Víctor Samuel Rivera

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El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Este blog, Anámnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política desde el ángulo de la hermenéutica filosófica.

domingo, 28 de junio de 2020

Entrevista con José Chocce Peña sobre Coronavirus (III-III)









3— ¿Qué opina sobre los libros de los distintos intelectuales y académicos que dan su diagnóstico sobre el COVID 19?
     
     En el tiempo del Mar de Cristal, cuando la opinión lo era todo, el twitter, el Instagram, la opinión retuiteada de un asalariado del Estado o de una transnacional, la gente escuchaba a los filósofos en el rango de antaño, en el transparente rango de verse sí mismos cada vez. Los filósofos del Mar de Cristal eran los grandes guardianes de la éndoxa. En la medida en que ascendieron hacia sus propios espejos, de sus trozos hablante de apertura, pienso de ellos (no de todos y cada uno, ciertamente) que, como los caminantes, pertenecen al mundo transparente que ha muerto. No doblan la mirada al evento sino, como los obispos del Apocalipsis, miran al piso, y se humillan el ver en él su imagen repetida y estéril.


4— ¿Algún comentario sobre nuestra realidad peruana, así como su mundo académico y pensante entorno a la pandemia?
     
     No me es permitido ver en la opinión, ciego como estoy ahora inefable ante el evento. Pero la luz nueva e inefable ha fundado un mundo, quiero decir, está en este preciso instante diseñando la organización, el lenguaje y los valores en un mundo cuya anticipación son todo lo que no reconocemos nuestro hoy: La cuarentena inestable y constante, la imposibilidad de curar una enfermedad viral, de cuya voluntad hay que precaverse, la ruina definitiva de un régimen global de gobierno basado en la idea de que el Cristal, por ser bello, y por decir a cada quien quién es, es, por eso mismo, eterno. Hay en nuestro medio, más intensamente que en otros lugares, una intensa resistencia a ver fuera del espejo pequeño en que cada uno desea renunciar al saber. El Perú es un país impresionantemente imitativo, es en una sociedad del espejo, en el Mar de Cristal, como el espejo del espejo. Su mundo académico es especular, pero no en el sentido hegeliano, sino en el más triste de ser imagen de la imagen, en este caso, imagen de la imagen destruida.
    
     Los peruanos, incluso con interés paritario los que entre ellos son filósofos, básicamente seres humanos antes que imágenes. Y seres que especulan antes que reflejo del reflejo de lo que otros quizá son con más plenitud. Y como humanos, podemos ser filósofos renunciando a la gran Caverna que la luz del virus ha invadido. No para salir, sin duda, sino para acoger.


5— ¿Podría darnos algún comentario entorno a nuestra situación en el país y las medidas del gobierno?
     
     Hoy el Perú se ubica en número sexto de contagios por debajo de grandes potencias superpobladas en una totalidad de reinos y repúblicas de alrededor de 180 en el mundo, todo lo cual es un gran mérito tanto del gobierno que el pueblo se ha dado, como del régimen político que así se lo ha permitido. No como un modesto filósofo, sino como ser humano gregario como casi todos creo suelen ser, tengo un asombro metafísico no ante el gobierno que nos ha encumbrado entre las peores grandes potencias, sino ante la inocente e infantil creencia que tiene el pueblo, de que merece la tragedia humanitaria que está sufriendo. Somos casi los primeros, somos famosos, somos punteros, se diría, y la triste conformidad de todos en este mérito grandísimo, que antes que político, es ontológico, quizá algún día nos sustraiga del afán de repetir, esa enfermedad que contrajimos desde que llegaron entre nosotros las menos afortunadas de las ideas modernas.

     Las cifras de la Gran pandemia en el Perú se darán, en su rango metafísico, en el aniversario de su fundación como Estado moderno. Sin duda los filósofos tienen mucho qué pensar, y espero que no se espere aquí que nuestra situación metafísica sea pensada primero en Estados Unidos, el más metafísico hoy de todos los países, para luego de su trabajo hacer aquí un pequeño espejo de cristal.


6— ¿Qué nos depara el futuro? ¿Nos podría dar su último comentario o mensaje a nuestros lectores, que considere importante trasmitir?

     Ludwig Wittgenstein, la mente más notable del Imperio Austro-húngaro dijo una vez, hace justamente cien años: “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.



