Víctor Samuel Rivera

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El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.
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domingo, 28 de junio de 2020

Entrevista con José Chocce Peña sobre Coronavirus (III-III)









3— ¿Qué opina sobre los libros de los distintos intelectuales y académicos que dan su diagnóstico sobre el COVID 19?
     
     En el tiempo del Mar de Cristal, cuando la opinión lo era todo, el twitter, el Instagram, la opinión retuiteada de un asalariado del Estado o de una transnacional, la gente escuchaba a los filósofos en el rango de antaño, en el transparente rango de verse sí mismos cada vez. Los filósofos del Mar de Cristal eran los grandes guardianes de la éndoxa. En la medida en que ascendieron hacia sus propios espejos, de sus trozos hablante de apertura, pienso de ellos (no de todos y cada uno, ciertamente) que, como los caminantes, pertenecen al mundo transparente que ha muerto. No doblan la mirada al evento sino, como los obispos del Apocalipsis, miran al piso, y se humillan el ver en él su imagen repetida y estéril.


4— ¿Algún comentario sobre nuestra realidad peruana, así como su mundo académico y pensante entorno a la pandemia?
     
     No me es permitido ver en la opinión, ciego como estoy ahora inefable ante el evento. Pero la luz nueva e inefable ha fundado un mundo, quiero decir, está en este preciso instante diseñando la organización, el lenguaje y los valores en un mundo cuya anticipación son todo lo que no reconocemos nuestro hoy: La cuarentena inestable y constante, la imposibilidad de curar una enfermedad viral, de cuya voluntad hay que precaverse, la ruina definitiva de un régimen global de gobierno basado en la idea de que el Cristal, por ser bello, y por decir a cada quien quién es, es, por eso mismo, eterno. Hay en nuestro medio, más intensamente que en otros lugares, una intensa resistencia a ver fuera del espejo pequeño en que cada uno desea renunciar al saber. El Perú es un país impresionantemente imitativo, es en una sociedad del espejo, en el Mar de Cristal, como el espejo del espejo. Su mundo académico es especular, pero no en el sentido hegeliano, sino en el más triste de ser imagen de la imagen, en este caso, imagen de la imagen destruida.
    
     Los peruanos, incluso con interés paritario los que entre ellos son filósofos, básicamente seres humanos antes que imágenes. Y seres que especulan antes que reflejo del reflejo de lo que otros quizá son con más plenitud. Y como humanos, podemos ser filósofos renunciando a la gran Caverna que la luz del virus ha invadido. No para salir, sin duda, sino para acoger.


5— ¿Podría darnos algún comentario entorno a nuestra situación en el país y las medidas del gobierno?
     
     Hoy el Perú se ubica en número sexto de contagios por debajo de grandes potencias superpobladas en una totalidad de reinos y repúblicas de alrededor de 180 en el mundo, todo lo cual es un gran mérito tanto del gobierno que el pueblo se ha dado, como del régimen político que así se lo ha permitido. No como un modesto filósofo, sino como ser humano gregario como casi todos creo suelen ser, tengo un asombro metafísico no ante el gobierno que nos ha encumbrado entre las peores grandes potencias, sino ante la inocente e infantil creencia que tiene el pueblo, de que merece la tragedia humanitaria que está sufriendo. Somos casi los primeros, somos famosos, somos punteros, se diría, y la triste conformidad de todos en este mérito grandísimo, que antes que político, es ontológico, quizá algún día nos sustraiga del afán de repetir, esa enfermedad que contrajimos desde que llegaron entre nosotros las menos afortunadas de las ideas modernas.

     Las cifras de la Gran pandemia en el Perú se darán, en su rango metafísico, en el aniversario de su fundación como Estado moderno. Sin duda los filósofos tienen mucho qué pensar, y espero que no se espere aquí que nuestra situación metafísica sea pensada primero en Estados Unidos, el más metafísico hoy de todos los países, para luego de su trabajo hacer aquí un pequeño espejo de cristal.


6— ¿Qué nos depara el futuro? ¿Nos podría dar su último comentario o mensaje a nuestros lectores, que considere importante trasmitir?

     Ludwig Wittgenstein, la mente más notable del Imperio Austro-húngaro dijo una vez, hace justamente cien años: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.



