Víctor Samuel Rivera

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.

jueves, 28 de abril de 2011

La historia de los vencidos/ Historia hegemónica en el límite de la empatía


La historia de los vencidos

Historia hegemónica en el límite de la empatía


Víctor Samuel Rivera
Sociedad Peruana de Filosofía

Para la versión electrónica en la Biblioteca Virtual de Pensamiento Político Hispánico Saavedra Fajardo, haga click aquí.
Hace tiempo no redactaba un post filosófico.



Es un dogma del estudio del pensamiento histórico-político que todos los contextos políticos se hallan tejidos alrededor de una historia hegemónica. Es la historia principal, la que resulta, frente a los materiales del estudio histórico social, la fuente más básica de significado de todos los relatos. Este dogma procede, para citar en otro contexto una metáfora de Juan Donoso Cortés, como la atmósfera en relación a la naturaleza. En relación con el trabajo de los investigadores y las expectativas de los lectores, la historia hegemónica procede como un agente que nunca interviene, si no es cuando tiene que asfixiar. Deja respirar, o no lo deja. La historia hegemónica resulta así imperiosa, tanto para el investigador como para los destinatarios. Existe para exigir de lo que rodea. El investigador debe rendir cuentas a un sentido establecido; el lector, buscar la realización de ese sentido en la fuente autorizada. Este dogma se halla expresado en una tradición que atraviesa el pensamiento de la historia de todo el siglo XX., desde Walter Benjamin y Arnold Gehlen hasta Gianni Vattimo y Tzevan Todorov. En esta tradición la historia general, que es la portadora del sentido, se llama la “historia de los vencedores”. Como atmósfera, la historia hegemónica resulta ser una esencia mandatoria; se realiza como el libreto de una actuación que los escritores y lectores de la historia deben realizar al comprender lo que investigan y leen.

La expresión “historia de los vencedores” dice bastante de sí misma, de su significado metafísico. Es una definición metafísica de la atmósfera de interpretación. Sugiere un panorama en el que hay o hubo alguna vez vencedores y vencidos. En realidad, la historia de los vencedores asume a los vencidos como un riesgo. Esto es tanto mayor cuanto menor es en la posibilidad social de su retorno. Se trata de un presupuesto algo absurdo, pues busca protegerse más de lo que es más improbable que se produce nuevamente. Por lo general, los vencidos no tienen chance alguna de volver. De volver socialmente, como realmente los mismos. Mientras más lamentable sea el pasado social de los vencidos es menor la posibilidad de su regreso y, por lo mismo, es más inútil la idea de tener protección contra él. Nunca el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán ha sido tan malo como para los historiadores de hoy. Es un signo cierto de que nunca va a regresar. Hoy todos los nacional socialistas de la realidad han muerto. El retorno, sin embargo, es siempre posible, aunque de manera análoga. Cuando se representa el peligro en un actor social, se reproduce en él los rasgos más improbables, que son interpretados sobre la base de la historia hegemónica.


La historia hegemónica misma supone que los vencidos pueden volver. Es por eso que mismo que los vencedores deben reactualizar su triunfo, deben ganar de nuevo en la comprensión de la historia. Esto nos indica que la comprensión presente del pasado debe orientarse a la experiencia del triunfo de los que han triunfado. Adquiere el carácter efectivo del triunfo y se convierte en su consecuencia. Pero la idea de que hay vencedores, que impele a realizar su triunfo en la comprensión, remite el sentido a una fuente no histórica. Esta fuente es fundante, en el sentido filosófico de que es la inauguración de la historia, si fiat. Remite a una experiencia fundante en que tiene su inicio el sentido del triunfo. Este carácter fundante del conflicto puede ser pensado. Pero al hacerlo es necesario renunciar, suspender, cancelar un momento el rasgo de obligatoriedad de la atmósfera de la historia hegemónica. Debemos hacer un esfuerzo moral que sea la secularización –por así decirlo- del imperio moral del triunfo. En ese sentido, el pensar fundante de la historia parte de la historia hegemónica, pero envía al pensamiento de la ausencia de la hegemonía. Y entonces, insensiblemente, el pensar hegemónico se remite más allá del bien y del mal. Cuando eso sucede, el dogma de la historia hegemónica se ha desvanecido, aunque el costo de eso sea que los valores históricos se han desvanecido con él. Pero se trata de una apariencia solamente.


El dogma de la historia hegemónica remite al momento fundante. Ese momento es un conflicto. El dogma expresa una realidad histórico social, cuyo sentido expresa. El pensar del carácter fundante de la fuente no histórica nos remite también a expresar un conflicto histórico social, pero éste es anterior al dogma y, por ello, su presencia hace discutible el dogma. Pero sólo hay carácter fundante y conflicto cuando los vencedores y los vencidos se invisten de un cierto prestigio. Un cierto prestigio que es posible si ambos son pares en algún sentido. Esta paridad histórica puede ser reconocida en el momento fundante cuando se observa que vencedores y vencidos, en el momento fundante, eran enemigos. Los enemigos pueden acordar pactos, hacer treguas, esgrimir razones; también pueden exterminarse mutuamente. Para ambos la muerte ocupa la razón de ser que en la historia hegemónica tiene el triunfo. No sólo es la muerte del enemigo, sino la propia, pues el enemigo está permitido de matarnos. Cada enemigo tiene un poder gravitante para el otro, y entonces ambos reconocen sus limitaciones y se temen. Pensar la historia antes del dogma es aceptar que ambos, los vencedores y los vencidos, alguna vez, no eran las contrapartidas de la historia hegemónica actual, sino eran actores sociales que disputaban la lealtad del discurso sobre la historia de la que uno y otro eran partícipes y agentes, intérpretes y gestores. Si la vista retrocede desde la historia hegemónica hasta su origen y tiene allí la pretensión de pensarlo, el vencedor y el vencido sólo pueden ser interpretados no hegemónicamente si a cada uno se le adjudica la característica de su poder ser gravitante. Es manifiesto que esto es más verdadero si se le aplica al vencido.


Detrás de cada historia hegemónica, que es también historia buscada e historia deseada, hay un gran conflicto cuya esencia y cuyo destino ha sido ocultado por el discurso de la hegemonía. El pensamiento histórico que se interesa por el origen del triunfo, por su esencia metafísica, debe alojarse en su carácter fundante, que se halla en el conflicto originario. Para esto el vencido debe recuperar su carácter de enemistad. Pero la verdad del conflicto sólo es posible realizando esa reinvestidura estrictamente más allá del bien y del mal, en la medida humana en que eso es posible. El vencido-enemigo debe recuperar en el discurso el prestigio y la dignidad de los enemigos efectivos en el mundo histórico-social. El vencido debe ser capaz de argumentar persuasivamente. Debe mostrar, por así decirlo, sus argumentos más interesantes. La historia se hace entonces historia del conflicto. Y el conflicto sólo es posible si el agente del pasado es digno. Y es digno sólo si es racional. Y es racional sólo si sus argumentos pueden ser aceptados como argumentos dignos, es decir, como argumentos serios, a los que se debe rebatir. Los mejores argumentos del vencido se reconocen porque ponen en riesgo el mundo histórico social del vencedor. Mientras más difíciles y sofisticados sean los argumentos de los vencidos-enemigos tanto más edificado sale el que comprende sus intereses. Pero de esta manera, insensiblemente, cuando la historia mira la conflictividad de la cual ha surgido la historia hegemónica no observa una situación limítrofe de desorden, sino que se encuentra en un orden diverso del de la historia hegemónica, a la vez paralelo y verdadero. El conflicto originario se revela como un horizonte de racionalidad. El discurso del vencido se rehabilita, se hace interesante y es objeto legítimo de respeto y admiración.