   

miércoles, 24 de junio de 2020

Entrevista de José Chocce sobre Coronavirus (II-III)



Comparto con los lectores la entrevista que me ha hecho José Chocce Peña a raíz de la Gran Pandemia del Coronavirus.

Agradezco las casi 300 solicitudes de inscripción para el Taller de Hermenéutica y Estudios Sociales de Ciher, casi la mitad de las cuales proceden de México, Argentina, España, Colombia y Chile. Lamento ir anunciando que le taller deberá ser dividido en bloques trimestrales más pequeños, según los intereses y grado de estudios de los participantes. Es materialmente imposible hacer un taller con un número tan grande de colaboradores.




2— ¿Cuál es su comentario sobre Sopa de Wuhan, ese libro escrito y distribuido en forma digital que recorre el mundo entorno al mundo COVID 19?


   Apenas iniciado el proceso de la Gran Pandemia, cuando lo que ahora tomaríamos por una cifra modesta de pocos más o menos unos cientos de muertos en el norte de Italia, y unos miles de chinos poquísimos, que a la gente se le hacía una desaparición anecdótica de otros, mis alumnos y singularmente José Luis Herrera y Manuel Paz y Miño me mandaban el colectivo Sopa de Wuhan. No me pareció relevante en absoluto leer a los grandes de la filosofía en esa incertidumbre entonces fundada dar opiniones que, a pesar de la esperanza de muchos, continuaban siendo a mis ojos las mismas del tiempo del Gran Espejo, una terquedad del Mar de Cristal pugnando involuntario por atar sus pedazos disparados por el impacto de Corona. No había notado entonces algo que ahora comprendo que es fundamental, y es que el virus Corona un buen día se había sentado en el trono vacío.

     No comprendo cómo una opinión puede ser importante, salvo cuando fuese posible una suerte de instalación del saber, cosa que no ocurre casi nunca, dada la naturaleza inexpresable e inefable del auténtico saber. En la Carta VII de Platón está subrayado el carácter inefable del saber auténtico que, por definición, es puesto en el horizonte de la inteligencia humana como un más allá del discurso. Dice Platón que ese saber es arrethon, inefable, más allá de donde es ámbito del discurso, incluso del verdadero, bajo la imagen de que hubiera alguno que no fuera éndoxon. Lo que se puede decir, ciertamente, y esto sin duda vale también para quien contesta, es “fable”: en el triple sentido de a la vez inexacto, de aspecto imaginario y débil de carácter (que al parecer pasa por intermedio del francés a en “feble”). Es algo bastante paradójico que esta época, la época de la Gran Pandemia, que sea algo común que se pida este estar “más allá”, a falta de sacerdotes católicos o pitonisas oraculares paganas, al filósofo. Lo fascinante es que finalmente el mundo del espejo transparente en que se inclinan los todos/mismos se ve obligado a volver a los arúspices y los profetas, o la huella que queda de ellos en los modestos filósofos.
   
    

 La Gran Pandemia es un mundo; el mundo de los hombres luego del quiebre del mar de cristal. Estamos dentro del ruido de las opiniones entre los tiestos de los cristales rotos, en la gran noche de la pandemia. Y si la opinión se asocia culturalmente con la oscuridad, el saber, ese saber que se pide en el instante mismo en que la sociedad ha dejado de fluir en el mar y la transparencia de la “sociedad trasparente” se muestra como nunca como una ilusión, es que el quiebre del cristal atraviesa el evento. Es un evento de luz invasora. No la luz de la razón, sino la luz de la no razón, la luz fundadora que es por ello externa, extraña y violenta. La metáfora de la Caverna de Platón afirma de modo muy plástico el vínculo entre las opiniones y el saber. La plenitud del mundo y de lo que es propiamente, que solo es posible a la vista de la luz, se halla en el orden de lo que es propiamente visible. Justamente la visibilidad es ausente en el Mar de Cristal del fluido mundo transparente, pues el que ve, ve sí mismo, que es una manera de decir que no ve nada.

