Junto a otros investigadores, entre ellos el doctor Víctor Mazzi, se ha dictado en ciclo de talleres sobre pensamiento peruano. Me correspondió dictar Carácter de la literatura en el Perú independiente (1905) de José de la Riva-Agüero.Datos personales
- Víctor Samuel Rivera
- Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.
miércoles, 22 de junio de 2016
Taller de Pensamiento Peruano en el siglo XX/ José de la Riva-Agüero y Osma
Junto a otros investigadores, entre ellos el doctor Víctor Mazzi, se ha dictado en ciclo de talleres sobre pensamiento peruano. Me correspondió dictar Carácter de la literatura en el Perú independiente (1905) de José de la Riva-Agüero.jueves, 4 de junio de 2015
José de la Riva-Agüero y Osma como sanmarquino (conferencia)
José de la Riva-Agüero y Osma (Lima, 1885-1944) ha sido uno de los más sólidos, interesantes y productivos intelectuales de la generación del 900 peruano. Autor de varias obras de consideración, fue el historiador más prominente de su tiempo y referencia obligada de quienes le sucedieron en ese rubro. En 1905, siendo casi un adolescente, esbozó una concepción social de la identidad nacional del Perú, en la que fusionó la herencia de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma con la filosofía y sociología francesas más audaces y avanzadas de entonces. Discípulo en Lima de los filósofos Alejandro Deustua y Javier Prado, tuvo como horizonte el pensamiento nacional francés, al que elaboró por cuenta propia. Intentó, con el modelo de Bartolomé Herrera, subrayar un pensamiento social nacional que integrara de manera armoniosa los extremos del repulicanismo y el régimen social antiguo, el pasado y el porvenir, en un reconocimiento agradecido de la herencia abierto al futuro.
lunes, 23 de marzo de 2015
Discusión en el Instituto Porras sobre la Revista de la Universidad Católica (1932-1945)
En el contexto del Taller Porras, que se celebra semanalmente los días viernes de 3:00 pm a 5:00 pm bajo la dirección del Dr. Cristóbal Aljovín de Losada, se presenta este viernes 27 la investigación del Dr. Víctor Samuel Rivera con el título arriba puesto. Se trata de una lectura entre líneas, según el modelo de investigación histórica de Leo Strauss, de la Revista de la Universidad Católica en el periodo en el que formó parte de la vida universitaria de la Universidad Católica del Perú el marqués de Montealegre de Aulestia, don José de la Riva-Agüero y Osma. Se va a intentar probar el tipo de pensamiento político vigente en la revista y, por lo mismo, en la universidad, en el periodo indicado. Se comprobará la influencia en las clases de Charles Maurras y las publicaciones de la Acción Francesa, del Conde Joseph de Maistre y del pensamiento místico político de la derecha de la época. Se podrá ver el antiliberalismo radical de los textos de la publicación, identificar a los profesores (uno se sorprende cuando averigua quiénes son) y, particularmente, el régimen de temporalidad del pensamiento entero de la revista y la enseñanza universitaria, signada por la idea del Apocalipsis y la experiencia un tiempo de mal radical cuyo evento fundante es la Revolución Francesa, en especial el terror de 1793. Del mismo modo la valoración de los nacionalismos europeos y el apoyo que el Marqués don José ofrecía al régimen de Mussolini con el auspicio de la universidad.miércoles, 6 de junio de 2012
martes, 6 de diciembre de 2011
Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía, de Osmar Gonzales y Juan Carlos Guerrero (Reseña crítica)
Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía, de Osmar Gonzales y Juan Carlos Guerrero (Lima: Mn Editores, 2011, 224 págs.)
Reseña crítica
Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
Osmar Gonzales Alvarado es uno de los más destacados expertos vivos en los estudios sociales sobre el Perú del 1900. Ha dedicado su atención en diversos ensayos y monografías a la Generación del 900 peruana, un grupo de intelectuales y pensadores políticos de impronta nostálgica, autoritaria y –a veces- francamente reaccionaria. De los “novecentistas”, nacionalistas e hispanistas en su mayoría, se recuerda aún al escritor Ventura García Calderón, a su hermano, el precoz filósofo Francisco García Calderón, al sociólogo y polemista católico Víctor Andrés Belaunde y, de modo más especial, el historiador y pensador político José de la Riva-Agüero y Osma (1885-1944), Marqués de Montealegre de Aulestia. Éstos representaron diversas ramas del más variopinto pensamiento antiliberal, altamente influenciado por la teología política del Conde Joseph de Maistre y el parlamentario español Juan Donoso Cortés, llegando incluso a la defensa de alguna suerte de nacionalismo monarquista. Gonzales, quien sobresale notoriamente en la investigación del pensamiento político del periodo de mayor vitalidad intelectual y social del 900, entre 1905 y 1930, se ocupa en Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía, con la colaboración del sociólogo Juan Carlos Guerrero, de uno de sus temas favoritos: Montealegre y el entorno en el cual se gesta lo más extraño y sorprendente de su pensamiento social: la defensa de la monarquía peruana. Ilegítimos trata la apuesta monárquica de Riva-Agüero desde una reconstrucción irónica de un aspecto hasta ahora oculto de su biografía íntima (pág. 8).
Los novecentistas, llamados también “arielistas” y “Generación de 1905” son autores decisivos para entender “las derechas” del pensamiento histórico-social del Perú del siglo XX, el conservadurismo, el social-cristianismo y el pensamiento reaccionario peruano. El lapso que va entre la segunda posguerra y la época del “pensamiento único” generó en las agendas socio-políticas del país un fuerte corrimiento hacia la izquierda, lo cual trajo en consecuencia una paulatina pero sólida pérdida de la memoria social del significado y la obra de estos autores. En sus trabajos sobre el 900 Gonzales sigue una tesis central en estos temas debida al escritor Luis Loayza, quien sostuvo en la década de 1980 la necesidad de recuperar a los novecentistas en los programas de estudios sociales. Su postura, que tuvo una gran repercusión, se sustenta en la ineficacia social o la irrelevancia política del pensamiento novecentista, su fracaso como agenda social. En esta perspectiva, estudiar el 900 es pensar un pasado fracasado, es subrayar este carácter de “las derechas” intelectuales del Perú como posición vencida e irrepetible. La obra más notable de Gonzales en esta óptica es Sanchos fracasados: los arielistas y el pensamiento político peruano, publicada en 1996. Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía, se halla en la misma vía.
Los estudios más creativos y originales de Osmar Gonzales son los consagrados al Marqués de Montealegre de Aulestia. En todos se sigue la línea del estudio a partir de la premisa de su ineficacia social. Este enfoque ha hecho que Gonzales haya ido desplazando sus investigaciones desde la estricta historia social del 900 a la recuperación de la historia narrativa, buscando las significaciones sociales a partir de microhistorias personales, anecdotarios de las élites que confirman una y otra vez el aspecto a la vez pasado y eventualmente superado de las ideas de los autores estudiados. Gonzales ha unido esfuerzos en esta ocasión con el sociólogo Juan Carlos Guerrero Bravo, quien hace algunos años publicó el epistolario del Marqués de Montealegre con su pariente Luis Varela de Orbegoso. Varela y Orbegoso fue un personaje contemporáneo del Marqués, genealogista de nota, un eximio periodista político en el poderoso diario conservador de Lima El Comercio pero, ante todo, un agente conector en las minúsculas y refinadas redes de poder de la Lima del 900, con poco más de 100 mil habitantes.
De origen nobiliario como Montealegre y tratado en Ilegítimos a veces con el título de Conde (pág. 12), se afirma de Varela y Orbegoso que ha sido “inexplicablemente olvidado en los estudios sociales peruanos” (pág. 7). El conde, corresponsal y primo del marqués era considerado en su tiempo una gran personalidad de la prensa política peruana: He aquí el material para una nueva microhistoria sobre el pasado ineficaz de los novecentistas, otra historia de fracaso. Y es que, de pronto, unos primos nobles, unos notables de la aristocrática Lima del 900 se cartean sobre cosas innobles, “un asunto sumamente delicado que ha permanecido hasta ahora oculto” (pág. 8). El centro de la tormenta es un oscuro personaje femenino, Josefina Pacheco; un carácter de prodigante amor que va a atravesar y anudar el ambiente intelectual de los novecentistas reaccionarios, conservadores y cristianos para ampliar “las explicaciones que podemos ofrecer de sus obras” (pág. 8). Las aberraciones, los deslices y las miserias de los restos de la vieja nobleza de Antiguo Régimen peruano se citan en una secuencia de tradiciones malévolas en la que lo menos amable de los intelectuales del 900 se une a la más sabrosa lectura.Ilegítimos consta de siete secciones, cuyo contenido vamos a exponer en su secuencia natural. El capítulo I (págs. 11-24) es una suerte de presentación de los personajes centrales, Riva-Agüero y Varela y Orbegoso. Del primero se destaca entre líneas, dentro del anecdotario familiar, su conciencia de miembro por derecho de la Grandeza Española, es decir, se lo presenta como “marqués” (págs. 14-15) . Debe subrayarse la negativa que, por diversos motivos, le ha dado la historiografía peruana al tema del título del Marqués de Montealegre de Aulestia. Se trata de una cuestión central en la interpretación del pensamiento de Riva-Agüero, así como de sus repercusiones en la historia social y es, en ese sentido parte del patrimonio de la memoria histórica del Perú. Negarle a Riva-Agüero su título de Montealegre de Aulestia no es sólo una mezquindad; incurre en el falseamiento de lo más original e interesante de sus ideas políticas y programáticas. El título es vinculado correctamente por Gonzales y Guerrero a la filosofía política de Riva-Agüero, de manifiesta orientación monarquista (pág. 15). Una sinuosa insinuación nos remite a un 900 peruano colmado de marquesas, emperifollados nobles y refinadas tertulias (pág. 13). Nada menos alejado de la verdad. El segundo personaje, Varela y Orbegoso, aparece como el “Conde” (pág. 12) que se halla incorporado al ambiente cerrado de la aristocracia y la nobleza titulada peruana pero, antes que todo, como el primo del marqués que difundió y celebró su mayor obra monarquista, Carácter de la literatura del Perú Independiente [1905], libro que califica a través del historiador chileno Abraham de Silva Molina como la obra “de un Príncipe” (pág. 14).
Con extraordinaria minuciosidad y conocimiento documental, los autores revisan las colaboraciones del marqués y el conde en materia genealógica, así como la contribución de Clovis en completar el expediente de Montealegre para postular a miembro de la Orden de Malta en 1929 (págs. 18-23).