La historia hegemónica remite a su origen en el conflicto. Y al investigador y al lector, que son los actores de la comprensión de la historia, los fuerza una nueva atmósfera, la atmósfera de la racionalidad del vencido-enemigo. A diferencia del discurso de la historia hegemónica, el discurso del vencido no cumple las expectativas del lector, que es reconocer sus patrones morales en el pasado, lo cual incluye el despojo de la dignidad moral y racional del vencido. El lector lee desasosegado unas posibilidades que a él mismo le parecen racionales y justificadas. Y si no se lo parecen, comprende que la nueva atmósfera es mandataria, y lo fuerza. Lo que vale para el lector vale aún más para el investigador. Éste, en la atmósfera de la recuperación de la conflictividad, se ve obligado, en este marco, a renunciar al carácter moral del mundo histórico social al que efectivamente pertenece. Entonces debe (tiene que) admitir errores respecto de sí mismo; debe sospechar del dogma de la historia hegemónica y hacerlo, además, moralmente. Comprende que en ello le va la vida. El enemigo puede reclamarle ahora con justicia, pues el enemigo, de ser un actor en una historia pasada, ha pasado a ser un agente real y eficiente, que opera no fuera, sino dentro de la propia comprensión de la historia del investigador. El límite de esta actitud es hacer de la comprensión del conflicto, y en el conflicto, del vencido-enemigo, una actividad empática. Ese límite es deseable, es decir, tiene la característica de que porta consigo la atmósfera propia de lo anhelado. Esto se debe a que en este límite señalado por la empatía el enemigo, que puede en el extremo reclamar la vida de su enemigo propio, es capaz de negociar, llegar a un entendimiento y realizarse en acuerdos parciales o concesiones razonables. Una actitud hostil no es buena consejera en política y anula toda capacidad de negociación. Comprender la historia del vencido así termina para el investigador y el lector en una actuación del pasado que recupera el sentido porque recupera el carácter genuinamente conflictivo del vencido-enemigo de la historia hegemónica.

sábado, 16 de abril de 2011

Fernando Fuenzalida, recuerdos


Fernando Fuenzalida,
Recuerdos

Víctor Samuel Rivera
Sociedad Peruana de Filosofía


Me matriculé en el curso de Antropología Filosófica. Era el primer curso de filosofía que llevaba en la Facultad de Humanidades de la Pontificia Universidad Católica del Perú, ya en calidad de alumno de especialidad. Íbamos a tratar del mito, el tema me fascinaba y estaba entonces de moda en los predios de mi universidad. Enrique Prochazka se enteró de que iba a tomar el curso con el profesor Edgardo Albizu, un filósofo de origen argentino que trabajaba en el Perú en aquellos años. Y entonces me dijo que no, que no podía ser, que cómo se te ocurre a ti estudiar el mito con Albizu, que si no sabía ya de “Fuenza”: el profesor Fernando Fuenzalida Vollmar (1936-2011). “¿Cómo? ¿No sabes quién es Fuenzalida?” Años que no veo a Prochazka y no me cruzo con sus ojos verdes y bohemios; amigo entrañable en cuyo departamento fabricábamos pruebas y exposiciones de filosofía con Brenilda López. Algunas tardes, Chazka me leía sus cosas de ficción, que lo han hecho finalmente célebre, una especie de leyenda de la literatura del Perú. Pero volvamos al Prochazka de mi recuerdo. Prochazka era, ante todo, mayor que yo y, aunque pasábamos horas hablando de literatura y reparando bicicletas, como dos niños, sus opiniones, en esto y en todo, eran para mí casi órdenes del comando superior. Tenía que conocer a Fuenzalida. Curiosamente, y pese a que me gustaría recordar otra cosa, hice caso omiso de la sugerencia imperiosa de Prochazka ese semestre (todos llamábamos a Enrique Prochazka por su apellido, que en sí mismo tiene todo el misterio de un apodo). Llevé el curso con Albizu. Un tiempo después me matriculé en la Facultad de Ciencias Sociales y llevé el curso sobre el mito con Fuenzalida.


Fernando Fuenzalida era un personaje fascinante. Al final era un hombre formal, perpetuamente cansado y que apenas emitía sonidos. Lo recuerdo aún de pie en una cena que dio Eduardo Hernando Nieto en 2004 y a la que asistimos varios a los que nos unía la gratitud por este maestro. Vestía esa noche un blazer azul y guardaba un porte nobiliario que se alejaba bastante del Fuenzalida que yo había conocido por Prochazka. En 1985 Fuenzalida era un intelectual miraflorino, en todo, en su ropa, en su caminar desgarbado, en todos sus defectos, en su maletín de cuero y sus camisas de cuadraditos. Pero Fuenza no era como el auténtico miraflorino, que es siempre “decente”, es decir, que es siempre de izquierda, aunque él personalmente goza de todos los privilegios sociales de los que su teoría se lamente y en su familia hay algo del abolengo y de las facciones señoriales del Virrey Pezuela. Fuenzalida era otra cosa. Era parte de un selecto y anomalísimo grupo de intelectuales que circularon entre las décadas de 1970 y 1990 y que leían todo lo que había que leer, pero que leían además todo lo que está prohibido leer también. Y le sacaban provecho. Con ellos, en especial con Onorio Ferrero, uno aprendía la bondad de lo prohibido. Recuerdo a Gianbattista Vico, a quien leí por primera vez seriamente gracias al magisterio de ambos personajes. Después, cómo no, a la Escuela Teológica, y muy especialmente al Conde de Maistre. También a René Guénon, de quien aprendí sobre el significado de la modernidad tanto como leyendo a Martin Heidegger, que es decir no poco. Metapolítica, revolución conservadora. Quizá debo resumir la atmósfera que rodeaba a Fuenzalida como el justo lugar de lo sobrenatural en la reflexión humana. Era lo contrario de un racionalista. Era un filósofo.


Algunos chicos le decían a Fuenzalida “Fuenza”. Aún Eduardo Hernando Nieto lo llama así, como si ayer fuera siempre. Hace un par de años le diagnosticaron de manera definitiva una enfermedad que iba arrebatándole las facultades mentales y que, en realidad, ya lo tenía bastante mellado desde tiempo atrás. El rumor entre la gente pensante era que había que rendirle honor publicándole algo, antes de que se muriera. Por suerte, ese honor se le ha cumplido. El daño que la enfermedad produjo en su mente quizá no le halla permitido gozar de estos bienes de la fama, tan tardíos e ingratos como lo fueron. Estos años el primer tema de Eduardo al hablar por teléfono era cómo estaba Fuenza, cómo le iba, si estaba en la clínica, si había tenido alguna crisis, si la enfermedad se llevaba arrastrando a la muerte algo más de él. Eduardo debe haber sido uno de los alumnos que más se han ocupado de Fuenza y de su salud. De sus necesidades, de la enfermedad y de su herencia intelectual. Creo que sólo he llegado a valorar a Fernando Fuenzalida en toda su magnitud, a la vez intelectual y humana, a través de Eduardo Hernando Nieto.


