Víctor Samuel Rivera

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El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.

sábado, 26 de abril de 2008

China sí, Tibet no. 2008




Mucha gente me pide que escriba temas de actualidad. Que no cuelgue mis trabajos académicos sino que, al ritmo de otros blogs del ciberespacio académico peruano, dé mis opiniones sobre temas ordinarios. Esta vez, con la promesa de que habré de repetir esta actitud con una frecuencia ajustada a mi vida académica, pongo un antecedente.

Escribo esto para hacer una reflexión a favor de que el Imperio de la China, el país más próspero, justo y pacífico de la Tierra celebre, con paz, los Juegos Olímpicos del 2008. Elijo este tema porque he recibido una gentil invitación bastante desagradable. Me ruegan firmar un colectivo de la “sociedad civil” para aunarme a las personas que desean boicotear la realización de los Juegos Olímpicos con el argumento de que los “Derechos Humanos” exigen apoyar al Dalai Lama en sus pretensiones de recuperar el trono del Tibet, hoy provincia de China. Yo, por razones tanto filosóficas como humanas, tengo simpatía por la pluralidad de regímenes políticos. No me disgustan los reyes tradicionales, y de hecho les he dado mi apoyo en tanto son instituciones marginales dentro de una historia violenta, que es también la de la formación y triunfo de las repúblicas. En este sentido, las monarquías como la del Tibet (o la del Nepal) son una esperanza del hombre frente al mundo administrado del pensamiento único. Una esperanza venerable, ya que fundada en los envíos que han resistido el embate de la versión política de la tecnociencia. Hice esta argumentación de manera académica (aunque de modo indirecto y de pasada) en mi Belicosa y Pacífica, artículo cuya versión completa salió impresa en Valladolid en 2006, en la revista Estudios Filosóficos, cosa que me honra. Hoy no trataré de los temas del artículo, pero deseo que quede registrado que no tengo nada contra el Lama del Tibet. Tengo, sí incomodidad, por los postreros aliados de su caduco reino.

¿Quiénes son los defensores de la monarquía tibetana? Son la gente “global”, esto es, los defensores de la ideología política del capitalismo tardío. Las mismas personas que apoyan la restauración de la monarquía teocrática en el Tibet, serían incapaces, por ejemplo, de exigir la restauración de los Estados Pontificios, ocupados violentamente por Garibaldi en 1870, o de dar apoyo al actual soberano reinante Rajá del Nepal, que está a punto de ser depuesto por los maoístas de ese Reino de Asia, unos asesinos de la misma línea política genocida que el peruano “Sendero Luminoso”. Insisto. Personalmente, no veo problema en que haya teocracias en el mundo. De hecho, la América democrática es una teocracia liberal. No me resultaría inexplicable que el Estado de Utha, por ejemplo, resuelva proclamarse monarquía independiente de los Estados Unidos en función de su religión. Los apoyadores del Dalai Lama, sin embargo, ni hacen colectivos por el Rey del Nepal, ni solicitan firmas para la independencia de Utha, ni serían capaces de exigir que las tierras de la Iglesia secuestradas por Garibaldi sean devueltas al Papa. Están muy felices, en cambio de la independencia del Kosovo, una provincia serbia poblada por albaneses con apoyo consecutivo de Benito Mussolini, Adolfo Hitler y el célebre dictador comunista Mariscal Tito, un país, pues, que surge como consecuencia histórica del nazismo y que es un acto de violencia histórica contra una narración centenaria cifrada en el territorio ocupado bajo ese auspicio. Si uno se coloca en el cerebro del comportamiento global, esas actitudes parecen (y son) bastante contradictorias. Apoyar a Kosovo es aliarse con la eficacia histórica de lo más abominable de las dictaduras de los años 30’ (podría, de hecho existe, haber sido su parte no abominable). El Rey del Tibet consolidó en parte su independencia de la China en el primer tercio del siglo pasado en lícita alianza internacional con los regímenes nacionalistas de los imperios del Japón y de Manchuria, y luego con la amistad implícita de otros amigos del Eje, que vencido fuera, como sabemos, por la intervención de los mismos países cuya ideología sustenta la racionalidad de los actuales colectivos de la “sociedad civil”. Pero es notorio que la “sociedad civil” no actúa de manera contradictoria, entre otras cosas, porque no piensa; por el contrario: Su no pensar es lo que asigna a su comportamiento absurdo un sentido muy claro, que es respaldar la política internacional y los intereses geopolíticos actuales de los Estados Unidos o sus dependientes europeos, que son a su vez sus aportantes financieros, sea de manera directa o indirecta. La “sociedad civil” es tan inteligente como la televisión de cable, que hoy puede apoyar a la monarquía afgana en nombre de los “Derechos humanos”, como lo hizo en la ocupación soviética, y luego estar en contra de la misma monarquía, justamente, en nombre de los mismos “Derechos humanos” un lustro después, para apoyar la ocupación americana.

Como ya tengo lo hecho por suficientemente escrito, agrego, como una cuestión meramente pragmática, que estoy dispuesto a censurar la celebración de los Juegos Olímpicos en China si se admite la intervención internacional de las ONG de “Derechos humanos” y la ONU contra los países violentistas, por ejemplo, el que sostiene con su dinero tanto a las ONG como a la ONU. Si los activistas contra la China se hacen activistas contra Estados Unidos, entonces me sentiré moralmente obligado a reconsiderar cualquier sanción, aunque sea moral, contra el Gran Imperio de la China, la potencia mundial más próspera, justa y pacifista que conozco, lo más cercano a un país posmoderno exitoso. De antemano, como no creo en que los discursos sobre “Derechos Humanos” sean dignos de una inteligencia sana -como tan bien lo demuestra el uso social irracional que hacen de ese concepto las ONG proamericanas y su servicio global de prensa- adelanto, sin embargo, que ni aún en ese caso le vería sentido alguno a censurar a China, aunque sea moralmente, el que resulta el país más admirable que haya procesado la historia reciente del mundo. ¿No ha celebrado Estados Unidos Juegos Olímpicos? A los comunistas, cuya ideología hacía inaceptable el imperialismo americano, nunca se les ocurrió a lo largo del siglo XX, por ejemplo, que había que censurar unos Juegos Olímpicos en un país capitalista porque (ya que no hay para el comunista “Derechos humanos”, pura metafísica liberal) eso iba en cambio en contra de la emancipación del hombre en el socialismo o porque afrentaba la dignidad del proletariado mundial (global), agente final de la historia. China, por ejemplo, pudo haber argumentado eso muchas veces, dado que han sido también muchas veces sede de los Juegos países capitalistas. El hecho es que ni la China de Mao fue capaz de razonar de esa manera, entre otras cosas, porque los chinos, a diferencia de las cabecitas de la “sociedad civil” global- sí razonan.

Mis parabienes porque, en lugar de dar apoyo político al caduco Rey del Tibet, la “sociedad civil” se sirva estimular a los restos de la nobleza china y presione al gobierno administrativo del Celeste Imperio para el pronto restablecimiento de una monarquía en Pekín. Si en algo no se equivoca la “sociedad civil” es en que tener reyes es a veces mejor que tener presidentes del Partido.

jueves, 3 de abril de 2008

Filosofía y política en el Perú


Estimados lectores. Hago de público dominio la versión que más me gusta de una recientemente impresa reseña mía sobre uno de esos raros libros sobre filosofía en el Perú que alguna vez se dan a luz en medio de la noche del olvido. Ha sido publicada ya en Solar, número 3, 2007, revista iberoamericana de Filosofía de Lima de cuyo Consejo Editorial tengo el honor de formar parte. Como es fácil percibir, es, junto con un comentario académico a una obra que no me gusta y cuya crítica me fue solicitada de reseñar por encargo, un panorama largo de cómo dfunciona, de cuál es la práctica de la filosofía en el Perú. Desde que fue escrito este texto, hace más de un año, algunos acontecimientos han ocurrido en la filosofía peruana, como la formación del grupo CESFIA y la Revista Analítica. Nada, sin embargo, altera por ahora lo en esta reseña escrito por mí es mi lectura (lo más desapasionada y objetiva posible), de la condición de la filosofía en el Perú sobre lo peruano y los peruanos.

Nota aparte: La crueldad intelectual debe ejecutarse sólo en dos casos: cuando es necesaria o cuando a uno se la piden. A veces es necesaria por el placer, que es una prerrogativa del conocimiento; a veces por razones morales, que es por atención a la verdad. En este caso, tuve mucho placer y razones morales, pero no escribí el texto por eso. Et Voilà:



Filosofía y política en el Perú
Comentarios a una reciente publicación


Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal




Es conocida la falta de interés que despierta la filosofía peruana y latinoamericana en general en el ámbito académico de la universidad privada. Este fenómeno ocurre en grado tal que la mediación institucional del trabajo sobre el pensamiento filosófico del Perú parece, o bien ser la carga privilegiada de las universidades públicas, o bien el cometido académico de los departamentos de Historia . Esto revela dos presupuestos, uno fáctico, otro disciplinario. El primero es la (sin más falsa) idea de que la materia no existe (no hay filosofía en el Perú); el segundo es que, si el Perú puede alguna vez ser objeto de pensamiento filosófico, lo sería desde un ángulo independiente al de la propia tradición filosófica del país. El corolario de ambos supuestos es también doble: 1. Los filósofos nada substancial tienen qué reflexionar sobre el Perú (en la realidad) y, por ende, no son concernidos sino por los problemas que se dan por verdaderos en una perspectiva cosmopolitana; allí sólo por accidente (si cabe), los problemas filosóficos resultan ser alguna vez los problemas del país ; los problemas filosóficos parecen, antes que cuestiones humanas, meras dificultades técnicas para entender, digamos, a Husserl. 2. Pero imaginemos que los filósofos reconocen algo como un genuino problema (del Perú): Entonces es al costo de rechazar su intrínseca problematicidad filosófica; en lugar de elaborarlo en el pensamiento, los filósofos coordinarán con fotógrafos y publicistas; razonarán entonces con imágenes en lugar de hacerlo con conceptos, como debería ser su trabajo .

Veamos los inconvenientes de los presupuestos antes esbozados. Si los filósofos son convocados por el destino a apropiarse de las urgencias políticas, ¿qué cabe esperar de ellos? Existe la tentación de sentirse cómodos reflexionando sobre el Perú sin conocer su pensamiento, desde el punto de vista internacional, que habremos de suponer el punto de vista auténtico de la racionalidad humana: Ya Cosmópolis tiene respuestas para todo, y nosotros las aplicamos. Los presupuestos de la prensa del Globo sancionan el tribunal de la crítica. ¿No es esto, sin embargo ya, un problema? Víctor Andrés Belaunde llamaba a esto anatopismo, esto es, pensar desde ninguna parte . No es esto sólo un asunto filosófico, sin embargo, sino una grave cuestión política que afecta la mediación institucional del Perú y cuya tendencia, por desgracia, y en virtud de los poderes fácticos de la globalidad de la tecnociencia, es a radicalizarse . Y el pensar sin lugar, ¿es genuinamente pensar? Largos son los debates sobre la autenticidad del pensamiento en América Latina. No importan mucho, sin embargo, si uno se abstiene de estudiar la América Latina. No olvidamos, claro está, a la universidad pública, cultora del pasado y la tradición nacional, y a la que estas observaciones no afectan. Es en torno de ella, y en particular de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que se ha desarrollado hasta ahora virtualmente todo el trabajo de historia del pensamiento filosófico del Perú . Sin duda, San Marcos cae fuera del cuestionamiento anterior, pero es un hecho sociológico que esta institución, largamente centenaria, carece hoy de los recursos de poder que se exigen en un país excluyente para participar en la toma de decisiones que remediarían los no tan hipotéticos males que hemos esbozado. La universidad pública, además, interactúa poco con la privada, casi nunca, con lo que los aspectos positivos de la reclusión en la universalidad de los privados se acentúan por la incomunicación. La cortesía no permite que nos atrevamos a decir aquí a causa de qué se debe esto. Éste es el escenario presente de la reflexión filosófica del Perú .