El marqués y el conde viajan ambos a Europa en 1919; el marqués lo hace en calidad de exiliado de un régimen popular, el conde, en cambio, por un premio diplomático de ese mismo régimen; en Europa Clovis recibe toda clase de distinciones de Francia y los Reyes de Bélgica e Italia (págs. 15-19). Llama la atención que Ilegítimos no observe que al marqués, largamente el más importante intelectual peruano de su tiempo (algo que difícilmente puede decirse de su primo), no obtuviera en Europa honra alguna. Los autores omiten un asunto importante de la historia social: la I Guerra Mundial, en la que los dos nobles lucharon públicamente por los ideales contrarios. Clovis fue “condecorado por todos los gobiernos de la Entente” (pág. 17), Montealegre en cambio, desde inicio del conflicto, fue un entusiasta de los Emperadores Guillermo de Alemania y Francisco José de Austria-Hungría y consideró a los aliados como “insignificantes liberales” y “eternos enemigos”, entre otras perlas. En 1919 no había ya emperador en Europa que pudiera condecorarlo por esas opiniones. Resultaría sorprendente que Montealegre, adverso además del régimen que había premiado a su primo, no le hubiera guardado alguna incomodidad. Gonzales y Guerrero no parecen percibir el problema (págs. 17-18). Por referencia de ellos mismos sabemos, sin embargo, que Riva-Agüero, solicitado por Clovis para visitarlo en Bélgica en 1921, rechaza la invitación, con lo que evidentemente son puros pretextos (pág. 19); el lector entre líneas entiende, en buen cristiano, que no quería verlo. Un resentimiento muy hondo iba detrás de distanciamientos como éste, que se cumplen también con otros grandes cercanos de su juventud, como Francisco y Ventura García Calderón, con quienes también declinó la amistad por el mismo motivo.
El capítulo II de no podría tener un título más apropiado: “¿Quién le teme a Josefina Pacheco?”. Temor a una desconocida: es evidente que resulta propio de la aristocracia titulada, y más en particular del orgulloso pensador monarquista de Lima. Josefina Pacheco Hercelles era hija segunda de Toribio Pacheco y Rivero [1828-1868], una gran personalidad intelectual, política y diplomática del Perú de inicios de la república, a la que se dedica un extenso acápite (págs. 26-30). En un libro que subraya la escabrosa ruta de los pensadores inactuales no debe extrañar que este Pacheco haya sido un jurista conservador, influenciado –como indican los mismos autores- por el pensamiento de la teología política de Bartolomé Herrera (pág. 26), el más ilustre (y el más original) pensador político ultramontano del Perú del siglo XIX . La lectura e influencia del pensamiento de Herrera es un aspecto que Pacheco comparte con el común de los novecentistas. En su conjunto, este capítulo constituye la reseña biográfica y el compendio de la obra más calificada que hay disponible en torno de Toribio Pacheco y Rivero. El tema concreto, sin embargo, no es el ilustre jurista de ideas “de derechas”, sino las tragedias de amor de sus hijas. La atmósfera de lo que ha de ser en adelante una oscura minihistoria funesta va envuelta del caro olor del incienso tanto como de los ecos titularios de sus actores.
Un intermedio necesario antes de llegar a la escabrosidad es la triste historia de mendiga de Josefina Pacheco, a la que se dedica el capítulo II (págs. 33-47). Toribio Pacheco y Rivero dejó tres hijas huérfanas a su muerte, en 1968. En 1875 el gobierno ordena la construcción de un mausoleo para el difunto jurista, así como una pensión alimentaria para las tres huérfanas (págs. 29-31). Manuelita era la única de las hermanas residente en Lima, al final felizmente casada. Las otras dos vivían en una existencia de misterio desde 1904 en un pueblito francés, lejos del bullicio del mundo y en un género de vida que difícilmente puede tomarse por humilde (pág. 36). Estupendo si se piensa que su padre había muerto en la más completa miseria. Como sea, en 1918 una de las acomodadas en Francia, Josefina, “incapaz, desolada y sin recursos” (p. 35) se comunica con el conde Clovis para iniciar un trámite que pudiera llevar a efecto estas incumplidas disposiciones gubernamentales. Josefina no tarda en hacer del conde el apoderado legal de su causa, por la que solicita una suma que no era para nada modesta en términos de la época (págs. 38-39). Es el inicio de una jornada de años de ruegos e intrigas.
Por la documentación ofrecida por Gonzales y Guerrero, sabemos que para 1920 Clovis es ya un gran defensor de los intereses de Josefina. Entretanto, mientras ésta hace y deshace papeleos para su litigio, conoce en París a Mariano Cornejo [1867-1942] , encargado diplomático del Perú en Francia para el gobierno de ese entonces. Cornejo, sin que la oscura Josefina lo supiera, que no en vano vivía aislada en un pueblito de Francia, era el sociólogo positivista más importante del Perú, destacado profesor universitario y político de éxito. Y si no de sociología, harto debía saber la dama de artes sociales, pues Josefina –en el relato de Gonzales y Guerrero- se ganó muy pronto la confianza de que éste lo invitara a fastuosas fiestas parisinas “en las que gastaba sumas muy altas del dinero del Estado” (pág. 42). Cornejo iba a ser en lo sucesivo un bastión de los testarudos reclamos de Josefina por prebendas o metálico ante el Presidente del momento, quien tenía en este sociólogo mestizo a uno de sus respaldos intelectuales (pág. 42). En sus fiestas aparece Mario, que más adelante va a ser un auténtico vía crucis en la vida de Montealegre. Por cierto, es menester añadir que Montealegre detestaba al mestizo gastador de París y de joven le había dedicado una reseña ridiculizando su obra más famosa, Sociología . El mestizo Cornejo y Clovis consiguieron, luego de once años de ruegos y papelería, que el Presidente les otorgara a las hermanas Pacheco una renta de montepío (pág. 49). Josefina era ya para ese entonces una anciana y lo que sabemos de ella adelanta ya la historia de Mario, su sobrino, que resultará, para escándalo de la historia oficial de los grandes de Lima, un hermanito extramatrimonial de Montealegre, un Montealegre extramatrimonial
Antes de ir al meollo de la microhistoria social del 900 y volcarse a la historia de Mario, la pluma de Gonzales y Guerrero van a cometer una de las infidencias más escandalosas de la historia de la intelectualidad peruana de inicios del siglo XX. La extraña y triste historia de amor del filósofo Javier Prado [1871-1921]. Prado era el filósofo positivista más reputado de la primera década del siglo XX peruano, fue político distinguido y abogado de éxito y alcanzó a ser Decano de la Facultad de Letras y Rector de la Universidad de San Marcos. Frente a los jóvenes novecentistas, Prado es pintado por los autores como un intelectual modernista, que llevaba la carga infame de un padre que fue Presidente y a quien se acusaba en el mundillo social al que pertenecía de ladrón y traidor (págs. 50-52). Los autores anotan que Prado era de alguna manera el filósofo del régimen al que servía el mestizo Cornejo (pág. 51), del mismo Presidente a quien atormentaba Josefina pidiendo dinero. Era Augusto B. Leguía, cuyo gobierno se había iniciado con un golpe de Estado en 1919. Anotamos que era el mismo régimen que premió al conde, pero del que se escapó el marqués quien, es bueno decirlo, lo detestaba, del mismo modo en que, es necesario anotarlo también, detestaba a Prado. El filósofo, de pronto, muestra al lector su cara lujuriosa. El ideólogo del régimen moderno y popular era también un incontinente sexual, un libidinoso incurable. Josefina Pacheco cuenta en carta privada el detalle de la muerte violenta de Prado en Nueva York a Varela y Orbegoso; Javier es descubierto in fraganti en el amor más carnal posible con la esposa de un airado norteamericano que le revienta la cara de un balazo (págs. 52-53).¿A santo de qué aparece la lujuria de un filósofo positivista en una microhistoria dedicada a Josefina Pacheco y un par de nobles conservadores? La respuesta no se deja esperar: Prado tuvo un hijo ilegítimo con Isabel Pacheco, la otra hermana Pacheco que vivía en Francia, y Josefina, tan ansiosa por asegurarse de caudales, consulta a Clovis para aprovecharse de la muerte de Prado y hacerle un juicio a su millonaria familia (pág. 53). Una operación de chantaje hace de Josefina la dueña de la situación y consigue, más fácilmente que con Leguía, una ventajilla para su hermana Isabel de parte de los Prado (pág. 54). Nos enteramos pronto que Javier, junto a la lujuria, llevaba una especial fecundidad con otras afortunadas familias que iban a seguir el mismo camino de conciliación (págs. 55-56). Y entonces, ahora sí, está preparado el terreno para la microhistoria de Mario Riglos Pacheco y Pérez, sobrino de Josefina Pacheco. Pasamos entonces al capítulo V, “Mario, un secreto de familia” (págs. 57-84), de lejos, el cuerpo principal de esta historia de fecundidad y descarriada libido.
La angurria de Josefina Pacheco le hizo activar todos los resortes para obtener gracias, prebendas y pensiones. Por carta de enero de 1919 los autores de Ilegítimos nos hacen saber que, bien pronto iniciadas las gestiones para buscarse dinero a través del conde, Josefina no tiene tapujos en confesar que su hermana, que tenía un hijo con Javier Prado, tuvo ternura suficiente para engendrar otro con José de la Riva-Agüero y Riglos, el padre del marqués, una “desgracia” que tuvo “inesperadamente y sin protección” (pág. 57). Sucede una simpática semblanza de Riva-Agüero papá, un personaje más bien secundario de la historia social peruana (págs. 57-58), un hombre llevado por la “molicie” y un “despilfarrador” (pág. 58), una tristeza de papá para José de la Riva-Agüero y, a no dudarlo, también para su otro hijito, Mario. Mario, de pronto, en 1919 –algo tarde, tal vez- se da por enterado de la fama de su hermano y le redacta una carta de un cariño extemporáneo y altamente sospechoso; el autor de Carácter de la literatura ni siquiera abre la carta (pág. 60). Dada la fecha de la carta de Mario, es notorio que se trata de una operación de inteligencia de la ambiciosa tía Josefina. Los documentos puestos en circulación por Gonzales y Guerrero no podrían ser más claros: Josefina se decide por un chantaje ligero, pues la historia de Mario no por nada transcurre en la lejana Francia, donde posiblemente el marqués deseaba que se quedara para siempre. Mientras tanto Montealegre, por mediación del conde, entra en un tira y afloja en que es a todas luces más débil la sección “afloja” (págs. 61 y ss.); a la misma vez, Mario aprovecha que Leguía manda a Clovis a la legación peruana en Bélgica para ejercer presión desde allí, pues Riva-Agüero está también en Europa por el tema del exilio (págs. 62-64).