Fuenzalida llegaba siempre tarde. Tardísimo. No perdonaba una. En el curso sobre el mito de la Facultad de Ciencias Sociales, de 1984 ó 1985, había que esperarlo muchísimo. Una vez llegó no 30 ó 45 minutos, sino dos horas tarde. La esperanza de los más había cedido al aburrimiento. Quedábamos sólo tres alumnos en el jardín que da al frente de la Facultad de Artes, sentados en el piso. Angustiado, hecho una sopilla de nervios llegó tardísimo el maestro. Su mirada inquieta iba a derecha e izquierda mirando perdido el aula repleta de alumnos ajenos. Era tan tarde que ya no teníamos aula. Fuenza nos miró con cierta tristeza. Nos preguntó si aún queríamos la clase. Cuando le respondimos que sí nos miró con alivio. Levantó parcamente su maleta de cuero, que era como una mochila gorda y panzurrona. Sonrió al acomodarse y caminamos. Fuimos a buscar un aula juntos los cuatro, los tres alumnos y él. Y quiero recordar así a Fuenza, al profesor favorito de Prochazka, al maestro de Eduardo. Ahora que ha muerto, quiero creer, profesor Fuenzalida, que el aula de Ciencias Sociales lo espera aún, que al final de la jornada, maestro, ha de llegar usted sudoroso, con sus papeles, con sus libros de esoterismo y de teología política a improvisar, como siempre hacía, una de las clases maravillosas que son de las pocas que recuerdo de memoria de toda mi vida estudiantil. Mientras lo espero, maestro, le ofrezco mi gratitud.

miércoles, 13 de abril de 2011

No votaré por Humala


Por qué no voto por Humala

(supongo que ésta es una primera parte de una saga más grande, no lo sé)
Víctor Samuel Rivera

He resuelto dedicar algunos posts al tema electoral. Entre otras cosas, porque al fin, después de tiempo, me parece que el panorama se pone interesante. “Interesante” en el sentido de Joseph de Maistre. Para decirlo de alguna manera: no es que algo pasa, sino que lo que pasa es algo.

Durante años he visto con simpatía el régimen de Hugo Chávez. He saludado jubiloso en su momento los cambios políticos en Bolivia y Ecuador, aun cuando no fuera sino en privado. No he tenido empacho en dar una voz de apoyo a estos regímenes, y lo he hecho inspirado en motivos filosóficos relacionados con la interpretación metafísica del mundo, que en esta ocasión no son relevantes. Pensé –y pienso- en la libertad política, pero es que ni Chávez ni sus pares dan una como gobernantes. Son pésimos, son unos incalculables idiotas.

En el año 2006 voté por Ollanta Humala contra Alan García por razones análogas. Menciono todo esto porque no creo que estas razones me comprometan a votar otra vez por el señor Ollanta. Lo que media es un hecho bastante crudo, pero inapelable: el proyecto que yo creía que Chávez significaba ha fracasado. En Venezuela hay inflación, escasez de alimento, desorden civil, angustia. Ya ha pasado mucho tiempo desde que Chávez es líder de un país que nada en petróleo. Comparo la vida en Venezuela y en las monarquías petroleras de Arabia, y no me queda dudas de que Chávez hace algo extraordinariamente mal, algo que no lo califica como gobernante. Y lo que viene con Chávez es el modelo de Chávez. Y como Chávez no sabe lo que hace, su modelo no es en absoluto modelo a seguir. Más vale traerse un Rey de Arabia, de esos que regentan con sabiduría y paz en las Costas del Golfo de Persia.

Durante años, ya camino de tres lustros, he visto con paciencia la ineptitud, la torpeza, la práctica idiotez con la que Chávez ha gobernado Venezuela. He compadecido sus fallas en la dirección económica. He justificado su incalificable gestión pública en aras de razones metafísicas. He sido empático hasta el exceso. Pero basta de metafísica. Chávez, y sus pares de Bolivia y del Ecuador, son todos unos gobernantes ineptos. Aún creo que Chávez es un gran político. Tiene de Mussolini todo, casi, menos la facultad para gobernar. Justamente a Chávez le falta lo que a cualquier gobernante de su tipo debería sobrarle, talento de gobierno. Los de tipo Chávez han generado y sostienen la autonomía de Sudamérica, pero lo que hay que pagar para esa sustancia metafísica es excesivo. Hacen gran política, pero reparten hambre; Dios los colma de petróleo, pero en sus tierras el pan es caro y la electricidad un lujo. Respecto de las pobres gentes que los eligen, no se puede decir otra cosa sino que las gobiernan bestialmente, como si a sus tiranos los hubiera poseído un demonio animal, un Demonio con derechos animales, esos derechos -debo agregar- que son casi los únicos derechos que tienen éxito en sus berreados países.

Nuestra situación del Perú actual es harto compleja, y debo abreviar éste mi lamento. Pero si algo deseo subrayar, es que Ollanta Humala es, hasta ahora, un pequeño Chávez. Un Chávez sin gobierno, un Chávez que comanda, pero no manda. Dejémoslo pequeño, como está, si es que chávez, lector mío, qué es lo que te estoy diciendo. Y si no lo chávez, entonces vota por Humala. Y chavrás.

Keiko, la fuerza del destino

domingo, 3 de abril de 2011

José de la Riva-Agüero nunca escribió en "Hebdomadaire"




Montealegre y la Revue Hebdomadaire (IV)
José de la Riva-Agüero nunca escribió en Hebdomadaire


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


José de la Riva-Agüero ocultaba cosas. Ocultaba las que podían no convenirle. En particular, pensando en el plazo más largo, el del juicio histórico. Desde siempre mostró un interés por disimular y callar todo aquello que podría ser malinterpretado en el balance de su vida, que imaginó siempre en términos grandiosos, como la de un hombre destinado a lo alto. Por esa razón sus textos y su vida mima constituyen un maravilloso trabajo para el lector entre líneas. En el caso del artículo de Marius André de 1921, Montealegre no pudo admitir que los de la Revue Hebdomadaire lo habían mandado a rodar. Que había ido a las oficinas de la revista a reclamarle a André y entregar una rectificación, con la idea de que ésta fuera publicada en el número siguiente, de agosto de 1821 y que los de Hendomadaire no le publicaron nada.

La rectificación contra André existe. Fue impresa por Montealegre, con su propio dinero, en 1937, en el volumen primero de una de sus obras más características de su periodo fascista, un libro que se llama Por la Verdad, la Tradición y la Patria. Un libro cuya portada tiene en relieve símbolos franquistas. El libro en sí mismo es motivo de un delicioso acápite propio, que dejamos para después. Lo curioso es que se indica expresamente en el texto contra André fue publicado en la revista Hebdomadaire, en el número del mes de agosto de 1921. No indica qué número, ni en qué páginas. ¿Se habría imaginado Montealegre que nadie iba a acordarse en 1937 de que los de Hebdomadaire lo habían mandado a rodar 16 años atrás? Eso parece poco probable, si nos referimos a sus amigos de la nobleza peruana, a los Osma, los Aliaga o los Pardo, que con toda certeza se acordaban de esa mala pasada del destino. Ellos ni de asomo iban a olvidarse que al abuelito Montealegre lo habían rajado en París por el centenario de la independencia. Pero los de su casta le perdonarían la mentira, pues de una u otra manera, todos terminaban siendo sus parientes entre sí y proteger a uno era ser solidario al final consigo mismo. La posteridad, en cambio, poblada por gente más humilde, podía llegar a vivir engañada hasta la aparición de este servidor.