Augusto Castro, autor de varios libros y profesor representativo de la Pontificia Universidad Católica del Perú, es la vanguardia de la contracorriente anatópica en las universidades no públicas que se dedican a la enseñanza de la filosofía. En este sentido, su Filosofía y política en el Perú. Estudio del pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y Víctor Andrés Belaunde, recientemente impreso con el apoyo de la Facultad de Sociología de la susodicha universidad , será en adelante el objeto de nuestra consideración. El profesor Castro en la Universidad Católica es con certeza, -por ahora- el primero y el único filósofo académico con publicaciones relativas al tema de los estudios históricos del pensamiento peruano; resultará siendo, esperemos, el iniciador de una corriente rectificatoria de interés por el pensamiento peruano en la que -hasta hoy- se halla solitario en el ámbito de la filosofía en la universidad privada. Para comenzar, el autor vincula filosofía y política en el Perú; esto presenta un mérito peculiar que debe ser destacado: La obra de Castro no es un libro ideológico, sino histórico (p. 15; en este caso, entendemos que de historia de las ideas en la filosofía política. A diferencia de lo que nos tiene acostumbrados la bibliografía peruanista más exitosa (y de mayor calidad) de los últimos tiempos, Castro no reflexiona sobre el pensamiento del pasado para darle significado a una narrativa de la ideología contemporánea sobre la ciudadanía y los derechos (un procedimiento ilícito al que, además, con tanta ligereza se prestan hoy los historiadores); en lugar de esto, tal vez en el extremo contrario, se limita al modelo de exposición abreviada de las declaraciones de los propios autores seleccionados. La ventaja de esto, sin duda, es que descongestiona la carga normativa de la lectura del pasado que el pensamiento único ha hecho tan popular y que, como ha observado Todorov, conduce a la utilización del pasado mismo como un modo de hacer incuestionable el presente; no sólo eso, santifica el presente como indigno de crítica, o desplaza la crítica a quienes, si acaso, son incapaces de defenderse . Es lo que podemos llamar la “historia narcisista”: El problema principal de la producción de historia del pensamiento político peruano contemporáneo.

Como un hecho factual, la valoración feliz del presente no tiene nada de malo en sí misma; es un hecho fuera de cuestión que tiene que haber habido nazis o comunistas en sus sociedades que fueron felices en ellas y que con gusto hubieran leído crónicas que les relataran que todo el pasado era el anuncio de la perfección de lo que amaban; el mismo derecho puede ser concedido a los conformistas del presente de la globalidad, el nihilismo y la tecnociencia. Pero, ¿no sería acaso un error hermenéutico -y muy grave- componer un estudio académico de esa manera? No sólo sería éste carente de la menos plausible rigurosidad: Sería sin más una amenaza contra la racionalidad de la historia; tras ella, la agenda de un uso perverso de la misma, como señalaba ya con crudeza Nietzsche en su Segunda Intempestiva. Es preferible una historia no ideológica mal documentada a una muy documentada manipulación de la historia. Es un mérito que Castro no haya sucumbido a la tentación de la historia narcisista. Del lado de las desventajas del modo de trabajo seguido por Castro, éstas dependen de los procedimientos que se siga en cada caso y nos ocuparemos de ello acto seguido. De hecho, este aspecto es el centro del presente comentario.

El autor, como indica el título de su obra, ha hecho un “estudio” de la “filosofía y política en el Perú” seleccionando a quienes, más o menos explícitamente, se reconoce como los orientadores ideológicos de las diversas posiciones políticas aún “vigentes” en el Perú (p. 14). Es bien sabido que éstos son Víctor Raúl Haya de la Torre, para el Partido Aprista Peruano y sus diversas variantes, José Carlos Mariátegui para la antigua izquierda socialista y comunista y Víctor Andrés Belaunde, inspirador del Partido Popular Cristiano, Acción Popular y sus respectivas variantes de la derecha católica reformista. La perspectiva de selección de los autores es, como se observa, pragmática; no se ha elegido a estos pensadores por criterios filosóficos, sino por su vínculo con las fuerzas políticas aludidas y las innegables consecuencias de éstas en la historia política peruana (pp. 14, 168), por lo que Gadamer (y no Castro) llamaría su “eficacia histórica” . Este criterio justifica la exclusión de autores que podrían haber sido más interesantes, o más filosóficos; la ausencia de autores que hubieran sido influyentes en este sentido en el pasado, pero no en el presente (como Augusto Salazar, ideólogo de la dictadura militar de 1968 o el Marqués de Montealegre de Aulestia, el pensador de la derecha reaccionaria peruana del siglo XX). Este criterio, desgraciadamente, no afirma nada sobre la selección del material escogido para el “estudio”, pues la eficacia histórica habla aquí del autor, mas no de sus obras. Resulta simplemente una sorpresa que Castro haya tomado como motivo de su trabajo a veces unos cuantos artículos sueltos de época temprana (pp. 49-56) en contraste con un libro dos décadas posterior (el caso de Haya), una colección de ensayos de prensa sin atender a la fecha de su composición por separado (Mariátegui) o haber elegido como exposición del pensamiento del autor el resumen de un solo libro sobre una obra tan vasta que su publicación íntegra tomaría innumerables tomos, lo que se agrava con una vida prolongada y compleja de su autor, que hace académicamente inaceptable el resumen del dicho libro como la exposición de su pensamiento (Belaunde). En todo caso, no hay vínculo cronológico entre los tres libros, ni contextual, ni conceptual. Sin duda, el autor no puede querer que comparemos a los tres autores, aunque eso deja dudas serias de qué es lo que el autor realmente se propone. Por ejemplo, todos sabemos que Belaunde escribió un libro, La Realidad nacional (1931) en diálogo con Mariátegui, con el Mariátegui que cuenta, esto es, el de los Siete ensayos, a los que son cercanos en el tiempo. Castro, sin embargo, prefirió un texto de Belaunde de 1950. Las obras son Espacio-Tiempo Histórico de Haya, Defensa del marxismo, de Mariátegui y la Síntesis viviente de Belaunde.

Debemos acotar que buena parte del desconcierto procede del título, que sin duda sugiere un estudio comparado de los tres autores y no lo que simplemente se presenta: Tres monografías sobre autores peruanos, claramente las tres el resumen (no siempre detallado) de un libro (o una compilación en forma de libro). Desde este ángulo, sin duda el libro puede ayudar, por ejemplo, para la didáctica, al aliviar la lectura completa de las obras, aunque es notorio que a veces los propios autores no requieran de auxilio semejante, como es ostensible el caso en Belaunde y Mariátegui. En el caso de este último, por ejemplo Castro resume los ensayos de prensa dedicados por el autor al pensamiento reaccionario en 14 páginas (cfr. pp. 80-94); Mariátegui mismo usó, en sentido estricto, unas 40. El resumen, pues, alivia, por lo tanto, bastante poco.

No es posible comprender la selección de los textos por su difusión o por su influencia específica, que Castro explícitamente niega ya que, en sus propias palabras, trabaja con obras “que no han sido lo suficientemente resaltadas en su originalidad, y muestran un pensamiento propio y universal” (p. 15). Ahora bien, si el criterio de selección de los autores fue su eficacia histórica, ¿no era esperable que el de sus obras siguiera la misma pauta? Entonces la selección debería haber apuntado con certeza a El antiimperialismo y el APRA de Haya, los Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana de Mariátegui y, con un margen mayor para la crítica, a Peruanidad de Belaunde (cfr. p. 17). Como es bien sabido, son esos tres libros (y no los adoptados por Castro) los que son eficaces históricamente, esto es, los adoptados por los partidos políticos, por los grupos terroristas marxistas, las dictaduras y los difusores ideológicos del pensamiento demo-reformista católico burgués en el ámbito político. Quiero señalar que hay en esto una manifiesta contradicción: Castro apela a criterios de selección de las obras que son incompatibles entre sí. En efecto, o bien se selecciona una obra para resumir por la eficacia histórica que realmente ha tenido, o bien por su originalidad y porque padece el descuido de los lectores, en cuyo caso es evidente que la obra seleccionada es ineficaz históricamente. Volvamos a la justificación del autor: Éste ha elegido obras menos trabajadas y menos conocidas porque reflejan de manera más clara la “originalidad” de lo que “los autores pensaban” (ibid). Esta suposición es académicamente muy discutible y, como sabemos ya, lo es históricamente aún más, justamente por el argumento en torno a la eficacia. En cualquier caso, el autor debía haber demostrado antes que éste es el caso, esto es, que su selección de libros muestra a los autores más “originales” de lo que son leyendo obras más básicas o repasándolas todas para lo cual debía, además, haber redactado un “estudio” que hiciera plausible el aserto. Castro se limita a un argumento que es, sin más, una petición de principio: “nos parecen profundamente originales y son para nosotros, motivo suficiente de análisis” (p. 15), esto es, son “originales” y son elegidas, al final, porque eso le parece así al investigador.

Para comprender esta observación basta comparar su obra con un texto análogo y relativamente reciente de Karen Sanders exactamente sobre el mismo tema, felizmente famoso y difundido, y que Castro no cita nunca, ni siquiera en la bibliografía secundaria (una cortesía que Karen Sanders realmente se merece). Un excurso: Es sorprendente que en esa sección tienen un lugar holgado las compilaciones de artículos informativos de filosofía política del neomarxista argentino Atilio Boron y que, por más esfuerzo que hacemos, no vemos qué vínculo tienen con el tema del que aparecen como “bibliografía” (p. 177). De hecho, no son bibliografía de nada que haya en el libro que Castro ha escrito. Es verdad que el autor se excusa de no utilizar bibliografía aparte de la de los autores mismos que resume (p. 168, con argumentos que, por indiscernibles, omitimos comentar), pero si ha de dedicar una sección de su libro a la bibliografía secundaria y aparece Boron pero Sanders no, esto plantea la profunda pregunta de qué hace Boron ahí, ya que alguna razón debe haber para honrarlo de un modo que a Sanders se le ha negado. Lo mismo, por ejemplo, acontece con el famoso libro sobre Mariátegui del (ex) Padre Diego Messeger, posiblemente el mejor en su género que se hubiera escrito y publicado hasta la fecha de composición del texto de Castro y cuya ausencia, en cambio, es compensada por artículos sin mayor relevancia que nos abstenemos de citar. Tampoco cita en la lista de Boron los invalorables aportes de G. Rouillón sobre Mariátegui, que son famosos . No dudamos de que Castro conoce esta bibliografía secundaria elemental (puesto que conoce los artículos menos relevantes que ella) y de que la ha frecuentado con esmero y solvencia académica, pero eso justamente hace de su ausencia y la falta de diálogo con la herencia historiográfica y crítica un hecho más lamentable y, hay que decirlo, académicamente intolerable. No se puede saltar sobre 50 años de estudios peruanos en filosofía política sin el riesgo de faltar a la verdad. El caso de Belaunde, el autor más desatendido de la trilogía, es considerablemente más grave y de Haya de la Torre resumimos en lo mismo. Pero volvamos ahora a Karen Sanders.

Como es bien sabido en la literatura de historia de las ideas políticas del Perú, Sanders también, como Castro, efectúa un trabajo sobre varios autores que, para nuestra perplejidad, son los mismos que el autor que comentamos, más otros dos más, el anarquista Manuel González Prada y el conservador liberal Francisco García Calderón. La diferencia estriba en tres aspectos: El primero, es que la exposición del pensamiento de los autores va precedida por 100 páginas de reflexión sobre los conceptos de tradición y nacionalismo, que sirven de criterio de selección, algo que Castro carece. Es interesante observar que esto es así justamente, bajo el trasfondo de la eficacia histórica que, sin dificultad, hemos comprobado que Castro presupuso como referencia para su trabajo. Seamos claros: Es porque los cinco autores que Sanders selecciona han sido eficaces en la historia política peruana del siglo XX que se hace un estudio de su pensamiento precedido de un examen (enjundioso, por lo demás) de la idea de tradición, para luego adjudicársela acoplándola a los modelos de pensamiento que cada uno representa. Pasemos al segundo; la autora de ninguna manera se arredra, ni ante la a veces copiosísima bibliografía secundaria precedente (Mariátegui) ni ante el hecho factual de dirigir el análisis a las obras “eficaces”. El tercero, en nuestra opinión el determinante, es que Sanders ofrece todo el trabajo histórico que un observador externo exhaustivo y poco complaciente (cual es nuestro caso) esperaría de un “estudio del pensamiento” de cinco autores, tanto para la exposición de los autores como para su contexto socio-histórico y político . Los reseñados por Castro, que son sólo tres, a pesar de haber sido sometidos a un ideal de trabajo aparentemente ligado a la “objetividad” (p. 18) y dependiente de las cosas mismas, hace aparecer a los pensadores casi sin contexto, sin ninguna precisión cronológica (las fechas no son el fuerte del libro, remito a la fuente) e, incluso, habrá que decirlo de una vez, sin evolución (ya que sin fechas), como si las obras resumidas hubieran sido creadas de la nada, carecieran de historia y fueran conceptualmente anatópicas (¡y como si eso no fuera problema!). Nada hubiera costado, al menos, una breve historia de 4 páginas en cada capítulo explicando el contexto de la obra específica. Y el problema derivado de su ausencia puede ser tremendo.