Es una lástima que Ilegítimos no haya tomado en cuenta la triste realidad de que, en principio, toda mediación a través de Clovis resultaba para Riva-Agüero una pérdida de tiempo. Un republicano comprometido con Leguía y partidario de la Entente era el peor contacto que podían haberse conseguido Josefina y familia. Si Don José no quería ver a Clovis, teniéndolo muy cerca, mucho menos iba a hacerle caso por los ruegos chantajistas de la tía de un bastardo.
Josefina consigue para Mario, hacia 1920, ayuda económica de Clovis (págs. 66-67). Aunque los autores no lo precisan, esto parece haber motivado la intervención de Riva-Agüero, que se siente forzado a pasar dinero a Mario. El marqués pone como condición de la ayuda no ver jamás ni saber una palabra ni del hermano ni de las Pacheco (pág. 68). Montealegre le concede a Mario (¿a Josefina?) en febrero de 1922 la cifra de 30,000 Francos, una pequeña fortuna (pág. 71), que al parecer se extendió hasta completar los 45 mil (pág. 81). Aunque el texto no lo menciona, ya para entonces Montealegre padecía un entuerto análogo que debía hacerle doloroso ceder tanto dinero, que a Josefina se le antojaba una pequeña nada (pág. 81). Como es fácil sospechar, Josefina no se conforma con la plata (págs. 72-77) e inicia un verdadero acoso con cartas de lástima, mandadas a Riva-Agüero sea directamente o a través de Clovis, algo que continúa a lo largo de toda la década de 1920 (págs. 77-81). Aunque los autores no lo mencionan, hay un tema económico de fondo: conforme avanza esta década el ya Marqués de Montealegre de Aulestia entra en una situación que linda con la quiebra total y que iba a prolongarse aproximadamente hasta 1931. Por otro lado, ¿tendría algún interés nuestro novecentista reaccionario en alimentar a su hermanastro, que era a la vez hermano de un hijo de Javier Prado? Riva-Agüero aborrecía a los Prado en general, pero también a Javier en particular, al extremo de que su obra más importante, Carácter de la literatura, como ya he demostrado en otra parte, era una parodia de su filosofía. Volviendo a Mario, su hermano, éste se murió sin pena ni gloria en 1928, sin ver un centavo más del marqués (pág. 82).
Las secciones VI y VII de Ilegítimos constituye una serie de consideraciones sobre la legitimidad en el periodo del 900. “Hemos conocido dos historias de hijos ilegítimos en el mundo feliz y perfecto de la oligarquía peruana”, escriben los autores en referencia a los hijos de Isabel Pacheco, esos extraños hermanos a la vez Prado y Montealegre (p. 85). Un excurso sobre el tema de la ilegitimidad da a conocer sus fuentes en otros antecedentes de estudios histórico-sociales sobre el tema, en especial en la investigadora en temas de género María Enma Mannarelli (págs. 85-86). El tema de una primera conclusión parece recordar que la ilegitimidad era un fenómeno relativamente normal en la era de la “república sin ciudadanos” en el Perú (pág. 94). Los autores citan como un ejemplo –a todas luces bienvenido- a una hijastra nunca reconocida del conocido nihilista peruano y poeta Manuel González Prada . Lo que era uso de la nobleza “de derechas” y su entorno lo era también para “las izquierdas”. Recurren a un censo de 1908 cuyas estadísticas no podían ser más contundentes: entre 1883 y 1908 los hijos ilegítimos se clasificaron siempre en más del 50% de la población formalmente registrada (págs. 86-89). Una serie de observaciones que afectan el entorno ideológico de los novecentistas, el catolicismo social, concluye reafirmando la tesis implícita que preside la historia de lujuria, chantaje, molicie y fecundidad descontrolada de los aristócratas conservadores: que sus ideas eran ellas mismas portadoras de su fracaso como proyecto social. Los autores ven en el universo social y cultural “un sentido externo y depravación de las costumbres” (pág. 91).
“Indudablemente –concluye Ilegítimos en la sección VII “Notas Finales”-, tanto José de la Riva-Agüero como Luis Varela y Orbegoso eran dos referencias del Perú de su tiempo” (pág. 93). Es tal vez un descuido referir poco el riquísimo material con que se ha tejido la microhistoria de depravación con las ideas efectivas y la concepción social que estos personajes o su entorno realmente patrocinaron. Es tal vez un descuido adicional omitir que el único de ambos de quien puede decirse hasta hoy que es un intelectual y que tiene una obra perdurable, no el conde sino el marqués, fue una persona de una bondad moral y de una consecuencia admirables, incluso teniendo en cuenta que no se puede descartar que él, que después de todo era también un ser humano, no guardara para sí algún acceso de lujuria; frente a la prodigalidad de Javier Prado, el desliz de un santo no merecería sino un gesto de paciencia.
viernes, 19 de agosto de 2011
Verba Hominis: Nueva revista de filosofía (y nueva publicación)
Nueva revista de filosofía especializada
Verba hominis:
Director: Dr. Gildomero Arista
Descripción: Revista de Investigación de los profesores de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, Año I, Nº 1.
Contenidos:
Presentación
Artículos
Dick Tonsmann Vázquez, Lo irreal comprometido. Cómo la imagen entra en acción según los primeros textos de Sartre, pp. 7-34
Víctor Samuel Rivera, José de la Riva-Agüero y Osma como tradicionista filosófico, pp. 35-81
Fernando Muñoz, "Conócete a ti mismo". Orígenes, significado y vigencia, pp. 83-102
José Rey de Castro Esposto, Aportes antropológicos de la filosofía de Heráclito, pp.103-129.
Notas
Reseñas
domingo, 3 de abril de 2011
José de la Riva-Agüero nunca escribió en "Hebdomadaire"