Las “Obras Completas” del Marqués de Montealegre de Aulestia fueron publicadas por el Instituto Riva-Agüero entre 1962 y 2007. Si buscamos allí el texto para Hebdomadaire lo encontraremos citado bajo el título de “Aclaración sobre el Mariscal José de la Riva-Agüero”. Los editores del Archivo de las obras y papelería de Riva-Agüero deben haberse percatado pronto de que no contaban con ningún ejemplar de la supuesta publicación de agosto de 1921, por lo que tuvieron que anotarlo. Les falta malicia, pues no tenían consignado el número del ejemplar, ni mucho menos las páginas y eso no los hizo dudar de nada. Hay que recordar que Hebdomadaire salía cuatro veces al mes, o sea, hubo cuatro números y nada de nada. Algo parecido le ocurrió en 1948 a la famosa historiógrafa y discípula de Riva-Agüero, Ella Dumbar Temple. Dumbar Temple, poco después de la muerte del marqués, consignó la presunta publicación de 1921 en la “Bio-Bibliografía de José de la Riva-Agüero”; ésta se halla en la revista Documenta(Lima), de 1948. Hubo de admitir allí que la única razón por la que se consigna esa impresión del año 1921 es que Riva-Agüero lo indicaba así en 1937. En realidad no hay nadie que haya jamás visto tal ejemplar. Es altamente significativo que así haya ocurrido, pues Montealegre era muy escrupuloso en archivar los documentos que había impreso, máxime si trataban de su gran papá, que era un tema neurálgico, literalmente.

Da la casualidad de que tuve la fortuna de adquirir el año pasado la colección completa de Hebdomadaire correspondiente al año de 1921, de la suscripción perteneciente a la biblioteca del filósofo Javier Prado y Ugarteche. Tengo también los números de 1920. La suscripción termina en 1922, pues en 1921 el pobre del filósofo Javier Prado debe haber calibrado las pruebas de la existencia de Dios y su liberalismo de izquierda con la vara eterna, y su familia no parece haber estado interesada en renovar la suscripción. Pero con las fechas de los ejemplares que tengo basta para aclarar todo esto de Hebdomadaire y el gran papá. He vuelto y revuelto cada uno de los ejemplares, que conservan sus índices, con lo que comprobé de todo: que había menciones a Francisco García Calderón, a Víctor Andrés Belaunde y a la revista generacional Mercurio Peruano; todo lo que corresponde con esta historia de contactos maurrasianos franco-peruanos, con toda certeza de parte de Francisco y Ventura García Calderón. Un beneficio colateral fue encontrarme con que la revista Hebdomadaire nunca publicó ninguna rectificación de Riva-Agüero y que, por lo tanto, cuando el marqués consigna una reimpresión de 1921 en 1937 simplemente está mintiendo. En realidad, está ocultando lo que ya sabemos que pasó, que los de Hebdomadaire lo humillaron. Cuando quiso aclarar las palabras desagradables dedicadas a su ancestro el Presidente de la República, algo sucedió y los de la revista lo mandaron a rodar con su carta. La historia de Montealegre y Hebdomadaire debía terminar aquí, pero aún hay un detalle que no hemos tratado, la relación de Montealegre con Marius André, pero eso lo dejaremos para la última entrega de esta serie.

Caetera desiderantur…

domingo, 27 de marzo de 2011

Artículo sobre Charles Maurras y el Marqués de Montealegre de Aulestia en la Revista de la Sociedad Italiana de Filosofía Política

Estimados lectores: Les hago presente con júbilo de mi última publicación en la Rivista de la Società Italiana di Filosofia Politica, que aparece en versión electrónica. Se trata de mi primer artículo escrito en francés y publicado por una revista indexada. Como la mayor parte de mis publicaciones, ha pasado por la revisión de un jurado ciego, en este caso formado por tres miembros, académicos europeos que han calificado y aprobado mi trabajo. Debo la traducción a un joven lector de mis trabajos de Sciences-Po (París) a quien expreso mi gratitud de esta manera a la vez abierta y anónima. Para tener acceso al artículo en versión electrónica pdf (listo para imprimir), haga click aquí.

jueves, 24 de marzo de 2011

Marius André cuenta la independencia (Montealegre y Hebdomadaire, III parte)


Montealegre y la Revue Hebdomadaire (III)
La historia de José de la Riva-Agüero gran papá contada por Marius André

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Marius André redacta la crónica de la independencia americana. Explica de manera feliz cómo la Monarquía Española fue invadida por Napoleón. Los grandes virreinatos americanos de Méjico y Perú son fieles a los monarcas depuestos, y se identifican con la defensa de España y el catolicismo, al que ven amenazado por la ola de liberalismo despótico del corso de pequeña estatura y grandes batallas. No se pliegan a las ideas revolucionarias de Francia, sino que las rechazan. El tirano de Europa les envía representantes del gobierno títere que ha establecido en Madrid, pero los americanos son fieles al Consejo de la Regencia. Entonces comienzan las exageraciones y las impertinencias del provenzal. Se establecen las Cortes de Cádiz y éstas promulgan una Constitución liberal. Para André los americanos “veneran al Rey legítimo”, así que ofrecen su fidelidad a cambio de unas libertades que no es muy seguro que el común de los súbditos españoles de América realmente hubieran deseado. Y luego llega 1814. El Rey Don Fernando VII, el deseado, regresa a su trono. Las profecías de Joseph de Maistre se cumplen y la contrarrevolución triunfa en todas las líneas. Napoleón tiene su merecido. Llega el retorno del absolutismo y el fin de las reformas liberales de los de Cádiz. “La separación completa es inevitable”, remata André. Éste es el punto de inflexión en que la lectura debe habérsele hecha a José de la Riva-Agüero indigesta, demasiado francesa.


El Virreinato del Río de la Plata devino –entre tanto- una república turbulenta e ingobernable. José de San Martín partió de Buenos Aires con una expedición hacia el Reino del Perú cuya finalidad era salvar lo que hoy es la Argentina de lo que en 1820 parecía el inminente retorno de los Borbones con la bandera peruana, roja y blanca, aunque algo diferente a como la conocemos ahora. Había que impedir que esa bandera ondeara nunca en Buenos Aires. Al argentino le va bastante bien. André olvida contar que en el mismo periodo una revolución liberal dejó al Perú con una guerra civil, pero José sonríe al leer que “la mayor parte de la población seguía siendo leal a la monarquía”. A los españoles les va muy bien y reocupan Lima, donde son recibidos por la nobleza, el clero y el pueblo. El pobre argentino quiere el apoyo de Simón Bolívar pero –como ya sabemos- este hombre cree que es Napoleón y baja desde el norte decidido a conquistar el mundo. El argentino debe regresarse de donde vino. En el camino, una minoría de nobles irresponsables “hace la Constitución democrática perfecta” y proclama la República: “el gobierno fantasmal de Lima” –escribe André en referencia a los rebeldes republicanos- llama a Bolívar en su auxilio. Y entonces aparecen dos traidores en esta historia. Son dos traidores a las nuevas ideas políticas. Ahora, de pronto, todo aparece de cabeza. Los malvados son los españoles, que se niegan a conceder libertades; los buenos son los republicanos, pues quieren la independencia.

