Víctor Samuel Rivera

Víctor Samuel Rivera
El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Lima, Peru
Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Como información general, tengo 51 años, hago pesas, crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Federico Villarreal, así como en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Basadre, homenajeador de Montealegre


El Marqués de Montealegre de Aulestia
José de la Riva-Agüero y Osma

1944. Mientras las fuerzas conjuntas del liberalismo y el comunismo ocupaban Europa, un 25 de octubre, ocurría el deceso del filósofo político más interesante de la primera mitad del siglo XX peruano. Era José de la Riva-Agüero y Osma, tal vez el intelectual peor tratado del pensamiento significativo de la centuria que pasó. Uno de los homenajes más desagradables que pudo haber tenido José de la Riva-Agüero y Osma es el que le fue tributado por el más importante historiador del mismo siglo, el más afortunado Jorge Basadre. Mientras revistas académicas como Mercurio Peruano dedicaban números especiales internacionales para honrar la memoria, Basadre redactó una crónica. Una crónica contraria a su habitual estilo elegante y fino, una crónica más bien virulenta y destemplada. Basadre había iniciado en la década de 1920 su carrera de historiador con un artículo contra el monarquismo, un artículo contra Riva-Agüero, entonces el historiador vivo más importante del Perú. Poco podía hacer nuestro filósofo y polígrafo, emigrado entonces en España. El artículo de Basadre era en realidad un mentís a la tesis más sensible del más célebre libro de Riva-Agüero, La Historia en el Perú. Basadre confiesa en 1944 que seguía al inicio de su carrera docente los artículos con que Riva-Agüero saturaba la prensa española. Escribe con horror: "Cierta vez leímos en un diario español, debajo de un artículo suyo, no su nombre de prócer (sic), sino el de Marqués de Montealegre de Aulestia". "¡Había empezado con tanto brío!", agregaba con una atrasada desilusión el autoestimado Basadre. Éstas eran sus palabras para conmemorar al más grande peruano del 900 que había muerto, el fundador en el Perú de la disciplina de la que él mismo era feudatario.

El último peruano Marqués de Montealegre de Aulestia, José de la Riva-Agüero y Osma (1885-1944) es uno de los dos intelectuales peruanos más importantes del primer tercio del siglo XX., un lugar que comparte con su amigo Francisco García Calderón (1883-1951). Fue el sanmarquino más insigne de su tiempo. Aunque se consideraba a sí mismo “historiador”, el historiador que opacaba la ambición de Basadre fue además crítico literario famosísimo, sociólogo, genealogista, político, orador de nota y periodista de pluma apreciada en América Latina y España. Fundó la sicología colectiva y la historia de la literatura peruana en 1905, con su libro Carácter de la literatura del Perú independiente e hizo lo propio con la historiografía con su La Historia en el Perú, de 1910. Fue también filósofo, aunque no un filósofo académico. De él puede decirse que fue el primer historiógrafo del periodo republicano y también el primer crítico literario del Perú originado en 1826. Experto en la obra del Inca Garcilaso, fue tan famoso por sus estudios en ella que ya en fecha tan temprana como 1906 se inicia la publicación y difusión de sus investigaciones, reimpresas innumerables veces. Hijo espiritual de Ricardo Palma y Alejandro Deustua, su obra histórica y literaria trascendió en fama las fronteras del Perú y obtuvo en vida innumerables reconocimientos por ella. Fue condecorado, entre otros Estados, por Alemania, el Reino de Italia, la Santa Sede, el Imperio del Japón y el Reino de España. Desde muy joven fue admitido como miembro de las Reales Academias de Historia (1914) y de la Lengua (1921). Diseñó el primer partido político moderno del siglo XX, el Partido Nacional Democrático (1915), del que compuso su ideario. Por cierto, circula la leyenda urbana de que ese partido era “liberal”, un contrahecho histórico del que yo mismo he sido víctima en mis primeros acercamientos al marqués y que, por cierto, ya enmendé.

Basadre acusa a Montealegre en su homenaje de 1944 de ser un político inhábil, que no tuvo ni el talento ni las condiciones para realizar ideales más razonables que los que Basadre denuncia casi como una enfermedad. Suele pasar con los liberales, desprecian lo que no entienden o no conocen. Montealegre fue un nacionalista recalcitrante, creó el primer frente de Derechas peruano de tipo ideológico, la Acción Patriótica (1936). En calidad de reaccionario, fue llamado para ejercer el cargo de alcalde de Lima (1931) y luego de Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Justicia y Culto durante el régimen de excepción del Presidente Benavides (1933). Lo que es más importante para nosotros, publicó uno de los más relevantes estudios de filosofía política que se hayan redactado en la primera parte del siglo XX peruano, Concepto del Derecho (1912), una sintética creación de la filosofía espiritualista aplicada a la teoría del Estado. Es curioso, pues Basadre, que también hizo historia del Derecho, debía haberla conocido. En la fortuna desdichada de otros pensadores políticos notables del Perú durante el siglo XIX, como José Ignacio Moreno y Bartolomé Herrera, toda su fama historial fue sacrificada en la memoria social a lo “políticamente correcto”. Frecuentador de Pío XII, lector de Herrera y del Conde de Maistre, los mensajes de su memoria han debido atravesar, hacia el final de la modernidad, la densa niebla de los determinadores de lo justo, los inexhaustos jueces del Tribunal de la Crítica, los vencedores militares de todos sus argumentos. ¿En qué año escribe Basadre el homenaje a quien parece ser más su víctima que su homenajeado?: 1944, mientras las fuerzas conjuntas del comunismo y el liberalismo arrasaban Europa. Debía haberle resultado más difícil el gambito sólo dos años atrás. En vida, Basadre nunca dio mal trato al marqués de la Calle de Lártiga. Así son los liberales.