Montealegre y la Revue Hebdomadaire (IV)
José de la Riva-Agüero nunca escribió en Hebdomadaire
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

José de la Riva-Agüero ocultaba cosas. Ocultaba las que podían no convenirle. En particular, pensando en el plazo más largo, el del juicio histórico. Desde siempre mostró un interés por disimular y callar todo aquello que podría ser malinterpretado en el balance de su vida, que imaginó siempre en términos grandiosos, como la de un hombre destinado a lo alto. Por esa razón sus textos y su vida mima constituyen un maravilloso trabajo para el lector entre líneas. En el caso del artículo de Marius André de 1921, Montealegre no pudo admitir que los de la Revue Hebdomadaire lo habían mandado a rodar. Que había ido a las oficinas de la revista a reclamarle a André y entregar una rectificación, con la idea de que ésta fuera publicada en el número siguiente, de agosto de 1821 y que los de Hendomadaire no le publicaron nada.

La rectificación contra André existe. Fue impresa por Montealegre, con su propio dinero, en 1937, en el volumen primero de una de sus obras más características de su periodo fascista, un libro que se llama Por la Verdad, la Tradición y la Patria. Un libro cuya portada tiene en relieve símbolos franquistas. El libro en sí mismo es motivo de un delicioso acápite propio, que dejamos para después. Lo curioso es que se indica expresamente en el texto contra André fue publicado en la revista Hebdomadaire, en el número del mes de agosto de 1921. No indica qué número, ni en qué páginas. ¿Se habría imaginado Montealegre que nadie iba a acordarse en 1937 de que los de Hebdomadaire lo habían mandado a rodar 16 años atrás? Eso parece poco probable, si nos referimos a sus amigos de la nobleza peruana, a los Osma, los Aliaga o los Pardo, que con toda certeza se acordaban de esa mala pasada del destino. Ellos ni de asomo iban a olvidarse que al abuelito Montealegre lo habían rajado en París por el centenario de la independencia. Pero los de su casta le perdonarían la mentira, pues de una u otra manera, todos terminaban siendo sus parientes entre sí y proteger a uno era ser solidario al final consigo mismo. La posteridad, en cambio, poblada por gente más humilde, podía llegar a vivir engañada hasta la aparición de este servidor.