Malos, los malos, los que nos interesan. Ésos son, en la historia de André, no los españoles, ni los monarquistas, sino los traidores a la República. Son los republicanos, los que se impulsaron la república y luego echaron marcha atrás. Se entiende que son malísimos porque se interpusieron en el proceso de independencia, que es lo que André está conmemorando con su crónica. Uno de los malvados traidores era el Primer Presidente de la República, José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete. El otro traidor era el Marqués de Torre-Tagle. El primero era nada menos que el último Marqués de Montealegre y el bisabuelo de José, cuyo crimen era haber intentado negociar una solución con el último virrey absolutista. El gran papá Riva-Agüero “pacta con los enemigos” por lo que “resulta depuesto”. Su traición “libera la capital y las tres cuartas partes del país a los españoles”. En rigor, todo lo que está escrito en este último párrafo es más o menos cierto, sólo que es excusable y no es tan espantoso como André lo hace aparecer, atendiendo a las circunstancias. Pero el texto tiene sus propias circunstancias. La revista Hebdomadaire era leída en Lima y el abuelito quedaba como un miserable. Claro está, no es que todo el mundo comprara en el quiosco su revista Hebdomadaire. La leía la élite de Lima, esto es, por los descendientes de Torre-Tagle y Riva-Agüero, por los Osma, los Pardo, los Puente y las demás familias de la antigua nobleza. Esto quiere decir: trataban al abuelito como un canalla delante del sector social al que el propio Montealegre pertenecía. Para colmo, lo hacían a través de un escritor monárquico, en una revista que tenía relación con Ventura y Francisco García Calderón, donde además el tema era un ejemplar de homenaje a la nación peruana por el centenario de su independencia. José era historiador. Estaba siendo dejado en ridículo. Para colmo de males, Riva-Agüero estaba en ese mismo momento en París, donde llevaba apenas unos meses instalado. Montó, pues, en cólera, y escribió una refutación del artículo de André. Lo más probable es que haya ido personalmente a quejarse a las oficinas de la revista. Pero Hebdomadaire nunca publicó nada de Riva-Agüero. Literalmente, debe haber ido a quejarse, haber tenido un altercado y los franceses lo mandaron al diablo.

Caetera desiderantur…

jueves, 17 de marzo de 2011

El compromiso del espíritu actual


El compromiso del espíritu actual

con Gianni Vattimo en Turín


Otros autores:
Editor literario: Oñate, Teresa

20,00 €

Lugar y fecha de edición: Cuenca 2010
Editorial: Alderaban Ediciones, S.L.
Páginas: 351
Encuadernación: Rústica
Medidas: 24 cm. Idioma: Español
ISBN(13): 9788495414779


Estimados lectores y amigos

Les hago presente que ya se halla en circulacíón en el Reino de España y la República Argentina un colectivo en honor al pensamiento de Gianni Vattimo en el que participo, junto con otros autores europeos y latinoamericanos. El mío es un comentario grande sobre los temas de actualidad filosófica desde el punto de vista de la hermenéutica. Trato allí sobre el nihilismo, la secularización, el liberalismo y otros temas, en el formato que se me solicitó para la ocasión. Entiendo que el libro no ha llegado aún a Lima.

Aquí el enlace con la Librería Marcial Pons, una de las distribuidoras.




Materias a las que pertenece:
Filosofía > Obras generales. Teoría. Metodología

Eds. Teresa Oñate...[et al]. Con motivo de un acontecimiento tan señalado como la última Lección Magistral de Gianni Vattimo en su universidad, nos reunimos en el paraninfo de la misma, profesores e investigadores venidos a Turín desde todo el mundo, con la intención de acompañarle. Ha sido Gaetano Chiurazzi quien amablemente nos ha cedido la posibilidad de traducir y publicar en castellano la 'Lección' de Vattimo de aquel solemne día, en torno a la cual ha surgido este libro. Ustedes mismos pueden asistir, de alguna manera, a esta 'Lección' gracias al libro que les estoy presentando, donde ella ocupa, como es lógico, el lugar de honor; y en este caso, también el lugar de origen, pues fue allí mismo y en ese mismo día cuando nació este libro. Cuando se nos ocurrió dotar a aquellas controversias, que habían surgido encendidas por el brío del fuego de la frente de cristal de Vattimo y su Lección Magistral: 'Del Diálogo al Conflicto', llegándonos hasta el corazón noético del pensar, la forma de un libro que diera memoria y testimonio de nuestro amor, de nuestra philia, de nuestra pasión libre y crítica por la Filosofía, por el debolismo de Vattimo, por su querida persona, y por las problemáticas de hondo calado que su discurso había suscitado.

sábado, 12 de marzo de 2011

José de la Riva-Agüero y Marius André

Montealegre y la Revue Hebdomadaire (II)
José de la Riva-Agüero y Marius André


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

El maurrasiano provenzal Marius André publicó “À propos d’un centenaire. L’Émantipation du Pérou et la solidarité Sud-Américaine” en Hebomadiare en el Nº 30, Año 17 (Nueva Serie), de julio de 1921. Las diez páginas de la composición estaban dedicadas a narrar el periodo final de la monarquía española en el Perú. Desde el punto de vista de José de la Riva-Agüero la obrilla comenzaba pateando mal. André defiende una versión de las guerras de Independencia como un proceso de emancipación. Para el marqués había sido una guerra civil entre los patriotas peruanos y unos invasores extranjeros: rioplatenses, grancolombianos y chilenos. Para André era la guerra de la Ilustración contra el oscurantismo; para José el inicio de la vida independiente como el resultado de una violencia.

Marius André era un publicista, esto es, la clase de persona que escribe de todo, incluso de lo que no sabe nada. Mientras el “opinâtre” que escribía cuchuflunía periodística, el marqués de Montealegre de Aulestia era historiador de profesión. El más importante del Perú en 1921. Es más, una de sus especialidades era lo que llamó después el historiador Jorge Basadre “La iniciación de la República”, el periodo que va de 1820 hasta 1825. En eso era experto, así que la versión de los hechos contada por un ignorante debió parecerle una aberración. Al inicio llegan las tropas del Río de la Plata al Reino del Perú; hacia el final se rinde el último reducto del régimen antiguo en lo que hoy es Bolivia. Las monedas del Perú siguieron siendo acuñadas en Potosí hasta abril de ese último año. Para José se trataba de una guerra civil, en que “la nobleza boba” se había aliado con los invasores extranjeros. Para el maurrasiano provenzal era un proceso de emancipación nacional, en que los peruanos se liberaban del dominio extranjero. Más o menos al revés. Pero esto, siendo irritante, no lo era tanto. No era el límite.



A Montealegre debe haberle disgustado a más no poder las preferencias que daba el provenzal a Simón Bolívar. Los maurrasianos en general eran unos admiradores consumados de Bolívar, en quien veían una suerte de Napoleón de los Andes. Era el modelo de gobierno autoritario moderno, como lo es aún en la llana Venezuela. A los maurrasianos les fascinaba la idea de un gobernante perpetuo, “vitalicio”, con Senadores de por vida y no demasiada participación pública. En su historia de conquistador de Colombia y fundador de países veían un reflejo, una analogía de la gloria de Napoleón I, el gran Emperador. Así que André hizo de Bolívar el héroe de la historia. Insoportable para el pobre Riva-Agüero, que admiraba a José de San Martín, el general de Río de la Plata, por razones completamente distintas.


La historiografía de la Independencia habla siempre de dos “expediciones libertadoras”. Si se aceptaba la independencia (ya qué más se podía hacer) al menos había que honrar la memoria correcta. Entre Bolívar y San Martín, José estaba con el argentino. El de Buenos Aires invadió el Perú por la fuerza, como el otro, pero no gobernó Lima solo, sino con la complicidad de la parte “ilustrada” de la nobleza peruana: con el Conde Vista Florida, el de San Donás, con el Marqués de Montealegre de Aulestia y el de Torre Tagle; también con algunos curas, cuya suerte eterna es sospechosa. Mientras Bolívar quería ser Napoleón, San Martín era un monarquista bastante sensato, y si la mala suerte no hubiera interpuesto al llanero de Venezuela, el Perú hubiera se hubiera convertido en una monarquía independiente, transformando la historia de la modernidad Occidental. Nunca hubiera perdido Ecuador ni Bolivia ni se hubiera hundido en el siglo XIX en el caos y la miseria. Esta historia de Bolívar como el gran difusor de la modernidad que André estaba contando le debió parecer el colmo, si no hubiera sido porque Marius André –así son los ignorantes- dedicó un párrafo especial para atacar al Marqués de Montealegre de Aulestia, esto es, no a nuestro José, sino a su gran papá.

