No está demás acotar que al presente no existen hay trabajos académicos, monografías, artículos o tesis sobre la hermenéutica en el Perú ni sobre el influjo de ninguno de los autores vinculados con esa tradición de pensamiento en el contexto peruano.

            2002 es el año del fallecimiento de Hans-Georg Gadamer. Al morir había cumplido los 102 años. Mientras se hacía en todo el orbe ceremonias y homenajes en honor del autor y su obra, en Lima no sucedía casi nada. Ese año, como una nota más bien marginal, se publicó una nota de simpatía. No en alguna Facultad de Letras o Humanidades, sino en una de Ciencias Sociales, donde es esperable hubieran llegado antes los efectos de la hermenéutica que sus más bien sutiles argumentos y fuentes. Aquí presentamos unas frases de una severa y algo triste nota en la conocida revista de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de San Marcos. Escribe su autor, Manuel Castillo:
            La palabra “hermenéutica”, sin embargo, parece menos esotérica ahora que hace veinte años. No creemos posible que se pueda volver a escribir sobre Gadamer lo que escribió Manuel Castillo en 2002. Ya desde el siglo pasado era posible llevar en la universidad peruana algún curso referente a Gadamer, sobre su libro Verdad y Método o bien algún curso sobre la hermenéutica en general. No se engañe el lector: se trataba de una excepción antes que de una norma. Los largos periodos y los más bien retorcidos desembalses de erudición sobre la cultura alemana media no ayudaban gran cosa para ganarse empatía entre los académicos peruanos; tanto alumnos como profesores de filosofía encontraban mayor interés en Sigmund Freud, Friedrich Nietzsche, o Carlos Marx, los maestros de la sospecha de la década de 1960. Carl Jung, la sociología francesa de la década rodeada de Mayo del 68’, el Martin Heidegger de Sendas perdidas, Jacques Lacan o Michel Foucault hacían al estudiante medio un cómodo crítico engagé de la civilización burguesa mientras, al mismo tiempo, las décadas de 1970, 1980 y 1990 aparecían como escenarios apagados e inesenciales ante los temas de 1960, que parecían, en cambio, eternos.
             Es difícil no asociar esto con el catolicismo vaticano, tan poderoso en los países latinos, y su obsesión con los cambios sociales que, al parecer, nunca envejecen después de los Beatles. Los lectores de Heidegger, alimentados por la cultura francesa, seguían una hermenéutica que apenas sabía pronunciar “Dasein” y parecía obra heroica de Jean Paul Sartre. En general, la Undécima tesis de Feuerbach era el último grito de la moda, eso desde la capilla del colegio hasta los estudios de doctorado. La hermenéutica, que en términos generales era más bien una forma germana de conservadurismo, terminaba sus insoportables vórtices eruditos en tesis inaceptables para su tiempo: algo sobre el “diálogo” y la lingüisticidad, tan diferente de las explosiones del terrorismo. La hermenéutica parecía derrotada por la Guerra Mundial, en su pobreza, sin la ventaja de haberse jamás legitimado con el rifle que hizo mártires a los curas engagés de los años 60’. Pero los curas se hacen viejos. Aunque parezca mentira, los curas y las canciones de Marisol siempre se marchitan.
            En 2002 Gadamer, aquí aún un desconocido, había muerto. Ya desde 1990 había ingresado discretamente a la academia peruana en cambio por extraños caminos. La hermenéutica enseña que no hay tal cosa como un saber desinteresado, un saber neutral, un saber sin compromisos. Seguiremos en lo que sigue esta sugerencia como un dogma y dejaremos esa clase de saber a los asesores del Pentágono. Es sobre lo que esta sugerencia indica que tendremos aquí en el resto un libro de hermenéutica. Su eje temático no será su recepción en el Perú, que puede ser descrita como el calco y la copia del secentismo. Su interés será, más bien, estimular la filosofía que no se deja poner límites por las orgullosas disciplinas particulares ni por los inmortales aparentes frenos que las historias humanas parecen ponerle a su agenda. Como hemos adelantado en el prólogo, en gran medida, en este trabajo habrá de tenerse en manos una hermenéutica religiosa, ligada a la vida social, pero desde fuera de las mallas cientificistas y liberales sesentistas en las cuales tuvo la hermenéutica filosófica su ingreso en los debates peruanos cuando en 1989 un trabajo pedagógico dio nacimiento a la palabra “Gadamer”, quizá sin la esperanza de que diese membrete a ninguna manera de hacer filosofía.