Las “Obras Completas” del Marqués de Montealegre de Aulestia fueron publicadas por el Instituto Riva-Agüero entre 1962 y 2007. Si buscamos allí el texto para Hebdomadaire lo encontraremos citado bajo el título de “Aclaración sobre el Mariscal José de la Riva-Agüero”. Los editores del Archivo de las obras y papelería de Riva-Agüero deben haberse percatado pronto de que no contaban con ningún ejemplar de la supuesta publicación de agosto de 1921, por lo que tuvieron que anotarlo. Les falta malicia, pues no tenían consignado el número del ejemplar, ni mucho menos las páginas y eso no los hizo dudar de nada. Hay que recordar que Hebdomadaire salía cuatro veces al mes, o sea, hubo cuatro números y nada de nada. Algo parecido le ocurrió en 1948 a la famosa historiógrafa y discípula de Riva-Agüero, Ella Dumbar Temple. Dumbar Temple, poco después de la muerte del marqués, consignó la presunta publicación de 1921 en la “Bio-Bibliografía de José de la Riva-Agüero”; ésta se halla en la revista Documenta(Lima), de 1948. Hubo de admitir allí que la única razón por la que se consigna esa impresión del año 1921 es que Riva-Agüero lo indicaba así en 1937. En realidad no hay nadie que haya jamás visto tal ejemplar. Es altamente significativo que así haya ocurrido, pues Montealegre era muy escrupuloso en archivar los documentos que había impreso, máxime si trataban de su gran papá, que era un tema neurálgico, literalmente.

Da la casualidad de que tuve la fortuna de adquirir el año pasado la colección completa de Hebdomadaire correspondiente al año de 1921, de la suscripción perteneciente a la biblioteca del filósofo Javier Prado y Ugarteche. Tengo también los números de 1920. La suscripción termina en 1922, pues en 1921 el pobre del filósofo Javier Prado debe haber calibrado las pruebas de la existencia de Dios y su liberalismo de izquierda con la vara eterna, y su familia no parece haber estado interesada en renovar la suscripción. Pero con las fechas de los ejemplares que tengo basta para aclarar todo esto de Hebdomadaire y el gran papá. He vuelto y revuelto cada uno de los ejemplares, que conservan sus índices, con lo que comprobé de todo: que había menciones a Francisco García Calderón, a Víctor Andrés Belaunde y a la revista generacional Mercurio Peruano; todo lo que corresponde con esta historia de contactos maurrasianos franco-peruanos, con toda certeza de parte de Francisco y Ventura García Calderón. Un beneficio colateral fue encontrarme con que la revista Hebdomadaire nunca publicó ninguna rectificación de Riva-Agüero y que, por lo tanto, cuando el marqués consigna una reimpresión de 1921 en 1937 simplemente está mintiendo. En realidad, está ocultando lo que ya sabemos que pasó, que los de Hebdomadaire lo humillaron. Cuando quiso aclarar las palabras desagradables dedicadas a su ancestro el Presidente de la República, algo sucedió y los de la revista lo mandaron a rodar con su carta. La historia de Montealegre y Hebdomadaire debía terminar aquí, pero aún hay un detalle que no hemos tratado, la relación de Montealegre con Marius André, pero eso lo dejaremos para la última entrega de esta serie.
Caetera desiderantur…
domingo, 27 de marzo de 2011
Artículo sobre Charles Maurras y el Marqués de Montealegre de Aulestia en la Revista de la Sociedad Italiana de Filosofía Política
Estimados lectores:
Les hago presente con júbilo de mi última publicación en la Rivista de la Società Italiana di Filosofia Politica, que aparece en versión electrónica. Se trata de mi primer artículo escrito en francés y publicado por una revista indexada. Como la mayor parte de mis publicaciones, ha pasado por la revisión de un jurado ciego, en este caso formado por tres miembros, académicos europeos que han calificado y aprobado mi trabajo. Debo la traducción a un joven lector de mis trabajos de Sciences-Po (París) a quien expreso mi gratitud de esta manera a la vez abierta y anónima. Para tener acceso al artículo en versión electrónica pdf (listo para imprimir), haga click aquí.
jueves, 24 de marzo de 2011
Marius André cuenta la independencia (Montealegre y Hebdomadaire, III parte)

Montealegre y la Revue Hebdomadaire (III)
La historia de José de la Riva-Agüero gran papá contada por Marius André
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Marius André redacta la crónica de la independencia americana. Explica de manera feliz cómo la Monarquía Española fue invadida por Napoleón. Los grandes virreinatos americanos de Méjico y Perú son fieles a los monarcas depuestos, y se identifican con la defensa de España y el catolicismo, al que ven amenazado por la ola de liberalismo despótico del corso de pequeña estatura y grandes batallas. No se pliegan a las ideas revolucionarias de Francia, sino que las rechazan. El tirano de Europa les envía representantes del gobierno títere que ha establecido en Madrid, pero los americanos son fieles al Consejo de la Regencia. Entonces comienzan las exageraciones y las impertinencias del provenzal. Se establecen las Cortes de Cádiz y éstas promulgan una Constitución liberal. Para André los americanos “veneran al Rey legítimo”, así que ofrecen su fidelidad a cambio de unas libertades que no es muy seguro que el común de los súbditos españoles de América realmente hubieran deseado. Y luego llega 1814. El Rey Don Fernando VII, el deseado, regresa a su trono. Las profecías de Joseph de Maistre se cumplen y la contrarrevolución triunfa en todas las líneas. Napoleón tiene su merecido. Llega el retorno del absolutismo y el fin de las reformas liberales de los de Cádiz. “La separación completa es inevitable”, remata André. Éste es el punto de inflexión en que la lectura debe habérsele hecha a José de la Riva-Agüero indigesta, demasiado francesa.

El Virreinato del Río de la Plata devino –entre tanto- una república turbulenta e ingobernable. José de San Martín partió de Buenos Aires con una expedición hacia el Reino del Perú cuya finalidad era salvar lo que hoy es la Argentina de lo que en 1820 parecía el inminente retorno de los Borbones con la bandera peruana, roja y blanca, aunque algo diferente a como la conocemos ahora. Había que impedir que esa bandera ondeara nunca en Buenos Aires. Al argentino le va bastante bien. André olvida contar que en el mismo periodo una revolución liberal dejó al Perú con una guerra civil, pero José sonríe al leer que “la mayor parte de la población seguía siendo leal a la monarquía”. A los españoles les va muy bien y reocupan Lima, donde son recibidos por la nobleza, el clero y el pueblo. El pobre argentino quiere el apoyo de Simón Bolívar pero –como ya sabemos- este hombre cree que es Napoleón y baja desde el norte decidido a conquistar el mundo. El argentino debe regresarse de donde vino. En el camino, una minoría de nobles irresponsables “hace la Constitución democrática perfecta” y proclama la República: “el gobierno fantasmal de Lima” –escribe André en referencia a los rebeldes republicanos- llama a Bolívar en su auxilio. Y entonces aparecen dos traidores en esta historia. Son dos traidores a las nuevas ideas políticas. Ahora, de pronto, todo aparece de cabeza. Los malvados son los españoles, que se niegan a conceder libertades; los buenos son los republicanos, pues quieren la independencia.