Pero el resto de la historia va a tener que esperar…


Caetera diserantur…

martes, 22 de febrero de 2011

Montealegre y la Revue Hebdomadaire

Montealegre y la Revue Hebdomadaire

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

En julio de 1921 se celebraba era el centenario de La Fontaine. Se podía ver el retrato del escritor francés en la portada de la revista semanal Hebdomadaire. Pero también era el centenario del nacimiento oficial de la República del Perú. Eso uno lo averiguaba si se tomaba la molestia de comprar un ejemplar y leer adentro. Hebdomadaire era una revista semejante a Selecciones. El mismo formato, para llevar en el tren o el bus, con artículos bastante ligeros y novelas por capítulos, que había que completar comprando la seguidilla con la revista. Sin duda, los lectores franceses promedio no tenían mucho interés en los temas peruanos, que no eran –por tanto- nada rentables. Pero Hebdomadaire sorprende al lector entre líneas por la interesante cantidad de información concedida allí al Perú. La revista, por ejemplo, dedicó un artículo de varias páginas a comentar la salida en prensa de la revista cultural peruana Mercurio Peruano, en 1918. ¿Por qué una revista francesa del estilo “Selecciones” incluía datos sobre el Perú?

Hebdomadaire era una revista de clara tendencia maurrasiana. Esto es, era una revista “derechista”. En números de fecha cercana a julio de 1921 encontramos artículos referentes al Conde Joseph de Maistre (1753-1821), o bien a su maestro, el iluminado Claude de Saint Martin, al que en Francia se llama “el filósofo desconocido”. Escribían allí redactores que colaboraban también para el famoso periódico l’Action Française, de Charles Maurras y Maurice Barrès, esto es, los monarquistas franceses. Uno de esos redactores se ocupó del Perú en el centenario de su independencia. Era Maurice André, entonces un famoso activista del monarquismo provenzal. Este hombre, que ahora no es sino un espectro de las micro historias sociales francesas, era entonces un personaje destacado de la vida política. Para el efecto que nos interesa, que es su nota sobre el Perú en julio de 1921, es relevante saber que André, como varios otros de sus compañeros, era amigo de los hermanos Ventura y Francisco García Calderón uno de los cuales (yo creo que Ventura) debió haberle pedido dedicar unas páginas al centenario de la Independencia. Éstos eran unos derechistas peruanos bastante aceptables para el contexto histórico social de 1920.

En fin. Sólo un verdadero amigo podía dejar de escribir sobre La Fontaine para dedicar su pluma a la fiesta nacional de una república de segundo término del otro lado del mar. Y André, que era un buen amigo, aceptó la sugerencia de escribir sobre el nacimiento del Perú republicano. El texto se titula: “À propos d’un centenaire. L’Émantipation du Pérou et la solidarité Sud-Américaine”. Pero lo que escribió Maurice André estaba muy lejos de lo que Francisco o Ventura se hubieran jamás imaginado. Y dejó histérico a José de la Riva-Agüero. Es aquí que cuenta el Marqués de Montealegre y cómo se relaciona con la Revue Hebdomadaire. Lo que sigue habrán de esperarlo, queridos lectores, a mi siguiente post.

Caetera desiderantur…

lunes, 21 de febrero de 2011

El rito, apuntes someros y trailer



Película recomendada por La Coalición

Palma clásica de La Coalición 2010


Apuntes para la interpretación desde una perspectiva hermenéutica:

1. No hay presencia binomio conceptuales modernos:

objetivo/subjetivo natura/sobrenatural real/ imaginario (psicológico)

2. No hay concepto de verdad como objeto de prueba, sino verdad como mostración.

3. La verdad es una experiencia, aunque no una experiencia privada (privada, personal) / la verdad es lo que se presenta en los acontecimientos

4. Los acontecimientos son contingentes, pero tienen un sentido

5. El sentido depende de una aceptación originaria (anterior a la reflexión) pero que está presente desde un inicio

6. Lo santo y la verdad se llaman mutuamente.

7. El mundo ordinario (/burgués, el mundo promedio) es invadido por una esfera de sentido alternativa.


Basta de filosofía por hoy.

Ficha técnica
Título: El rito
Título original: The Rite
Dirección: Mikael Håfström
País: Estados Unidos
Año: 2011
Fecha de estreno: 18/03/2011
Duración: 114 min.
Género: Drama
Reparto: Anthony Hopkins, Alice Braga, Ciarán Hinds, Rutger Hauer, Chris Marquette, Franco Nero, Toby Jones, Torrey DeVitto, Maria Grazia Cucinotta, Colin O'Donoghue
Web: whatdoyoubelieve.war nerbros.com
Distribuidora: Warner Bros. Pictures
Productora: New Line Cinema, Contrafilm, Fletcher & Company

viernes, 4 de febrero de 2011

¿Qué es la posmodernidad?: II. La decisión


¿Qué es la posmodernidad? (II)

La decisión

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

En nuestro post anterior dedicado a temas de hermenéutica, “La Marcha”, intentamos introducir al tema de la posmodernidad. El tema giraba en torno a si tiene sentido que uno pueda considerarse un posmoderno de izquierda o derecha. En La Marcha hicimos una metáfora heideggeriana. En ella distinguimos el acontecer, el sucederse de las cosas, de la música, el ritmo que permite identificar estos acontecimientos. Imaginemos un desfile militar, una procesión religiosa. Para quienes en todo lo que escribo ven ultramontanismo o fascismo, les aconsejo enriquecer su imaginación con un desfile burlesco, una procesión de carnaval, un festival de zamba en Río de Janeiro. Hay allí también los mismos elementos: algo acontece y marcha. Espléndidas cariocas agitan sus plumas entornando las gambas, montadas algunas en carros alegóricos. Un balance vibrador palpita en sus senos morenos. Algunas incluso son travestis voluptuosas a quienes la tecnología moderna ha adaptado para la marcha. Imaginemos a una travesti que se ha disfrazado de Michel Foucault, o de la Diosa razón, o de esa liberal de Mónica Lewinski. Sea lo que sea que marcha en el festival de zamba, si marcha, tiene una música.

En un esquema heideggeriano o hermenéutico es fundamental distinguir el entorno emocional de la experiencia de sus ingredientes. Los segundos son parte del mundo. Son “ónticos”. Eso se prueba porque se pueden contar. Puedo decir: son estos cinco; estos son ocho, etc. y enumerarlos. Si se cuentan, también se identifican y cambian. Por esta razón todos y cada uno de esos ingredientes es prescindible. Ninguno es indispensable. Justamente por eso marchan, pasan y se van. Uno los recuerda como los que han marchado. En contraste con estos elementos, la experiencia de la emoción es incontable. No es numérica. Tampoco se puede suprimir y es, por lo mismo, indispensable. Por eso, con Heidegger, la consideramos ontológica. “Ontológico” quiere decir: no se puede suprimir. Sin esto no marcha nada. Este carácter indispensable de la música es fácil de comprobar. Se aconseja ver en Youtube el entierro de la Emperatriz Zita. Se ve el cortejo de las órdenes religiosas, de la nobleza y de los notables. ¡El himno del Emperador lo significa todo! Si el lector cree que este ejemplo es algo reaccionario, entonces pulse en Youtube una marcha en la Rusia Soviética. En ambos casos se sugiere, luego de haber visto el video con la música respectiva, retirar el audio. Pero entonces ya no queda el desfile. Queda la imagen del desfile. Permanece una representación, una copia, una reproducción, pero ya no decimos con propiedad “es el desfile”.