     
     Sigamos un instante con la Caverna. Wuhan envía al Corona a recoger a los sabios, pero estos, a medio camino, encuentran restos del vidrio del espejo, y se asombran con lo que ven. A medio camino se sientan a dar su opinión de los espejos, que ahora consideran muy interesantes, pero extrañamente repetitivos, redundantes pues dicen otra vez lo mismo. Cuando en el fondo de la Caverna el ruido de la éndoxa se ve afectado por el llamado desde Wuhan, ese ruido mismo es el anuncio de un saber, es ese saber mismo que se aloja haciendo, rehaciendo la Caverna, instalándola en un giro incomprensible, para el que Sopa de Wuhan es a modo de muchos fracasos que intentan restablecer el Mar de Cristal, sin saber nunca cómo pues, aunque llamados por algo nuevo, un saber antes oculto para todos, solo usan partes viejas de lo que antes fluía y ahora son esquirlas.
     
     El filósofo, creo yo, debe hacer moralmente, está fenomenológicamente llamado (por el virus, y su Padre, Wuhan, la verdad luminosa) a reconocer la caducidad de sus tiestos de vidrio. Conocer y saber es ahora experimentar el llamado, experimentarlo al modo de una no/opinión. Por decirlo de alguna manera: El momento del saber de las multitudes, de gerenciar el mundo consultando a la gente de la calle, sus gustos anónimos y antojadizos, la anarquía de sus caprichos, ha tenido al virus como el anuncio de un gran no. Y este no es además no solo lo que pide Wuhan, la lejana y oriental ciudad de la luz incomprensible, sino lo que reclaman los usuarios mismos de la filosofía en este tiempo de la Gran Pandemia. ¿Y qué piden los que opinan mismos, tanto y en medida análoga a lo que el virus reclama desde fuera? Que sean los filósofos los arúspices del saber nuevo ya previamente instalado.

lunes, 22 de junio de 2020

Bienvenidos al mundo clásico

domingo, 21 de junio de 2020

Entrevista de José Chocce Peña (parte I-III)



#FilosofíaEnTiemposDePandemia

Lima, jueves 18 de junio de 2020
Víctor Samuel Rivera

1— ¿Qué opinión le merece toda la situación actual que vive el mundo y entorno a la pandemia COVID 19?


      
  Sobre las opiniones soy escéptico, aunque el mundo al que pertenecemos, en cambio, deposite su fe en ellas. Sobre temas públicos, altamente sensibles, y con hondo sentido político y moral, se recurre al artista, se acude al cómico, a la persona que lee las noticias; cuando no al mero y anónimo caminante, que es la expresión más íntima y esencial del opinador. A fines de la década de 1990, con la aparición y masificación de la computadora portátil y del internet, pareció cumplirse la utopía más ansiada del mundo moderno, el mundo de la comunicación transparente y sin límites, la sociedad posmoderna, la sociedad que Gianni Vattimo denominó entonces “transparente”; líquida o fluida, para pensar el tema en la terminología entonces tan potente de Zygmunt Bauman. De pronto la opinión, lo que los griegos llamaban éndoxa, la opinión como el derecho ilimitado a decir lo que sea sin importar de los labios de quién, terminó por ser el faktum de la razón posmoderna o, mejor dicho, de la posibilidad realizada donde el conocimiento y la opinión se han vuelto idénticos entre sí.

   
         El mundo al que pertenecemos, como un mundo humano específico donde opinar y estar en la opinión, por así decirlo, es lo más metafísico a donde nos es lícito llegar, es un mundo cuya constitución es un no saber donde el opinador reconoce sus derechos. Este tiempo y mundo hace de la comunicación su trabajo, su actividad realizadora. Y es como un mar de cristal donde cada uno que ve, ve lo mismo. Esa sociedad transparente de la década de 1990 era como el Mar de Cristal, una figura profética del Apocalipsis de San Juan evangelista. El Mar de Cristal es un extenso piso de espejo. Hacia el fondo el buen Dios sentado. Allí doce santos obispos metropolitanos se ven a sí mismos, y entonces, echando sus coronas al suelo, se humillan y adoran, una figura maravillosa de la liturgia Confiteor Deo omnipotenti, solo que sin ningún Dios que la contemple en su trono Un inmenso espejo, una comunidad del espejo. Y, de pronto, el evento. Ha acontecido que el espejo ha sido roto, ya que no por la opinión del hombre que no se humilla, sí por la Corona soberana de un virus que inesperadamente yace sentado.



