Víctor Samuel Rivera

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martes, 22 de diciembre de 2015

Nueva publicación: Charlie Hebdo. El evento del fil del nihilismo cumplido






Charlie Hebdo. El evento del fin del nihilismo cumplido. Estudios Filosóficos, LXIV, 187 (2015), 331-354

Se trata de la versión extensa y detallada del tema de la conferencia plenaria dictada en el XV Congreso Nacional de Filosofía, centrado en los conflictos culturales.

Para tener acceso a la versión en formato pdf, aplastar la imagen del Emperador Santo Germánico en la parte izquierda.




viernes, 6 de noviembre de 2015

Acceso a Conferencia magistral XV Congreso Nacional de Filosofía (Puno)

Hago accesible al público el documento de mi conferencia plenaria en el XV Congreso Nacional de Filosofía, dictada en el Auditorio de la Universidad Nacional del Altiplano el 29 de octubre de 2015.


Aunque el texto se inspira en un artículo de 25 páginas que será impreso próximamente, el texto fue especialmente escrito para ser leído en el Congreso y se centra en el tema del nihilismo.

Para tener acceso al texto basta aplastar la imagen del emperador a la izquierda y tener abierta una cuenta de gmail.com o Facebook.


martes, 13 de enero de 2015

Charlie Hebdo. Irrupción del evento en el nihilismo cumplido





  
Charlie Hebdo
Irrupción del evento en el nihilismo cumplido

Dr. Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía



Charlie Hebdo preparaba ese miércoles 7 de enero su siguiente edición; posiblemente entre las muchas ideas interesantes de los editores estuviera satirizar contra Alá, o tal vez contra su santo Profeta, ya que la religión es uno de los tópicos obligados de las revistas satíricas europeas cuya agenda ontológica es el nihilismo. Heidegger, mientras participaba como investigador en los Archivos Nietzsche en el régimen de Hitler, pensó que el nihilismo era síntoma de una época histórica en la que la metafísica había configurado un mundo social que se había extrañado del Ser, esto es, que había perdido la experiencia del sentido histórico y social de la vida humana misma, lo cual incluye la religión. Friedrich Nietzche distinguió diversos tipos de “nihilismo”; degradar en el lenguaje social la experiencia religiosa ingresa como “nihilismo activo”: llevar a cabo y consumar con el propio esfuerzo la experiencia de un mundo que fuera exclusivo del hombre, lo que se realizaba a través de la violencia y el asesinato para “destruir” los residuos del mundo anterior. Gianni Vattimo ha hecho notar hace poco que la religión de los europeos del pasado los hacía capaces de ir a la santa cruzada, esto para subrayar lo que la religión les significaba a esos mismos europeos. Hoy, que la religión vive los tiempos del nihilismo cumplido, es una experiencia insignificante. La “experiencia religiosa posmoderna” no se incomoda por materia de religión. Los europeos más bien se entretienen bastante con dibujos satíricos sobre el dios de la cruz, pero los dirigidos contra Alá y su santo Profeta deben parecerles aún más chistosos. El hombre ordinario, que compra revistas satíricas y tiene por esencia las habladurías del mundo público, que Heidegger tipificó en la analítica de Sein und Zeit (1927), se identifica con el nihilismo que éstas presuponen. Charlie Hebdo, sorprendentemente, no sacó la edición de la semana. Desde algún lugar hermenéutico que no es el nihilismo cumplido irrumpió Alá, o el santo Profeta, o tres terroristas, y Charlie Hebdo cerró con la muerte.