En el pináculo de su fama social y académica europea, Riva-Agüero abogó por la recuperación de sus títulos familiares de nobleza, en particular del marquesado de Montealegre de Aulestia, que recuperó para su madre en 1922 y luego, tras la muerte de ésta, ostentaría como su firma en Europa, en especial en los países monárquicos. “Revivía a veces de sus tatarabuelos los Marqueses de Montealegre, cuyo título ostentaba”, escribe Basadre. Y con razón. En Europa fue el resto de su vida simplemente “Montealegre”, que es como lo trataremos preferentemente desde ahora, haciendo honor a su recuerdo. Es singular que las amistades y relaciones más fundamentales de Montealegre estuvieran en España. Contamos allí a Miguel de Unamuno, Marcelino Menéndez y Pelayo, Rafael Altamira, Ramiro de Maetzu, Gregorio Marañón, Juan Vázquez de Mella, Antonio Ballesteros, José María de Cossío o Eugenio d´Ors, en una lista larguísima que excede aquí nuestro propósito. Como político fue connotado nacionalista, tanto en el Perú como en Europa, donde hizo acto de adhesión a la causa del Rey Don Alfonso XIII en 1931, frecuentando la Corte en el exilio hacia el final de los días del soberano (1939-1941). Mantuvo desde inicios de la década de 1920 cercanía especial con los tradicionalistas hispánicos, y sostuvo genuina amistad con muchos de sus líderes entre la intelectualidad y la nobleza española; notoriamente, algunos de ellos fueron, biográficamente hablando, sus mejores amigos; contamos en la lista a los Marqueses del Saltillo, Lozoya, Quintanar, el de Vallellano y el de las Marismas de Guadalquivir, el segundo y tercero de Valdeiglesias, los condes de Doña Marina y Cerrajería, el Marqués de Rodezno y el Marqués de Cerralbo; aunque estos nombres sean extraños a la historia efectual peruana, todos son unos personajes dramáticos de la Guerra Civil Española (1936-1939). La relación con estos últimos personajes, al hacer manifiesta la vida de Montealegre, narra una historia apasionante y excesiva para un peruano, una historia perdida que es necesario rescatar en algún momento.

Como pensador político, Montealegre debe tener la fama más desafortunada posible que se pueda heredar de la historia. En parte fue su propia mala gestión como expositor de imagen, que lo recuerda por un famoso discurso de apenas 8 páginas, cuyo énfasis de estilo y su fuerza retórica lo hicieron incomprensible para sus destinatarios inmediatos, el auditorio de exalumnos del colegio Recoleta de Lima que celebraban el aniversario de su fundación en 1932. El texto impreso es conocido como el Discurso de la Recoleta, y para efectos del recuerdo efectual es, junto con un libro de paisajes que no le gustaba mucho, los Paisajes Peruanos, casi todo lo que un hombre culto peruano recuerda de él. Los libros de historia y sus innumerables ensayos y artículos de prensa se oscurecen frente a ambos textos. Del libro de filosofía política y su contexto, que es lo que nos importa, no digamos ya nada. En 1932 Riva-Agüero daba la impresión de adherirse al ultramontanismo religioso, como antes sus ancestros Herrera y Moreno en el siglo XIX. El autor quería presentarse socialmente ante el auditorio escolar como un antiliberal católico, pero la forma retórica daba demasiada pompa a la cuestión religiosa, que en realidad –como veremos- era bastante menos relevante de lo que sus circunvecinos y reseñadores imaginaron. En el contexto más vasto de su obra e influencias sociales e intelectuales, la obrilla era un diminuto muestrario de filosofía política en clave sociológica y espiritualista. En el contexto ausente de la ignorancia de sus vecinos, un discurso destemplado proferido por un fanático. Un historiador que hizo un discurso ruidoso de 8 páginas y redactó apenas un libro de literatura modernista no parece ser la clase de personaje que antes hemos descrito. Y no lo era.