Seminario - Taller / Hermenéutica y Estudios Sociales. Estado de inscripciones y noticias para mis amigos


  

     El Taller de Hermenéutica y Estudios Sociales ha superado la sorprendente cifra de los 200 inscritos en solo 24 horas en el registro de postulaciones del Círculo de Investigación de Hermenéutica y Estudios Sociales (Ciher). Se han inscrito postulantes al Taller de diversos países de América Latina, especialmente de México y Argentina, dado el interés que hay en esos países por la hermenéutica filosófica. Hay incluso inscritos en el taller investigadores, tesistas y alumnos de filosofía y ciencias políticas de tres países de Europa, España, Francia e Italia. Se ha considerado no cerrar las inscripciones, sino hacer una propuesta dinámica que permita segmentar grupos según intereses compartidos y repartirlos en trimestres, por lo que aviso que solo un grupo podrá iniciar los trabajos en Julio.

     Es posible que se concerte para noviembre la publicación colectiva en torno de los trabajos más significativos.

     Para inscribirse y participar de la base de datos hay un enlace que se detalla en el afiche, aunque si se presiona sobre el afiche mismo hay un hipervínculo que remite a la casilla de inscripción.

#FilosofiaEnTiemposDePandemia

sábado, 20 de junio de 2020

Estamos de regreso


He recuperado mi cuenta de blogger. Volveré a estimularme con ella. Les dejo a mis lectores mi amistad.


Bienvenidos al mundo clásico

Metafísica del virus Corona / El ser que no puede ser comprendido

El virus Corona
El ser que no puede ser comprendido

Texto escrito a propósito de la pandemia del Coronavirus
Lo integraré a un libro de ensayos que muy posiblemente imprima en Arequipa

Lo redacté con el estímulo de Manuel Paz y Miño, Director de la Revista Peruana de Filosofía Aplicada, así como por la tenaz insistencia de José Luis Herrera

Aplastando el afiche podrá accederse a la versión en formato PDF en www.academia.edu



Taller de Hermenéutica y Estudios Sociales (Ciher)


Hermenéutica y estudios sociales
             Seminario – Taller


El Seminario – Taller se halla dirigido al público en general a investigadores, aunque más en particular a egresados, estudiantes de ciencias sociales, ciencias políticas y filosofía u otras áreas de Humanidades.

Su eje articulador es el conocimiento del discurso de la hermenéutica como vehículo de acceso a los problemas sociales y políticos; una puesta en práctica de la ontología de la actualidad gestada en una larga tradición que enlaza a fuentes heteróclitas, como F. Nietzsche, Hans-Georg Gadamer y Martin Heidegger con autores más antiguos, como la Escuela teológica, como otros cercanos como Giorgio Agamben, Alain Badiou o Gianni Vattimo.

El objetivo general es introducir al participante a la hermenéutica filosófica como un medio de construir y articular investigaciones en las áreas señaladas arriba.

Formulario:

http//bit.ly/TallerCIHER






viernes, 13 de julio de 2018

Ponencia contra el aborto/ El día en que los niños se reirán de Georges Soros



Ponencia contra el aborto.
(El día en que los niños se reirán de Georges Soros).



II Coloquio de Ética aplicada / Universidad Nacional Mayor de San Marcos
Ponencia: Matagente; Las reglas del juego/ Una argumentación antiabortista
Miércoles 18 de julio, 4: 00 pm - 5 00 pm
Lugar: auditorio de Letras UNMSM.

Jornada de trabajo / Filosofía y corrupción política


viernes, 22 de junio de 2018

La cosmo-visión andina, de Zenón Depaz








Les ofrezco la primera reseña sobre el notable libro de Zenón Depaz, La cosmo-visión andina en el Manuscrito de Huarochirí (2015).


Para acceder al texto en PDF, favor de buscar el ícono correspondiente en la columna de la derecha.

martes, 19 de junio de 2018

sábado, 16 de junio de 2018

La naturaleza de las Ciencias Humanas




La naturaleza de las Ciencias Humanas


Conferencia dictada en ocasión de la apertura del año académico
Universidad Nacional Federico Villarreal en mayo de 2018
(versión abreviada)