Malos, los malos, los que nos interesan. Ésos son, en la historia de André, no los españoles, ni los monarquistas, sino los traidores a la República. Son los republicanos, los que se impulsaron la república y luego echaron marcha atrás. Se entiende que son malísimos porque se interpusieron en el proceso de independencia, que es lo que André está conmemorando con su crónica. Uno de los malvados traidores era el Primer Presidente de la República, José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete. El otro traidor era el Marqués de Torre-Tagle. El primero era nada menos que el último Marqués de Montealegre y el bisabuelo de José, cuyo crimen era haber intentado negociar una solución con el último virrey absolutista. El gran papá Riva-Agüero “pacta con los enemigos” por lo que “resulta depuesto”. Su traición “libera la capital y las tres cuartas partes del país a los españoles”. En rigor, todo lo que está escrito en este último párrafo es más o menos cierto, sólo que es excusable y no es tan espantoso como André lo hace aparecer, atendiendo a las circunstancias. Pero el texto tiene sus propias circunstancias. La revista Hebdomadaire era leída en Lima y el abuelito quedaba como un miserable. Claro está, no es que todo el mundo comprara en el quiosco su revista Hebdomadaire. La leía la élite de Lima, esto es, por los descendientes de Torre-Tagle y Riva-Agüero, por los Osma, los Pardo, los Puente y las demás familias de la antigua nobleza. Esto quiere decir: trataban al abuelito como un canalla delante del sector social al que el propio Montealegre pertenecía. Para colmo, lo hacían a través de un escritor monárquico, en una revista que tenía relación con Ventura y Francisco García Calderón, donde además el tema era un ejemplar de homenaje a la nación peruana por el centenario de su independencia. José era historiador. Estaba siendo dejado en ridículo. Para colmo de males, Riva-Agüero estaba en ese mismo momento en París, donde llevaba apenas unos meses instalado. Montó, pues, en cólera, y escribió una refutación del artículo de André. Lo más probable es que haya ido personalmente a quejarse a las oficinas de la revista. Pero Hebdomadaire nunca publicó nada de Riva-Agüero. Literalmente, debe haber ido a quejarse, haber tenido un altercado y los franceses lo mandaron al diablo.
Caetera desiderantur…
sábado, 12 de marzo de 2011
José de la Riva-Agüero y Marius André
José de la Riva-Agüero y Marius André
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

El maurrasiano provenzal Marius André publicó “À propos d’un centenaire. L’Émantipation du Pérou et la solidarité Sud-Américaine” en Hebomadiare en el Nº 30, Año 17 (Nueva Serie), de julio de 1921. Las diez páginas de la composición estaban dedicadas a narrar el periodo final de la monarquía española en el Perú. Desde el punto de vista de José de la Riva-Agüero la obrilla comenzaba pateando mal. André defiende una versión de las guerras de Independencia como un proceso de emancipación. Para el marqués había sido una guerra civil entre los patriotas peruanos y unos invasores extranjeros: rioplatenses, grancolombianos y chilenos. Para André era la guerra de la Ilustración contra el oscurantismo; para José el inicio de la vida independiente como el resultado de una violencia.
Marius André era un publicista, esto es, la clase de persona que escribe de todo, incluso de lo que no sabe nada. Mientras el “opinâtre” que escribía cuchuflunía periodística, el marqués de Montealegre de Aulestia era historiador de profesión. El más importante del Perú en 1921. Es más, una de sus especialidades era lo que llamó después el historiador Jorge Basadre “La iniciación de la República”, el periodo que va de 1820 hasta 1825. En eso era experto, así que la versión de los hechos contada por un ignorante debió parecerle una aberración. Al inicio llegan las tropas del Río de la Plata al Reino del Perú; hacia el final se rinde el último reducto del régimen antiguo en lo que hoy es Bolivia. Las monedas del Perú siguieron siendo acuñadas en Potosí hasta abril de ese último año. Para José se trataba de una guerra civil, en que “la nobleza boba” se había aliado con los invasores extranjeros. Para el maurrasiano provenzal era un proceso de emancipación nacional, en que los peruanos se liberaban del dominio extranjero. Más o menos al revés. Pero esto, siendo irritante, no lo era tanto. No era el límite.

A Montealegre debe haberle disgustado a más no poder las preferencias que daba el provenzal a Simón Bolívar. Los maurrasianos en general eran unos admiradores consumados de Bolívar, en quien veían una suerte de Napoleón de los Andes. Era el modelo de gobierno autoritario moderno, como lo es aún en la llana Venezuela. A los maurrasianos les fascinaba la idea de un gobernante perpetuo, “vitalicio”, con Senadores de por vida y no demasiada participación pública. En su historia de conquistador de Colombia y fundador de países veían un reflejo, una analogía de la gloria de Napoleón I, el gran Emperador. Así que André hizo de Bolívar el héroe de la historia. Insoportable para el pobre Riva-Agüero, que admiraba a José de San Martín, el general de Río de la Plata, por razones completamente distintas.

La historiografía de la Independencia habla siempre de dos “expediciones libertadoras”. Si se aceptaba la independencia (ya qué más se podía hacer) al menos había que honrar la memoria correcta. Entre Bolívar y San Martín, José estaba con el argentino. El de Buenos Aires invadió el Perú por la fuerza, como el otro, pero no gobernó Lima solo, sino con la complicidad de la parte “ilustrada” de la nobleza peruana: con el Conde Vista Florida, el de San Donás, con el Marqués de Montealegre de Aulestia y el de Torre Tagle; también con algunos curas, cuya suerte eterna es sospechosa. Mientras Bolívar quería ser Napoleón, San Martín era un monarquista bastante sensato, y si la mala suerte no hubiera interpuesto al llanero de Venezuela, el Perú hubiera se hubiera convertido en una monarquía independiente, transformando la historia de la modernidad Occidental. Nunca hubiera perdido Ecuador ni Bolivia ni se hubiera hundido en el siglo XIX en el caos y la miseria. Esta historia de Bolívar como el gran difusor de la modernidad que André estaba contando le debió parecer el colmo, si no hubiera sido porque Marius André –así son los ignorantes- dedicó un párrafo especial para atacar al Marqués de Montealegre de Aulestia, esto es, no a nuestro José, sino a su gran papá.
Pero el resto de la historia va a tener que esperar…
Caetera diserantur…
jueves, 27 de enero de 2011
La filosofía jurídica de José de la Riva-Agüero y Osma

