Víctor Samuel Rivera

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El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Lima, Peru
Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Como información general, tengo 51 años, hago pesas, crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Federico Villarreal, así como en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Montealegre y el Ibero-Amerikanisches Institut (1931-1944)


Montealegre y el Ibero-Amerikanisches Institut (1931-1944)
José de la Riva-Agüero y Osma, consultor de Alemania

Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


“A raíz de su actuación en épocas de guerra y paz” –le escribe Edith Faupel al Marqués de Montealegre de Aulestia en 1933- “todos los alemanes tienen por usted sentimientos de gratitud y amistad”. El Mariscal Paul von Hindenburg le ofrecía la medalla de Arte y Ciencia del Reich. El motivo era haber escrito una extensa conferencia sobre Goethe en el primer centenario de su muerte, en 1932. Un acto de honra a la cultura alemana bastante peculiar, dado que es una singularidad dentro de los trabajos académicos de José de la Riva-Agüero. Montealegre no frecuentaba la obra de autores alemanes. De hecho, no conocía el idioma alemán. Un conocimiento de su obra revelaría sin dificultad que esta mirada a Alemania resultaba algo rara en un autor cuyas preferencias habían recaído siempre en España y Francia. Pero adquiere relieve el único hecho por el cual Montealegre había elogiado públicamente a Alemania. En tiempos de guerra, en la Primera Guerra Mundial, el entonces joven Riva-Agüero había sido un panegirista del Káiser Guillermo II, una auténtica singularidad teutónica en un mundo escandalosamente adverso a Alemania. Sus más cercanos amigos, Ventura y Francisco García Calderón, fueron –desde París- unos entusiastas enemigos del Káiser. Francisco escribió un folleto “Sobre el germanismo”, cuyo ideal debía oponerse al de Francia. Una de las crónicas más atroces que haya recibido el Káiser fue escrita por Ventura, en 1919; se titula, “El emperador se va”. En Lima, los grandes intelectuales cerraron filas en pro de la causa de los vencedores de Alemania, como el filósofo Javier Prado. Pero solitario, el Riva-Agüero de 1919 era solidario con los imperios europeos. Y así lo sabía en su escritorio e Berlín Edith Faupel mientras redactaba la carta.

Inclinemos la mirada hacia la mano agradecida que recordaba en 1933 la valentía por defender a Germania del marqués de la Calle de Lártiga. Edith Faupel era graduada como doctora en Letras por la Universidad Mayor de San Marcos de Lima, y aunque no lo he comprobado con documentos, debe haber llevado sus estudios durante “los tiempos de guerra” en que Montealegre hizo los méritos para una medalla de Alemania. En 1931 Faupel dirigía la Sección Peruana del Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín. El razonamiento es muy simple: Faupel contactó a Montealegre, a quien conocía de Lima; sabiendo que éste era un germanófilo, le pidió que hiciera el trabajo sobre Goethe. Montealegre se tomó el trabajo de estudiar un tema que no conocía, sobre el que redactó al final un texto de 35 páginas y 30 notas, que hizo imprimir con su propio bolsillo. El texto se titula Goethe. Homenaje de Lima en el primer centenario de su muerte, Lima, Imprenta Torres Aguirre, 1932. Tanto Faupel como Montealegre ganaban algo.

No hay testimonio escrito de lo que vengo de explicar. Montealegre conservó una serie de cartas con Edith Faupel que van de 1931 hasta 1941. La mayor parte de esa correspondencia es irrelevante: se trata de acusos de recibo o solicitudes de publicaciones para su registro en la biblioteca del Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín. Para el que conoce la obra del pensador peruano, que se esmeraba tanto en su imagen en un futuro, resulta evidente que a Montealegre debe haberle incomodado que la posteridad sospechara que hubiera escrito algo a cambio de una medalla que sin duda no necesitaba. El Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín se había abierto recién en 1930 y Faupel, como doctora en Letras graduada en Lima, venía perfecta para su cargo. Esto, más la indiscreción de haber revelado de dónde salió el interés de Montealegre por Goethe sería todo lo que tengo que escribir a no ser porque, en 1933, precisamente mientras Hindenburg le ofrecía al marqués la medalla a las Artes y las Ciencias, el general Wilhelm Faupel, el esposo de Edith, era designado por el Reich como el director del Instituto. Exceptuando el periodo entre 1936-1938, en que fue sustituido por Albrecht Reinecke, desde 1934 Faupel fue el celoso guardián de la oficina de su esposa. Es muy sospechoso que el premio de Riva-Agüero haya coincidido en el tiempo con el nombramiento del general Faupel en la oficina del directorio del Ibero-Amerikanisches Institut; Montealegre es premiado en 1933 y Faupel es nombrado director al año siguiente. Como es manifiesto para el lector, es muy probable que Edith se haya jugado un riesgo al impulsar la carrera de su marido a través de la figura (entonces sobresaliente) del gran polígrafo peruano. Es muy simple: su esposo es llamado al cargo de director gracias a la intervención de Riva-Agüero, que se encaminaba además en favor del nuevo régimen que, entretanto, se iba articulando en Alemania. Cuando éste se consolida, imaginamos un pequeño bigote sobre traje militar que ve con simpatía desde su oficina de Canciller del Reich el encargo de los Faupel en el el Instituto, que, aparte del incidente de 1936, no se interrumpe más hasta 1945. El general Faupel fue un manifiesto adicto del régimen nazi y hay disponibles estudios recientes sobre su trabajo, por ejemplo Reinhard Liehr/Günther Maihold/Günther Vollmer; Ein Institut und sein General: Wilhelm Faupel und das Iberoamerikanische Institut in der Zeit des Nationalsozialismus. Frankfurt, 2003.

El pequeño bigote no se equivocaba. Montealgre iba a ser uno de los intelectuales americanos que más empeño pondría en la causa de Alemania “en tiempos de paz y guerra”, en particular de guerra, hasta 1944, en que el marqués dejó de existir. “Todos los alemanes” tenemos “por usted sentimientos de gratitud y amistad”, escribía entretanto la señora Faupel. Sin duda, esos sentimientos eran muy intensos en ella.

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