Víctor Samuel Rivera

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.

lunes, 23 de marzo de 2026

Por la nueva capital del Perú republicano

La rebelión de Huancho Lima 

Víctor Cartagena Riquelme, colaborador invitado



La rebelión de Huancho Lima (1923–1924) constituye uno de los episodios más complejos y ambiguos de la historia social del altiplano peruano. Tradicionalmente interpretada como un levantamiento indígena contra los abusos del gamonalismo, su análisis exige ir más allá de las categorías simplistas de “rebelión campesina” o “conflicto social”. En efecto, este acontecimiento revela una profunda tensión histórica entre la persistencia de una cosmovisión andina de larga duración y la irrupción de ideologías modernas que reconfiguran el horizonte político y cultural de las comunidades quechua-aymaras. En este sentido, el movimiento de Huancho Lima no puede entenderse únicamente como una reacción frente a injusticias concretas, sino como un fenómeno donde se entrecruzan memoria histórica, estructuras de dominación republicana y procesos de transformación ideológica. La modernidad, lejos de presentarse como un proceso neutral de progreso, aparece aquí como una fuerza que, al mismo tiempo que ofrece herramientas de emancipación —como la educación o el discurso de los derechos—, introduce categorías ajenas al mundo andino que terminan desplazando su propia lógica civilizatoria.

La rebelión de Huancho Lima (1923–1924), el aymara no tenía pretensiones de rebelión, aunque la prensa categóricamente afirmó que la indiada se sublevó. El único fin era la justicia, las escuelas por las vías legales. más allá de su apariencia inmediata como un levantamiento, o movimiento campesino, o simplemente rebelión, contra abusos concretos, revela una tensión profunda entre dos concepciones del mundo: por un lado, la persistencia de una estructura civilizatoria andina de larga duración, y por otro, la irrupción de ideologías modernas socialistas, anarquistas, liberales, etc.  que reconfiguran, desvían y en cierto modo desnaturalizan ese horizonte histórico propio. Todo ello nos permite sostener que el movimiento aymara no puede entenderse únicamente como reacción social o económica, sino como un fenómeno donde se entrecruzan memoria histórica, opresión gamonal, y una progresiva colonización ideológica.

         Desde la perspectiva de José Luis Ayala, el mundo andino propiamente aymara no se organiza bajo una lógica lineal del tiempo, sino bajo una estructura cíclica, donde la historia no avanza hacia un progreso indefinido, sino que atraviesa fases de aparición, expansión, conflicto, decadencia y posible renovación. Las seis eras que describe —desde las primeras presencias míticas junto al creador Apu Qollana Awki Wiraqocha, pasando por la comunidad sagrada, la expansión, el desorden, las guerras, la aparición de los incas y finalmente la decadencia tras la llegada española no son simplemente etapas históricas, sino momentos de una dinámica recurrente. En este marco, la rebelión de Huancho Lima no sería un hecho aislado, sino una manifestación más dentro de ese ciclo, un intento —consciente o no de revertir la fase de decadencia e iniciar un nuevo momento de reorganización.

   En lugar de una revolución social consciente, la rebelión aparece como un síntoma de descomposición política de la república peruana en el altiplano, una región donde el antiguo orden andino había sido destruido sin que surgiera una autoridad legítima capaz de sustituirlo. El orden del Tahuantinsuyo, consolidado desde la época de Pachacútec, se caracterizaba por una estructura jerárquica clara. El ayllu constituía la célula social básica, el trabajo de la comunidad mediante la mit’a garantizaba la redistribución de recursos y la autoridad del Inca organizaba el conjunto del territorio. No se trataba de una sociedad “igualitaria” en el sentido moderno como pretenden algunas lecturas socialistas, liberales sino de una civilización profundamente jerárquica donde cada grupo tenía deberes y privilegios bien definidos. La legitimidad del poder descansaba en una concepción sagrada del orden político: el Inca, el mediador entre los dioses, los antepasados y la comunidad humana. Desde este punto de vista, el mundo andino prehispánico no respondía a categorías como “lucha de clases” sino donde la autoridad implicaba obligaciones morales hacia la comunidad.

        Este enfoque se complementa con lo que en Ramos Zambrano aparece como la continuidad de los antepasados, como una estructura viva del pensamiento. El aymara no ha roto con su pasado; mantiene sus creencias en el sol, la luna, los Apus, y aun cuando adopta elementos cristianos, como la virgen María, el cristo, lo resalta a cristo como fundamento de su existencia, y los demás son creación de ello. Esto indica que la comunidad quechuaymara no se concibe a sí misma como un sujeto moderno desligado de su historia, sino como continuación de una comunidad con un antepasado común, donde los muertos, las divinidades siguen presentes en la vida social. La idea misma de comunidad no es contractual ni jurídica, sino orgánica, heredada, vinculada a la tierra y al linaje.