Parece existir un ámbito hermenéutico que alberga la clase de violencia con la que los europeos no desean comprometerse, la religiosa, un punto que, teniendo sus efectos en el mundo del nihilismo cumplido, puede ser tan metafísicamente activo como él. Si los europeos no van a la santa cruzada es porque el nihilismo activo se ha impuesto como horizonte de mundo; uno debería esperarse que los chistes satíricos de los periódicos antirreligiosos fueran siempre para todos, para el hombre de las habladurías, ocasión de una gran risa. En un mundo nihilista no debía haber lugar para la indignación, la ofensa o el dolor cuando se mancilla algo que alguien considera sagrado. Y de hecho no lo hay. El Papa jamás se ha quejado de Charlie Hebdo, cuyos crueles chistes contra el sacrificio de la misa no han merecido jamás comentario alguno, al extremo de que podemos decir que es una verdad social europea que la religión no constituye un sentido, ni siquiera para los cristianos mismos, pues, como se ve, ni el Papa ha mostrado jamás inconformidad con que el dulce nombre de Jesús aparezca entre las más curiosas aberraciones, cuyas imágenes pueden verse por internet. Muchos curas de Francia se solidarizaron con Charlie Hebdo, algo que es muy humano pensando en el personal de la revista ejecutado el 7 de enero, aunque esos mismos curas, en fidelidad al Papa, jamás se sintieron afectados por las sátiras contra realidades que pregonan ellos mismos como santas, lo cual muestra la pertenencia de ellos mismos al nihilismo. El sangriento final de Charlie Hebdo movilizó días después, junto a más de tres millones de personas en Francia, a los jerarcas civiles de los Estados liberales europeos, e incluso al Rey islámico de Jordania, que al parecer debe tener un sentido del humor increíblemente divino.


El hombre del mundo ordinario de Sein und Zeit  es también aquél cuya experiencia común y el sentido de cuya vida es la ausencia de movimiento, es decir, que nada acontezca, que es lo mismo que decir que nada altere, se apropie de la atención del hombre de ese mundo. Es el mundo de la metafísica porque tiene sus características de quietud, y es el mundo burgués pues éste se ha fundado en la metafísica, y es su efecto histórico, en el sentido que esta expresión se usa en la hermenéutica filosófica. Y, aunque parezca increíble, al menos desde el punto de vista de las significaciones históricas y sociales, es una clase de mundo que los propios nihilistas del siglo XIX hubieran querido instalar: un mundo sin historia, como al parecer, como Vattimo reconoce, Nietzsche mismo pensó. Vattimo, en referencia a ese mismo mundo por parte de Heidegger, llama a esta situación donde no pasa nada, donde no hay sentido, y por ello, donde el nihilismo se ha consumado como una realidad histórica, “falta de urgencia”; sobre la base de esta idea de que acontece un mundo con “falta de urgencia” que ha articulado, con Santiago Zabala, un libro en 2011 que estimula el movimiento social como tarea filosófica. Sea como fuere, no puede, después del episodio Charlie Hebdo, decirse que se vive en Europa en un mundo de “falta de urgencia”. Tres hombres, o Alá o su santo Profeta lo han hecho “moverse” o han generado una revolución, que es como describe esta clase de situaciones hermenéuticas el Conde de Maistre. Tres millones seiscientas mil personas se “movieron” en toda Francia bajo el grito unánime “Je suis Charlie Hebdo”, acompañadas por el Rey de Jordania, que se movió sin duda desde muy lejos. Esta idea de ser movido frente al mundo social inmóvil puede y debe ser interpretada en términos de evento. A partir de las referencias al evento de Heidegger en la tardía conferencia Tiempo y Ser, Vattimo trató ese concepto como una interpretación dinámica a la vez que histórica de la ontología, que hace del pensamiento del Ser también su acontecer como una suerte de hablar para el hombre que remite mensajes desde su procedencia. Estos mensajes no son, como en Heidegger de Tiempo y Ser, meros mensajes para “pensar”, sino que son pensamiento del Ser, vale decir, realidades sociales efectivas que no son el resultado de “pensamientos” del hombre, sino realidades que dan qué pensar porque conmueven, “se apropian” del hombre y lo obligan pensar, pero también lo mueven en el sentido literal en que tres terroristas han movido al mundo.

 El mundo del nihilismo consumado ha sido movido por Alá, o por el santo Profeta o, lo que sería aún más increíble para el hermeneuta, por tres terroristas humanos que no son nihilistas activos. Lo inmóvil, el chiste interminable del mundo de las habladurías, fue sacudido.  Cuando un universo social cualquiera cuya naturaleza es la re