Si tomamos en serio a Heidegger y Gadamer y la tradición hermenéutica, las emociones en casos de desfiles, marchas y pasacalles son constitutivas de ser. Pero es una experiencia básica que los desfiles no despiertan en todos las mismas emociones. Hay un sí fundamental en la marcha, que es lo que la hace marchar. Este sí fundamental es lo que la diferencia del silencio y la inactividad. Este sí es una dignidad. Pero esta afirmación no es mandataria. Es obligada, en el sentido de que, cuando se da, cualquier reacción emocional que tengamos nos aparece como la marcha misma. Puede ser una marcha angustiosa, pero también una marcha maravillosa, que colma el universo de grandeza. El sí fundamental, la afirmación en su sentido más amplio, se impone sobre nosotros. Pero este sí es nuestro solamente si “sintonizamos” con la marcha. Esto quiere decir que este sí fundamental podría no pertenecernos. Aún así sería obligatorio, pero no en cambio mandatario. Llueve: de todas maneras nos mojamos. El que sintoniza con la lluvia se acoge al alero; el otro se expone a la pulmonía. Pero del que se expone a la muerte por una lluvia no decimos que ha entendido qué es llover, y sentimos lástima o cólera. El sí fundamental llega hasta nosotros y salimos a su encuentro. Ser indiferentes es insensatez. Abrimos entonces las ventanas de la casa. Encendemos las luces. Prendemos cirios o nos ponemos de rodillas. Salimos al balcón. Incluso colgamos la bandera de los Austria con el águila bicéfala de los emperadores, si es que por la calle pasa el cortejo de Zita; colgamos una bandera roja con una estrella dorada en otros casos, si desfila la efigie de Stalin, por ejemplo. Cuando el Papa fue a Barcelona a inaugurar la Iglesia de la Sagrada Familia el año pasado, los activistas gay se besaron al paso de la procesión. Tuvieron ante sí un sí afirmativo más fundamental, y entonces se besaron. Sus sentimientos descansaban en este sí más fundamental. De esta manera podemos distinguir dos afirmaciones. Ambas son ontológicas. Una obliga, la otra manda. La primera, la que obliga, nos exige reaccionar de alguna manera. Es el sí del Ser, que se afirma solo y anticipadamente. La otra es un tono emocional que explica y da significado a la esfera de nuestras acciones y reacciones. La segunda es a lo que Heidegger habría llamado una “decisión”. Esta decisión es ontológica porque expresa el sí del Ser anticipado.

En la posmodernidad hay una marcha. Es una marcha del Ser, que es quien en último término marcha. Esa marcha tiene ingredientes, cada uno de los cuales es prescindible. Pero hay una música indispensable que da el tono y llama. Los indiferentes a la marcha actúan neciamente. Ellos son “marchados”, pues donde sea que vaya la marcha, ellos no participan de ella. La marcha los lleva. Frente a la marcha son como los ingredientes de una escenografía y no se adaptan, sino que son adaptados. Otros marchan tomando una decisión. Para algunos esa decisión es un pliegue al Ser que se anticipa. Éstos son los filósofos. Para otros, la decisión es un reponerse de la marcha. Como una familia que vive cerca del escenario de la procesión y exige silencio, aunque no va a ser es cuchada, pues el sí fundamental no escucha, sino que es escuchado. En ellos su emoción niega la marcha. Pero es evidente que no la evita. Ahora, en este esquema de comprensión, que es propio de la concepción de la racionalidad posmoderna, ¿ser de izquierda es seguir la marcha?

Caetera desiderantur…


PD para discapacitados: Irán (Persia) marcha en un sentido fundamental. Como marcha ahora el Egipto, y el Yemén y en general, las repúblicas laicas que el pensamiento único impuso al islamismo. Van camino de ser estados religiosos. Así, los países islámicos que son laicos y repúblicas marchan y son evento. En cambio Colombia no marcha o bien es marchada. España es marchada. El mundo de Obama es marchado, pero en cambio China marcha. Los islámicos toman decisiones y se pliegan al Ser. Obama le recomienda la quincena pasada al líder de la China que “sin derechos humanos el éxito no es posible”. ¿En qué mundo vive el señor Obama? ¡Ah! Es un liberal de izquierda. Entonces su pensamiento está en otro planeta. Dijo que no y se perdió. ¿Son de izquierda los rebeldes islamistas de Egipto, de Argelia, del Yemén? ¿Son de derecha? ¿Es de izquierda el Dalai Lama, ese simpático amigo de Hitler que desea reconquistar su trono en China con la complicidad de las ONG norteamericanas y europeas de “derechos humanos”? ¿Puede un liberal explicarse a sí mismo los fenómenos de la posmodernidad? Un liberal de izquierda, ¿en qué piensa? Ups. Anamnesis: Siempre contra el filosofismo, el charlatanismo y la ignorancia.

jueves, 27 de enero de 2011

La filosofía jurídica de José de la Riva-Agüero y Osma



Nueva publicación:

"La filosofía jurídica de José de la Riva-Agüero y Osma (1911-1912)", en Revista Teológica Limense, Año XLIV, Núm 3, 2010, pp. 403-426

martes, 18 de enero de 2011

Montealegre como subversivo (1909-1914)




Franceses, hispanistas y monarquistas (1909-1914)
Montealegre como subversivo


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

“¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?”, le escribe Ventura García Calderón a José de la Riva-Agüero en 1909. Ventura alcanzaba a la memoria del joven historiador unos no muy remotos episodios colegiales. El grupo de amigos que salía del Colegio de la Recoleta, al que tiernamente Ventura llamaba “Los cinco”, recorría el tramo entre la Calle de la Amargura y la de Lártiga con interminables charlas sobre Nietzsche, de Maistre y Donoso Cortés. Eran Ventura y su hermano Francisco, pero a veces también, junto con José, Mansueto Canaval y el frustrado poeta Raymundo Morales de la Torre. Les interesaba la excepción, la historia y la guerra. Pero para Ventura y Francisco, amantes de la subversión, la charla con Riva-Agüero se centraba en la forma de régimen político más apropiada para crear un gobierno futuro para el Perú. Conversaban sobre la monarquía constitucional y la república anárquica, comparaban el Imperio del Brasil del siglo XIX, expansivo y exitoso, con la historia del Perú de la misma centuria, de su paso de Reino poderoso a enjuta entidad revolucionaria y fracasada, ruina sobre cuyos recuerdos aplastaba cadencioso su paso. Por haber charlado así los cinco alrededor de 1900, algún día sería el grupo llamado “los novecentistas”. Pero por esto último, por su interés en una forma de régimen político apropiada para el Perú, alguna vez los cinco y sus postreros adherentes serían conocidos como los “futuristas”. Los jóvenes discutían para el futuro la teoría “del buen tirano”.

