Víctor Samuel Rivera

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El otro es a quien no estás dispuesto a soportar

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Lima, Peru
Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Como información general, tengo 51 años, hago pesas, crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Federico Villarreal, así como en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.

martes, 23 de septiembre de 2014

Gaspar Rico y Angulo. El último periodista del Antiguo Régimen peruano






Gaspar Rico y Angulo
El último periodista del Antiguo Régimen peruano



Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía


Un día de 1808, por un extraño malentendido, Lima saltó en júbilo. La Ciudad de los Reyes salió entera a festejar la gloria de Fernando VII. Españoles, negros y castas, nobles, sotanas y gente de toda condición saltaba de júbilo. El periódico Minerva Peruana había hecho saber a sus suscriptores, y era leído en voz alta en los siete cafés de la ciudad, las fondas y otros espacios públicos, que Carlos IV había abdicado y que Napoleón había puesto en la cárcel al más odioso personaje de la Monarquía, el abominable ministro Manuel Godoy. El júbilo era mayor al saber que los franceses, lejos de extender su revolución satánica a territorio español, ofrecían en cambio todo su apoyo militar al nuevo Rey, por gracia de Dios, Don Fernando VII. El trono y el altar estaban asegurados, y lo que se había llamado en Lima antes “la Bestia monstruosa de San Juan” iba a quedarse detrás de los Pirineos. Todo era algarabía, toros, trajes y coches de la nobleza. En medio del griterío de vivas al Rey desde calles y balcones estaba Gaspar Rico y Angulo, en ese momento un próspero comerciante.

Rico era un personaje extraño. Nacido en la Rioja, había desembarcado en el Callao en 1794, para avecindarse en Lima y poner un comercio. Al llegar no lo sospechaba, pero iba a llegar a ser una de las figuras más relevantes –la más relevante- del periodismo peruano durante el Antiguo Régimen. Iba a ser un publicista audaz, de gran estilo, astuto y personaje decisivo para quien desee entender el proceso histórico que condujo a la caída del régimen español en el Perú. La historiografía peruana no le concede mucho mérito, no es considerado prócer de la patria, y no hay calle con su nombre ni escultura ni monumento alguno que lo honre, como sucede con toda sociedad cuyo fundamento metafísico es el repudio por el pasado como es el caso, en general, en todas las repúblicas.


Por confesión propia sabemos que Gaspar Rico y Angulo era asiduo de los lugares públicos de Lima, como las fondas, tertulias y cafés, el más famoso de los cuales era el Café de Bodegones, cerca del Palacio Real. Estos espacios habían adquirido carácter político justamente hacia la llegada de Rico al Perú. Desde 1793, en que se supo del asesinato del Rey Luis XVI por la Revolución en Francia, los cafés y lugares públicos en general, que ya existían desde mediados del siglo XVIII, se habían vuelto espacios para la discusión y la opinión política que antes, o era muy débil o no existía en absoluto. A Rico le encantó encontrarse con esta nueva vida de la publicidad, y era asiduo concurrente de los espacios de opinión. Rico participaba intensamente de esta vida civil nueva marcada por la circulación de papeles impresos, por lo general venidos del extranjero, y que en Lima se consolidó hacia la época de la Revolución con la impresión de dos periódicos locales, la Gaceta de Lima y el Mercurio Peruano. Luego del caos informativo de 1808, una explosión editorial inspirada por el gobierno del Reino intentó poner las cosas en su lugar. No era para menos. Luego del júbilo de 1808 por Fernando VII Lima, la Ciudad de los Reyes, supo la triste verdad; la Revolución había llegado a la Monarquía y el Rey, lejos de estar en su trono, se hallaba preso. No había más Rey. El 13 de octubre, según testimonio del Virrey José Fernando de Abascal, los siete cafés de Lima amanecieron con pasquines colgados en sus puertas que juraban fidelidad al Rey prisionero.


En medio de un cierto caos de información política, que en otras regiones de la España de esta parte del Atlántico había dado lugar a Juntas, algunas de ellas de carácter francamente revolucionario, en 1810 la Corte del Reino resolvió auspiciar la impresión de la Gaceta del Gobierno de Lima, inspirada en alguna medida como orientadora de la opinión, posiblemente idea del sabio y asesor virreinal Hipólito Unanue. Rico, interesado en intervenir con su pluma en los asuntos públicos, solicitó se le encargara la redacción del periódico al Virrey, que lo rechazó, posiblemente porque Rico en ese momento no era más que un comerciante que carecía de antecedentes en el mundo editorial. Pero resultó que las Cortes, ese mismo año, decretaron la libertad de imprenta en toda España, lo que se supo en el Perú al año siguiente. Rico, resentido con el Virrey, resolvió combatir la política de Abascal en su Gaceta fundando un periódico propio, que suscribió las ideas liberales que primaban en las Cortes, que para entonces se asentaron en la ciudad de Cádiz. El periódico se iba a titular El Peruano, y duraría entre 1811 y el año siguiente, en que sería cerrado por las autoridades por propalar “principios revolucionarios y tumultuosos”; a Rico este episodio le significaría el destierro hasta 1816. Hubo motivo para ello, pues este periódico, fiel al resentimiento de Rico, que iba a ser su redactor, se dedicó a propalar las ideas nuevas de las Cortes, que rápidamente, desde su tercer número, adoptaron el tono radical de ser la continuación de los principios de la Revolución Francesa. El periódico tuvo, mientras circuló, fama internacional, y su lectura alcanzó a ser exitosa en Buenos Aires, entonces baluarte revolucionario en América.