   

domingo, 21 de junio de 2020

Entrevista de José Chocce Peña (parte I-III)



#FilosofíaEnTiemposDePandemia

Lima, jueves 18 de junio de 2020
Víctor Samuel Rivera

1— ¿Qué opinión le merece toda la situación actual que vive el mundo y entorno a la pandemia COVID 19?


      
  Sobre las opiniones soy escéptico, aunque el mundo al que pertenecemos, en cambio, deposite su fe en ellas. Sobre temas públicos, altamente sensibles, y con hondo sentido político y moral, se recurre al artista, se acude al cómico, a la persona que lee las noticias; cuando no al mero y anónimo caminante, que es la expresión más íntima y esencial del opinador. A fines de la década de 1990, con la aparición y masificación de la computadora portátil y del internet, pareció cumplirse la utopía más ansiada del mundo moderno, el mundo de la comunicación transparente y sin límites, la sociedad posmoderna, la sociedad que Gianni Vattimo denominó entonces “transparente”; líquida o fluida, para pensar el tema en la terminología entonces tan potente de Zygmunt Bauman. De pronto la opinión, lo que los griegos llamaban éndoxa, la opinión como el derecho ilimitado a decir lo que sea sin importar de los labios de quién, terminó por ser el faktum de la razón posmoderna o, mejor dicho, de la posibilidad realizada donde el conocimiento y la opinión se han vuelto idénticos entre sí.

   
         El mundo al que pertenecemos, como un mundo humano específico donde opinar y estar en la opinión, por así decirlo, es lo más metafísico a donde nos es lícito llegar, es un mundo cuya constitución es un no saber donde el opinador reconoce sus derechos. Este tiempo y mundo hace de la comunicación su trabajo, su actividad realizadora. Y es como un mar de cristal donde cada uno que ve, ve lo mismo. Esa sociedad transparente de la década de 1990 era como el Mar de Cristal, una figura profética del Apocalipsis de San Juan evangelista. El Mar de Cristal es un extenso piso de espejo. Hacia el fondo el buen Dios sentado. Allí doce santos obispos metropolitanos se ven a sí mismos, y entonces, echando sus coronas al suelo, se humillan y adoran, una figura maravillosa de la liturgia Confiteor Deo omnipotenti, solo que sin ningún Dios que la contemple en su trono Un inmenso espejo, una comunidad del espejo. Y, de pronto, el evento. Ha acontecido que el espejo ha sido roto, ya que no por la opinión del hombre que no se humilla, sí por la Corona soberana de un virus que inesperadamente yace sentado.



miércoles, 1 de febrero de 2012

No soy conservador. Notas sobre José Chocce (Parte II)


No soy conservador
Notas sobre José Chocce, “El principio del fin: Cuatro discursos sobre el Perú actual”, en Evohé, Revista de Filosofía Villarrealina, N° 2, pp. 164-188.

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Las obras que uno escribe, en un sentido que es bastante obvio, tienen vida propia. Dicen sus propias cosas y –por así decirlo- hacen su propia vida. Una vez que salen de nuestras manos no parecen tener otra defensa que su precaria e indefensa existencia. Su contexto, que originalmente fue la atención y la fuerza de una cierta vida mental, se transforma, para ingresar al inmanejable mundo de las formas de vida, sus presupuestos y los extraños vaivenes que tienen sus consecuencias en el universo social. Y se hace entonces otro contexto, que vive también, como otra mente, que a no dudarlo, puede ser más original, creadora e interesante que la de su fuente.

Hace unos diez años fui invitado por el Congreso de la República a dictar una conferencia sobre Francisco García Calderón, un liberal conservador del 900 peruano. Como no llegó al final puerto de su publicación, como el resto de los materiales de ese momento, lo cedí en 2005 a una revista de estudiantes de Derecho de la PUCP. Apareció allí con el título que yo deseaba darle a la versión final: “Autocracia republicana clerical”. Se trata de una revisión de la obra de García Calderón a la luz del pragmatismo cuya lectura entonces yo frecuentaba, el de Richard Rorty, el más lúcido y popular de los defensores del norteamericanismo del 2000. El texto tenía su contexto, tanto social como personal. Yo venía de publicar una compilación sobre la guerra de Yugoslavia, en la que traté de contribuir apoyando a ese pobre país que ya no existe contra la expansión de las potencias (la potencia) liberales en la abandonada Europa oriental que lo deseaban fagocitar. El libro, que firmé con Ricardo Vásquez Kunze, se llamaba Cosmopolitas y Soberanistas y, en su intención, era un alegato contra la globalización política. He seguido con el tema de diversas maneras, aunque ahora ya no me interesa tanto realmente. En el artículo-conferencia quise usar los argumentos de Rorty a favor del norteamericanismo para sostener una cierta idea de nacionalidad antiglobal. Fuera de ese contexto creo que es natural confundir mis intenciones de entonces.