gularidad, la repetición y la banalidad es movido, ha ocurrido una revolución. Eso pensaba ya Joseph de Maistre en referencia a la Revolución Francesa. El mundo ordinario es a la vez el mundo donde el Ser es extraño y, por lo mismo, no acontece. La realidad de la mofa de lo divino es precisamente un buen argumento de que el Ser no es allí manifiesto. Pero he aquí que donde había estabilidad y seguridad, hay ahora movimiento e incertidumbre; las habladurías del mundo ordinario del público se muestran inútiles para contener un cambio que sabemos no procede de ellas mismas y que  ellas, singularmente, no pueden explicar: no nos puede negar esto el Rey de Jordania, el único monarca que se ha movido a París para juntarse con multitudes anónimas que gritan “Je suis Charlie Hebdo”, allí donde el rey cristianísimo fuera guillotinado en 1793. Aunque ni el Rey ni las multitudes lo comprendan, algo ya no va a volver a ser nunca más igual en el mundo del nihilismo cumplido mismo, algo que es tan cierto justamente en la medida de la movilidad que ha seguido. Su mundo se ha modificado así para siempre y no sabemos ya más si seguirá siendo nihilista, pues una revolución, lo que en la hermenéutica nihilista se denomina “un evento” se caracteriza por modificar la constitución del mundo histórico donde ha irrumpido. Estamos así ante un “evento inaugural”, cuya definición es “romper la continuidad del mundo precedente”.



Es curioso que los europeos se indignen mucho cuando se vulnera el derecho de los animales, sobre cuyo dolor es difícil imaginar una tira cómica. Están dispuestos a ir a la guerra santa contra el resto de la especie humana por las ideas que Kant tenía sobre el “Hombre universal”, que se han vuelto entretanto sus propias ideas públicas y corrientes, para cuya suscripción no hay sino que leer periódicos o reírse en gacetas. Es interesante que el Hombre universal no pueda realizar atentados terroristas con sus propias manos, pues es notorio que el Hombre universal, el hombre en cuanto tal, sólo acontece en el mundo histórico como un lenguaje. Pero ese Hombre no es pacífico en absoluto, pues tiene portadores; su portador es aquel que piensa de sí que él mismo es universal. Y por ello el Hombre universal hace la guerra terrorista como parte de la agenda del nihilismo activo en todo el orbe de la Tierra, que es el alcance de la geografía hermenéutica de este Hombre, y hace vigentes así sus derechos políticos y los realiza. Ese Hombre, cuya imagen no conocemos –como ha notado el Conde de Maistre desde que ese Hombre fue inventado por la Ilustración-, ha devenido históricamente, entretanto como ya sabemos, en el hombre de la experiencia del mundo ordinario de Sein und Zeit y se ha hecho la experiencia del hombre de la calle. Para él no hay nada extraordinario ni importante en su propio terrorismo, que tiene las características de su mundo ordinario; es parte de un conjunto de acciones que hacen la vida sin sentido del nihilismo más agradable y segura, más “estable”, como se acostumbra decir en el lenguaje de la filosofía política anglosajona. Llaman a su régimen de terror desapercibido “guerras humanitarias”, y se entretienen acosando la experiencia religiosa de sus habitantes, católicos o musulmanes.

Es conocido que el nihilismo en general es un fenómeno histórico que surgió en el siglo XIX, y que los primeros nihilistas eran activistas cuya agenda consistía en acelerar la historia social, que ellos creían correspondía a un sentido unidireccional universal que podía ser anticipado. Es evidente que reconocieron esa intervención humana en la aceleración histórica como una violencia, pues el trabajo de los nihilistas era el terrorismo, el asesinato selectivo y a veces gratuito de los personajes que constituían el símbolo de la vida social de sus actuales. Eran tiempos en que el nihilismo activo consistía en balear a una reina en un tren y no en hacer meros dibujos chistosos, aunque los hubiera. Pero también eran los tiempos en que Bernardette podía ir a Santa María de las Victorias de París a implorar la intercesión de San Miguel Arcángel, rezando el Confiteor Deo omnipotenti. La actividad terrorista del nihilismo encontraba y realizaba su propio sentido histórico en la destrucción del mundo de Bernardette. Charlie Hebdo pudo hacer divertidos dibujos sobre lo santo gracias a una realidad: el 3% de franceses que va a misa y los 5 millones de musulmanes que adoran a Alá y veneran al santo Profeta. Como nihilistas activos sólo logran su objetivo gracias a estas minorías que están allí para hacer escarnio de ellas. Pero esto tiene un significado metafísico: la experiencia del nihilismo hacia el fin de la metafísica no es el fin de la historia. Y el terror de los nihilistas, gracias a Charlie Hebdo, sabemos ahora puede llegar a ser el terror de lo santo.