Como muestra un botón: El Belaunde de Castro nunca fue filofascista, por ejemplo, pero un estudio serio, interesado en la eficacia histórica del pensamiento de un filósofo, no puede prescindir de eso, ni menos hacer de cuenta que es inexacto (p. 151). Se trata de un tema que no sólo se puede verificar con la compilación al respecto -tan famosa, pero que tampoco aparece en la bibliografía- de José Ignacio López Soria , sino leyendo al propio autor en su correspondencia con su íntimo amigo, el Marqués de Montealegre, disponible a mano alzada en el Instituto Riva Agüero , que es la institución peruanista de cuyo auspicio ha sido posible la composición de la obra (p. 15). Para Castro el “estudio del pensamiento” de Belaunde parece prescindir de ese detalle. Nosotros creemos que este tipo de incumplidos a la memoria afecta gravemente, para comenzar, el objetivo explícito y reconocible del propio autor, que es la comprensión histórica de los textos “objetivamente” (p. 18). Por ejemplo, en este caso ese proceder oculta los orígenes y parentescos nacionalistas y fascistas de la genealogía del concepto que Belaunde tenía de la peruanidad y que es un derivado del pensamiento nacionalista conservador. Belaunde no fue fascista, pero Mussolini le era realmente muy simpático , y de él procede una defensa del corporativismo en la que fue también adherente el Marqués de Montealegre, su amigo, que murió en 1944 rezando por Roma.

Obviamente, la lectura de la Síntesis viviente, impreso después de la Segunda Gran Guerra, en que los nacionalismos fueron derrotados por los liberales y los comunistas , viene a significar una necesaria reelaboración de nociones cuyo contexto conceptual estaba impregnado por el fascismo, y peculiarmente por el régimen nacionalista italiano, que tanto Belaunde como otros de su círculo elogiaban contra el liberalismo político. Es necesario anotar que Belaunde, además, era partidario de algún tipo de ultramontanismo, no muy moderado, lo cual explica buena parte de su concepción política respecto de la Iglesia como instancia de universalidad (Castro trata el asunto en las pp. 155-161, aunque se cuida de no hablar del ultramontanismo). Estas son cuestiones históricas, y el que se las omita es una injusticia para el pensamiento histórico. Al parecer, a Castro el fascismo le parece impresentable, al extremo de tratarlo peor que al nazismo (p. 151), contra el que Belaunde, en cambio, sí se situaba como objetor; de esto, por cierto, no se deduce que Belaunde no fuera favorable a Mussolini y, lo que es más importante, tampoco impide que el esquema nacionalista siga presente en el pensamiento recargado del Belaunde posterior a 1945 aun cuando no trate más el tópico. Pero ¿no equivale esto a pensar libros sin contexto? Esto parte de un punto de vista a-histórico altamente cuestionable, en la misma escala en que lo son las historias narcisistas que narran el pasado como la lucha por la ciudadanía y los derechos que hacen hoy los historiadores y sociólogos, como si los conceptos fueran intemporales y las complacencias del presente pudieran suprimir el pasado y su vigencia. Pero esta vigencia es, además, su eficacia histórica, y lo es en el sentido más eminente de la expresión, pues constituye su comprensión y es también, por ello, su racionalidad y, en última instancia, su verdad. Podríamos haber tratado la forma en cómo se presenta a la Unión Soviética desde el punto de vista de Haya en el capítulo I o la manera en cómo se sustrae de contexto el debate contra la filosofía reaccionaria en Mariátegui en el III, pero el espacio disponible no nos permite colaborar con el profesor Castro a esos respectos.

Para terminar, es importante tratar un tema que constituye un subtexto fundamental en la obra de Castro, que es la concepción que los tres autores seleccionados y sus obras tienen de la modernidad. El propio autor reconoce que es una cuestión trascendental (p. 168); en efecto, para cualquier lector no muy distraído de Haya, Mariátegui y Belaunde es obvio que hay una relación tensa entre su pensamiento y la modernidad al extremo, incluso, de que puede afirmarse, como parece insinuar el autor, que llegan a situarse en una hermenéutica que la tiene por núcleo . Esto se confunde con un fuerte y reiterado recurso a filosofías como el voluntarismo, el pragmatismo y el vitalismo, que Castro menciona siempre de modo extraordinariamente genérico, sin remisión a fuente alguna, sin especificaciones de tiempo o evolución en las obras que hacen de horizonte de inteligibilidad a los libros resumidos. Se trata de un tema significativo, pues tanto la filosofía de la historia de Haya como los libros resumidos de Mariátegui y Belaunde tienen sentido en un contexto general de corrientes de pensamiento contramodernas y antimodernas, antiburguesas y contestatarias contra la koiné liberal neokantiana y positivista de la Belle Époque, tanto en el sentido político como en el epistemológico de esas expresiones y corresponde a un parentesco contextual en la historia de las ideas de fines del siglo XX. El tema es lo suficientemente serio como para ameritar un auténtico estudio de fuentes, del que no hay el menor asomo en el libro de Castro y que se hace más grande en tanto el autor lo promete (p. 19) e incluso casi lo concluye . Como sea, del voluntarismo, el pragmatismo, el relativismo o el vitalismo, sin indicadores apropiados ni referencias de contexto, no quedan sino meras palabras; Castro se refiere así a un cierto “élan” o “clima” de “corrientes vitalistas” (pp. 26, 42, 46, 51, 107). La referencia insustancial da la impresión de que el autor se hubiera limitado sólo a entresacar los nombres de los libros abreviados, sin la molestia adicional de informarse de su complejidad, actitud poco rigurosa que, por cierto, daremos por falsa. En todo caso, es lamentable que la empresa propiamente filosófica de un libro de filosofía se haya concluido sin hacerla.

Ahora bien, investigar las fuentes genuinamente filosóficas que le dan sentido al “estudio” de “filosofía y política” es una obligación. En términos de historia de las ideas, no es lo mismo el vitalismo alemán que el francés, para referirnos a la locación de las ideas, ni el voluntarismo de Nietzsche ni el de Schopenhauer o el de Wundt, para tratar de autores, ni el irracionalismo de inicios del siglo XX comparado con el del periodo de entreguerras, para referirnos a la cronología. En el texto de Castro todos estos matices se sueldan de modo que “vitalismo” se usa de manera tan extensa que ya resulta largamente no académica. Y entonces mencionar que había “vitalismo” en Haya, en Mariátegui y en Belaunde (como hace el autor) no significa nada, incluso si es cierto (como es el caso). Nada de nada. Un ejemplo: El vitalismo puede ser democrático (como el que influenció en el Grupo Norte y al APRA, y hablamos de Walt Whitman o Emerson) o irracionalista y aristocrático (como el que era del interés de los novecentistas, y hablamos entonces de Wundt o Nietzsche); Castro, por su parte, sólo menciona, con una insistencia ostensiblemente exagerada, a Bergson (pp. 42, 70, 88, 102, 105, 107, 113, 141, 143), de quien no cita ni frase ni libro alguno. Por otra parte, y no es mucho pedir imaginarlo, Bergson es un hombre que vivió muchos años y escribió diferentes cosas, un conocimiento del que es indudable que Castro debe estar enterado; hacer mención de él hasta el hartazgo no ayuda en nada a comprender el contexto al que supuestamente se apunta al colocar su nombre. Lo mismo puede decirse de Georges Sorel u Oswald Spengler, citados sin que obra alguna suya asome el tintero y a veces sin rastro de su nombre completo. Ni una palabra de Wundt, Emerson o Vasconcelos que, para el efecto, virtualmente no existen, lo que nos excusa de mayor enjundia.

Mucho es lo que sugiere la lectura del texto del profesor Augusto Castro. Una serie de detalles quedan fuera de estas líneas por el carácter excesivo que he debido acreditar para que no quede duda alguna de nuestra positiva buena voluntad. ¿Cómo no comentar, sin embargo, la afirmación extraña de que los autores fueron influenciados por la educación de “principios del siglo antepasado” (p. 19), algo que tomamos por error de edición, pues de otro modo es disparate? Un sinnúmero de detalles de tipo análogo, imprecisiones y saltos cronológicos inaceptables quedan aquí en suspenso por falta de espacio. Por lo demás, no hay mayor interés para quien esto suscribe que el crecimiento de la conciencia histórica de la filosofía peruana. Pero no hay esfuerzo que pueda ser tan grande en el mundo moral que pueda justificar que se ponga en riesgo, de manera reiterada, los presupuestos más fundamentales de toda comprensión académica auténtica de un texto de historia del pensamiento político peruano, y menos aún si se intenta como “estudio” de “filosofía y política en el Perú”, peor si se sigue la pretensión de ultimidad del vocabulario positivista que observa involucra la hermenéutica de nuestro pasado -y, demás está decirlo- de nuestro presente, bajo el ángulo de la “objetividad” (p. 18).

El mérito del autor, haber enfocado su trabajo en la eficacia histórica del pensamiento político peruano, es ya un viento favorable para un cultivo que, por ahora, dejando solitario a Castro en compañía de historiadores y abogados, tiene su asiento en las universidades públicas, en los largos y enjundiosos (pero indispensables trabajos) que llevan a su cargo José Carlos Ballón, David Sobrevilla (desde la Universidad de Lima) y sus colaboradores, bajo el penoso expediente, muchas veces, de la penuria por la supervivencia, rival radical del pensamiento y obstáculo inclemente del investigador sanmarquino. Esperamos con gran interés más trabajos del propio Castro. El Perú exige su propio pensarse, exige su arraigo como todo lo que, por no prosperar, se ve abismado al perecer y en la experiencia de su propio precipicio, también, a recuperarse del olvido de su propia urgencia. Está también, por cierto, la fábrica de la globalidad, el pensar transnacional y anatópico, el pensamiento único, ése que es del avance de la barbarie. Está el recuerdo administrativo, la forma de hacer historia de quienes se niegan a la propia alteridad, tan renuente (y opuesto) a la genuina memoria pensada y tan entusiasta, además, con las historias sistémicas, esto es, con las memorias que se acomodan publicitariamente a los fines de los anónimos poderes fácticos de la civilización tecnológica. Pero para su servicio, sin duda, no somos llamados los filósofos, ni tampoco los que comentan a los filósofos.

viernes, 14 de marzo de 2008

Ilave, Ontología de la violencia o el terror en el Altiplano




Ilave, ontología de la violencia
O el terror del Altiplano


Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal

No suelo publicar aquí cosas académicas sino cuando me las solicitan y sus dueños editoriales no se oponen. El presente es un artículo impreso por la Revista de filosofía Solar (Lima), Año II número 2, 2006, pp. 35-50. Lo presento aquí en versión revisada y, por lo demás, definitiva. Creo que hace un conjunto con mis artículos de filosofía y hermenéutica política de los últimos 5 años.