        En su lugar surgió el fenómeno del gamonalismo, representado en el texto de Ramos Zambrano, José Tamayo Herrera, José Luis Ayala, representan al gamonalismo puro y duro la figura como Darío Lucas Carpio. Desde una perspectiva histórica conservadora andina, el gamonal no es la continuidad del curaca tradicional, sino su degeneración. El curaca prehispánico tenía responsabilidades rituales, políticas y económicas hacia su comunidad; el gamonal republicano, en cambio, ejercía un poder privado sustentado en la apropiación de tierras, la manipulación legal, respaldado por el gobierno y la violencia.

        Para poner un ejemplo, Ramos Zambrano, muestra que en Huancané no existían gigantescos latifundios como en otras regiones del altiplano. Muchas tierras seguían perteneciendo a comunidades o pequeños propietarios. Sin embargo, la ambición de ciertos hacendados condujo al uso de escrituras fraudulentas, despojos y abusos que generaron tensiones profundas. Este tipo de conflicto, lejos de encajar en el esquema simplista de la “lucha de clases”, revela más bien el fracaso del Estado republicano para garantizar un orden jurídico coherente. La república centralizada en Lima se mostraba incapaz de administrar regiones periféricas como el caso de Huancané, lo que dejaba espacio a poderes locales arbitrarios. En términos históricos, se trataba de una situación de anomia política, donde la ley existía en el papel, pero no en la práctica.

        En ese sentido, la noción de una posible restauración o reconfiguración del Tawantinsuyo —aunque Ramos Zambrano señale la ausencia de documentos explícitos— no puede descartarse tan fácilmente. Los autores contemporáneos (2024) indican que el pensamiento aymara apuntaba a la formación de una “República del Tawantinsuyo”, con capital en Huancho Lima, lo que sugiere no solo una aspiración política, sino la persistencia de una memoria imperial transformada. El objetivo fue, cortar toda relación comercial y de servicio personal con Huancané y fundar un nuevo pueblo independiente totalmente indio, sin mistis ni autoridades extrañas al medio del aymara. Los mistis serían gobernados conforme a las leyes imperantes del momento, en cambio los indios regresarían al sistema Tawantinsuyo contaba con todos los funcionarios nombrado en este momento. Lo que ahora pretenden es saquear las haciendas, quemar las poblaciones, exterminar a los mistis, repartirse la propiedad territorial y los capitales semovientes de las ganaderías, destruirlo todo y restaurar el imperio del Tawantinsuyo y el culto al sol”.

            No se trataría de una restauración literal, sino de una reactivación simbólica de un orden propio, donde los aymaras se gobiernen a sí mismos según sus propias normas sagradas, coexistiendo o incluso superponiéndose al orden republicano criollo. Sin embargo, este proceso no ocurre en estado puro. La investigación historiográfica pone en evidencia cómo ese horizonte histórico propio de los andes es progresivamente atravesado por ideologías modernas. La presencia de la Asociación Pro Indígena, la difusión de ideas socialistas, la circulación de periódicos como “El eco de Puno”, “El Siglo”. Sabemos que la prédica humanista proteccionista y filantrópica de la Asociación pro indígena fue también recogida por los dirigentes quechuas aymaras donde se introducen nuevas categorías de pensamiento: derechos, igualdad, justicia social, ciudadanía, organización política. Estas categorías no nacen del mundo andino, sino que provienen de matrices europeas adaptadas al contexto latinoamericano.

        El texto de José Luis Ayala, menciona la existencia de escuelas comunales donde maestros mestizos difundían ideas contrarias al “misti” y al blanco. Ezequiel Urviola cree en la liberación de los quechuas aymaras a través de la educación, y Carlos Condorena apuesta por una organización política propia. Sin embargo, esas escuelas, aunque aparentemente orientadas a la educación, se convirtieron también en espacios de politización. Publicaciones vinculadas al socialismo, comenzaron a circular entre los quechuas aymaras. Según el enfoque andino este fenómeno representa una importación de doctrinas europeas que poco tenían que ver con la tradición política del mundo andino. Conceptos como “explotación del explotado”, “justicia social” o “derechos” pertenecen a una cosmovisión moderna nacida en la Europa industrial del siglo XIX, no a la lógica civilizatoria del antiguo Tahuantinsuyo.