El 8 de enero de 2015 Charlie Hebdo apareció en las primeras planas de los diarios serios, pues hubo 12 muertos en sus oficinas. Alá y el santo Profeta aparecieron a su lado.


Caetera desiderantur...


PD: Puesto que no todos mis lectores son filósofos y se van a fijar más en las imágenes que en los textos, ruego de corazón a las personas creyentes en cualquier religión disculpen el haber reproducido los execrables dibujos blasfemos de Charlie Hebdo, pero de otro modo las cosas no quedan tan claras como debe ser. Y para los que juzgan el pensamiento por imágenes (al carecer de las herramientas para argumentar o, qué digo, para entender) vean bien las imágenes y diviértanse con ellas, que es lo que espero de esa gente.


sábado, 31 de julio de 2010

Telemática y nihilismo



Telemática y nihilismo

Víctor Samuel Rivera
Sociedad Peruana de Filosofía

Queridos lectores: Aquí la cuarta pregunta del cuestionario sobre Vattimo y la hermenéutica (es la respuesta más corta). La correcta comprensión del documento presupone la lectura de los anteriores (respuestas 1-3, equivalentes a los dos posts anteriores de esta serie). Pronto en la barra lateral en archivo aparte todo el cuestionario junto.

4) Dado que la tecnología digital telemática no es controlable unilateralmente: ¿cómo queda entonces la relación entre arte, téchne y nihilismo?



Voy a tomarme la licencia de tomar esta pregunta por el ángulo que seguramente no es el que los diseñadores del cuestionario han previsto, pero que encuentro yo más proporcionado para darle una cierta unidad narrativa al conjunto, que es lo que el lector debe haber adivinado ya que he venido haciendo. En lugar de intentar una respuesta sobre estética, vamos a hacer una breve acotación sobre ontología política. El punto de partida será la telemática. Hasta donde yo recuerdo, Vattimo se ha referido en sus títulos notables a la telemática una sola vez, en el primer ensayo del volumen La sociedad transparente, impreso en 1989. Vattimo quería acuñar un uso propio de “posmodernidad” para consolidar y prolongar la existencia de ese término en el vocabulario filosófico. Se trataba de “distorsionar” la expresión, esto es, darle un matiz diferente sin perder su significado fundamental original, que en ese momento se había puesto en cuestión. En general, se consideraba (con toda razón) que “posmodernidad” era una expresión que daba lugar a posibles discursos filosóficos moral y políticamente antimodernos . En la década de 1970 Jean-François Lyotard había definido la posmodernidad como el tiempo del fin de los metarrelatos o “los grandes relatos”, con lo que en realidad se quería indicar primera y fundamentalmente la concepción liberal de la historia . Es un hecho que a inicios de la década de 1990 el gran público de los autores prefería ya “tardomodernidad”, “modernidad tardía” o equivalentes (A. Wellmer, A. Giddens, J. Habermas) y luego “modernidad líquida” (Z. Bauman). Esto se origina en que el diseño original de la expresión de Lyotard tiene un fuerte ingrediente antiilustrado que procedía de Theodor Adorno . Es evidente que Vattimo no estaba de acuerdo con la supresión del uso social de “posmodernidad” porque debía creer que el elemento antiilustrado era indicativo de un proceso genuino (esto es: una verdad del Ser), que expresaba un elemento complementario del fin de la “historia de la metafísica”, la secularización o el nihilismo, que serían entre sí, si no idénticos, sí afectos a lo que hemos llamado “paralelismo histórico”. En su esquema de la “historia de la metafísica”, la antiilustración debía ser paralela con la consumación del nihilismo. Vattimo es explícito en señalar esto en el libro de 1989 . En otras palabras: el programa normativo liberal es nihilista. Para sostener esto el carácter antiilustrado de la modernidad debía matizarse con un elemento nuevo, que está ausente en Lyotard: que el fin de los metarrelatos tiene un elemento correlativo fáctico con una experiencia del presente: Es la “telemática” o también “la sociedad de la comunicación”.