El evento

Un buen día la televisión limeña dio el triste espectáculo de un hombre asesinado brutalmente por el pueblo, bajo la acusación de corrupción. El pobre hombre, antes de ir a morir hecho un guiñapo a un hospital local, fue primero paseado por las calles por la turba indígena, apedreado, molido a golpes y vejado de diversas maneras. Curiosamente, ese hombre no era otro que el alcalde electo democráticamente, que apenas si llegaba a meses de ejercicio al servicio del Estado. Fue así como, de buenas a primeras, una ciudad aymara comenzó a existir. Su nombre era Ilave. Y digo “comenzó a existir” en el sentido más originario, en un sentido hermenéutico. Hay una perspectiva desde la cual hay un antes para Ilave en el que éste no era, y hay un ahora en el que éste aparece como una realidad. Aunque el Perú cuenta con un listado anual relativamente extenso de casos de desorden civil análogos al de Ilave, sin duda el fenómeno parece prestarse más a una lectura sociopolítica de la gobernabilidad democrática que a un análisis filosófico. Sin embargo, creo que hay un punto de vista desde el cual Ilave puede permitir internarse en lo que voy a intentar describir adelante como un horizonte trágico acerca de la violencia que es del fondo de la racionalidad política moderna. Puesto que el Perú es en términos formales un Estado democrático, y doy por innegable que el marco de la política liberal es el punto focal de nuestra autocomprensión como destino de actores políticos en la modernidad tardía, la cuestión de la génesis de Ilave como un Alguien en el contexto de la violencia nos da una pista singular sobre la clase de diagnóstico que habría que hacer, no sólo sobre una forma histórica de entender la democracia, que permite llegar a ser a alguien bajo el hito de un crimen, sino también sobre el rol más general que la concepción liberal de lo político permite jugar a la noción de un Otro en tanto evento interno de su propia sustancia. Al parecer, hay otros en la narrativa democrática cuyo lugar hermenéutico, antes que el crimen, es el delito. Y si alguien tiene por génesis el delito, es que su presencia misma, su modo de ser narrativo, consiste en su prohibición.

Ilave es un pequeña ciudad comercial aymara de la altiplanicie del Titicaca, a 4,000 metros sobre el nivel del mar. Allí la altura impide el crecimiento de los árboles y, de cuando en cuando, las heladas hacen inviable la existencia de buena parte de la población, tanto de alpacas y llamas que mueren de frío, como de niños que siguen la misma suerte. Ilave está a dos días de viaje de Lima. A un día desde el Cuzco. El ajusticiamiento popular del alcalde tiene los visos de una auténtica sublevación. Aunque la prensa de Lima se esmeró durante semanas en adjudicar el fenómeno a meras cuestiones de legitimidad política, narcotráfico, descontento con políticas públicas o a la influencia de sectores radicalizados de ultraizquierda, el hecho visual es que la sublevación no muestra delincuentes. Las fotografías e imágenes de prensa, aunque rotuladas al capricho, y esmeradas en mostrar siniestros sicarios encapuchados, no dejan de revelar cuadros manifiestos de mujeres andinas con niños a la espalda, viejos campesinos vestidos con ponchos y gorras a la usanza del siglo XVIII y grupos humanos armados, a lo más, con palos y huaracas (hondas). La agenda máxima de esta gente es desconocida, aunque sin duda lo que se exige atiende al hecho básico de la propia diferencia frente a los procedimientos y reglas civiles que presuntamente debían ser la garantía tanto de su propia integridad como de la de su éxito en tanto agentes de demandas sociales efectivas. Los rebeldes no se ajustan a las directivas de la Policía, ni a las del organismo electoral que debe decidir sobre la legitimidad de las autoridades, ni a las del Ministerio del Interior, que debía velar por el orden y, bueno es decirlo, tampoco a las del Poder Judicial que sentenció a los “culpables”. Ante el clamor de las élites del poder central, al final la sublevación es sofocada violentamente en nombre de la República, la democracia y las libertades civiles. El informe del Ministerio Público del que dispongo, a mi humilde entender, sólo ha sido capaz de determinar delitos, los delitos típicos de un desorden vulgar, que ameritan penas individuales a delincuentes individuales. Pero el pensar tiene la suerte, sobre los jueces, de que no estar atado por el Estado de Derecho. Una sencilla fenomenología de los hechos revela, bajo la óptica de una narrativa, que la tragedia de Ilave no es ni puede ser la actividad punible de uno o más delincuentes. Es innegable que estamos ante un conflicto político, un tipo de conflicto cuya hermenéutica trataré en términos de reconocimiento. Todo conflicto gira en torno a demandas. Pero lo que me permite el enfoque propuesto es que historias como la descrita responden a acciones políticas cuyas demandas son más que peculiares. Hay tres rasgos que hacen de la acción política de Ilave y su orden de demandas un horizonte hermenéutico que se acerca más a un aparecer que a un pedir.

1.- De un lado, Ilave corresponde con una agenda colectiva, pero que es característicamente no orgánica o corporativa. Como otros fenómenos análogos en la floreciente democracia peruana, no es posible identificar con precisión ni los términos de la agenda ni organización alguna de la que pueda decirse, “ésa fue”. Al contrario. Parece que “todos fueron”. Tampoco puede decirse a ciencia cierta qué quieren, mostrando casos como éste demandas múltiples, inviables y muchas veces contradictorias. Eso explica por qué la prensa puede responsabilizar a la vez a los comunistas, a los narcotraficantes, a los dirigentes aymaras e incluso, per absurdum, a funcionarios de la propia Alcaldía de Ilave. En otros casos de sublevaciones análogas esta ubicuidad del agente alcanza el grado de comedia hermenéutica, pues la prensa y los agentes políticos acusan a la vez al gobierno anterior de derecha, a miembros del partido del régimen presente, a los partidos de izquierda, a la centrista APRA, a los sindicatos, a los terroristas y hasta al clero, sino es que no ya a todos a la vez, como en un canto de cierre en una ópera de Rossini.

2.- De otro lado, el acto violento no es el resultado de una acción deliberada. No hay un agente singular o colectivo que haya resuelto cometer uno o varios crímenes, como en una pandilla o una mafia. En este sentido, la decisión no le corresponde a nadie, no porque nadie la haya realizado, evidentemente, sino porque no hay un referente institucional orgánico cuya finalidad sea aquí un cierto tipo de violencia, como ocurre con una mafia. Desde Aristóteles, sabemos que sin finalidad no hay acción humana propiamente hablando; es indudable, sin embargo, que una acción humana puede ser muy inhumana. Digamos: La familia imperial cuzqueña es masacrada por la milicia que sigue al Emperador Atahualpa. Cientos (¿miles?) de hombres, mujeres y niños de las panacas imperiales son asesinados en el Cuzco por las milicias fieles al Emperador de Quito mientras un centenar de españoles (a todo parecer, incapaces de tal atrocidad) cruzan los Andes camino de la capital del Imperio Peruano. ¿Tuvo ese crimen “explicación”? .

Bajo el horizonte de la violencia, el carácter definitorio de la finalidad no es relevante para caracterizar la humanidad de lo que se muestra en la procesión del evento. La acción, que propiamente hablando ha dejado de ser humana, no deja por ello el escenario de los hombres; al contrario, se abisma desde un fondo más originario que las acciones humanas normales presuponen como la procesión de sí mismas para ser pensadas. En Ilave, del resultado podemos decir que es inhumano justamente porque es humano, pero en condiciones tales que lo humano va alcanzando su rostro en lo pleno, el claro de la in-humanidad. Obviamente, lo que alcanza su rostro inhumano es humano, pero sin rostro. ¿Cómo pues, puede haber en esto una acción deliberada? Si el claro de lo in-humano, el crimen reconocido, es desinvestido de su carácter de su ser deliberado, sólo nos queda una violencia cuyo camino ontológico es imponerse como historia. Pero esto quiere decir que la violencia política no es de la esencia del agente. En la ausencia de toda deliberación, la acción de un agente que es reconocido es un Nadie, el nadie sobre cuya ausencia aloja lo in-humano su quehacer y se reconoce en las narraciones que hacen lugar a la humanidad.

3.- Cuando tenemos una agenda colectiva que carece de instancia deliberante, esto es, frente a las dos características anteriores, creo que la violencia está rectamente interpretada si la comprendemos como un acontecer, como un evento vattimiano . En modo alguno son meras palabras. Una agenda colectiva no deliberante sólo existe propiamente post facto, cuando el evento que permite calificarla como la actividad de un agente es ya cumplido. Antes sólo existe una comunidad humana cuya mera existencia es ajena al acto violento y a la que le adjudicamos la agenda de demandas luego de ocurrido el crimen. Para entender esto lo único que requerimos es contrastar su situación con la de una mafia o una gavilla cualquiera de rufianes que aún no ha delinquido. Mi postura es que estamos ante un evento de destino, que tiene la singularidad de instalar por su efecto el reconocimiento político del agente como un Alguien. La pregunta “por qué actuaron con violencia” es en este punto central. Nunca puede responderse “porque eran unos rufianes”. El evento de violencia no es lo de la esencia de la comunidad que lo realiza, sino su situación. Sin embargo, si estamos en lo cierto, e Ilave ha comenzado a adquirir realidad en una hermenéutica política por medio del crimen, es porque el crimen mismo marca el evento de su ser como diferencia y que, por esa causa, la diferencia por el crimen se convierte en su identidad política.

A través de 1 y 2 establecemos que la violencia de una cierta comunidad debe ser interpretada como evento. El evento es algo que tiene sentido como acción humana porque lo reconocemos como episodio de una narrativa, tal y como MacIntyre trata el término . Aparte de esa consideración, que es relevante para el desarrollo de mis argumentos, está más que explícito para un filósofo que la procedencia conceptual de la palabra “evento” presupone la noción de “conciencia histórica” según Hans-Georg Gadamer, que es a su vez la historización de la ontología realizada por Heidegger . En este caso la violencia es evento político, por lo que la dimensión narrativa de la comprensión histórica de la identidad que se desprende de MacIntyre debe entenderse bajo la óptica hermenéutico-ontológica de la conciencia histórica en el marco de una comunidad de tradición. La comunidad accede a su identidad política como un realizar-se ontológico que es un reconocimiento, un reconocimiento que es siempre en la historia frente a un Otro de quien hay que diferenciarse y que es otro, justamente porque su encuentro supone la desarmonía en una procesión narrativa de regularidades cuyos patrones hermenéuticos no implican la alteridad. Esto presupone por tanto lo que llamaremos aquí una historia conflictual. Entiendo por historia conflictual un tipo peculiar de narrativa cuyo teleología es el reconocimiento de una comunidad en la historia de su enemistad con un otro, que deviene así en esencial para la comprensión de sí misma. Piénsese en los irlandeses católicos frente a sus invasores protestantes. Hablar de lo que son es función de su historia de agresiones y despojos sufridos por los ocupantes protestantes ingleses. En esto, la historia conflictual es de la esencia de la identidad narrativa de la comunidad de tradición irlandesa. De hecho, creo que toda ontología política corresponde con el propio reconocimiento en una historia conflictual, y aunque me gustaría citar los cursos de Heidegger de 1934 y 1935 relativos a un nosotros para tal tipo de narrativa, creo que Gadamer o el Richard Rorty más reciente son aliados con mejor acogida de auditorio, así que a ellos me atengo . Si hay una historia política inteligible como relato, y ésta es de la esencia del reconocimiento, la misma historia política será también una historia conflictual. Un evento dentro de esta historia es del instalarse narrativo del otro como Alguien, y éste es reconocido sólo y en la medida en que el significado de su actividad narrativa puede interpretarse como un evento violento. Los Hunos cuentan en la historia del Imperio Romano en la medida en que sus hordas llegan a las puertas de Roma.