Mi texto impreso en 2005 muy difícilmente podría tomarse como una exposición de mi pensamiento sobre el Perú. Al menos no de mi pensamiento tal y como yo lo reconozco hoy. No era un programa positivo, sino un esfuerzo por mostrar una cierta incapacidad que tiene el pragmatismo para el uso que Rorty hacía de él por esos años y mostrar que, sea como fuere, era útil tanto para una defensa de cierto tipo de cosmopolitismo bien que para su contrario. Era famoso con justicia entonces un ensayo de Rorty que se llamaba “Liberalismo burgués posmoderno”, del que quería ser algo caro a Rorty, una ironía. Y digo todo esto porque mi folletín de hace una década me ha valido que uno de mis más amables lectores, quizá uno de los más sinceros que conozco, haya deducido que yo soy conservador, vale decir, un partidario de la autocracia republicana clerical. Esto es lo que expone José Chocce en “El principio del fin: Cuatro discursos sobre el Perú actual” de una manera algo enfática, con lo que creo me ha hecho un favor que tal vez no me es muy útil, que es escribir esta aclaración.
Francisco García Calderón era conservador. En el sentido en que lo han sido el Barón de Montesquieu o Edmund Burke. En un sentido en el que yo sería incapaz de reconocerme a mí mismo. Como no me interesa aclarar cuestiones ideológicas, quizá bastaría con decir que no soy y no me considero un autor conservador.

No se me ocurre qué de este mundo horrible en el que habito merecería ser conservado. Pienso, como alguna vez Heráclito, y de un modo distinto Carl Schmitt, que un baño de fuego no le haría demasiado daño, aunque es una afirmación naturalista, y de ningún modo una consideración ética. Todos los mundos históricos terminan, incluso algunos que merecen mi personal adhesión pero –repito- por más esfuerzo que hago, no veo nada en este mundo que me solicite que lo conserve. Me preocupa sí y mucho, la continuación de la existencia de la Tierra, e incluso debo decir que la del hombre, pero no por nada que tenga relación con las creencias, valores o instituciones predominantes y vigentes en este momento de la ocupación humana planetaria del mundo. Si José Chocce hubiera repasado mi Cosmopolitas y Soberanistas, o bien si hubiera prestado más atención a otros textos de los muchos que he redactado no habría tomado la ironía de una conferencia solitaria como mi manera de pensar, o mi manera de pensar en el Perú.

Quizá un error de principio es creer que uno es lo mismo que lo que ha escrito. Chocce no me deja lugar a dudas de la diferencia que hace del texto literalmente una “obra”, algo hecho, cuya esencia es análoga, sino la misma que la de los artefactos. Tiene un existir que se debe a quienes la acogen, muy a diferencia del autor, que incluso cuando es acogido, hay un lugar para él fuera, tal vez fuera de lo que la obra tenga en sí de grandiosa y verdadera, pero más si ninguna de ambas calificaciones vengan al caso, como creo es aquí.

Una vez un historiador de mi generación me dijo, en referencia a mis estudios sobre José de la Riva-Agüero, que somos estrictamente lo que hemos leído. Y que se note que no es lo mismo lo leído que lo escrito. Es verdad que nos buscamos a nosotros mismos en lo que estudiamos, pero, mi querido José Chocce, al menos en mi caso es verdad que he leído muchas cosas que en nada se parecen a la bonachonería de García Calderón. Para comenzar, leí a Rorty, siempre y con mucho entusiasmo, mientras ese buen norteamericano habitó en este mundo. Pero he leído muchísimas cosas, a muchísimos autores, en diversas especialidades y, por favor nadie lo dude, no soy esos autores. No soy ni el Conde de Maistre, ni Gianni Vattimo, ni soy Michel de Montaigne, no José Ignacio Moreno, ni René Descartes. He fatigado mi vista leyendo a Thomas Hobbes, pero sus ideas nunca me han quitado el sueño. He redactado varios artículos sobre Descartes, pero no soy otro Descartes. Y si he escrito mucho sobre él, no hay que sospechar que soy otro “él”.