Hemos resumido el significado ontológico político de la telemática a través de una suerte de genealogía de la defensa de la posmodernidad en 1989. “Telemática” es una manera de denominar a las nuevas tecnologías de la comunicación (internet, correos electrónicos, Facebook, etc.). Si bien Vattimo da pistas para interpretar este fenómeno de una manera ambivalente, es razonable guiarse por un principio de la exégesis de textos: interpretar la parte por el todo. En gran medida el texto trata sobre el concepto de “historia”, la historia del metarrelato liberal de la emancipación, la democracia y los derechos. Trata sobre las dificultades de incorporar el programa normativo de la Ilustración, la Aufklärung, con la realidad de la comunicación en el mundo tecnológico (Gestell). La idea central es que si el mundo tecnológico y la historia liberal coinciden entonces los ideales liberales deben ser realidades fácticas. La sociedad de la comunicación debía ser también una sociedad emancipada, una sociedad de la comunicación fluida. ¿Cómo sería esta sociedad? Tendría dos características, que hay que leer entre líneas: 1. habría una comunicación racional sin opacidades (una “sociedad transparente”) y, por lo mismo, 2. habría una sociedad global sin conflictos. Pero sabemos que ambas características no son reales. La facticidad entra en conflicto con la concepción liberal del mundo histórico y, por lo mismo, lo deslegitima. Las características fácticas del mundo tecnológico revelan el carácter mítico o ideológico del liberalismo y su agenda de dominación. Pero hay una salida: esa salida es la ontología de la experiencia estética, es la idea del shock, del golpe que viene de fuera. ¿Desde fuera de dónde? Desde fuera, ya lo sabemos, de la geografía liberal: allí donde nos acecha el evento. La estética se ha hecho la clave de la política posilustrada, la apertura, desde la globalidad de la tecnología y el límite del liberalismo, al novum que se asoma.

jueves, 15 de julio de 2010

Religión en el tiempo del nihilismo



Religión en el tiempo del nihilismo

Víctor Samuel Rivera

Continúo con el cuestionario. Aquí les mando, tal y como salió, otra respuesta para un cuestionario sobre Vattimo. Es la más personal de todas las preguntas que me hicieron. Se han sustraído las notas académicas. Tomen en cuenta que el formato no es puesto por mí.

2) Dado el retorno de lo sagrado, lo divino plural y el dios desconocido, ¿dónde sitúa usted el cristianismo y su relación con lo otro?




Considero que el tema de la religión forma un continuo con el problema general de la verdad, lo que me permite considerar esta pregunta como la continuación de la anterior. Vamos a tratar de la religión y el cristianismo en torno de la idea de verdad y, más aún, de la verdad más fundamental, que es el nihilismo. Tratamos de la religión aquí, no en general (en abstracto), sino en tanto es parte de la experiencia del presente vivida históricamente. Es la religión del nihilismo: en el fin de la metafísica, entendida ésta como la filosofía de la subjetividad moderna y sus efectos. Un punto de partida fáctico, que surge de la descripción de la actualidad del mundo nihilista, sugiere la tentación de diagnosticar que, si la religión por antonomasia, el cristianismo, supervive en el proceso del nihilismo, debía ser ella misma también nihilista. Hay un sentido en que esto es inevitable, pues el nihilismo constituye el entorno de sentido de todas las prácticas e instituciones humanas situadas en su seno. El nihilismo es inevitable e irrenunciable. Pero es discutible que de eso se deduzca que la religión cristiana u otra ninguna deba incorporarse ella misma a la impronta nihilista, que es la apuesta esencial de Vattimo a lo largo de la última década. La postura de Vattimo es particularmente elocuente desde la redacción de Creer que se cree (1996) hasta el presente, en particular en un reciente volumen con John Caputo. La religión del mundo nihilista debe ser nihilista. En lo sucesivo vamos a tratar de discrepar de su posición dentro del mismo esquema que hemos trazado de una hermenéutica nihilista.