Mientras escribía su carta del año 1909, Ventura llevaba ya tres años en París. Vivía allí desde 1906 con su madre y sus hermanos, con Juan, José y Francisco. Para entonces el último era considerado en Europa un polígrafo célebre, un representante de las letras latinoamericanas. La Academia Francesa le había concedido ya un premio por su obra Le Pérou contemporain, uno de los grandes manifiestos de los “novecentistas”. Francisco era, pues, famoso. Para hacerse una idea de quién era ya Francisco en 1909 basta figurárselo sentado en la calle del Café Cornot, a 50 metros de la Place de l’Ètoile, renovando charlas, esta vez con grandes personalidades de la vida filosófica francesa del momento. Podemos figurarnos a Gustave Le Bon, Gabriel Tarde, Émile Boutroux, Gabriel Séailles, Théodor Ribot o Henri Poincaré. Ventura –que algún día habría de ser postulado al Premio Nóbel de Literatura- hacía entonces un esfuerzo bastante fructuoso por no quedarse atrás. Mientras recordaba las charlas antiguas de la Recoleta, podía jactarse de haber publicado ya también su primer folleto con los Hermanos Garnier, en 1908. En 1909, mientras escribía a Riva-Agüero, soñaba con terminar su más famosa obra de juventud, la hoy rara compilación de literatura peruana Del romanticismo al modernismo. Ventura quería en las letras hispanoamericanas lo que su hermano en la filosofía. En este contexto pasan las charlas “un poco subversivas”. También estas referencias monárquicas que, como habrá notado el lector, sugieren un verdadero enigma.

Ventura estaba elaborando los prólogos y los comentarios a su Del romanticismo al modernismo en un contexto muy afortunado de relaciones ligadas a su interés por publicar libros y volverse famoso. Alrededor de 1907, se había topado con una red de hispanistas franceses que giraban en torno de Fouché Delbosc. Por este último conoció a uno de los grandes expertos en literatura hispanoamericana y un representante singular de los estudios hispánicos en Francia, Ernest Martinenche (1869-1950). Éste era a su vez amigo muy cercano de un hispanista de origen argentino que vivía en París y que era de oficio editor de libros, Charles Lesca. Martinenche, además de estar interesado en la cultura y la literatura “hispánica” -que ahora llamaríamos más bien “iberoamericana”-, venía de ingresar en la docencia en la Universidad de La Sorbona de París, en 1907, lo que señala el inicio de una larga y exitosa carrera académica como experto en temas españoles y latinoamericanos. Edición de libros y ambiente universitario. Pues bien. Resulta que el círculo hispanista de Fouché Delbosc era también el nido de un tipo particular de activistas monárquicos, vinculados a l’Action Française, un órgano de prensa de la extrema derecha integrista francesa. Estos monarquistas como Martinenche y Lesca se caracterizaban por ser también positivistas y nacionalistas, y estaban asociados, a través de l’Action Française, con los grandes pensadores y activistas franceses del monarquismo de la época, Charles Maurras y Maurice Barrès. En 1907 Francisco había citado a estos dos últimos en su Le Pérou Contemporain. Riva-Agüero debía estar interesado, pues, en estos personajes. ¿No parecían cómplices acaso de sus charlas “subversivas” y “monárquicas”? Ventura, ahora, mientras componía su Del romanticismo al modernismo, los tenía muy, muy cerca.

Durante el año 1909 Ventura, que era muy ingrato para escribir, redactó una lista notable de cartas para Riva-Agüero, entre otros motivos, para obtener el material para la compilación del año siguiente, cuya existencia en la imprenta era debida a la ayuda de Martinenche y Lesca. El de Lártiga había redactado en 1905 una tesis de bachiller el Letras dedicada en gran parte a la historia de la literatura que ahora Ventura quería compilar. El libro es Carácter de la literatura del Perú independiente. El libro de Riva-Agüero, poblado de observaciones literarias, era en realidad un texto de sociología o psicología colectiva basado en el modelo de Hyppolite Taine y en el que se había desarrollado una historia de la literatura peruana, y muy en particular del periodo que Ventura refiere como “romanticismo”. Para 1909 José conservaba el material con el que había trabajado, una buena parte los originales de las obras citadas, pero también copias de los originales que su autor no había podido comprar y que debía haber tomado de la Biblioteca Nacional. En su mayor parte se trataba de obras raras y muy valiosas. Ventura, en París, no tenía acceso a nada de eso, y a José, en cambio, ese material le parecía ahora marchito e inútil. Ventura, consciente de que deseaba de Riva-Agüero más y más material para su compilación literaria, de que éste era inaccesible, y aun de que Del romanticismo al modernismo era una suerte de reciclamiento del trabajo de su amigo de la Calle de Lártiga, debía interesarle tentar al amigo en esta doble militancia hispanista-monarquista por el lado que estaba más asegurado: la monarquía.


Charles Lesca y Ernest Martinenche, los editores y contactos de Ventura, eran unos monarquistas nacionalistas y positivistas. Pero el autor de la tesis de 1905 también lo era. No ya en las polémicas infantiles a la salida del colegio, sino como tesista universitario. Riva-Agüero venía de haber defendido en 1905 la tesis de la “superioridad teórica de la monarquía”, un tópico que es fácil de olvidar en un país donde la idea misma de la nación se piensa en parámetros republicanos. “¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?” –podemos imaginar releyendo Riva-Agüero la carta de Ventura de 1909-. Pues bien: esas charlas continuaban en París, y las proseguía Ventura con sus amigos los literatos hispanistas. La posición monarquista es desarrollada como uno de los temas centrales de la obra, en particular en la sección dedicada al poeta Felipe Pardo y Aliaga, cuyas tendencias monarquistas la historiografía no se atreve a afirmar. Ventura usó de referente para su propia obra el texto de José, que sus amigos editores hispanistas podían leer en castellano. Ventura dedicó tiernamente la obra a Riva-Agüero y le dedicó unas líneas en calidad de escritor en la sección “los nuevos”, en cierta medida dedicada a resaltar a “los cinco”, esto es, a los “novecentistas”.

No mucho después de la impresión del libro de Ventura, en 1910, la Ciudad de los Reyes fue visitada por una extraña y diminuta comisión académica francesa. Ésta estaba integrada nada menos que por Martinenche y Lesca; la visita del hispanista y del editor fue sucedida por otra del propio Ventura, en 1911, en que intervino activamente en la vida política de Riva-Agüero. Desde el punto de vista formal, Martinenche venía acompañado por Lesca para crear lazos universitarios. En esta línea, Martinenche invistió a Riva-Agüero de corresponsal y encargado de la sección peruana de una institución dedicada a fortalecer los vínculos franco-latinoamericanos. En calidad de tal Riva-Agüero comenzó a redactar para una publicación dirigida por Martinenche unos reportes periódicos sobre la situación de la cultura, la producción bibliográfica y la literatura peruana, que se iniciaron en 1910 y continuaron un par de años más, hasta 1912. Pero ya sabemos que a Riva-Agüero, luego de su libro de 1905, no le interesaba la literatura peruana. Le interesaban en realidad más los temas subversivos de la sección política de su libro de 1905, que iba desarrollando en las obras sucesivas del mismo periodo de relación con Ventura y los hispanistas franceses, esto es, entre 1909 y 1912. Se trataba de la forma de régimen político y de temas como la monarquía, la guerra y el fundamento del orden social, los mismos temas de los cinco caminando desde la Calle de Amargura hasta Lártiga y viceversa. Algo nos sugiere que Lesca y Martinenche no atravesaron el planeta Tierra desde el Café Cornot hasta el palacio de la Calle de Lártiga para confirmar un corresponsal de literatura, sino para contactar con este Riva-Agüero subversivo. “¿Recuerdas nuestras largas charlas un poco subversivas y monárquicas?”, relee Riva-Agüero la letra de Ventura.
 
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