Víctor Samuel Rivera

Víctor Samuel Rivera
El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; he trabajado en Universidad Nacional Federico Villarreal desde 2005. He sido profesor en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima hasta 2014. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.

jueves, 24 de marzo de 2011

Marius André cuenta la independencia (Montealegre y Hebdomadaire, III parte)


Montealegre y la Revue Hebdomadaire (III)
La historia de José de la Riva-Agüero gran papá contada por Marius André

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Marius André redacta la crónica de la independencia americana. Explica de manera feliz cómo la Monarquía Española fue invadida por Napoleón. Los grandes virreinatos americanos de Méjico y Perú son fieles a los monarcas depuestos, y se identifican con la defensa de España y el catolicismo, al que ven amenazado por la ola de liberalismo despótico del corso de pequeña estatura y grandes batallas. No se pliegan a las ideas revolucionarias de Francia, sino que las rechazan. El tirano de Europa les envía representantes del gobierno títere que ha establecido en Madrid, pero los americanos son fieles al Consejo de la Regencia. Entonces comienzan las exageraciones y las impertinencias del provenzal. Se establecen las Cortes de Cádiz y éstas promulgan una Constitución liberal. Para André los americanos “veneran al Rey legítimo”, así que ofrecen su fidelidad a cambio de unas libertades que no es muy seguro que el común de los súbditos españoles de América realmente hubieran deseado. Y luego llega 1814. El Rey Don Fernando VII, el deseado, regresa a su trono. Las profecías de Joseph de Maistre se cumplen y la contrarrevolución triunfa en todas las líneas. Napoleón tiene su merecido. Llega el retorno del absolutismo y el fin de las reformas liberales de los de Cádiz. “La separación completa es inevitable”, remata André. Éste es el punto de inflexión en que la lectura debe habérsele hecha a José de la Riva-Agüero indigesta, demasiado francesa.


El Virreinato del Río de la Plata devino –entre tanto- una república turbulenta e ingobernable. José de San Martín partió de Buenos Aires con una expedición hacia el Reino del Perú cuya finalidad era salvar lo que hoy es la Argentina de lo que en 1820 parecía el inminente retorno de los Borbones con la bandera peruana, roja y blanca, aunque algo diferente a como la conocemos ahora. Había que impedir que esa bandera ondeara nunca en Buenos Aires. Al argentino le va bastante bien. André olvida contar que en el mismo periodo una revolución liberal dejó al Perú con una guerra civil, pero José sonríe al leer que “la mayor parte de la población seguía siendo leal a la monarquía”. A los españoles les va muy bien y reocupan Lima, donde son recibidos por la nobleza, el clero y el pueblo. El pobre argentino quiere el apoyo de Simón Bolívar pero –como ya sabemos- este hombre cree que es Napoleón y baja desde el norte decidido a conquistar el mundo. El argentino debe regresarse de donde vino. En el camino, una minoría de nobles irresponsables “hace la Constitución democrática perfecta” y proclama la República: “el gobierno fantasmal de Lima” –escribe André en referencia a los rebeldes republicanos- llama a Bolívar en su auxilio. Y entonces aparecen dos traidores en esta historia. Son dos traidores a las nuevas ideas políticas. Ahora, de pronto, todo aparece de cabeza. Los malvados son los españoles, que se niegan a conceder libertades; los buenos son los republicanos, pues quieren la independencia.

Malos, los malos, los que nos interesan. Ésos son, en la historia de André, no los españoles, ni los monarquistas, sino los traidores a la República. Son los republicanos, los que se impulsaron la república y luego echaron marcha atrás. Se entiende que son malísimos porque se interpusieron en el proceso de independencia, que es lo que André está conmemorando con su crónica. Uno de los malvados traidores era el Primer Presidente de la República, José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete. El otro traidor era el Marqués de Torre-Tagle. El primero era nada menos que el último Marqués de Montealegre y el bisabuelo de José, cuyo crimen era haber intentado negociar una solución con el último virrey absolutista. El gran papá Riva-Agüero “pacta con los enemigos” por lo que “resulta depuesto”. Su traición “libera la capital y las tres cuartas partes del país a los españoles”. En rigor, todo lo que está escrito en este último párrafo es más o menos cierto, sólo que es excusable y no es tan espantoso como André lo hace aparecer, atendiendo a las circunstancias. Pero el texto tiene sus propias circunstancias. La revista Hebdomadaire era leída en Lima y el abuelito quedaba como un miserable. Claro está, no es que todo el mundo comprara en el quiosco su revista Hebdomadaire. La leía la élite de Lima, esto es, por los descendientes de Torre-Tagle y Riva-Agüero, por los Osma, los Pardo, los Puente y las demás familias de la antigua nobleza. Esto quiere decir: trataban al abuelito como un canalla delante del sector social al que el propio Montealegre pertenecía. Para colmo, lo hacían a través de un escritor monárquico, en una revista que tenía relación con Ventura y Francisco García Calderón, donde además el tema era un ejemplar de homenaje a la nación peruana por el centenario de su independencia. José era historiador. Estaba siendo dejado en ridículo. Para colmo de males, Riva-Agüero estaba en ese mismo momento en París, donde llevaba apenas unos meses instalado. Montó, pues, en cólera, y escribió una refutación del artículo de André. Lo más probable es que haya ido personalmente a quejarse a las oficinas de la revista. Pero Hebdomadaire nunca publicó nada de Riva-Agüero. Literalmente, debe haber ido a quejarse, haber tenido un altercado y los franceses lo mandaron al diablo.

Caetera desiderantur…

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