Si no hemos estado muy extraviados en nuestra respuesta anterior, la experiencia de nuestra contemporaneidad es la del mundo tecnológico a través de sus efectos. Es desde estos efectos que deberíamos pensar en el “nihilismo”: como un faktum; incluso el faktum de la razón posmoderna. Vattimo va adherido a la corriente posmoderna de la que la filosofía que nos indica “el fin de los metarrelatos”, el fin de los fundamentos. ¿Qué ocurre si vemos violencia y crisis? Los efectos son globales. La globalidad indica que la violencia y el mal se trazan sin fronteras y no hay donde escapar. A la misma vez, ya no tenemos ilusiones (las ilusiones modernas del estilo “historia de la libertad”) que justifiquen este mal, el mal espantoso. No hay dónde ir ni qué esperar. Después de pasar el umbral de la modernidad, nos descubrimos en un horizonte sin esperanza. Recordemos ahora el nihilismo: es la experiencia histórica inevitable e irrenunciable de esto. Como es inevitable, debe ser considerado “ontológico”. Entonces es la experiencia ontológica de la desesperanza. Como vemos, esta definición del nihilismo es compatible con las características del mundo tecnológico: ambos se instalan como una totalidad de la que no podemos salir. Ahora bien. En referencia al cristianismo, Vattimo afirma que su propio sentido social y moral se halla en gran medida cumplido en este mundo tecnológico mismo. Este mundo nihilista cumple ilusiones para las que la religión cristiana daba antes esperanza, porque antes estas esperanzas no se podían realizar (no en este mundo). Vattimo piensa en experiencias como el bienestar material real o deseado de las sociedades avanzadas y en la ideología de los derechos universales y la democracia, que serían los efectos “buenos” del nihilismo. En lugar de rezar cuando tenemos un resfriado, tomamos una pastilla. Si el resfriado persiste, el consejo es “consulte a su médico” y (ya) no, por ejemplo, “vaya al sacerdote”. Si no podemos pagar la pastilla, reclamamos nuestros derechos. Pero, ¿no es evidente que estamos pensando aquí el mundo tecnológico tecnológicamente? De hecho, el ejemplo de la pastilla procede de la Atlantis Nova de Francis Bacon.

Volvamos a la religión. Si antes del nihilismo fue (actuaba como) “fundamento” de nuestras esperanzas de bienestar y justicia, es evidente que la historia de la realización de estos bienes es también la historia del fin de la religión, al menos como forma de relacionarse con lo sobrenatural. Lo sobrenatural se habría vuelto innecesario. Es la naturalización de la religión o su “secularización” . Su logro paulatino en la historia moderna pasa a ser también la historia del sinsentido de la religión; la secularización de la religión significa su trasvase desde el mundo de lo numinoso al de la técnica. En principio, en un mundo global esta afirmación debería ser cierta para cualquier religión, pero lo es especialmente de la religión cristiana y aun del catolicismo por un motivo peculiar, que el propio Vattimo ha señalado: hay una conexión de paralelismo histórico entre tecnología, nihilismo y cristianismo. Desde el punto de vista de sus efectos la historia de uno es indiscernible de la de los otros. De esto concluye Vattimo que la historia de la metafísica como nihilismo es también la historia del cristianismo . En efecto. Esto es cierto en la medida en que la realidad efectual del mundo tecnológico acaece como un sentido histórico desde y en función del cristianismo. La técnica es un cristianismo nihilista, cuyo énfasis en la institucionalidad religiosa va, no a lo sobrenatural o lo divino, sino a la corrección moral, que es también una tecnología.

La identidad entre el cristianismo secularizado y nihilismo se da a través del mundo tecnológico. Esto se debe a que la religión es parte de la historia efectual de la tecnología. Dijo Dios a los primeros padres: “Id y dominad la Tierra”, Crescite et replete terram, et subiicite eam (Gen I, 28). Bacon comprendió esta frase como el mandato cristiano de fundar una ontología del dominio planetario, cuya consecuencia sería, justamente, el nihilismo. Cuando el relato llegó a la Ilustración y la Revolución Francesa Dios ya había renunciado a su naturaleza divina (eso es: salvadora) para ser una función de la historia de la humanidad, que es ahora la misma que la del nihilismo cumplido. Pero estamos ante una manera unilateral de ver las cosas. En realidad esto sólo sucede cuando la religión se piensa a sí misma incapaz y separada del elemento que la funda, que es la experiencia de lo divino o lo santo (en el sentido de Rudolph Otto) . El factor que permite que las expectativas de la religión coincidan con las del mundo fundado por la ciencia moderna es la ausencia efectiva (histórico-social) de la santidad . ¿Y cómo sucede esto? No pasa cuando ha desaparecido socialmente (o sea, si las iglesias están vacías), ni cuando ha dejado de ser una realidad social hegemónica (cuando convive con el indiferentismo y otras religiones), sino cuando actúa su verdad en expectativas de cumplimiento análogas a las de Bacon. Sucede cuando la religión se ha secularizado como práctica social. Entonces el cristianismo deviene una religión nihilista, pero a la vez ya ni siquiera es algo importante: cualquier bien que actúe lo realizan mejor la democracia, la medicina o la economía (o la bomba atómica).