        Aquí emerge uno de los puntos más críticos del análisis: la educación, lejos de ser un instrumento neutral de liberación, actúa como un mecanismo de transformación ideológica. El propio texto de Zambrano lo señala con claridad: cuanto más letrado era el indio, se acerca a las ideas, socialistas y de justicia social y liberación, derechos.  Los dirigentes como Carlos Condorena, Ezequiel Urviola, Mariano Paqo Mamani, luchaban por un derecho, el reconocimiento de los indios, bajo el amparo de la ley.  Esto implica que el proceso de alfabetización no solo enseñaba a leer y escribir, sino que reconfiguraba la forma de pensar, desplazando progresivamente el pensamiento andino por una visión moderna del mundo. El indio educado deja de pensarse como parte de una continuidad imperial o comunitaria, y comienza a pensarse como ciudadano, sujeto de derechos dentro de un sistema abstracto.

    Desde una lectura crítica, esto puede interpretarse como una forma de colonización intelectual paulatinamente. Las ideologías predominantes de la época, aunque se presentan como emancipadoras, operan dentro de un marco universalista que tiende a homogeneizar las diferencias culturales. En lugar de fortalecer un proyecto propio, inducen al indio a insertarse en una lógica ajena, donde la lucha ya no es por reconstruir su propio orden civilizatorio, sino por obtener reconocimiento dentro del sistema dominante.

    El caso de Carlos Condorena o Luis Condori, es particularmente revelador. Por un lado, aparece como un líder aymara, vinculado a su comunidad, impulsor de una organización autónoma y promotor de Huancho Lima. Pero, por otro lado, su lenguaje político es claramente moderno: habla de república, de presidencia, de organización política formal. No se proclama inca, sino lo proclaman presidente. Esto no es un detalle menor, sino un síntoma de la transformación del horizonte político: el poder ya no se concibe en términos tradicionales andinos, sino en términos republicanos.  El cuartel de los sublevados que fue Huancho fue declarado como capital no solo del departamento y de provincia sino de todo el Perú. En su sucesivo debía llamarse Huancho Lima donde radicaría el presidente de la república provisionalmente designado a Carlos Condorena.

        Se afirma que sus ideas de Carlos Condorena estaban direccionadas a las ideas de la asociación pro indígena, a milenarismo y anarcosindicalismo propios de la época. Aquí se encuentra el núcleo del problema: la justicia buscada se formula en términos ideológicos importados, lo que genera una tensión entre identidad y discurso. La organización política que Condorena intenta construir ya no responde a la lógica del ayllu ni del imperio, sino a modelos modernos de representación.

        El mismo caso de Lloque Yupanqui, que Ramos Zambrano lo escribe en su texto; es especialmente revelador. Se describe que “predicaba la igualdad entre mistis y quechuas y aymaras” y que portaba “Biblia en mano… acompañado de trece jóvenes”. La simbología es evidente: se intenta construir una figura mesiánica que combina elementos cristianos protestantes con reivindicaciones sociales. Sin embargo, su mensaje es —“estas tierras serán para los que trabajen”— en esta idea introduce una noción de propiedad basada exclusivamente en el trabajo individual, lo cual no corresponde ni al sistema comunitario andino ni a la doctrina cristiana tradicional sobre la propiedad. Se trata, más bien, de una formulación influida por ideologías modernas, revestida de lenguaje religioso. Aquí aparece ideas de liberación y libertad religiosa, la imposición norteamericana con la religión adventista del séptimo día, escriben en el periódico el siglo “Clamor indígena” supuestamente para liberar al indio.

La crítica, entonces, no es simplemente que existan influencias externas, sino que estas terminan reorientando el sentido de la lucha aymara o quechua. En lugar de dirigirse hacia la reconstrucción de un orden propio, la lucha se canaliza hacia objetivos como:

  ü   reconocimiento legal

  ü   acceso a la educación

  ü   igualdad dentro del Estado

  ü   participación política

Estos objetivos, aunque legítimos, implican una renuncia parcial al proyecto civilizatorio propio. El indio deja de luchar por ser lo que fue una civilización autónoma con su propio sistema y comienza a luchar por ser reconocido dentro de un sistema que no le pertenece. Por eso resulta significativo que el movimiento de Huancané o Huancho Lima no proclamara la restauración del imperio inca, a diferencia de rebeliones anteriores vinculadas simbólicamente con el retorno del Inca. El proyecto de establecer una capital alternativa llamada “Huancho Lima” muestra hasta qué punto el imaginario político de los rebeldes estaba influido por la forma estatal republicana. En lugar de reconstruir el orden tradicional andino, se intentaba replicar de forma rudimentaria la estructura política criolla. Este detalle revela la profunda transformación cultural del altiplano: el viejo lenguaje político del incario había sido sustituido por categorías republicanas modernas.