Volvamos a Ilave. El evento discurre como una narración colectiva que va hacia un reconocimiento porque éste es exigido, algo que es destino porque “algo hay que hacer frente a la situación”, pero cuya consecuencia lamentable se ignora, pues corresponde a un orden de acción que es más parecido a un acaecer que a un actuar. Ahora bien, no es de mi interés justificar la violencia como un hecho inevitable, pues mi diagnóstico se reduciría a una mera apelación al irracionalismo de los hechos históricos con significado político. Pero no porque cierta violencia tenga carácter destinal debe ser ininteligible ni irracional. Por el contrario, siguiendo las indicaciones de Vattimo, asumimos que los eventos son marcas destinales, que deben y tienen que asumirse como una “cuidadosa atención” en tanto dan un norte para entender el propio envío y, en un sentido que tal vez excede a Vattimo, son el envío mismo cumplido . La racionalidad es, en este contexto, el valor de hacerse cargo de las marcas (el término es mío). Lo que marca, marca para siempre y nunca deja lo anterior “como estaba”. ¿Puede haber aquí una apelación viable al mero irracionalismo en los actores colectivos? Como teoría, es algo bastante discutible, con la salvedad de que si es posible entender ciertas realidades humanas como destino, la irracionalidad debe poder considerarse parte de la atención del pensar. De hecho, aun cuando las agendas del tipo Ilave no sean orgánicas ni deliberadas, lo que las hace razonables es que a pesar de sus consecuencias, es un hecho innegable que estas agendas encierran demandas de justicia, esto es, no son meros arrebatos cuasinietzscheanos. Comparemos el linchamiento de Ilave con la matanza de los frailes en España en 1834. Los asesinos liberales no surgían de una procesión de un excluido sin rostro; más bien, perpetraban un crimen cubriéndose el rostro que ya tenían.

Es esto último precisamente lo que permite recuperar el sentido del evento de la violencia; de hecho, toda demanda por justicia presupone un orden de sentido moral que es compartido también, al menos mínimamente, por quienes son objeto de la violencia. Luis XVI sabía que su precaria situación de 1792 era fruto de una política económica infeliz, de una capacidad de decisión política necia, de un apoyo poco razonado a ideologías extremistas y, sin duda, de haber sido cómplice en la conculcación de derechos tradicionales propia de la misma Ilustración que lo tenía en la cárcel. Por otro lado, una demanda de justicia como la expresada en Ilave es necesariamente de naturaleza reactiva. De hecho, postulo que la forma más elemental de interpretación imaginable en las condiciones 1 y 2 es que se trata de una reacción ante una situación de injusticia manifiesta. Ya tendremos ocasión de volver a tratar este punto más adelante. Si se acepta que detrás de Ilave hay una o varias demandas de justicia lo que sigue no es tan difícil de entender. El punto que me interesa resaltar aquí es que cuando uno reacciona frente a una injusticia manifiesta debe actuar, pero la reacción misma no puede imputarse por responsable, y en los casos individuales es claro que esta consideración funciona como atenuante de un delito. En un caso como el de Ilave, sin embargo, podemos decir que Nadie ha realizado la acción, pues un evento con la característica 1, siendo del acontecer de todos, es también la acción de Nadie, y el atenuante se convierte en la comprensión humana misma del evento en tanto tal, que deviene en tragedia ontológica.
La tragedia ontológica. Es y debe ser una aceptación de algo que ha pasado, que les ha pasado a los ilaveños y les ha pasado también como una historia a los agentes representativos de la autoridad democrática. Aquí el evento político es tragedia, en el sentido más estricto, porque es algo que nos tiene como agentes pero que nos excede tanto en su ser como en su significado. Creo que siempre que nos encontramos con las características 1 y 2 toda narración de efectos con un sujeto colectivo no orgánico como el de Ilave es y debe ser considerada, tanto moralmente como desde el punto de vista de la visión de su esencia, como el acontecer narrativo de una tragedia. “Hubo que hacer algo, y salió así”. Es más discutible el caso de que el sujeto sea una institución, pero no es mi propósito tratar eso ahora, pues lo que realmente me interesa es realizar una aproximación hermenéutica a los eventos políticos trágicos en las sociedades democráticas. Si una demanda de justicia hace inteligible un evento como Ilave, su ser es el acontecimiento de una reacción. Agendas como Ilave son reactivas, sino habría que llamar reaccionarias. Ilave es una reacción en el orden del ser que debe entenderse como una demanda de justicia en una historia conflictual. Es clave comprender aquí el carácter esencialmente destinal de la hermenéutica efectivamente pensada, lo que implica un asomarse desde la historicidad, no para ver su regularidad, sino para vislumbrar desde ella la plenitud de cuyo pensamiento tiene sentido el pensamiento.

Pero volvamos al punto que considero importante. La idea de que hay una demanda de justicia, pero cuyo contenido es inarticulado o contradictorio y de naturaleza reactiva, revela que el evento Ilave corresponde clara y manifiestamente a la emergencia destinal de un reclamo por reconocimiento. Esta urgencia es aún mayor porque, si estoy en lo cierto, mi sugerencia es que la aparente irracionalidad del evento violento está vinculada a un tipo de hermenéutica perversa, que concierne a un punto de partida fundamental de los Estados democráticos modernos. ¿Cuál es el punto medular de mi propuesta? Pues que la demanda de justicia del evento-crimen Ilave, en tanto exigencia de reconocimiento, es el resultado natural de la hermenéutica al uso del liberalismo globalizador estándar. La clave, creo, reside en que esa hermenéutica al uso y cuya cantinela más conocida es la utopía de la “aldea global” tiene como pretensión el desconocimiento ontológico -no digamos moral- de la noción de enemistad. Si estoy en lo cierto en mi suposición de que la historia conflictual es parte de la esencia narrativa de una comunidad, el reconocimiento en el conflicto es también el lugar hermenéutico del enemigo en la visión narrativa de sí mismo. En realidad creo que la enemistad es el elemento básico que permite comprender la existencia política como una narrativa. En este sentido, la conflictualidad, quiero insistir, es un referente constitutivo de la propia identidad (por supuesto que en sentido político, no ético, religioso o cualquier otro, con los que la medianía lo confunde maliciosa y torpemente, generando el disimulo de la irrelevancia). Me permito sugerir que ciertas manifestaciones de barbarie que se dan en las sociedades democráticas avanzadas, como los atentados terroristas islámicos de estos años en Nueva York o Madrid, pueden ser interpretados de esa manera, como la emergencia destinal del enemigo en la historia conflictual de las sociedades liberales. Admito que habría primero que apuntalar la sospecha de que puede hacerse una hermenéutica conflictual de esos hechos como he caracterizado aquí la cuestión de Ilave, aunque no veo que ésa sea una razón que deba considerarse una condición necesaria. De hecho mi intención es sólo que sea una condición suficiente.


No negociable


Ahora bien. Voy a postular que tener un carácter de ser político, que es lo que adjudico a las demandas de justicia de los ilaveños, es algo que la política del Estado liberal moderno, como ontología, sólo está capacitada para aceptar desde el evento violento. Esto es, propongo que la lógica del reconocimiento por instancia al crimen es parte constitutiva de toda hermenéutica de una narrativa conflictual liberal. Es cosa de suerte si los Ilaves son frecuentes o no, y como cuestión sociológica, no pretendo que toda narrativa del Estado democrático tardomoderno implique la violencia como reconocimiento, aunque debo anotar que es difícil entender cómo puede una comunidad política reconocerse en una historia, aunque no en una historia conflictual. Supongo que algo tiene que ver el grado fáctico de prosperidad general, y que las sociedades opulentas son más afortunadas en lo que respecta a la precariedad de esta clase de eventos, aunque crímenes como el de la Estación de Atocha invitan a sospechar lo contrario. Lo único que quiero dejar sentado es que el evento de la violencia como demanda de reconocimiento es una consecuencia de los patrones de comprensión que el propio universo liberal ha creado para la justicia y que, en ese sentido, obedece a una comprensión de las relaciones humanas que implica una ontología política que es propia de la modernidad. A este respecto, allí donde haya un Ilave, el diagnóstico no es sino éste: El liberalismo político está haciendo bien la parte fea de su propio trabajo.

Antes de continuar deseo responder por anticipado a la siguiente pregunta. ¿Por qué explicar el evento Ilave con una hermenéutica política? ¿Por qué una ontología de la violencia? La respuesta es que el carácter de evento del crimen de Ilave es esencialmente político. Es político desde la esencia de lo político y a partir del concepto de lo político, para usar una referencia a Carl Schmitt . Esto supone que así como hay conflictos políticos, hay formas no políticas de conflicto, y que sólo los primeros ingresan a la historia conflictual y las segundas no. Por otro lado, es un lugar común que no todo lo político implica la violencia, pero es una característica de la ontología de lo político que doy por sentada que su límite hermenéutico es la violencia, de tal modo que el pensamiento mismo de lo político presupone su realidad . Creo que no es difícil aceptar que lo político es fundamentalmente un quehacer negociado sobre conflictos, como lo ha notado recientemente Stuart Hampshire , aunque eso no implica la realidad efectiva del conflicto como tal. Con este presupuesto recordemos la característica 2 de agendas de comunidades como la de Ilave. Se trata manifiestamente de una agenda no propositiva, quiero decir, no contiene una sustancia conceptual negociable. No hay nada específico qué negociar (pues entonces se negociaría y no habría conflicto) o, por lo menos, no hay nada inteligible qué negociar (pues entonces, igualmente, no habría conflicto). Que no se tome a mal que parta del supuesto razonable de que todo el que quiere algo negociable no tiene conflictos, sino negociaciones, y que sólo hay violencia en el límite. Más aún, insisto en que hay que aceptar de antemano que, de hecho, la existencia política está constituida en su esencia por negociaciones que presuponen rivalidades más o menos serias entre la gente y que, en realidad, sólo se acude a la violencia cuando la negociación o la conversación es fácticamente imposible. Soy consciente de que una cada vez más intolerante cultura de la protesta recurre a la violencia sobre temas negociables, pero es implausible adjudicarle un comportamiento de violencia posmoderna de facciones a un pueblo aymara que vive casi literalmente en el siglo XIX. Suponer que la violencia sólo es posible cuando el margen fáctico de diálogo se ha traspuesto no es mucho pedir. Sólo que adelanto que no es lo mismo llegar a la violencia como resultado del fracaso de la negociación, que el que de pronto la violencia aparezca como evento. En ambos casos hay historia conflictual, pero sólo en el segundo estamos ante un problema de reconocimiento, pues en ese caso el que es violento busca participar de una historia en la que antes de la violencia está narrativamente ausente.

Ahora bien. Definamos el conflicto como el resultado de una demanda no negociable. Por lo general, cuando una demanda de ese tipo corresponde con un horizonte de hermenéutica política, estamos en el límite de una relación de enemistad, en el sentido schmittiano del término . Las demandas negociables no requieren de enemistad genuina aunque, por cierto, la negociación política no implica llegar a la demanda no negociable. Tomo por “genuino” el fondo apelable de la violencia, como una violencia legítima, cuando se comprende que la naturaleza de la negociación atenta contra el reconocimiento. Para efectos de mi observación, es justamente esto lo que sucede cuando se cumplen las condiciones 1 y 2 anotadas arriba, aunque sin menoscabo de que pueda ocurrir también bajo condiciones diferentes. Si esta suposición es correcta, entonces todo conflicto político acompaña fundamentalmente una demanda de identidad, en la que el elemento no negociable es de la esencia misma del reconocimiento. El conflicto es en su esencia la exigencia en el orden del ser del ser de alguien que, en lo político, es la de un Alguien cuya definición implica la apelación al ser del Otro por quien ha sido despojado de su dignidad en tanto que Otro en una historia de conflicto. Con Ilave, por lo tanto, propiamente hablando, no se negocia nada hasta después del crimen. De otra manera el crimen no tendría sentido, sería un arranque irracional, una expresión de algún tipo de voluntad política cuasinietzscheana que se querría a sí misma, que existe sólo en los mitos nacionalsocialistas. Puesto que nadie negocia nada con nadie, y cuando una comunidad es atendida como un Nadie, la comprensión de su nulidad en la negociación la empuja a la violencia. “Algo hay que hacer, y las cosas salen así”.