Vamos ahora a otro ángulo de nuestro tema. En la medida en que el fenómeno de secularización ha alcanzado las prácticas religiosas en la historia social del Occidente Vattimo tiene razón. Pero ya sabemos que hay un sentido en que los efectos de la modernidad no son la emancipación ni el bienestar, sus “bienes”, sino la instalación ontológica del mal. Vale una alusión a la Carta sobre el humanismo de Martin Heidegger y la interpretación que el propio Vattimo hace de ella. Un buen día la institución y las prácticas del cristianismo, pero más aún, del catolicismo, se han hecho indiscernibles del “humanismo”: cristianismo tecnológico. Del mismo mundo de la “emancipación”-“liberación” que el cristianismo institucional secularizado practica se ha elevado un mal que es idéntico en su proyecto, en su esencia, con las historias de salvación seculares de las que la Atlantis Nova de Bacon o la Historia universal en clave cosmopolita de Kant son una especie. La historia de la libertad, que es la secularización del cristianismo, es también la historia del mundo tecnológico. Se trata del aprendizaje de las primeras letras del ensayo de Heidegger La época de la imagen del mundo (1938) y cuya herencia es fundamental para comprender a Vattimo en general, al margen de las discrepancias respecto del “arcaísmo” que pueda diferenciarnos de él . Dos consecuencias nos interesa resaltar de esto. De un lado, si el “paralelismo histórico” entre cristianismo y tecnología es verdadero (y lo es), el cristianismo participa de la responsabilidad de este mal. Como es un mal global, su responsabilidad se extiende al horizonte del mundo sin esperanza, aunque en calidad de su pecado, su pecado original. En segundo lugar, paradójicamente, este mal se ve en su radicalidad espantosa sólo desde una perspectiva religiosa. Por las mismas razones que asocian al cristianismo con el nihilismo, también es verdad que es posible ver el sobrepasamiento de los efectos del nihilismo desde el cristianismo. En gran medida esto se debe a la interpretación religiosa de la magnitud del mal, que en este caso es correlativa al impulso ontológico que dio origen al mundo tecnológico.

No requiere prueba que el cristianismo carece en la actualidad de la hegemonía religiosa. La actualidad del cristianismo es, en realidad, su miseria: ser “una secta fundamentalista más” en un mundo desesperanzado. Pero es sobre sus restos en tanto hermenéutica de la actualidad que es posible el impulso religioso de salvación del inmenso mal. Esto se debe a lo siguiente: el mundo tecnológico no puede curarnos (“cuidarnos”) del mal inmenso. De la razón instalada en la metafísica de la subjetividad sólo podemos esperar una consumación indefinida de su “proyecto inacabado”. Ni siquiera la hermenéutica como un pensamiento puede sacarnos. Frente a esto, la experiencia religiosa es la única actitud humana que sobrepasa en sus posibilidades las auténticas expectativas del fin del mundo moderno, que es el fin final de la existencia de la Tierra. Sólo la religión puede hacernos pensar que en el mundo sin esperanza hay esperanza. Es en la religión, por tanto, donde, en proporción al carácter espantoso del mal ontológico, se halla también toda posibilidad de “salvación”. Esta religión no tiene que ser la religión católica. Esto porque la religión del mundo nihilista tiene su horizonte de sentido en la historia del cristianismo, que es también la historia del fin presente de su hegemonía. Pero podría serlo, esto si la institución social que es la Iglesia acepta la radicalidad del mal como punto de partida de su propio actuar histórico. Pero no está sola en este llamado. El alcance del llamado es genuinamente universal. Esto es así porque el mal tiene la misma geografía que el cristianismo cumplido en la tecnología: es global.