Nueva publicación:
"La filosofía jurídica de José de la Riva-Agüero y Osma (1911-1912)", en Revista Teológica Limense, Año XLIV, Núm 3, 2010, pp. 403-426
martes, 18 de enero de 2011
Montealegre como subversivo (1909-1914)
Franceses, hispanistas y monarquistas (1909-1914)
Montealegre como subversivo
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
“¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?”, le escribe Ventura García Calderón a José de la Riva-Agüero en 1909. Ventura alcanzaba a la memoria del joven historiador unos no muy remotos episodios colegiales. El grupo de amigos que salía del Colegio de la Recoleta, al que tiernamente Ventura llamaba “Los cinco”, recorría el tramo entre la Calle de la Amargura y la de Lártiga con interminables charlas sobre Nietzsche, de Maistre y Donoso Cortés. Eran Ventura y su hermano Francisco, pero a veces también, junto con José, Mansueto Canaval y el frustrado poeta Raymundo Morales de la Torre. Les interesaba la excepción, la historia y la guerra. Pero para Ventura y Francisco, amantes de la subversión, la charla con Riva-Agüero se centraba en la forma de régimen político más apropiada para crear un gobierno futuro para el Perú. Conversaban sobre la monarquía constitucional y la república anárquica, comparaban el Imperio del Brasil del siglo XIX, expansivo y exitoso, con la historia del Perú de la misma centuria, de su paso de Reino poderoso a enjuta entidad revolucionaria y fracasada, ruina sobre cuyos recuerdos aplastaba cadencioso su paso. Por haber charlado así los cinco alrededor de 1900, algún día sería el grupo llamado “los novecentistas”. Pero por esto último, por su interés en una forma de régimen político apropiada para el Perú, alguna vez los cinco y sus postreros adherentes serían conocidos como los “futuristas”. Los jóvenes discutían para el futuro la teoría “del buen tirano”.
Mientras escribía su carta del año 1909, Ventura llevaba ya tres años en París. Vivía allí desde 1906 con su madre y sus hermanos, con Juan, José y Francisco. Para entonces el último era considerado en Europa un polígrafo célebre, un representante de las letras latinoamericanas. La Academia Francesa le había concedido ya un premio por su obra Le Pérou contemporain, uno de los grandes manifiestos de los “novecentistas”. Francisco era, pues, famoso. Para hacerse una idea de quién era ya Francisco en 1909 basta figurárselo sentado en la calle del Café Cornot, a 50 metros de la Place de l’Ètoile, renovando charlas, esta vez con grandes personalidades de la vida filosófica francesa del momento. Podemos figurarnos a Gustave Le Bon, Gabriel Tarde, Émile Boutroux, Gabriel Séailles, Théodor Ribot o Henri Poincaré. Ventura –que algún día habría de ser postulado al Premio Nóbel de Literatura- hacía entonces un esfuerzo bastante fructuoso por no quedarse atrás. Mientras recordaba las charlas antiguas de la Recoleta, podía jactarse de haber publicado ya también su primer folleto con los Hermanos Garnier, en 1908. En 1909, mientras escribía a Riva-Agüero, soñaba con terminar su más famosa obra de juventud, la hoy rara compilación de literatura peruana Del romanticismo al modernismo. Ventura quería en las letras hispanoamericanas lo que su hermano en la filosofía. En este contexto pasan las charlas “un poco subversivas”. También estas referencias monárquicas que, como habrá notado el lector, sugieren un verdadero enigma.
Ventura estaba elaborando los prólogos y los comentarios a su Del romanticismo al modernismo en un contexto muy afortunado de relaciones ligadas a su interés por publicar libros y volverse famoso. Alrededor de 1907, se había topado con una red de hispanistas franceses que giraban en torno de Fouché Delbosc. Por este último conoció a uno de los grandes expertos en literatura hispanoamericana y un representante singular de los estudios hispánicos en Francia, Ernest Martinenche (1869-1950). Éste era a su vez amigo muy cercano de un hispanista de origen argentino que vivía en París y que era de oficio editor de libros, Charles Lesca. Martinenche, además de estar interesado en la cultura y la literatura “hispánica” -que ahora llamaríamos más bien “iberoamericana”-, venía de ingresar en la docencia en la Universidad de La Sorbona de París, en 1907, lo que señala el inicio de una larga y exitosa carrera académica como experto en temas españoles y latinoamericanos. Edición de libros y ambiente universitario. Pues bien. Resulta que el círculo hispanista de Fouché Delbosc era también el nido de un tipo particular de activistas monárquicos, vinculados a l’Action Française, un órgano de prensa de la extrema derecha integrista francesa. Estos monarquistas como Martinenche y Lesca se caracterizaban por ser también positivistas y nacionalistas, y estaban asociados, a través de l’Action Française, con los grandes pensadores y activistas franceses del monarquismo de la época, Charles Maurras y Maurice Barrès. En 1907 Francisco había citado a estos dos últimos en su Le Pérou Contemporain. Riva-Agüero debía estar interesado, pues, en estos personajes. ¿No parecían cómplices acaso de sus charlas “subversivas” y “monárquicas”? Ventura, ahora, mientras componía su Del romanticismo al modernismo, los tenía muy, muy cerca.
Durante el año 1909 Ventura, que era muy ingrato para escribir, redactó una lista notable de cartas para Riva-Agüero, entre otros motivos, para obtener el material para la compilación del año siguiente, cuya existencia en la imprenta era debida a la ayuda de Martinenche y Lesca. El de Lártiga había redactado en 1905 una tesis de bachiller el Letras dedicada en gran parte a la historia de la literatura que ahora Ventura quería compilar. El libro es Carácter de la literatura del Perú independiente. El libro de Riva-Agüero, poblado de observaciones literarias, era en realidad un texto de sociología o psicología colectiva basado en el modelo de Hyppolite Taine y en el que se había desarrollado una historia de la literatura peruana, y muy en particular del periodo que Ventura refiere como “romanticismo”. Para 1909 José conservaba el material con el que había trabajado, una buena parte los originales de las obras citadas, pero también copias de los originales que su autor no había podido comprar y que debía haber tomado de la Biblioteca Nacional. En su mayor parte se trataba de obras raras y muy valiosas. Ventura, en París, no tenía acceso a nada de eso, y a José, en cambio, ese material le parecía ahora marchito e inútil. Ventura, consciente de que deseaba de Riva-Agüero más y más material para su compilación literaria, de que éste era inaccesible, y aun de que Del romanticismo al modernismo era una suerte de reciclamiento del trabajo de su amigo de la Calle de Lártiga, debía interesarle tentar al amigo en esta doble militancia hispanista-monarquista por el lado que estaba más asegurado: la monarquía.

Charles Lesca y Ernest Martinenche, los editores y contactos de Ventura, eran unos monarquistas nacionalistas y positivistas. Pero el autor de la tesis de 1905 también lo era. No ya en las polémicas infantiles a la salida del colegio, sino como tesista universitario. Riva-Agüero venía de haber defendido en 1905 la tesis de la “superioridad teórica de la monarquía”, un tópico que es fácil de olvidar en un país donde la idea misma de la nación se piensa en parámetros republicanos. “¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?” –podemos imaginar releyendo Riva-Agüero la carta de Ventura de 1909-. Pues bien: esas charlas continuaban en París, y las proseguía Ventura con sus amigos los literatos hispanistas. La posición monarquista es desarrollada como uno de los temas centrales de la obra, en particular en la sección dedicada al poeta Felipe Pardo y Aliaga, cuyas tendencias monarquistas la historiografía no se atreve a afirmar. Ventura usó de referente para su propia obra el texto de José, que sus amigos editores hispanistas podían leer en castellano. Ventura dedicó tiernamente la obra a Riva-Agüero y le dedicó unas líneas en calidad de escritor en la sección “los nuevos”, en cierta medida dedicada a resaltar a “los cinco”, esto es, a los “novecentistas”.
No mucho después de la impresión del libro de Ventura, en 1910, la Ciudad de los Reyes fue visitada por una extraña y diminuta comisión académica francesa. Ésta estaba integrada nada menos que por Martinenche y Lesca; la visita del hispanista y del editor fue sucedida por otra del propio Ventura, en 1911, en que intervino activamente en la vida política de Riva-Agüero. Desde el punto de vista formal, Martinenche venía acompañado por Lesca para crear lazos universitarios. En esta línea, Martinenche invistió a Riva-Agüero de corresponsal y encargado de la sección peruana de una institución dedicada a fortalecer los vínculos franco-latinoamericanos. En calidad de tal Riva-Agüero comenzó a redactar para una publicación dirigida por Martinenche unos reportes periódicos sobre la situación de la cultura, la producción bibliográfica y la literatura peruana, que se iniciaron en 1910 y continuaron un par de años más, hasta 1912. Pero ya sabemos que a Riva-Agüero, luego de su libro de 1905, no le interesaba la literatura peruana. Le interesaban en realidad más los temas subversivos de la sección política de su libro de 1905, que iba desarrollando en las obras sucesivas del mismo periodo de relación con Ventura y los hispanistas franceses, esto es, entre 1909 y 1912. Se trataba de la forma de régimen político y de temas como la monarquía, la guerra y el fundamento del orden social, los mismos temas de los cinco caminando desde la Calle de Amargura hasta Lártiga y viceversa. Algo nos sugiere que Lesca y Martinenche no atravesaron el planeta Tierra desde el Café Cornot hasta el palacio de la Calle de Lártiga para confirmar un corresponsal de literatura, sino para contactar con este Riva-Agüero subversivo. “¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?”, relee Riva-Agüero la letra de Ventura.
martes, 4 de enero de 2011
Montealegre y los Condes Serristori
Montealegre en el Palacio Strogonoff
José de la Riva-Agüero y los nobles emigrados en Roma (1922-1930)
Víctor Samuel Rivera
Uno de los centros de mayor intensidad de la vida del Marqués de Montealegre de Aulestia fue el palacete de Vía del Corso. Vía del Corso es aún una famosa avenida de Roma, en uno de cuyos extremos se halla la Plaza Venecia; en la década de 1920 era también el lugar preferente para los discursos de Benito Mussolini. Allí, a pocos metros de la columna de Trajano, en el número 35, se hallaba la puerta del Palacio de los Condes de Serritstori. Según entiendo por mis investigaciones en torno a la vida del gran polígrafo y pensador peruano, éste solía ir donde los Serristori con mucha frecuencia. De hecho, durante años, la Casa de los Serristori fue uno de los centros privilegiados para los contactos de nuestro marqués. José de la Riva-Agüero y Osma vivía en el mayor anonimato posible junto a las marquesas su madre Doña Dolores y su tía la Marquesa de Casa-Dávila. Montealegre residía en el Hotel Royal, Vía 20 Settembre. Donde los Serristori –según lo sugieren los indicios que aquí reconstruimos- se hablaba más francés que italiano.
En mi interés por esclarecer los vínculos de Montealegre en Italia hace un par de años tuve un interesante encuentro con algunos miembros de la nobleza europea. No es un secreto que Montealegre vivió en la capital de dicho Reino desde 1922 hasta 1930. Se trata de un periodo lleno de oscuridad, en el cual es casi nada lo que escribió y menos aún lo que se sabe. Era expreso deseo de su madre Doña Dolores que su lugar de residencia en Roma fuera cerca de la Corte Papal, por motivos a la vez políticos y religiosos. Los Montealegre residieron en Vía 20 Settembre hasta 1926, en que Doña Dolores murió. Luego, por motivos que no vienen al caso ahora, se cambiaron a un lugar más humilde. Montealegre se regresó en 1930. Cuando hace un par de años entrevisté a los miembros de la nobleza para indagar sobre la década de 1920 lo primero que hicieron fue preguntarme con qué italianos se había relacionado. Yo sabía con qué franceses y con qué españoles. Pero pensar en los italianos se hizo un quebradero de cabeza. De pronto me di con la sorpresa de que no podía contestar casi nada. Recordé que Riva-Agüero se había relacionado con el Príncipe Chigi. Los nobles me hicieron notar que Chigi había sido un personaje famoso de la historia italiana, parte del régimen de Mussolini. Pero entonces recordé: Chigi era amigo de los Condes Serristori. El sentido común me indica que Riva-Agüero accedió a Chigi por estos condes. El entorno de estos condes era pues, la clave de los contactos en Italia. ¡Pero los Serristori estaban tan lejos de ser personajes relevantes de la historia italiana! “A esos no los conocemos”, me dijeron.