En nuestro horizonte posmoderno es frecuente encontrar simulacros de enemistad, que se muestran como simulacros precisamente porque han suprimido la idea del conflicto como una demanda no negociable. Con esto la idea de negociación liberal prescinde de la noción de enemistad, lo que explica también que las historias de reconocimiento propio desconozcan la densidad ontológica del enemigo. Hay un repertorio “correcto” de demandas admisibles dentro de la lógica de comportamiento político liberal. En general, aparentan articularse en agendas propositivas, con lo que quiero indicar que de alguna manera son siempre objeto de algún tipo de negociación. En este sentido hablamos de derechos políticos étnicos o de género o ambientales, si es que no ya de los “derechos” de los osos de circo y las gallinas de granja. Con alguna exageración, éstas son las agendas reales o imaginarias del discurso vigente sobre la pluralidad en el lenguaje político de la modernidad supérstite. Pero, aparte de lo ya anotado, ¿qué caracteriza esos rubros de demanda por justicia, en un esquema de negociación liberal? Todas estas agendas son negociables sin límite conflictual , entendiendo por “límite” un sentido hermenéutico en el que una demanda puede llegar a ser un conflicto como el de Ilave. Pero mi interpretación es que justamente por esa causa estos simulacros de demandas no son genuinamente políticos. No hay revoluciones ni guerras ni atentados terroristas por alguna demanda propositiva como las que acabo de indicar. Los derechos de los delfines no han producido el linchamiento de nadie ni se vuela cines o mercados en nombre de sus “derechos”. Esto significa, entre otras cosas, que no puede haber historia conflictual con estas demandas, que se verán siempre como acomodos internos y reformas en términos de transacciones cuyo único límite conflictual reconocido es el delito. Agrego que eso no hace que tales demandas sean malas o poco provechosas o frívolas, ya que hay que ser políticamente no incorrecto y no deseo excluirme de la comunidad de los sensatos. Reconozco que esta razón no es filosófica, pero no todas las razones tienen que serlo.

El evento del Otro, o el Otro como evento, no debe ser entendido aquí como si la violencia fuera “la naturaleza” de su acontecer. En una narrativa cualquiera con lugar para pensar al otro como un Alguien, el fenómeno de la demanda no negociable debería ser marginal. En el advenir procesional de lo que viene, lo otro adquiere una marca de alteridad sólo cuando su aparecer se extrema en el límite de su afirmación, que en el universo de lo político es la violencia hermenéutica, el “yo me impongo (porque estoy harto de que no me hagas caso)”. No se trata de que esto sea marginal en el sentido trivial de que ocurriera pocas veces, sino en un sentido más extenso por el cual la conflictividad no tendría por qué estar asociada al reconocimiento, salvo en los casos imponderables en que éste fuera forzado por acciones injustas manifiestas de parte de un Otro y que, por lo tanto, habrían sido negociables con él alguna vez, pero éste no parece ser precisamente el caso de la agenda irreconocible e inorgánica de Ilave. La violencia es marginal porque el Ser adviene en la procesión como la emergencia destinal de la marginalidad misma. Esto es porque la negociación supone ya el reconocimiento de la enemistad, de tal modo que el telos de la negociación gira en torno a conversar acerca de cómo impedir la violencia. Pero esto último no es posible en sociedades cuyo horizonte de la perspectiva del Otro incluye a todo otro ya desde siempre como parte del “orden”. De hecho, es hasta un imperativo moral de los liberales esta clase de inclusividad, y es innegable que se trata de un objetivo que es del orden de la esencia del modelo estandarizado del liberalismo político. Voy a comentar ahora cómo ocurre esto en particular en la teoría de justicia como imparcialidad del último John Rawls (que es nuestro referente aquí), y que para los efectos es más o menos lo mismo que entenderse con el primero .

Es conocida la teoría de Rawls de “justicia como imparcialidad” en tanto sustento de la concepción política liberal, que voy a dar aquí por estandarizada por razones didácticas. La idea de imparcialidad liberal, como sabemos, tiene por objeto proponer la conmensurabilidad del conjunto de negociaciones posibles, esto es, que todas las diferencias pueden ser resueltas en un marco dado de negociación que no es otro que las reglas de justicia del liberalismo político. Esta función, que curiosamente en Aristóteles sólo parece cumplirse en transacciones con moneda, es extendida en el liberalismo político como una propuesta marcadamente ontológica acerca de la naturaleza de las condiciones justas de negociación liberal misma. Esto trae como consecuencia suponer que cualquier demanda de justicia puede articularse en términos de derechos simétricos, lo que para el informado en filosofía suena claramente al tratamiento de los derechos de propiedad. Aquí la idea de un otro es intrínsecamente impertinente, salvo que tenga algo que pedir o canjear. El hecho es que en un horizonte de autocomprensión política liberal lo relevante de cualquier negociación justa es conservar la simetría, frente a la cual la identidad del diferente sólo cuenta si puede ser ella misma también negociada. No existe la idea de la identidad como un horizonte de otro, lo que un premoderno entendería claramente si se le dijera que es preferible ser un esclavo a negociarse, lo que con algo de largueza podemos llamar dignidad. En los simulacros políticos da la impresión de que la diferencia fuera algo muy significativo, pues se habla del orgullo de ser gay o de la dignidad de las ballenas, pero la dignidad propiamente política no es ni puede ser reconocida justamente porque es en el límite no negociable, condición que la práctica de demandas de derechos característicamente no cumple. A lo más el liberalismo reconoce “dignidad” a ciertas cualidades o características que se hacen funcionales como propiedades o decisiones personales, y que como tales también son objeto de negociación. Pero esta noción de dignidad no es la que es objeto de la lucha, sino piénsese sino en los cristianos ortodoxos bajo el dominio del turco o en los católicos de Irlanda bajo la tiranía de Londres. Y para ser optimistas, voy a agregar el estatus legal de las casas nobles aborígenes y la cultura india en general bajo la benéfica Casa de los Austria . En estos casos podemos hablar de una dignidad del Otro que sin duda tiene su esencia en un límite no negociable cuya transposición significa la violencia política, cosa que en Perú habría que preguntarle a los nobles incas que, a finales del siglo XVIII, se alzaron en armas en Cuzco contra la modernidad borbónica. Las negociaciones de las agendas aludidas en los simulacros, a diferencia de los casos frente a los que los he contrapuesto, carecen del límite conflictual real, y es sabido de antemano que la protesta tardomoderna, por desagradable que llegue a ser, jamás acabará en un linchamiento o una bomba en una estación de trenes.


La insurrección ontológica


Ya arriba señalé que un evento como el de Ilave consiste en una demanda por reconocimiento, y que es característicamente un tipo de demanda política que irrumpe -por así decirlo- en una historia conflictual. Pero, ¿en la historia conflictual de quién ingresa Ilave? Porque una historia conflictual es una narración de identidad en el contexto reconocible de una cierta comunidad de tradición. Es frente al relato de identidad de una comunidad de tradición que se es Uno o el Otro de la historia. Sin duda Ilave ha puesto su límite para establecer, por su diferencia, el reconocimiento de su identidad. ¿Ante quién? La respuesta sociológica no me parece difícil. Es ante el Estado liberal democrático peruano, que no por peruano es mejor ni peor que otros Estados. En principio, he intentado hacer hasta aquí una hermenéutica de la violencia como una exigencia de reconocimiento, lo que fundamentalmente debe ser entendido como una ontología política, la de un nosotros efectual cuyo lugar es la historia en la que irrumpe. Pero mi interés no es hacer una ontología del Estado peruano, sino servirme de este caso de violencia política para hacer más viable una autocomprensión compasiva del significado político de la herencia de la Ilustración, no sólo en Perú, sino como el carácter destinal de la modernidad. Y si mi diagnóstico hasta aquí no es del todo descaminado, Ilave es un hito dentro de una historia extensa y aún impensada de insurrección ontológica, que bien podría llegar a Madrid o Nueva York, si es que no está también ya allí.
Quienes creen que la modernidad sobrevive o quienes están interesados en que persista interpretan la realidad de lo conflictivo en una ontología donde todas las demandas son inteligibles y negociables. Para que esto sea posible se requiere que el evento del pensar de la política moderna considere inesencial el hecho mismo del reconocimiento, y esto es lo que hace del terror algo de la esencia del liberalismo político, porque es ese mismo liberalismo de las transacciones sin límite el que genera la necesidad de la lucha para el otro cuya dignidad no es reconocida. He adelantado ya que éste es el caso palmario en la filosofía de John Rawls, y también que lo que digamos sobre ella es razonablemente válido para otras alternativas de comprensión del Estado liberal. En ella el conflicto como demanda en el límite de la violencia no es reconocido como una posibilidad legítimamente pensable. ¿Y por qué razón? Pues porque el orden de la negociación liberal no es nunca pensado políticamente. De hecho, Rawls reservaría para mí al acabar con este texto un tratamiento psiquiátrico o una celda. Su teoría me diagnosticaría como un miembro no cooperador del sistema de libertades, como un loquito o un delincuente, lo mismo que es el caso con los ilaveños cuando son objeto de la punición del gobierno de Lima. Dicho en otras palabras: él no podría reconocerme como un Alguien . Y esto ocurre porque en el esquema liberal de Rawls la política y lo político han sido desalojados del horizonte del ser, algo que para Rawls era “metafísica” pero no política, ¡así de curiosas son las cosas! Para el liberal no se ha desalojado el derecho a las demandas, sino el carácter de ser de las mismas, que Rawls tiene la sensatez de ubicar en alguna parte, como un trasfondo cultural en un ámbito no público sobre cuya ignorancia, precisamente, se da la política liberal. Curiosamente, para el liberal esta cultura de trasfondo se convierte en un mero objeto de creencia o lealtad sometido a reglas que, curiosamente, son ellas mismas no negociables. Es ya en ese marco en que puede discutirse el orgullo gay o los derechos de los delfines, aunque curiosamente no la identidad religiosa o el derecho a no pasar hambre. En este contexto, la densidad ontológica sólo es pensable si la historia política relevante es una sola, la de la democracia liberal, por ejemplo, a la que se reserva el ejercicio exclusivo del poder coactivo, mientras que a cualquier otra comunidad posible se la tolera en tanto tenga una vida fantasmal y sus demandas carezcan de sustancia. Creo que en este último sentido los mejores y más cooperadores miembros de una sociedad rawlsiana democrática bien ordenada son las mascotas, y las ONG que las protegen.

Pensar en la ontología hermenéutica liberal tiene curiosas consecuencias. En la medida en que lo que reconoce como demandas son siempre infinitamente negociables, el orden de cualquier historia conflictual debería ser conmensurable con una paz que se parece sospechosamente a la que cobija un Estado hobbesiano, que comparte con Rawls una visión de la esencia de lo justo que parte del desconocimiento ontológico del enemigo. En un universo moral donde no hubiera historia conflictual la historia misma en general sería una forma de autocomprensión irrelevante, y el reconocimiento sólo sería accidentalmente algo relativo a una organización narrativa de la comprensión humana. El orden liberal mismo debería identificarse como el horizonte posible del conflicto, lo que hace de la noción misma de lo conflictivo desde un otro o frente a un otro un sobrante ininteligible procedente, tal vez, de organizaciones sociales mal ordenadas o de las que debemos emanciparnos. Pero el propio Rawls reconoció que para que esto sea posible, debería preceder un orden de acuerdo sustantivo de tal naturaleza que la posibilidad de un otro radical hubiera quedado suprimida, y buena parte de su propuesta madura en Liberalismo político (1993) debe leerse de esa manera. Y esto no es problema alguno en estas circunstancias: Si en la realidad todas las demandas son negociables en un contexto de fondo de una historia narrativa no conflictual (no creo que tal cosa exista), y la prueba empírica de que la ontología que subyace al liberalismo es correcta, sería la conmensurabilidad no conflictiva de cualquier negociación. Pero he aquí que un buen día un agente colectivo inidentificable incendia la ciudad, lincha al alcalde y demanda reconocimiento, es decir, Alguien pide un inviable ininteligible. Esto ocurre; Ilave es la prueba. Pero de esto se sigue, por mera falsación, no sólo que la aludida conmensurabilidad de las negociaciones sería una presunción peligrosa, sino que, eso es lo que creo, induciría ella misma a provocar la aparición de la agenda genuinamente política, aquella cuyo límite es el conflicto, por la única vía que está libre de la generosa emancipación liberal: la violencia. Sin duda que esto no es problema alguno para una filosofía cuyo marco es el orden, no de la negociación de conflictos, sino del arbitraje de transacciones, o bien para sociedades donde la transparencia de las transacciones se ha convertido en el orden mismo de lo político. Por desgracia -y digo, por desgracia- no todas las historias son conmensurables de esa manera en todas partes, y la historia de Ilave es un ejemplo de ello.