Víctor Samuel Rivera



Hablar de naturaleza de las Ciencias Humanas es quizás algo menos complicado de lo que la gente comúnmente cree. En una época de cientificismo cultural, donde todo lo que debe ser considerado ciencia parece ser objeto de consulta para un científico, la mera pretensión de una ciencia de ser “humana” da la impresión de ser poco atenta a la naturaleza del tiempo histórico en que vivimos, de ser una especie de reliquia anticuaria; en todo caso, obedecería a la incapacidad de los humanistas, de los interesados en las cosas humanas, de aceptar con resignación que hace ya tiempo la ciencia, la ciencia científica, es la poseedora de facto del predio al que se pretende acceso. Esta situación paradójica, que hace del humanista un asaltante confundido de una propiedad ajena, sin embargo, responde no tanto a su testarudez o una cierta falta de talento por admitir el rol hegemónico y, diríamos mejor, excluyente, que los propios humanistas han asignado al cientificismo cultural; es efecto de una causa oculta, escondida en una actitud de la cultura cientificista que, al fin y al cabo, como su origen, no es en absoluto científica, sino la complicidad involuntaria en los efectos nefastos en el saber de una ideología.

La ciencia científica es la reina de las ciencias. Las ciencias naturales han exportado sus métodos a otras ambiciosas disciplinas; les imponen cómo trabajar, qué es un objetivo, cómo se vende sus productos. Esto se debe a que en la ideología cientificista pareciera que solo las ciencias naturales saben cómo trabajar, etc. y que las demás ciencias serán buenas cuando aprendan a ser naturales. Por extraño que eso parezca a primera vista, las mismas ciencias naturales no son muy científicas que digamos, al menos no en el orden de sus intereses. No son completamente autónomas, ni desinteresadas ni neutrales; ellas mismas se hallan sometidas a los intereses de quienes financian su trabajo, por lo cual, una parte indeterminada, pero no muy estrecha del saber científico de los cientificistas, es en realidad un departamento empresarial y obedece, por los mismos motivos, antes a la lógica de las empresas antes que a una lógica del saber. Quizá sea más importante en la filosofía de Judith Butler, por ejemplo, simplificar los costos de las empresas que hacen productos textiles, para no distinguir hombre de mujer o contribuir, al fomentar la ausencia de familias qué mantener, a crear un volumen mayor de excedente para que los hombres gasten en perfumes, cruceros o trajes de moda el presupuesto que en un mundo no cientificista emplearían en educar y cuidar de la salud de los hijos que ahora no tienen.

Como una cuestión de hecho, las universidades cultivan las Ciencias Humanas; lo demuestra así el que tengan a cargo profesores para dictan sus asignaturas y, por increíble que parezca, también ciudadanos activos de las democracias cientificistas modernas que desean ser sus alumnos. Esto es más sorprendente aun si se considera que las universidades, los alumnos, etc. no pueden escapar a la lógica que guía a los científicos, que halla su plenitud en la venta y compra de productos, de logros que son cosas, o la posibilidad de tener más y más cosas, así como menos y menos compromisos morales que obstaculicen el volumen de excedente presupuestal para gastos como perfumes o cruceros, que en un mundo no cientificista serían considerados meros lujos en una vida más amplia de compromisos no empresariales. Los alumnos, etc. desean, pues, integrarse a la lógica de la empresa; desean ser emprendedores de sus propias empresas de filosofía o literatura. Pero saben sin embargo que nunca ganarán lo que se supone sería su economía media de despilfarro para ser felices a la manera cientificista, y esto porque a los financistas del saber difícilmente les importa lo que es su producto propio y no estarán dispuestos a pagarles una vida de lujos por, por ejemplo, componer artículos indexados sobre la Escuela de Alejandría.

El tema es por qué las instituciones dedicadas a las Ciencias Humanas, a sabiendas de que son una anomalía, una excrecencia en el mundo de las democracias cientificistas, ellas, sus autoridades, profesores y alumnos, no buscan crear productos con mercado y seguridad financiera en otra parte, por así decirlo.

¿Qué motiva a los científicos humanistas a someterse al dispositivo de la ideología cientificista, esto es, empresarial, a ganar menos sin embargo que si se dedicaran a la administración de empresas o la mercadotecnia? Esto se relaciona con la causa oculta que ya hemos mencionado antes, un afán que se ha mestizado en el relieve de las sociedades capitalistas modernas con la lógica del mercado y de la empresa. Vayamos, pues, al misterio, a ese misterio que hace que el mundo de los hombres cultive lo improductivo, lo socialmente no deseado, de tal manera que un segmento importante de sus miembros se empeñe en crear su propia pobreza.