La respuesta en torno de la religión tiene su horizonte en la verdad del nihilismo. Pero podríamos estar tentados de pensar en términos morales. Y de acuerdo a la Carta sobre el humanismo y el propio Vattimo, estos términos no pueden ser sino más nihilismo. Necesitamos comprender el sentido específico en que la religión sobrepasa las expectativas del mal. Esto se explica con una concepción de la verdad que Vattimo ha recogido de Verdad y Método de Gadamer y que se hizo conocida en un ensayo de la década de los 80’. Es la concepción de “la verdad como monumento” . Esta idea es correlativa al diagnóstico negativo de la verdad en la historia de la metafísica que vimos en la pregunta anterior y la complementa. ¿Qué nos queda después de aceptar la concepción nihilista de la hermenéutica? Sólo un pesimismo incomprensible podría condenarnos al mero soportar del mal, al mero “contener al Anticristo” . Aun si el mal aparece inevitable e irrenunciable, el mero vivir implica ya un anticipo del triunfo sobre el temor. Se requiere de una hermenéutica que haga de la experiencia del mal también esperanza, que es también una hermenéutica de la verdad como expectativa: una verdad atenta al futuro que el mundo tecnológico nos ha negado. La definimos como una expectativa que se anticipa a los tiempos no modernos de más allá del horizonte del mal y a partir de la experiencia del mal espantoso. En realidad eso es imposible desde nuestro obrar, pues está hollado por la tecnología, pero puede serlo sobre otro obrar: el de los divinos, pero también el de los (hombres) pasados. Esto es justamente lo que ocurre con la “verdad como monumento”.



Es necesario dramatizar la idea del monumento y recuperarla o enfatizarla más. No es opinión. Es la perspectiva restante del diagnóstico del presente y la pregunta del sentido de la religión. Tal y como se origina en sus referentes en Martin Heidegger, Hans-Georg Gadamer y luego en Gianni Vattimo, la verdad en la tradición hermenéutica se comprende bajo la metáfora de la expectación de una obra de teatro, de la cual los ritos salvíficos y religiosos son una especie. Buena parte de El origen de la obra de arte de Heidegger, texto capital en el pensamiento de Vattimo, está orientado de esa manera. La “verdad” en la hermenéutica es un concepto dramático que se relaciona con la idea de la salvación, con experiencias en las que el elemento determinante es el actuar y la actuación, que es a la misma vez acontecimiento fundamental. En la actuación de una obra teatral se retro-trae algo clásico (el texto) para “actualizarlo”, para que sea de nuevo, para que vuelva, para que se dé su retorno en el sentido en que pensamos que “ha vuelto una ópera” porque se la ha montado en el teatro “de nuevo” . Entendemos ese volver como un acontecer, que celebramos como nuevo, porque la re-posición de la obra es también un sentido en sí misma. “Actuar” debe ser tomado en el doble registro de que se trata de llevar a cabo una práctica, de realizar actos con sentido, pero también de representar un rol en una historia. Gadamer ha subrayado en Verdad y Método la dimensión de la verdad como actuación, aunque aquí, por motivos relacionados con el género de discurso que es un cuestionario, me he permitido simplificar para abundar en mi causa: la verdad, siendo un drama, requiere de una narración. ¿Y dónde está la historia que (no) actúa la religión? Se halla en el mal. La religión es monumento que instala una verdad sólo si se dramatiza. Su escenario es el mundo tecnológico y el mal espantoso de sus efectos. El monumento será dramático en los ritos religiosos cuando éstos adquieran su lazo con el mal del que nos deben salvar.

En un mundo tradicional, premoderno, la religión opera la salvación en los ritos y los ritos constituyen, si no la verdad completa, si un ámbito de verdad, la verdad de la salvación. En él los agentes humanos y no humanos participan del acaecer del evento . En la era del nihilismo la religión (cualquier religión) debe poder operar sus ritos a la vista y en proporción al mal espantoso. En el pensamiento de la procedencia que esos ritos traigan, del origen de esa operación que será posible –tal vez- sobrevivir al nihilismo. La “religión” aquí es una expresión para designar la novedad sobrenatural, pero en proporción al mal fáctico del mundo. Ésta ya es una nueva novedad que hablará desde el pasado. Esto se debe a que el futuro, en la desesperanza, ha dejado de existir. Para subsistir, el catolicismo institucional debe comprenderse a sí mismo desde la perspectiva del mal acontecido, poner en obra la verdad de la religión aceptando que el medio en el que es posible salvarse implica asumir el mal ontológico que ha devenido la experiencia global de responsabilidad sobre la Tierra. Otras religiones cuyo obrar alcanzara la salvación deberían poder instalarse ellas mismas en el horizonte de sobrepasar la experiencia del mal. También está la opción del mero conformismo con la destrucción planetaria, que es el auténtico reto del testigo mudo de todo esto: el laicismo.
 
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