Montealegre se hizo la fama de ultramontano al extremo de que su recuerdo casi se reduce a eso. Aunque realmente lo era, de allí no se sigue que su obra haya sido simplemente un montón de ultramontanismo. Había una profunda personalidad intelectual, moral y filosófica que se eclipsaría tras un cliché, que obturaría la dimensión epocal de su significado. Este trabajo es un intento por recuperar para la memoria al pensador que se ocultó tras las 8 paginillas que redactó su carácter terrible. En términos de pensamiento político, contrariamente a lo que suele decir la escasa historiografía disponible, no fue un tradicionalista católico. El lector del Conde de Maistre de la Recoleta era en realidad un reaccionario sociológico. Es fácil para un historiador de las ideas políticas reconocer el maurrasianismo, esto es, del tradicionalismo no religioso, entonces en boga. Esto se muestra en la práctica: En la década de 1930 dio su apoyo al movimiento de la reacción universal contra lo que consideraba el enemigo principal de la civilización, el liberalismo; el centro de su pensamiento es la elaboración catastrófica del liberalismo como evento de la modernidad política del Occidente, al que llega a llamar en esa época “pútrido pantano” y contra el que enarbola la bandera de lo que consideraba la necesaria “conculcación de 1789”. Montealegre diagnosticó que había una dimensión totalitaria y expansiva, de fuerte impronta nihilista en la experiencia histórica del liberalismo, en una línea que recuerda al Vizconde Louis de Bonald. En su tiempo el liberalismo no tenía la pretensión de ser el “pensamiento único”, pero quien podía comprender su significado destinal era capaz de figurarse el derrotero que marcaría su triunfo para la existencia planetaria tal y como, dos centurias después de de Bonald, ven hoy pensadores tan dispares como Alasdair MacIntyre o Christopher Larsh. 1932 era un año decisivo para su historia personal, marcada por un hecho incomprensible para su auditorio peruano: El Rey de España Don Alfonso había abdicado, y las Cortes Españolas habían proclamado pocos meses atrás la efímera República. Para Riva-Agüero de los 30’ este fenómeno era muy doloroso, pues significó la persecución, cuando no el vejamen y la muerte de muchos de sus amigos españoles que eran, en realidad, sus mejores amigos.

El Discurso de la Recoleta es en realidad sólo uno entre múltiples discursos reaccionarios que Montealegre diera en la década de 1930-1940, la historia de la reacción, una década terrible en la historia social y política del siglo XX. La historia de los efectos ha desestimado el resto del material, pero eso no quita que el de 1932 esté lejos de ser 8 hojitas sueltas de religión. Es el manifiesto de un pensador político. Amargado de una profunda desilusión ante la causa de Alfonso XIII, el pensador de Lártiga reaccionó. Pensó seriamente en sus estudios juveniles, los que lo habían convertido en un intelectual famoso, y luego de años de haber renunciado a las letras, volvió a la carga a denunciar lo que consideraba un síntoma del abismo sin fondo del nihilismo burgués. Era, sin duda, el año para un discurso ultramontano, pero no fue un escritor de parroquia el que salió a la lucha, intelectual y material. Era el filósofo espiritualista de Concepto del Derecho, un filósofo de honda huella nietzscheana y sociológica. En un rapto de esperanza, se lanzó en busca del evento. Cedió en uso sus inmuebles más codiciados en Lima, que puso al servicio de la Unión Revolucionaria –el partido fascista y laico de su época-; en el mismo periodo apoyó pública y efusivamente a Mussolini y a Franco; intervino activamente por la causa de Charles Maurras, llegando a escribir en la célebre revista L’Action Française. Su cercanía al maurrasianismo en ese tiempo estimuló su dedicación a la literatura francesa, que consumió los últimos años de su vida. De una u otra manera la reacción que él creía representar fracasó socialmente. Esta historia política es ella misma el olvido del filósofo de Concepto del Derecho; es un olvido que comienza a partir de sí mismo. Es esta realidad fascinante a la par que terrible la que selló al Marqués de Montealegre las puertas del horizonte de la memoria. Ya en el umbral de su muerte, el envío efectual que Basadre representaba se apresuraba a oscurecer al genio en la derrota de Europa.

1944 está hoy muy lejos. La hermenéutica política, que fue la herramienta del pensamiento político de Montealegre, se rehabilita a sí misma en el evento, esto es, en el acontecer espantoso del fracaso del tribunal desde donde Basadre pontificaba. Hoy quiebra el mundo liberal y nuevos universos hermenéuticos cumplen al fin el destino de enfrentar el nihilismo que entreviera Montealegre. Y de Basadre escribiré lo que dijera antes el insigne historiador de Riva-Agüero. “Es aquí donde nos sentimos muchos de los sinceros admiradores de este batallador insigne lejos de él, extraños a él. Y esto confiere a nuestro homenaje de hoy, respetuoso y atribulado, una emoción más viva, más severa y más significativa”. No hace falta agregar para quién es el homenaje.

1 comentario:

Masiyok bazan Ferrer dijo...

Saludo sus investigaciones, que son una revolaración sin duda del pensamiento conservador, de la idea del gran Perú, que ha de ser rescatada y puesto de nuevo sobre la mesa. Por otro lado, habría que reafirmar que tanto nutre la filosofía política a la política real e intentar ensayar algo, sino to lo expuesto nuestro pensador. Yo rescato en el marqués, es la unidad del gran peru, alto y bajo bajo unidos, el cambio de la capital, y una politica imperial-monarquica.
Roberto

 
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