Rico fue redactor anónimo. Firmaba los artículos más sonoros como “el Invisible”, aunque se valió de otros seudónimos también para no ser inculpado. Astutamente, para llevar adelante su plan, se asoció con el administrador de la entonces famosa Imprenta de los Huérfanos, Bernardino Ruiz, y con un conocido periodista de ideas liberales, el flamenco Guillermo del Río; éste último librero famoso de obras relacionadas con la Revolución Francesa y periodista cuyo local de ventas se hallaba en la Calle del Arzobispo. Del Río aparecía como el editor y responsable del papel impreso, por lo que recaía sobre él tanto la fama del periódico como la responsabilidad legal de su contenido. Pues bien. El Peruano, enemigo de Abascal, que era bastante conservador, por decir lo menos, no sólo publicaba los anónimos de Rico, que escribía en lenguaje exaltado, sino que difundía papeles de las discusiones de las Cortes que insistían en uno de los puntos más peliagudos de sus sesiones, la idea de la igualdad civil entre españoles europeos y americanos, y entre miembros de las castas, los negros libres y la población indígena, cuya élite, descendiente de los incas y preferentemente monárquica y conservadora, no podía controlar lo que estaba una vez impreso.


Es necesario aquí hacer un alto social. De hecho, en 1812 se produjo uno de los escasos levantamientos del Reino en ese periodo que, de acuerdo a los testimonios de época, que son algo confusos, sindicaban claramente a estos artículos sobre la igualdad de El Peruano como sus inspiradores. Esto no es del todo seguro, pues hay factores discordantes y testimonios contradictorios. La rebelión se produjo en los partidos de Huánuco, Panatahuas y Huamanlíes, y estuvo a cargo de la masa campesina indígena. A inicios del siglo XIX era mucho menos frecuente que ahora hablar castellano entre los indios, y menos probable aún, que éstos pudieran leer, o siquiera comprar un ejemplar de El Peruano. Además, hay testimonios de que los indios insurrectos venías de recibir propaganda oral e iconografía de gente blanca de procedencia desconocida que divulgaba entre los caseríos aislados de la Sierra la extraña idea de que estaba por llegar un Inca, a falta de Rey, que se llamaba Juan José Castelli. En todo caso, si El Peruano se leía, no con poca satisfacción, en la subversiva Buenos Aires, también debía leerlo alguna gente en la Intendencia de Tarma, donde se produjo el levantamiento.

Conforme avanzaba el tiempo de publicación de El Peruano, hubo una serie de reacciones, algunas de ellas interesantes. Lo más probable es que todo el contenido verdaderamente subversivo del periódico fuese redactado por Rico mismo, lo que habrá de verificarse alguna vez con un análisis estilístico de los artículos. Pero Guillermo del Río aceptaba colaboraciones externas, fiel este hombre a la idea ilustrada de la opinión pública como un diálogo abierto, que admitía disensiones y discusión. Éste es el origen de fascinantes textos contrarrevolucionarios procedentes de los propios lectores, a los que, al parecer, no les hacía ninguna gracia el contenido de la campaña de “el Invisible”, que acusaban su disconformidad con los principios revolucionarios, con la opinión mayoritaria en las Cortes e, incluso, al menos en un caso, contra las Cortes mismas, cuyo gobierno fue acusado de incapacidad para enfrentar a Napoleón y la ocupación francesa de la sede central de la Monarquía. Algunos colaboradores identificaron los principios de la revolución en España, esto es, lo que en Cádiz se discutía, con los de Francia –como de hecho era el plan del periódico-, de la cual se recordaba en Lima más los crímenes del Terror de 1793 y el asesinato del Rey Luis que ideas como las de libertad o fraternidad, que habrían de esperar aún una década para ser asimiladas por el lenguaje político ordinario. Agustin Barruel, autor de la teoría de la Revolución como una conspiración masónica, circulaba en Lima con la misma holgura que la obra monárquica moderada de Montesquieu.

