Víctor Samuel Rivera

Víctor Samuel Rivera
El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Lima, Peru
Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Como información general, tengo 51 años, hago pesas, crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Federico Villarreal, así como en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.

domingo, 26 de julio de 2015

Francis Bacon: Ironistas y metafísicos amargados








Francis Bacon y la política del milagro
Prioridad de la profecía sobre la ironía (I/ IV)


Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

I. Ironistas y metafísicos amargados



En Ironía, contingencia y solidaridad (1989), pero también en diversas colaboraciones académicas que rodean la década de 1990, Richard Rorty recomendó la ironía como una virtud social. Rorty la representó como patrimonio y ventaja de la cultura política de izquierda en las sociedades liberales sobre sus eventuales rivales, tanto dentro como fuera de ellas; Rorty pensaba el ironismo de izquierda en contrapartida con el comunismo, que colapsaba el año de la publicación de su obra. El comunismo, si lo consideramos como una idea fuerza de la izquierda histórica del siglo XX, resulta demasiado profundo, demasiado dramático y apocalíptico y despreocupado, por lo mismo, de la vida cotidiana, que para los liberales de izquierda que Rorty desea defender es en realidad el centro de sus afanes. Ellos piensan –correctamente- que este tono dramático, apocalítico del comunismo (y de otras ideologías del siglo XX) son cosa de la religión, o de la metafísica, parte de un pasado remoto, anacrónico, aun cuando hay sólo una o dos generaciones humanas desde que ése era el tono predominante de la política. Nunca piensan estos liberales lo semejante que es su ambiente fresco y relajante a la atmósfera cortesana de las grandes monarquías del siglo XVIII, a cuya superficialidad siguió una experiencia histórica de fractura, años de guerra, hambre y desolación, en la que los divertidos cortesanos liberales de izquierda –que nunca pudieron predecir esa situación- fueron preferentemente ellos mismos las víctimas de un mundo que en gran medida fue obra de su propia banalidad. La cultura política liberal de izquierda rortyana puede imaginarse como un gran café cuyos comensales, los ironistas, transforman el pensamiento de la política en un escenario de diálogo cuya esencia va mediada por la comicidad sardónica, donde nunca hay nada que parezca ser tan importante como para alterar la conversación y pararse de la mesa para ver qué sucede allá afuera.


En el café de los ironistas hay gente a la moda, preferentemente ociosa, tecnológicamente equipada y al día en lo que considera ser la comunicación universal; piensan con una sonrisa que gestan el espacio público, un lugar hermenéutico donde lo que se halla instalado es la hilaridad; ésta es mordaz y deliciosamente cruel contra las prácticas más ancestrales y venerables de la humanidad, y no hay cultura ni cosa sagrada que no sucumba en la mesa a su humor implacable. Felicita y se congratula de las transformaciones y los cambios sociales, que busca en su risa promover, por lo que se define de izquierda; pero no hablamos de las grandes transformaciones sociales, como las revoluciones, las guerras y proyectos de gran escala de fuera de su cultura, ni de los proyectos de largo plazo, en cuya perspectiva pueda pensarse desde más allá de su propia muerte, sea para la generación que sigue o para la eternidad. Las grandes aventuras de transformación de la humanidad en un periodo largo de la historia del mundo, que llenaron de ilusión antes a los utopistas, les son extrañas, y las realidades sociales que las invocan los perturban y molestan. Si es el caso que para la utopía se requiere de un plazo mayor a la memoria necesaria para un chiste, el ironista abomina de la utopía. Se sienten extraños en su café cuando se representan los pensamientos a largo plazo que han sido tan importantes para el mundo moderno, como las ideas de Francis Bacon, pero también Jean-Jacques Rousseau, Inmanuel Kant, el conde de Saint Simon, Juan Donoso Cortés o Carlos Marx, a las que inexorablemente se juzga ser consecuencia de algún tipo de desorden mental, del fanatismo, la superstición, la ignorancia o –lo que es lo mismo- la falta de información tomada de las redes sociales americanas, que son las correctas, y una cierta dosis de imbecilidad radical, que dentro del café en cambio parece cosa rara, y se ahoga si surge en un sorbo de serio café de Colombia. Los liberales ironistas, como sea, regalan algo de seriedad para los cambios o transformaciones históricos, ya que son de izquierda, siempre que el plazo de su percepción sea breve y efímero como lo fue el sorbo anterior de café, y se halle lejos de toda consideración de lo que podemos llamar el largo plazo de la humanidad; de cinco años atrás la experiencia humana no importa nada; de cinco años en adelante, tampoco. Esas realidades de largo plazo no resultan nada graciosas y carecen de eco en la cafetería de los ironistas.