            No mucho después de la muerte de Gadamer la religión recomendó a los católicos el conocimiento y, más aún, el empleo de la hermenéutica filosófica. En efecto, el Papa Benedicto XVI lo dejó así sugerido por emplear este término él mismo. Hasta el momento de la intervención del Papa con la palabra “hermenéutica” el mero nombre de tal cosa era signo de algo incompatible con la fe de los apóstoles, que los más exquisitos de los teólogos creían debía haber esperado a Santo Tomás de Aquino para existir. Hablar antes de hermenéutica, sobre todo en el Perú, era como hacer un guiño a los demonios. Es manifiesto el deseo de normalizar el uso de la voz “hermenéutica” en el vocabulario de la filosofía cristiana. Esto ocurrió en el discurso para la Curia romana en ocasión de Navidad el 22 de diciembre de 2005 a la Curia Romana.
            En el contexto de 2005, tres años después de la muerte de Gadamer, se trataba de la normalización del legado de este mismo que había sido combatido por Habermas (como también Heidegger); la hermenéutica aparecía ahora como un discurso donde la fe era capaz de conciliarse y educar con la razón, una razón que ya no era más la de la Ciencia, ni la de la socialdemocracia habermasiana, ni la del kantismo racionalista ni la supuesta razón de los maestros de la sospecha, que sospechaban tan escasamente de sí mismos. El discurso de las élites del Vaticano, sea para mal como es ahora, o para bien algunas veces, es decisivo para las clases medias católicas, las grandes impulsoras anónimas de la hermenéutica en los países católicos.
            La bibliografía tanto teológica como filosófica desarrollada en torno del pensamiento de Benedicto XVI ha intentado esbozar el trasfondo de su discurso como una actividad hermenéutica, como una actividad en que la filosofía hermenéutica había jugado un rol de trasfondo productor de sentido. Espero que la lectura de este libro, algo disperso de estilo, pueda explicar este punto más adelante. Una década de pontificado en nada hermenéutico fue la respuesta de los poderes económicos globales al esfuerzo del papa Benedicto por acercar a la Iglesia a formas más eficientes de diálogo con el mundo contemporáneo. La cuestión de la verdad y la práctica de la religión en la hermenéutica filosófica es un rememorar, un comprender y un aplicar; durante la década posterior el proceder político de la Iglesia se desarrolló en cambio como un mandar, un cambiar, un destruir y un adaptar el cristianismo a los poderes económicos y militares de este mundo, un giro despótico que suelen apreciar tantos curas de élite de la época presente. La mera aquiescencia de los católicos ante el autoritarismo de los últimos años muestra el intenso compromiso del cristianismo contemporáneo con el racionalismo moderno y sus más siniestras contrapartidas de dominación ciega y violencia metafísica contra el cristianismo mismo.
            Vattimo, filósofo italiano, se había hecho célebre en la década de 1980 por haber popularizado la idea de un “pensamiento débil”. Ése era su diagnóstico de su tiempo; el Ser se habría debilitado, dando lugar a una cultura ajena a la violencia, incluso ajena a la política, una sociedad estética y estática. Vattimo tuvo la habilidad de redactar una suerte de manifiesto posmoderno; la obra colectiva Il pensiero debole que editara con Aldo Rovatti en 1988. La idea de un debilitamiento progresivo del saber debe integrarse con el movimiento cultural e intelectual posmoderno, que sería muy influyente en las décadas de 1980 y 1990 y en cuyo contexto se entiende la posición de la Iglesia, en ese entonces defensora de los modelos permanentes de conservación social. A lo largo de las dos últimas décadas del siglo XX es obvio que este pensamiento débil de Vattimo era aliado del proceso de deterioro de las sociedades occidentales. Vattimo llamó “nihilismo” a ese movimiento y lo trató como si fuera un camino inexorable, un destino inevitable llevado por el Ser antes que por el hombre. Vattimo subrayaba en ellas su carácter infundado como “debilitamiento del Ser”.
            A fines del siglo XX el giro político fue en gran medida determinado por el ingreso de Vattimo en la política. Quien hasta fines del siglo XX estaba conforme (y era aun abanderado) con las ideales medios de las sociedades capitalistas, se lanzó a una guerra contra las instituciones sociales básicas, incluida allí la religión, pero también la democracia occidental y la ética basada en el concepto de “derechos”. Este Vattimo político influenciaría mucho el lenguaje general de la filosofía, generando diversas reacciones, desde la más cauta reserva a la oposición marcada y militante contra la sociedad occidental moderna. En realidad, las primeras dos décadas del siglo XX conocieron un gran auge de la hermenéutica como propuesta cultural. Tras los estudios en este rubro se reprodujo de alguna manera un entorno político de conformidad, oposición o bien rechazo del “Ser”, entendido más bien como el espíritu de la época. Para usar una famosa expresión del Papa Benedicto XVI, se trataba del dilema entre una hermenéutica de la continuidad y una hermenéutica de la reforma. En medio de ese dilema, un adversario común, el pensamiento conservador de la socialdemocracia europea, enemigo tanto de la capilla como del disenso.