       La rebelión misma, tal como la describen los documentos citados por Ramos Zambrano, tuvo rasgos contradictorios. Por un lado, expresaba un descontento real frente a abusos locales por parte del gamonalismo; por otro, derivó en episodios de saqueo, violencia indiscriminada y consumo de alcohol. Desde una perspectiva histórica más amplia, este tipo de levantamientos suele aparecer cuando el orden político pierde legitimidad, pero aún no existe una alternativa clara capaz de sustituirlo, o declarar la guerra al enemigo, que le es hostil como los gamonales, todo ellos ocurren, cuando Condorena se encontraba en Lima decepcionado.

    La fundación de “la república aymara tawantinsuyana” constituye el punto culminante de esta contradicción. La contradicción es evidente: el término “república” implica soberanía popular, mientras que el Tahuantinsuyo se basaba en soberanía sagrada. Esta tensión se refleja también en las interpretaciones de la rebelión. Mientras Ramos Zambrano insiste en que no hubo intención de restaurar del Tawantinsuyo, los autores contemporáneos sostienen lo contrario. Pero más allá de esta discrepancia, ambos coinciden en mostrar un fenómeno híbrido, donde lo tradicional y lo moderno coexisten de manera conflictiva. Este problema trató de resolver Churata. Podemos ser modernos sin dejar de ser antiguos.

La posterior desilusión nostálgica «los asesores niegan lo que el presidente haya sugerido… debe haber sido un malentendido» y la reacción de Condorena —«nos ha llevado a la decadencia y ahora nos abandona, miserable» no solo evidencian la fragilidad de un proyecto carente de fundamentos políticos sólidos, sino también la traición de un gobierno tiránico. Los delegados, como señalaba Urviola, depositaron una fe ciega en el mandatario; muy pronto empezaron a llamarlo Wiracocha, Apu Leguía e Inti presidente. Paradójicamente, sería este mismo quien luego persiguiera, masacrara y encarcelara a los indígenas. Esto revela una sacralización impropia de un poder que carecía de legitimidad tradicional, pese a que, en su momento, el indígena creyó reconocerla.

         La represión fue brutal que siguió a la rebelión no solo aplastó un levantamiento, sino que también cerró la posibilidad de que ese proceso se desarrollara en una dirección más autónoma para siempre. La destrucción de Huancho Lima, la persecución de líderes, el castigo ejemplar contra las comunidades, consolidaron el dominio del orden republicano y debilitaron cualquier intento de reorganización aymara o quechua independiente.

        En este sentido, la rebelión de Huancho Lima puede interpretarse como un momento clave en el que se hace evidente una disyuntiva histórica: o la continuidad de un proyecto andino propio, basado en su memoria imperial y su organización comunitaria, o la integración, forzada o voluntaria en el mundo moderno, con sus categorías políticas, sociales e ideológicas. El hecho de que el indio, al alfabetizarse, adopte estas categorías modernas, muestra que la segunda opción terminó imponiéndose, no necesariamente por convicción, sino por la fuerza de un sistema que no dejaba alternativas para mantener su fundamento de la comunidad y su fundamentalismo religioso.

       Finalmente, el desenlace trágico «Moriré como Túpac Amaru si es necesario, para defender mi raza» vincula con la memoria de Túpac Amaru II y evidencia su retorno al mundo andino, reconociendo que la confianza depositada en el autócrata tirano fue un error. La frase expresa valentía, autoridad y arraigo a la tradición. La destrucción de Huancho Lima y su posterior muerte no son únicamente actos de represión, sino el resultado de un proceso de vil traición por parte de la autoridad, a la que el indio había otorgado legitimidad y trascendencia para fundar su propio destino.

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Víctor Cartagena Riquelme (1999) es filósofo andino, natural de Carabaya (Puno). En la actualidad es presidente del grupo Willka y del Círculo de Estudios Saturnino Huillca Quispe. Se declara fundamentalista en los ámbitos religioso y político, desde donde desarrolla una reflexión crítica y afirmativa del mundo andino. Investigador del pensamiento de Gamaliel Churata, dialoga con su vertiente más radical y simbólica, a la vez que cuestiona el indigenismo puneño desde una perspectiva filosófica y doctrinal.



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