La verdad es que todo lo anterior carecería de interés si la conflictividad como parte de la comprensión humana no existiera. Su manifestación tiene una función factual innegable. Es porque hay comunidades que protestan, y porque lo hacen con incendios, asesinatos, bombas o golpizas, que sería importante saber si es que hay no una relación política, sino una dimensión hermenéutica en que el estallido de la violencia en el Estado democrático no significa el eco de fondo de una agenda más profunda en que el Otro ha perdido su identidad y muestra que es capaz de reclamarla a pesar del Estado democrático mismo. Si la reclama como un derecho sin límite conflictual, no parece ser un reclamo político. Las protestas oficiales que tolera la democracia tardomoderna, como creo notablemente ha sugerido el sociólogo Zygmunt Bauman, pueden interpretarse como meras demandas estéticas , y lo es porque lo propiamente político de la idea de una demanda es el límite en que ésta no puede ser negociada. Por eso una propuesta gay o una manifestación por mayor facilidad para el acceso a los preservativos sexuales son (seguramente) demandas de justicia, pero jamás veremos una rebelión gay linchando un obispo, por poner el caso. No es cuestión de énfasis. Es cuestión de la clase de realidad que es objeto de la demanda. En países como el Perú las demandas masivas y violentas no están ligadas a agendas estéticas (que en sí mismas son respetables), sino que están vinculadas a cuestiones como la dignidad histórica, la identidad de los pueblos, el desempleo o el hambre, es decir, justamente el tipo de agendas que en su límite cuestionan la concepción transaccional y la ontología simétrica del liberalismo político. En el último informe disponible sobre violencia política en el Perú de que dispongo mientras termino de redactar, los “Ilaves” suman 59 casos. 59 Ilaves en 6 meses. El informe acota “sólo 9 han encontrado solución legal”.

Nunca la modernidad es del todo tardía para que alguien tenga por simpáticos a De Maistre, Adorno o Marx. No es difícil coincidir, por ejemplo, con un crítico marxista como Atilio Boron en su diagnóstico del liberalismo político en que lo que aquí llamamos simetría hermenéutica es sospechosa de los mismos defectos que antes se le adjudicaba desde la vieja izquierda totalitaria . El fracaso comunista no es, ni mucho menos, la debacle de sus críticas al liberalismo; en lo sustancial, y en lo relativo a la relación entre la concepción liberal de lo político y su relación con un Otro, cualquier crítica, comunitarista, reaccionaria, posmoderna, heideggeriana o postwittgensteinana daría lugar a sospechas análogas, pues lo propio del liberalismo político es el narcicismo, la incapacidad patológica para asumir el otro como Otro. Una incapacidad narrativa que es también, por eso, ontológica. Si hay un otro, es para domesticarlo, colocarlo en una jaula, tratarlo de “etnia” o convertirlo en la mascota del pensamiento de lo irrelevante. Pregunto, en esta situación, que es también el ser procesional de lo ya-en-camino: ¿No podría ser la violencia del destino del liberalismo político? Ilave revela, en su emergencia, el horizonte ontológico de la hermenéutica liberal: El desconocimiento del Otro y su empuje hacia el evento violento, el rechazo de la historia conflictual y la incapacidad para lo político, que es sustituida por el quehacer del simulacro, la autoafirmación patológica en el narcicismo y la quietud como testarudez de una república cuyos ciudadanos, anónimos, despojados de su rostro, huyen esperanzados para reconocerse a sí mismos en el horizonte dignificador de la muerte. Este horizonte, fuera de crear apariencias destinales en un momento tardío de la ontología de la técnica, ¿no podría ser parte de una agenda liberal oculta de dominación, ideología y alienación? La planetalización del liberalismo político, ¿no estará sembrando Ilaves globales? Y, en ese caso, ¿qué haremos?



Mirada al Abismo


Cuando el Otro insurge, y lo hace porque su rostro requiere de la inhumanidad, es porque las condiciones que hacen posible el pensar como un vínculo están ausentes. El mundo de lo políticamente correcto, el mundo del pensamiento único, el mundo de la identidad entre mercado y libertad, es también el muelle mundo de los pacifistas satisfechos. Pero en ese mundo no hay otros mundos posibles pues es un mundo que ha desconocido el espejo de su propia diferencia. Y cuando eso ocurre, ¿deja sin embargo de clamar el Otro desde su Otro mismo? ¿No es el Otro como Otro quien, desde los tiestos de su olvido, se ve obligado a exigir allí donde simplemente debía estar? El que, olvidado, lo es hasta la supresión de su rostro, ¿no lleva en sí el envío de su propia autoposición como Alguien desde el conflicto? Esto ¿no es acaso una hermenéutica de la reacción? Es la reacción como hermenéutica. Hay que recordar, como lo ha hecho Gianni Vattimo -con quien no nos une adherencia política- que la reacción o el pensar en términos de reacción es algo que hoy, lejos de ser una mera tarea beata, ha dejado de estar deslegitimada como evento; en tanto “la modernidad ha concluido”, la reacción se hace pensable como el advenir de un ámbito insospechado que, en tanto la verdad del olvido y, por ende, la forma de ser del Otro, es también la tarea de verdad de nuestro tiempo. Ilave así lo revela.

La propia historia -y más aún la historia de nuestro pensar- en parte es un fenómeno de reconocimiento de la agenda contra el globalismo moderno en la reacción, que es fundamentalmente un pensar que, puesto que se instala desde la negación política que es mercado, clama desde la miseria de la alteridad que la modernidad misma significa como su esencia . La reacción contra la dominación mundial del pensamiento único, la reacción contra la asimilación del hombre al molde ontológico de la fábrica, la reacción como pensarse desde la herencia de lo pasado que es reconocida y se reconoce a sí misma como un evento postrero del fin de los metarrelatos. Eso es Ilave, presagio del pasado . El rostro del recuerdo, el retorno procesional de los desamparados que emerge desde el olvido ontológico de la Ilustración. Ilave es el alegato ontológico de la memoria a la urgencia del pensar en un tiempo, el tiempo en que el mundo ha devenido ceniza para una penitencia sin Pascua.

jueves, 14 de febrero de 2008

Lumières, tradition et post-modernité. Le plaidoyer de la Reine de la Nuit





Le plaidoyer de la Reine de la Nuit
Lumières, tradition et post-modernité


Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Mayor de San Marcos

(Traduction: François Rambaud)

Introduction


Le 20 septembre 1791, Mozart célébrait la victoire des Lumières sur la Tradition. A Vienne, on donnait la première de La flûte enchantée. Les Lumières mettaient en scène leur succès dans un récit émancipatoire, dans lequel la lumière de la rationalité affrontait les ténèbres du Royaume de la Nuit dont la reine, la tradition, reconnaissait sa défaite. Son époux avait été vaincu par les Lumières, à qui il avait accordé toute lumière, toute promesse. Dans ce récit, la tradition reconnaissait la destruction de son pouvoir et son irrémédiable échec historique. Mozart reçut ainsi l’hommage de l’archi-éclairé archiduc Joseph II à Vienne, tandis que la sœur de celui-ci, Marie-Antoinette de France, depuis la prison, s’approchait de sa mort. Deux ans plus tard, en effet, le très éclairé règne de la Terreur hanterait Paris. A peine huit ans plus tôt, Zöllner, le pasteur protestant de Berlin, se demandait « Qu’est-ce que les Lumières? Cette question –avait-il déclaré- (…) il faudrait y répondre avant de commencer à éclairer! . Kant prétendit y avoir répondu en 1784 dans l’article Qu’est-ce que les Lumières? Sa réponse était possible par le recours à une curieuse narration a priori, présente dans les opuscules sur la politique et la philosophie de l’histoire. Sa réponse était celle-la même qui lui permettrait par la suite de juger la terreur de 1793 avec une remarquable bienveillance . Sapere aude! disait-il. Pense par toi-même! (et tu me donnerais raison).

Pour Kant, la terreur révolutionnaire était un “faktum” de la raison. Cela révélait un récit a priori qui culminerait avec l’instauration du libéralisme politique, du républicanisme et, en définitive, d’une sorte de royaume de Dieu sur terre. Pour lui, son récit était toute la réponse nécessaire à Zöllner parce qu’il était intrinsèquement rationnel. Il n’admettait ni question ni critique, mais seulement une souscription a priori. Mais cela n’est plus possible dans la post-modernité. Et cela nous rend le droit de nous demander une fois de plus, avec Zöllner, si nous voulons un récit éclairé des Lumières. Désormais la Reine de la Nuit demande à être écoutée. Elle a un récit à raconter, et elle nous réserve son propre aria.


I



Tout d’abord, je dois dire que je pars d’un fait. Nous devons reconnaître que la conversation philosophique de notre temps a dispersé d’une telle façon les stratégies pour reconnaître une argumentation comme « rationnelle », qu’il semble que la communauté philosophique soutient une sorte de conversation discontinue, kaléidoscopique, avec des argumentations parallèles incommensurables entre elles. Cela semble être une conséquence de l’ennui philosophique pour les fondamentaux. La fin de la modernité dans un bâillement. Dans un sens général, cette situation de fait a pris la forme d’un factum de la raison. Un factum de la raison post-moderne. Dans le monde éclairé, Kant pouvait identifier dans l’a priori les traits distinctifs de la rationalité avec une certaine aisance. Maintenant, quelle que soit la manière dont on prétende la caractériser, le fait est qu’elle se réalise comme la recherche d’un droit. Des rivaux sont en procès dans un jugement évaluateur pour lequel leurs raisons sont toujours, pour le dire dans le vocabulaire de MacIntyre, face à une version rivale . La critique, face au patrimoine rationnel des éclairés, toujours juges, toujours procureurs, participe aujourd’hui à un procès dont les parties réclament une loyauté qu’ils doivent constituer dans le plaidoyer. Et dans le plaidoyer judiciaire, chacune des versions des faits a recours à un récit qui est toujours le sien et qui, en tant que tel, nous engage de sa part.





Chaque récit du conflit réclame notre loyauté. Le factum de la raison post-moderne consiste à être convaincus que quelqu’un devrait l’obtenir, malgré le fait qu’il ne puisse jamais aller au-delà du conflit. Et c’est là que chaque récit constitue ses raisons (et son éventuel succès), sur une histoire qui le justifie, comme une narration. Cela est vrai aussi pour les Lumières, leurs croyances et leurs institutions. Cela est vrai pour la version moderne de la rationalité qui les soutient, cette reine des sciences déposée, dont le mandat devait être la base, dans la pure episteme du sujet. Maintenant, les maîtres de la critique et les procureurs sont devenus avocats. Le débat contemporain est celui de la modernité et de ses critiques. Entre ceux qui défendent le monde moderne et les Lumières, face à ceux qui refusent ses prétentions . Mais, que l’on soit pour ou contre, le débat s’articule en termes de narration de conflit. Et une narration a cela de distinctif qu’elle implique de souscrire à la substance du récit, pris comme une certaine tradition. Il n’y a pas de narration philosophique de la rationalité qui ne présuppose de souscrire à une tradition, prise comme sa substance. Ceux qui défendent la version éclairée de la modernité doivent assumer qu’il y a une tradition substantive dont ils participent. Ce que je vais tacher de montrer par la suite, c’est que cela conduit les éclairés au paradoxe d’avoir à méconnaître leur propre projet.



II

Un jour Kant, convaincu par un récit éclairé qu’il pressentait comme étant non seulement digne de crédit, mais également le seul rationnel, proposa depuis l’ineffable monde de l’a priori le slogan Sapere aude!, ose penser par toi-même . Ce slogan désignait un but narratif, le sens à partir duquel l’on se situait dans la modernité, dans l’histoire des Lumières.