Por examen de la correspondencia de Montealegre entiendo que Chigi era amigo de Su Majestad el Rey Don Alfonso XIII y que ambos eran amigos, a su vez, de una noble polaca, la Princesa Radziwill. Pues bien, ésta última era íntima de Madame Serristori. Radziwill formaba parte de un círculo de nobles emigrados de Europa Oriental en la Corte de Roma, en particular de Polonia y Rusia, los cuales estaban más entendidos en francés que en italiano. En un mundo ítalo-parlante, estos eslavos de diferentes nacionalidades deben haberse sentido más a gusto hablando el idioma del Conde de Maistre que el del Papa, a quien por ser ellos de religión ortodoxa no veneraban. Eran estos emigrados sí amigos de Chigi y de Don Alfonso. Esto se explica por el status de la Radziwill, título de una de las grandes familias de la realeza polaca. En Roma era una emigrada, pero su posición era casi la de una reina, y era a nivel de la realeza que ésta era atendida en el medio romano. En este círculo que conformaban Radziwill y Serristori eran especialmente próximos los Príncipes Novikow y Stephanow. Un dato interesante de la vida de Riva-Agüero en el Reino de Italia es el gusto que adquirieron las marquesas por los bailes rusos, una herencia cultural que indudablemente era debida al trato con estos Novikow y Stephanow. No resulta sorprendente en absoluto que en este contexto el marqués se hubiera trasladado luego de la muerte de Doña Dolores del Hotel de Vía 20 Settembre al Hotel Strogonoff, un lugar cuyo nombre no es posible evitar asociar a los nobles Novikow y Stephanow ni, por lo mismo, a la Princesa Radziwill y al Príncipe Chigi y, por intermedio de éstos, a los Condes de Serristori.

Uno bien puede preguntarse cómo así una noble familia limeña establecida en Roma en 1922 tuvo como centro de contactos la casa de unos condes más o menos poco destacados, que al parecer no hablaban mucho el italiano y que, como es manifiesto, se relacionaban en Italia más con la nobleza extranjera que con la italiana. De Novikow y Stephanow habría que agregar, además, con toda certeza, que eran unos personajes más bien grises y pobres. “Cher Marquis”, – le escribe una vez la Condesa de Serristori a Montealegre, advirtiéndole del cuidado que hay que tener para bien invertir el dinero en un círculo de pordioseros nobiliarios- hay ¡“Tantos refugiados rusos y polacos más o menos en la miseria”! Es evidente a quién se refería. Pero todo se aclara cuando, en Vía del Corso 35, hace su ingreso la Duquesa de Terranova, la hermana de la Condesa de Serristori.

Un día la Terranova llega a Corso 35 con algún chisme de la Condesa Potocka, la esposa del Conde Potocki y, por mejor seña, una peruana. Iba a soltar una nueva de la encantadora y criolla Susanita Potocka. Pero rápidamente cae el telón de la ignorancia para el lector. Hay que decir que la Terranova era hermana de la Serristori, y ambas a su vez amigas de la Potocka. La Serristori y la Terranova, las amigas de Susana, eran en realidad las hermanitas de la Gándara, Hortensia y Carmen, respectivamente, ambas afortunadamente casadas con Conde y Duque. Como eran amigas de Susana Potocka y ésta estaba casada con el Conde Potocki, de oficio diplomático polaco, esto las acercaba a la encumbrada Princesa Radziwill, que podemos imaginar complotando para que la monarquía fuera restablecida en su querida y eslava Polonia; por medio de la Radziwill, pasamos por el Príncipe Chigi y desde él a la Reina de Italia: hay que saber que era del dinero de la Reina que vivían a su vez los emigrados de otras casas reales en desgracia emigradas en Roma, verbigracia los polacos y los rusos, y es así como llegamos hasta los pordioseros eslavos, estos príncipes Stephanow y Novikow a los que les gustaban los bailes rusos y de los que ya sabemos andaban peseteando a los Montealegre. Ignoro si las hermanas de la Gándara eran limeñas de nacimiento, pero lo dudo, pues la Serristori escribía en francés. Lo que sí es indudable es que los de la Gándara tenían una rama familiar peruana y que es de esa rama, como no podría ser de otra manera, que hizo recurso la Marquesa de Montealegre cuando resolvió, alrededor de 1922, ir a vivir a Italia, un país en donde no conocían, ni ella ni su hermana ni su hijo, a nadie. La Terranova termina los chismes que tenía que contar. Los Montealegre invitan a todos los emigrados de Corso 35 al siguiente baile ruso en el Hotel Strogonoff. Los Montealegre pagan.
Caetera desiderantur…
PD: Obligado ver el video sobre los Radziwiil




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