Si reniego de ser conservador, tal vez algún lector podría querer que le diga qué soy, pero no veo qué podría decirle por respuesta. Al menos, no confundirme con Burke y Montesquieu. Y tampoco con García Calderón.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Notas sobre José Chocce. Parte I

Notas sobre José Chocce, “El principio del fin: Cuatro discursos sobre el Perú actual”, en Evohé, Revista de Filosofía Villarrealina, Nº 2, pp. 164-188.

Parte I: José Chocce



Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


José Chocce es una de las más hondas alegrías que me ha dejado mi trabajo de profesor de Filosofía en la
Universidad Nacional Federico Villarreal. Es uno de los egresados más entusiastas que conozco de la carrera. Es un gran lector, un erudito simpático, y me siento en el deber de confesar que le debo buena parte de mi propia curiosidad y empatía por los temas peruanos. Es el terror de los libreros viejos, y a él deben muchos que su mercado se vea mermado. Donde yo estoy dispuesto a pagar 100 dólares por un folleto de Riva-Agüero o uno de esos raros mamotretos de Jorge Polar, Chocce, con una moneda de un Sol, consigue siempre algo mejor.

Un día vio una edición de Joseph de Maistre de las que fueron las que legaron al Perú y que leyeron nuestros positivistas y ultramontanos del siglo XIX, de la Imprenta de M. Pélagaud, impresor del Papa en París durante el Segundo Imperio (¡qué bien suena!). En Francia un buen precio por un ejemplar decente de este tipo es algo así como 120 Euros; uno defectuoso, por supuesto, no aspira tan elevado. Yo he pagado 60 dólares aproximadamente por los pocos tomos que poseo, que no están en perfecto estado necesariamente pero que han pertenecido alguna vez a Javier Prado, y antes a su padre. En eso soy muy afortunado. Tengo unos 500 libros de la antigua Biblioteca Prado, que fuera de Marianito Prado, y antes que fuera de Manuel Prado y antes, antes, de Javier Prado, el filósofo racista peruano al que lo chaparon copulando con una mujer casada en Nueva York, la Babilonia de los tiempos modernos. Un día José Chocce se estampó con un montoncillo de estos “de Maistre”; estos “de Maistre” ¡de quién habrían sido! El hecho es que costaban un Sol. Una moneda de un Sol cada uno o bien 30 centavos de Euro al cambio actual. Pero como a José Chocce de Maistre, el genio de Turín, el hermeneuta avant-la-lettre no le quitaba ni le quita ni le quitará el sueño, dejó allí el montoncillo a que lo reciclara alguien con mejor gusto, y más dinero. Una lástima que ese afortunado no fuera yo.

Cuando conocí a José Chocce éste -como no podría ser de otro modo- se presentó él mismo. Apareció un día en el polvoriento camino que separa mi agreste clase en un destartalado recinto que fuera una vez el colegio de la Inmaculada al paradero de la avenida Tacna con un folleto fúngico de Julio Ortega sobre Ventura García Calderón (¡qué me importaba a mí entonces el bueno de Ventura!). Como el folletín estaba incompleto, el zamarro erudito había adosado con cinta adhesiva una lista de las obras de Ventura, escrita en una horrenda y moñosa caligrafía infantil. Era su aporte personal. Tenía algo del estilo aplastado de la caligrafía de Francisco, el hermano de Ventura, para quienes la hemos visto. Era una nota (algo defectuosa, con fechas erradas y títulos acefálicos). José Chocce, este sencillo exalumno de la Universidad Villarreal no lo sabía, pero yo tenía que redactar una de las partes de la investigación mayor que tenía entonces entre manos sobre el mismísimo Ventura. Ya había un lazo, antes de toda palabra, de cualquier mirada, que había tendido ese puente a través del cual voy ahora a criticar a éste, tal vez el más serio, el más delicado esmero que ha producido la Universidad donde trabajo.
 
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