Le slogan était très optimiste : il y a une identification implicite en lui, des plus évidentes, entre l’exercice de la rationalité et les Lumières. La prise de possession du slogan kantien est une demande pour approuver l’histoire de la modernité, et dans ce sens, la prescrire également. Le slogan indique qu’être rationnel oblige à être éclairés. À être théoriquement, pratiquement, politiquement, éthiquement éclairés. Son télos narratif consiste dans la validité et l’instauration définitive des croyances morales éclairées et dans le républicanisme politique. Du point de vue narratif, les Lumières se justifiait par un télos: l’appel moral universel à la révolution française. Kant l’avait anticipée comme prophète, et la jugea ensuite comme l’évidence factuelle de que son récit de la modernité était effectivement le récit corret, le seul récit rationnel possible des faits. Le slogan Sapere aude! était la version résumée et menaçante d’un ordre a priori pour justifier la rationalité comme l’exercice narratif de la pratique révolutionnaire.

Le but narratif du slogan éclairé peut se résumer dans la notion kantienne de Respublica Noumenon . Une république morale où les citoyens se reconnaissent mutuellement une dignité égalitaire et se réalisent éthiquement dans la liberté. Ce but est une exigence « rationnelle » dans un sens doublement moderne. Tout d’abord, elle définit la rationalité pratique sur la base d’un modèle épistémique, avec le recours à l’actualité de l’a priori. Le républicanisme et le libéralisme politique, que postule la Respublica Noumenon, sont une exigence a priori qui demande son objectivation pratique dans le monde. Cela est « rationnel », précisément et seulement parce que cela a la validité d’une loi scientifique. Ensuite, cela est « rationnel » parce que cela fonde la validité de son contenu sur la spontanéité pratique d’un sujet, avec au moins un critère privé et auto-évident: l’impératif catégorique. Episteme et sujet, la modernité en tant que telle. Mais ce but, ainsi fondé sur une conception moderne de la rationalité, en demande trop. L’a priori demande toujours un accord parfait, c’est-à-dire l’impossibilité formelle d’un désaccord et de la conversation rationnelle. Dans ce cas il s’agit d’un accord politique parfait pour la Respublica Noumenon. Il faut exclure la délibération et le désaccord de notre vie morale et politique ; c’est une condition pour sa rationalité.



Dans le monde éclairé, une éthique et une politique qui admettent des désaccords et des discussions délibératives ne sont pas seulement irrationnelles : elles sont immorales. Je veux dire que dans une communauté politique constituée épistémiquement et par un sujet avec des critères privés, il n’y a pas et ne peut pas y avoir de délibération. Il n’y a pas et ne peut pas avoir de désaccords moraux qui soient rationnels. Je pense que tout récit éclairé s’achève de la même manière : sur l’instauration d’un monde éthique et politique dont la clarté a pour contraire le désaccord. Toute conversation sur des désaccords est toujours une pratique irrationnelle, un talk show, une vulgarité, un signe de retard. Et face à l’accord parfait éclairé, celui qui croit que délibérer et avoir des désaccords fait partie de la vie morale ne semble pas avoir d’autres alternatives que de reporter ses yeux vers la Reine de la Nuit. Chuter des Lumières à la Tradition, changer la version de la rationalité. Selon le récit éclairé, la tradition est le royaume des ténèbres, de la superstition, de l’irrationalité. La fonction narrative de la nuit est d’être éclairée. Mais cela est possible seulement dans une version du rationnel qui exclut ses rivaux, et pour laquelle tout rival est irrationnel ; débattre avec lui de désaccords est un non-sens. Et cela est le cas dans le monde moderne.


III



Jusqu’au début de notre siècle, le discours épistémique s’identifiait à l’exercice originaire de la rationalité. C’étaient les temps du monde moderne excluant et triomphant. Avec son modèle, inauguré par Descartes, toute rationalité était identifiée au recours à des critères pris ou calqués de l’episteme. La narration kantienne des Lumières n’a donc de sens qu’en termes d’episteme. Le but narratif du récit éclairé est rationnel parce qu’il est épistémique. Et je crois que c’est la raison pour laquelle on en arrive à une reconstruction narrative dont le sens est toujours aussi paradoxal et inadmissible que l’accord politique parfait. La Respublica Noumenon, les valeurs et les institutions éclairées, ont une nécessité épistémique. Cela signifie que, si nous devons chercher la substance de leur rationalité dans une tradition, cela devra prendre le sujet comme protagoniste, cette chose a priori bien connue sur laquelle se base sa validité. Croire au sujet finit par être une condition a priori pour tout récit pratique a priori. La seule chose que j’y objecte est qu’il n’apparaît en aucune façon que l’obligation catégorique de croire au sujet reste d’actualité. Le factum de la raison post-moderne repose sur la lassitude qu’il en soit ainsi. Mais cette lassitude a une origine forte. Revenons alors à la genèse narrative des Lumières, à l’origine de la modernité.

Le sujet, cette chose sans doute inventée dans la modernité, est un événement. En lui, quelqu’un, pour la première fois, s’est dit « Ose penser par toi-même!». L’ordre était alors une subtile suggestion, plus douce et, apparemment, moins révolutionnaire. Alors, en 1628, la Respublica Noumenon a fait germer sa proposition de considérer rationnel le monde moderne. Nous la connaissons comme mathesis universalis et elle se présente dans la quatrième règle de Descartes. La rationalité se compose, selon le texte, de critère purement épistémiques dont la source de validité est de procéder d’un sujet. Ce sont des critères privés, que le sujet ou l’esprit tire de lui-même de manière autonome. La mathesis universalis est, comprise ainsi, un projet de rationalité. Mais, de plus, la mathesis se présente comme un projet émancipateur. En effet, dans le projet de la mathesis le sujet doit se libérer d’une obsolescence qui rend difficile la réalisation de ses prétentions à la rationalité autonome. Le sujet se fait libre en menant à bien son projet. Mais cela ne se comprend qu’en opposition avec un autre projet antérieur et une version rivale de la rationalité avec laquelle il est en conflit narratif: le Royaume de la Nuit.


Les règles de Descartes ne prennent leur importance dans notre récit que parce que c’est dans le même texte, dans les trois règles antérieures à celle de la mathesis, que se définit sa posture en contraste avec un projet obsolète de rationalité dont il faut s’émanciper, mais qui était alors actuel . Et ce n’est pas un hasard si nous nous trouvons face à une version du rationnel où un slogan qui, je ne dirais pas ordonne, mais suggère de loin de penser par soi-même, est absurde. En effet, si nous lisons le projet moderne de la mathesis comme une proposition émancipatrice, nous y reconnaîtrons les traits qui définissent l’adversaire. Pour sa version rivale, il n’y a pas d’accord parfait. C’est que, apparemment, il n’y a pas non plus en elle l’idée que la rationalité doive s’entendre en termes d’episteme. Bien au contraire, la rationalité ressemble à une conversation sur la doxa, alors que la Nuit est le monde de l’opinion et du désaccord.

Au lieu d’un sujet aux critères a priori, il y a une communauté d’interlocuteurs dont la vérité se constitue par l’effet de la conversation au fil du temps. Dans ce cadre, l’episteme du sujet est sans importance. A sa place, nous avons une pratique sur les désaccords, dont la rationalité ne paraît pas avoir d’autres bases que la communauté elle-même, et son désir téléologique de se réaliser. Le texte de Descartes suggère que cela, impliquant l’invalidité d’un accord parfait, n’est possible que dans une perspective phronétique de la rationalité. C’est dans l’idée d’une rationalité basée sur la phronésis que Descartes voit la principale faiblesse de son adversaire, et cela explique pourquoi la critique de la phronésis dirige tout le texte . Descartes commence en distinguant les habitudes, les coutumes, les pratiques et les formes de vie de l’idée de rationalité. Il présuppose que ceux qui décrivent la rationalité en ces termes sont les autres narratifs contre lesquels l’accord parfait doit triompher, dans un récit orienté vers le succès de l’accord parfait. Les autres représentent ici une version incommensurable de rationalité dont la fonction narrative est d’être dépassée par une émancipation. Et la dimension morale de l’ennemi, Descartes la décrit comme le fait d’avoir à s’incorporer à un récit substantiel que nous appelons communément tradition.

Nous héritons la tradition par ce que les Grecs appelaient paideia, l’incorporation dans la vie rationnelle d’une communauté possédant précisément tous les traits que les Règles soustraient à la rationalité. Descartes propose dans sa règle III d’y opposer le Sapere aude! Pense par toi-même. Cela est déjà une exigence morale. Viens, souscris à ma version de la rationalité, unis-toi au projet narratif d’accord parfait. Sans le savoir, Descartes commençait l’histoire des Lumières et mettait dans la tradition son ennemi mortel, la Reine de la Nuit. Mais en quoi consiste le succès du récit éclairé ? En sa définition telle que Descartes la présenta dans ses Règles en 1628. Comme ce qui n’est pas la tradition. Comme les critères infaillibles et privés d’un sujet épistémique. Ce que nous avons ici est une rationalité négative : c’est ce qui n’est pas phronésis, ce qui ne fait pas allusion à la pratique, ni paideia, ni formes de vie, ni une quelconque communauté de tradition. Face à cela, nous avons la narrativité éclairée dont le couronnement moral parait être la Révolution Française. C’est dans ce caractère négatif que repose sa substance rationnelle. Et cela n’est en rien un problème, dans un monde qui se reconnaît dans le récit éclairé, pour qui être rationnel et être éclairé est la même chose. Mais en accord avec le factum de la raison post-moderne, cela n’est plus possible.


Conclusion

Dans le contexte du débat contemporain, la modernité et plus particulièrement chacune de ses versions éclairées, requiert un plaidoyer en termes narratifs. Mais c’est parce que les stratégies d’argumentation modernes, auparavant solidement établies, doivent maintenant se justifier narrativement, en prenant pour substance une tradition, la tradition moderne. C’est de cela que dépendent maintenant les croyances émancipatoires du projet éthique et politique des Lumières. Ses valeurs et institutions peuvent seulement demander une validation a priori s’il y a un récit préalable qui nous persuade que cela est réellement rationnel. Il y a longtemps qu’elles ne sont plus un factum de la raison. Que le factum est autre. Il ne suffit pas de composer des opéras pour porter aux nues l’accord parfait. Il faut d’abord le rendre crédible. Mais le hasard fait que cela exige conceptuellement le caractère négatif de la rationalité moderne. Si celle-ci prétend concourir dans le débat sur les traditions en conflit, elle doit se définir positivement, elle doit se reconnaître dans la substance d’une tradition. Elle doit devenir une version subsidiaire du Royaume de la Nuit. Cela implique de récupérer nombre de notions qui permettent à son adversaire nocturne de se reconnaître comme rationnel. Elle doit s’identifier avec quelques pratiques, avec quelques formes de vies, avec certaines croyances substantives. Elle doit commencer par ne plus raconter son histoire avec Descartes ou Kant. Mais le récit qui en résultera alors ressemblera difficilement à ce qu’elle vient de faire. Et, sans doute, nous ne pouvons pas savoir ce qui en résultera.

Il y en a qui croient que les valeurs des Lumières peuvent survivre à la crise de la rationalité moderne dans laquelle est prise notre époque. Que même sans subjectivité, sans fondamentaux, sans certitudes ultimes, les valeurs inaugurées par la modernité peuvent continuer. Qu’elles peuvent continuer, réécrites dans une conception alternative de la rationalité qui consiste dans le plaider par récits. Et avec quelqu’un, moins emprunt de subjectivité cartésienne, pour qui fonder n’est pas si important, si plein d’episteme. Avec un récit alternatif –il me semble- nous pouvons récupérer les valeurs des Lumières en nous libérant de sa version dérangeante de la rationalité. Mais cette stratégie nous oblige à admettre le paradoxe d’une renonciation conceptuelle : en refusant le projet de Descartes et la Respublica Noumenon, on assombrit le monde éclairé et terrifiant de l’accord parfait. Mais ce n’est qu’ainsi que nous aurons une version postmoderne du monde moderne, une chose fausse dans laquelle les valeurs éclairées reste entachées de tradition. Et peut-être que la conclusion de tout cela serait de recommander aux éclairés de changer leur slogan Sapere aude ! pour le nocturne Traditionem prosequi aude! Ose suivre la tradition! Dépasse ta peur de la Nuit et affronte-la. Aie le courage de te servir de la tradition! Sa Reine, après tout, se réserve le plus beau des arias.
 
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