Las universidades, los profesores y los maestros creen cultivar bien las Ciencias Humanas de modos que, vistos desde lejos, producen una cierta perplejidad: todo (o casi todo) es matemáticas; se estudia a través de estadísticas, experimentos y teorías construidas, de curvas de cálculo numérico evolutivo en el consumo; miden la excelencia académica de sus propios trabajos con patrones que resultan tener admirables resultados en las empresas, los flujos financieros o los diseños de teorías físicas o astronómicas. Hay vigente un sistema global de organización de los documentos “científicos” de los humanistas, pero en ese sistema global, creado en un relieve cientificista, es casi un milagro que cuadre una obra verdaderamente humanista, de tal modo que los genuinos humanistas que se hallan infiltrados en las instituciones cientificistas deben hacer trampa para pasar las obras creativas e interesantes para un humanista como genuinos productos del mercado del conocimiento cientificista. Pensemos si el De natura deorum de Cicerón, una de las obras más admirables de la cultura romana, sería admitido por la cultura científica; la mirada del auditorio se hace pesimista; todos sabemos que la ciencia cientificista le pediría a Cicerón partes prefijadas para el texto, citaciones intercaladas con fecha y formas de composición argumentativa y redacción que seguramente irían perfectas en un texto de física cuántica o macroeconomía, pero que no es posible que jamás cumplieran Cicerón, Montaigne, La Harpe, Heidegger, William James, Tocqueville o Plutarco.

Ninguno de los ensayos contenidos en los Moralia de Plutarco podría jamás soñar siquiera con pasar exitoso por las normas que los cientificistas han inventado para considerar “conocimiento” a un escrito, aunque sea el de un sabio, y lograr así la gloria de la indexación, es decir, el reconocimiento de que uno es también un científico, aunque no sea Heidegger por ello, y ni siquiera a leguas comparta el conocimiento del olvidado J-F La Harpe.

Respecto de Plutarco y sus Moralia, la humanidad, durante dos mil años, ha sido manifiestamente de muy otro criterio que el que la democracia cientificista contemporánea exhibe tan orgullosa, como reina de las ciencias; paradójicamente, esto mismo es un indicio sobre qué podría motivar a alguien a escribir como Plutarco, incluso y a pesar de no contar con el apoyo de las indexadoras ni con el dinero que va de la mano con ellas ni la esperanza de lograr los lujos, la fama o incluso el efímero reconocimiento de aparecer en Scielo, The Philosopher’s Index o Scopus, que por cierto es un privilegio que debe advertirse goza quien esto escribe, para que no se piense que redacta con lamento de su propia mediocridad; hasta donde el que escribe sabe, ese privilegio no le ha servido jamás para nada productivo ni para solventar ningún lujo. Pero, como Plutarco, quien esto escribe quizá ambiciona alcanzar eso que hizo de Plutarco un autor que hoy él mismo desea leer, aunque no se hallen sus obras indexadas por Scielo ni Scopus.

Hace 100 años era frecuente la reflexión seria sobre el puesto, o la reivindicación del puesto, que las humanidades debían tener en las nuevas sociedades democráticas y capitalistas. Fueron notables los esfuerzos entonces de Wilhelm Dilthey, y luego de Edmund Husserl. Pero hasta estos mismos grandes pensadores admiraban tan excesivamente a las ciencias naturales, que no fueron capaces de explicar de manera satisfactoria la siguiente paradoja, que era ya la misma en su tiempo: por qué si el mundo moderno ha instalado la ciencia científica como la única ciencia, hay gente que se empeña en hacer que las humanidades sean ciencia; por qué, por así decirlo, a pesar de que, desde que las Ciencias Humanas viven exiliadas en un universo social cientificista y se han sometido algunas veces con culpable falta de virilidad al recurso de las estadísticas, las encuestas o las rigurosas pautas de las indexadoras, no parecen haber hecho nada en favor de la ciencia que ellos realmente buscan: si se juntara una pila de artículos indexados en los últimos 20 años, sin duda se tendría una montaña, pero nunca una sola coma de Nietzsche en su periodo de demencia. El nulo apoyo que los empresarios millonarios o sus empleados en las democracias hacen para el trabajo de esta gente muestra, sea dicho con claridad, que se trata de gente extremadamente terca; y esa terquedad no es signo de bajeza moral, sino el indicador de que lo que distingue y califica a esas ciencias como ciencias auténticas acerca de las cosas humanas se halla más allá de esto: la productividad en cosas y objetos útiles, la lógica de la empresa y lo empresarial, la idea de generar un especial bienestar material a quienes las profesan.