            Hecho este recuento de factores es razonable preguntarse qué ocurrió en el Perú. Cómo fue la recepción del derrotero de la hermenéutica filosófica en las primeras dos décadas del siglo XX. Ya hacia fines del XX la hermenéutica había tenido un desarrollo socialmente apreciado en las obras de Charles Taylor y Paul Ricoeur. Ambos autores usaron la hermenéutica de Gadamer o, al menos, algo muy semejante a ella, para dar salidas de legitimidad a las sociedades occidentales. Estas posiciones enfrentaron los retos y la crisis de las democracias sugiriendo posturas conciliadoras de diverso tipo, que contribuyeron no poco a la consolidación de los lenguajes políticos y los desarrollos de las ciencias sociales actuales; eran pues, versiones conservadoras de la hermenéutica, que hicieron suyas las agendas en que fue evolucionando la civilización occidental. En la vida cultural del Perú esta clase de hermenéutica tuvo una recepción innegable. Más adelante, al tratar de manera desagregada a Taylor y Ricoeur haremos una evaluación de su influencia con recurso a fuentes digitales sobre tesis, cursos o artículos compuestos sobre ambos que, no siendo los únicos, son los más representativos.
            Volvamos ahora al texto conmemorativo de la revista Investigaciones Sociales, publicado en homenaje al fallecimiento de Gadamer. Ga
damer falleció en marzo de 2002. Hasta ese instante apenas puede registrarse unos pocos textos impresos sobre Gadamer o su obra en el arco de 1989 y esa fecha. Prácticamente no hay nada que valga la pena mencionar. Ya no digamos en Areté sino, virtualmente, en ninguna fuente académica peruana. Entretanto, Gadamer y la hermenéutica se habían convertido en interlocutores necesarios para la estética, la ética, filosofía política y las ciencias sociales donde, a no dudarlo, habría ingresado en la academia peruana de manera intrusiva y anónima. El autor de la nota de 2002 en San Marcos no niega la perplejidad de conmemorar en el Perú a un desconocido.      

               Un par de años después de los comentarios en Investigaciones Sociales, la academia de Lima recibiría a Gianni Vattimo, el relativista, el creador de la idea de la debilidad de la razón, como un héroe del pensamiento. Esto se infiere bastante bien del artículo (entonces el único artículo) dedicado a dar a conocer este autor por una revista de San Marcos. En San Marcos se escribiría la primera nota académica seria sobre la obra del turinés y, en poco más de una década, Gadamer y la hermenéutica se convertirían en moneda más o menos fiable en el mercado de las tesis y las investigaciones hasta poco antes imposibles. La prueba de que éstas eran imposibles antes de 2001 es ésta: no había antes nada; nadie habla de lo que no existe. Ya desde antes del siglo presente, en mi condición modesta de profesor que debía correr por los umbrales de tres o cuatro empleos, me interesé en las obras antimodernas y tardoliberales de Vattimo, frente a las cuales he diseñado la hermenéutica del misterio. Su lectura me llevó a una interpretación política de Gadamer y Heidegger y, a partir de ellos, a una cierta teología política y social que hoy dirijo en el camino de los predecesores antes aludidos.Gadamer falleció en marzo de 2002. Hasta ese instante apenas puede registrarse unos pocos textos impresos sobre Gadamer o su obra en el arco de 1989 y esa fecha. Prácticamente no hay nada que valga la pena mencionar. Ya no digamos en Areté sino, virtualmente, en ninguna fuente académica peruana. Entretanto, Gadamer y la hermenéutica se habían convertido en interlocutores necesarios para la estética, la ética, filosofía política y las ciencias sociales donde, a no dudarlo, habría ingresado en la academia peruana de manera intrusiva y anónima. 
            Pocas veces unas tan pocas palabras revelan con tanto énfasis el estado de la filosofía en el Perú, en mucho tan imitativa, defectiva, pero en lo menos filosófico antes que en lo más. No sólo la mayoría de peruanos, sino reconocidamente las élites de científicos sociales y filósofos políticos estaban de espaldas a uno de los discursos de filosofía más notorios de su tiempo, que no era tanto su tiempo como el tiempo del existencialismo y el cientificismo de la década de 1940. Debe ser indicado que Gadamer, tres lustros después del artículo de Areté de 1989, el mismo Gadamer, de quien Habermas sostuvo con cruel ironía que había “urbanizado” “la provincia heideggeriana”, seguía siendo lo que todavía parece ser ahora, un desconocido. Un ilustre desconocido. Es evidente sin embargo que algo ha sucedido entre 2002 y el presente, al menos algo lo suficientemente relevante como para dar lugar a esta historia.
            

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