Al ironista rortyano, liberal y de izquierda, desconocerdor del largo plazo, Rorty le oponía el personaje que se toma demasiado en serio las cosas; la cultura de los ironistas tiene su contrapartida en otra cultura, más dramática, la cultura de la seriedad, la ansiedad por lo profundo y lo verdadero. Las culturas que practican poco la ironía pueden llegar a ser en

la visión de Rorty demasiado enfáticas; son amantes de la verdad, en lo cual el pensamiento de Rorty observa una cierta incapacidad para lo destacado, los original o diferente (siempre que se vea en los cafés). Rorty insistió en el valor social de la ironía porque tenía en mente –como era común en la época en que se hizo pública su propuesta-, algo que se llama hasta hoy “metafísica”, en un sentido desagradable y molesto. Esta metafísica lleva consigo las notas emocionales opuestas al ironismo: hay amargura ante la vida, resentimiento por los logros o las dignidades especiales de los demás, cierta cólera e indignación ante toda expresión o símbolo de algo serio, sea en sociedades alternativas, sea un intruso dentro del café; hay incluso un cierto deseo de venganza y afán por castigar al otro a quien, por lo demás, no se pude comprender. Un centenar de años antes Friedrich Nietzsche había diagnosticado esta caracterización de la metafísica como nihilismo, algo que consideraba un síntoma enfermizo de las mismas sociedades liberales que Rorty quería representar; para Nietzsche el nihilismo parecía prueba de la decadencia, de una complexión psicológica de comunidades sociales que, antes de haber sido superficiales, habían conocido alguna vez un tipo de vida más intenso y pleno, lo que explicaba su amargura frente a quienes excedían su propia superficialidad. Una cafetería ironista podía ser para Nietzsche –pace Rorty- también un ámbito metafísico: bajo la conversación hueca y la ignorancia de los plazos humanos más allá de la muerte escondían una inmensa amargura contra una intensidad que ellos mismos ya no eran capaces de experimentar.

 


Aparentemente el lector se halla ante una colisión de diagnósticos sobre cómo son o deberían ser las sociedades liberales de izquierda; si se encuentran o deberían estar pobladas por igualitarios resentidos o por ironistas simpáticos. Pero Nietzsche habría entrevisto que la cafetería de los ironistas era en realidad un club de metafísicos llenos de odio. En la última entrevista que en vida hizo Richard Rorty para Eduardo Mendieta Rorty expresa de manera especialmente enfática por qué el tipo de sociedad que su discurso quiso representar tenía la obligación moral de actuar como policía mundial contra los malos, esto es, contra los que podían tener un sentido serio de la existencia como antes los comunistas. El nihilismo transformado en un lenguaje social puede ser metafísico, en la más lamentable manera de expresar esa idea aunque, por supuesto, no todo pensamiento metafísico es nihilista.

Hacia inicios del siglo XX un lector peruano de Nietzsche, José de la Riva-Agüero, que conocía a Nietzsche como no muchos en su generación, hizo de la ironía la característica propia de los peruanos, en oposición a los españoles, de quienes apenas 80 años atrás venían de haberse separado políticamente; mientras los peruanos serían unos simpáticos humoristas, con capacidad para reírse de sí mismos al margen de cualquier obsesión por la verdad metafísica, sus primos españoles le parecían (y quizás aún lo sean) unos sombríos metafísicos decadentes, que parecen divertirse mucho en los cafés, pero son en realidad unos amargados llenos de odio, guiados por el afán de venganza. Aunque quiso referirse así a los españoles tradicionalistas del pasado, el lector del siglo XXI debe redirigir ese carácter sombrío tras la ironía de otro tipo de españoles, cuyos cafés son tan amenos y agitados como lo eran los de los cortesanos del siglo XVIII. En la ironía como Riva-Agüero la veía (y Rorty también) uno se distancia y suaviza aspectos de un sí mismo cuyo dramatismo se quisiera aligerar; en la metafísica del resentimiento y la venganza las cualidades y aun las diferencias del otro, por su capacidad de estimular algo tan poco deseable como el odio, elevan el punto de vista del demócrata social, que querría más bien ver a sus congéneres más parecidos a ellos mismos. Pero eso los hace tan poco tolerantes con los de afuera de la cafetería. Al parecer, ironía liberal de izquierda y resentimiento y amargura metafísicos, como Nietzsche parece haber pensado, pueden ser parte de un mismo horizonte de experiencia; el ironista rortyano ve todo pensamiento de largo plazo una auténtica amenaza a su cafetería, por lo cual deviene en perseguidor de los metafísicos, siéndolo él mismo de esa manera aún más, sólo que no en el pensamiento, sino en la acción. Y desde los ironistas cortesanos de los cafés del siglo XVIII ya sabemos qué les sucede a estos ironistas en el plazo que se sirven omitir, siendo muchas veces más corto de lo que imaginan.

¿Por qué hacer referencia tan larga aquí a la ironía y la metafísica? Porque este texto, aunque aún no aparente ser tal, es la introducción a un pensador ironista, sólo que posiblemente no liberal ni de izquierda, como José de la Riva-Agüero no lo fue. Un pensador que, siendo capaz de practicar la genuina burla de sí mismo para crear la atmósfera de un aligeramiento de las pretensiones de verdad instaladas en el mundo social fue capaz, a diferencia de los ironistas rortyanos, de pensar ese mismo mundo en un plazo largo, el largo plazo de la humanidad. Instaló la ironía como atmósfera, como espacio hermenéutico para proponer una utopía, de tal modo que el acercamiento irónico se ligó a un pensamiento del futuro y, por lo mismo, a un diagnóstico histórico que implica un cierto pensar que a la misma vez, por extenderse al futuro, no puede sino ser serio. Pero serio sin los caracteres desagradables que los antimetafísicos reprochan a la metafísca y esto fue posible, al menos en el orden de las ideas, por el traslapamiento del ironismo con un compañero insólito, que es el espíritu de profecía. Ese ironista que asoció aligeramiento metafísico del pensamiento con espíritu profético fue Francis Bacon, uno de los fundadores de la modernidad como utopía. 

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