Los colaboradores insospechados de El Peruano fueron implacables contra la Revolución –la francesa y la española- cuyos principios fueron acusados de satanismo, de ser obra del “diablo” y del “Anticristo”, de hacer causa común con el aceleramiento de la anarquía social o, en el peor de los casos, con el fin del mundo. Es de lamentarse que Gaspar Rico hubiera tenido que defenderse de colusión con las huestes del Infierno, que tenían fama muy ganada de espantosos en una Lima cuajada de monjas y procesiones suntuosas y semanales. Pronto las autoridades, que seguramente estaban más del lado del público que del solitario escritor, exigieron la identidad verdadera del firmante de los textos revolucionarios y Guillermo del Río, a quien no le quedaba de otra, pues de otro modo podía ser penado él mismo, denunció a Rico por su nombre como el autor de los libelos. Abascal debe haberse quedado atónito al reconocer que el fallido redactor de la Gaceta, a quien había él mismo rechazado como inexperto, fuese esa pluma tan notable y capaz de hacer cosas terribles en un Reino preferentemente pacífico como era entonces el del Perú. Es tradición sindicar a los frailes de la Santa Inquisición de haber denunciado a Rico finalmente ante la Junta de Censura, un procedimiento que estaba previsto en el decreto de libertad de imprenta, pero la verdad es que, luego de la insurrección en la Intendencia de Tarma, que estalló en el verano de 1812, el periódico se fue haciendo insoportable para el gobierno del Virrey. Aunque la Junta de Censura fue bastante benévola, Abascal embarcó a Rico a España, de donde no volvería sino hasta el fin de su mandato.

Después de esta historia de liberalismo y revolución de Gaspar Rico y El Peruano, nadie podría sospechar el resto de la historia conocida de este periodista. Durante la existencia del periódico, otra vez con Guillermo del Río como editor, salió a la calle El Satélite del Peruano, un periódico aún más radical que El Peruano y que, por ello, no tuvo sino unos pocos números antes de cerrar. Es de sospecharse que Rico, no cansado con polemizar con la opinión pública de verdad, hubiera querido dar la impresión de que su periódico no era el único en suscribir las nuevas ideas. Pero el resto de la prensa del periodo era más bien partidaria del Rey legítimo, y era sospechoso que sólo un periódico, o dos, fueran tan apasionados con principios que, en lugar de reponer a los reyes en sus tronos, les cortaban la cabeza. Para quienes encuentran la identidad peruana a partir de la instauración definitiva de los principios liberales en la República, cosa que no ocurrió sino luego de la rendición de los Reales Castillos del Callao en 1825, Rico debía figurar en la historia peruana como un héroe, como el más destacado publicista liberal del Antiguo Régimen y, por lo mismo, también como fundador o gestor de lo que habría de ser el periodismo republicano. Sin embargo esto no es así. ¿Cuál es el motivo de esta situación?

Gaspar Rico, luego de su destierro por Abascal, su enemigo, regresó al Perú en 1816, cuando el ciclo revolucionario en Europa había terminado y las autoridades legítimas habían, finalmente, recuperado sus tronos. Esta vez era Abascal quien se regresaba a España. Y Rico, entonces famoso por su intervención en la prensa, no volvió más a dedicarse al comercio que lo había traído a Lima en 1794. Apenas llegar, fundó el periódico fidelista El Investigador, que iba a circular hasta 1817, y del que, por desgracia, no se conserva ejemplar alguno. Luego de ese ensayo editorial se hizo más que famoso por una obra que era la antípoda de El Peruano; en ella abominaba de la revolución primero, y de la república después, por un periódico en el que, libre de sus enconos con el gobierno, saldría el pensamiento definitivo del autor. Este periódico iba a llamarse El Depositario. El Depositario fue impreso en Lima desde 1821 expresamente para apoyar la causa de la Monarquía católica, y su redactor único, Gaspar Rico, acompañaría en persona al último Virrey del Perú en los diversos lugares en los que éste instaló la Corte del Reino durante la guerra civil. Publicó en el Cuzco, por tanto, última capital que fuera de la monarquía peruana.

Cuando la causa del Rey legítimo parecía definitivamente perdida, y grandes reaccionarios como el asesor virreinal Hipólito Unanue y el Padre José Joaquín Larriva se pasaban en masa a los nuevos amos, Rico, junto con buena parte de la nobleza y el clero de Lima, varios miles de personas indefensas, se refugió en el Callao, resistiendo allí los embates definitivos de la revolución. Desde allí, en medio del hambre y la peste, Rico continuó sacando hasta el final de su vida El Depositario, haciendo mofa, con el mismo estilo sarcástico de su pluma magnífica, de los jefes extranjeros que, en ese momento, cambiaban el país para siempre.

Gaspar Rico y Angulo murió, posiblemente de enfermedad, poco antes de la rendición española de los Reales Castillos. Fue acompañado en la muerte por frailes, familias leales a la Monarquía y una parte significativa de la nobleza peruana. Guillermo del Río llevó, ya bajo la república, una vida breve y oscura existencia en proyectos que hoy no se recuerdan. El Peruano es el único periódico de inicios del siglo XIX que ha reproducido en su integridad la famosa Colección Documental de la Independencia del Perú, que recoge la documentación para investigar la Independencia del Perú y fue impresa en ocasión del Sesquicentenario de ese episodio por la dictadura del General Juan Velasco Alvarado.


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