Se trata en todo lo citado anteriormente, como es muy sencillo notar, de logros que acaban en algo externo al hombre, lo que Aristóteles llamaba técnica. La técnica es un tipo de ciencia cuyo sentido se halla en productos que se hallan allí para el uso instrumental humano, como es el caso del alto salario que los humanistas no tienen. Algo que ha sido subrayado mucho en el siglo XX, en gran medida a Husserl y Jürgen Habermas, es el carácter instrumental de la norma de conocimiento que rige las ciencias naturales, que las transforma en generadoras de herramientas, algo que a Cicerón y a Plutarco le habría parecido propio del trabajo de sus esclavos, pero jamás de ellos mismos. Martin Heidegger hizo un esbozo de respuesta alguna vez a esta situación, que es incluso no solo un diagnóstico del estado del conocimiento en las sociedades democráticas capitalistas, sino incluso de un periodo más largo, que abarca la idea misma de la modernidad y la Ilustración como proyecto razonable de vida social, donde la herramienta es más importante que el hombre que la usa, con el agravante de que quien la usa no es solo el hombre a secas; sabemos que aquí la herramienta es el eje del conocimiento de las ciencias no humanas para los usos del financista, de quien al final los científicos cientificistas y sus acólitos, los cientificistas que ni siquiera son científicos realmente, resultan en calidad de sus esclavos.

Quizá sea mejor ir terminando esta reflexión con un viaje mental; un paseo de vuelta al mundo no cientificista del que las humanidades proceden y donde Cicerón y Plutarco tuvieron asiento. Ese es el mundo donde el estudioso de las humanidades verdaderamente pertenece y en el que la paradoja de hundirse en las normas de la ciencia científica tiene por objeto algo que parece misterioso, ya que Plutarco y Cicerón lo hicieron, y casi nadie sabe hoy quiénes son los tales Plutarco o Cicerón. No es una mala idea, a pesar de que no es tampoco ni siquiera muy original, citar aquí a san Agustín.

Quien esto redacta leyó hace muy poco el De vera religione, un tratado juvenil de San Agustín escrito básicamente para defender el cristianismo ortodoxo en la época teodosea, en que tenía mala fama entre los paganos. Sin querer, san Agustín, felizmente ajeno a los necesarios retorcimientos de la argumentación de Heidegger, por cuya dificultad se ha aquí omitido, explicó algo allí que era básicamente lo mismo que se me ha pedido hacer: explicar la naturaleza de las Ciencias Humanas, en qué sentido son ciencias y por qué valdría la pena ser un poco más pobres y un poco menos populares por dedicarse a ellas, quizá para explicar al perplejo alumno joven qué hace aquí cuando sería más científico si dedicara su única existencia temporal a estudiar econometría o finanzas. Bajo el supuesto de que el conocimiento se dirige por intereses (y no solo por amor al saber ni mucho menos), se pregunta san Agustín si es que acaso los espectáculos del Coliseo, o la fama en el foro, o hacer el equivalente de los viajes en crucero en el Mar Mediterráneo son razones suficientes para dedicarse a cultivar alguna idea de “ciencia”. Recuerda de manera oblicua el santo de Hipona esta paradoja por la cual deseamos saber, tener ciencia (gnosis) y que, al fin y al cabo, lo que nos guía en esa dirección es un saludable amor a nosotros mismos, que no conocemos, pero que nos orienta a querer saber lo que no remata en una herramienta o una cuenta bancaria. 

Las disciplinas que llamamos Ciencias Humanas no son otra cosa que un retorno a nosotros mismos, un recuerdo de nuestras limitaciones, de nuestra miseria, pero también de nuestra gloria; el conocimiento, la gnosis del hombre es la recuperación y la vuelta al origen de sí mismo, por lo que su logro no es ni puede ser técnica, sino virtud, trabajo en el tesoro de nuestra propia interioridad, que es la fuente de donde todo lo que es humano sale.

Escribe el santo: Noli foras ire, in interiore homine habitat veritas.

 
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