Pánico en la Corte de Lima. José Ignacio Moreno. Un teólogo político en la era de las Independencias (1822), Dialéctica. Revista de Filosofía, 2, 2 (2013), 89-124
Datos personales
- Doctor en filosofía. Magíster en Historia de la Filosofía. Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía desde 1992. Crío tortugas peruanas Motelo y me enorgullezco de mi biblioteca especializada. Como filósofo y profesor de hermenéutica, me defino como cercano a lo que se llama "hermenéutica crítica y analógica". En Lima aplico la hermenéutica filosófica al estudio del pensamiento peruano y filosofía moderna. Trabajo como profesor de filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; he trabajado en Universidad Nacional Federico Villarreal desde 2005. He sido profesor en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima hasta 2014. He escrito unos sesenta textos filosóficos, de historia de los conceptos, filosofia política e historia moderna. Tengo fascinación por el pensamiento antisistema y me entusiasma la recuperación de la política desde el pensamiento filosófico. Mi blog, Anamnesis, es un esfuerzo por hacer una bitácora de filosofía política. No hago aquí periodismo, no hago tampoco análisis político de la vida cotidiana- De hecho, la vida cotidiana y sus asuntos no son nunca materia del pensamiento.
sábado, 26 de septiembre de 2015
domingo, 13 de septiembre de 2015
Conferencia: Nihilismo activo y ontología del evento (conferencia)
Este día martes 15 de setiembre
en horas de la tarde
como parte del
VII Coloquio de Filosofía Política
Pensamiento decolonial. Poder, interculturalidad y alteridad
dictaré la conferencia:
Nihilismo activo y ontología el evento
martes, 1 de septiembre de 2015
Café con el Anticristo. Lima: El tiempo político para la Revolución Francesa (1794-1812)
Café con el Anticristo
Finalmente, la versión en pdf de mi "Café con el Anticristo", que anduve escribiendo para la revista electrónica de historia Almanack, (Universidad de Sao Paulo), N° 10, agosto (2015), pp. 255-277. En un año será impresa en papel como parte de un dossier de historia conceptual de la época de las independencias en Madrid.
Finalmente, la versión en pdf de mi "Café con el Anticristo", que anduve escribiendo para la revista electrónica de historia Almanack, (Universidad de Sao Paulo), N° 10, agosto (2015), pp. 255-277. En un año será impresa en papel como parte de un dossier de historia conceptual de la época de las independencias en Madrid.
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sábado, 29 de agosto de 2015
Hermenéutica y violencia. Mi última publicación (Colombia)
Nueva publicación:
Hermenéutica y violencia. Reflexiones a partir de Comunismo hermenéutico de Gianni Vattimo y Santiago Zabala, Ideas y valores. Revista colombiana de Filosofía, Vol. 64, N° 158, 2015, pp. 319-336.
Para su acceso en versión pdf, aplastar abajo del ícono de la revista.
Hermenéutica y violencia. Reflexiones a partir de Comunismo hermenéutico de Gianni Vattimo y Santiago Zabala, Ideas y valores. Revista colombiana de Filosofía, Vol. 64, N° 158, 2015, pp. 319-336.
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sábado, 15 de agosto de 2015
Francis Bacon y la política del milagro Prioridad de la profecía sobre la ironía / II- B. Salomona: metapolítico de la ciencia
Francis Bacon y la política del milagro
Prioridad de la profecía sobre la ironía
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
II- B. Salomona: metapolítico de la ciencia

La Atlantis Nova, desde las
primeras páginas, describe una sociedad civil interesada en el aumento y
conservación del conocimiento. Un mundo político en una perdida isla del Mar
del Sur, una islilla apartada que en mucho hace recordar a Inglaterra, que –como
todo el mundo sabe- es también una isla. Las islas tienen formas de
constitución muy peculiares y es un tema que cuesta dejar aparte lo relevante
que esto resulta en la interpretación del libro, para lo cual –dado que se ha
de dejar el tema aquí- se remite al lector a Tierra y mar (1942), de Carl Schmitt. En cualquier caso, la
comunidad civil de la isla tiene una constitución, esto es, una forma política
muy diversa de la de las comunidades políticas pensadas a la manera premoderna.
No se trata de una corporación política metafísica, en el sentido de Nietzsche
y Rorty, esto es, estática (como son también,
sea dicho de pasada, las sociedades que tienen una concepción teleológica del
conocimiento) sino que sigue una dinámica interna de acumulación y
descubrimiento socialmente organizada. Es una comunidad política cuya
constitución se mueve. El
descubrimiento y la experimentación, esto es, la búsqueda de lo nuevo, no se
separan, y se hallan establecidos como forma política; en este sentido, la
islilla se halla sujeta a una institución denominada Casa de Salomón. La Casa
de Salomón era una corporación regida por “padres” sabios, cuyo trabajo
consistía en emplear toda clase de artefactos para hacer lo que en el lenguaje
más bien renacentista de Lord Canciller se denomina “experiencias”. Los padres de
la Casa de Salomón, lejos del sabio premoderno, platónico o aristotélico, tenían
por función hacer del conocimiento un patrimonio social; esto se prueba porque
compartían una dosis importante de los logros de sus investigaciones con los
agentes de la industria y el comercio, a cuyo interés se dirigen en última
instancia. Quizá sea interesante agregar aquí que la Casa de Salomón, en la
genealogía de la isla, tiene un origen inveterado, anterior al Cristianismo y a
las religiones del libro (sagrado). Pero que no se haga el reproche de haber
ido demasiado rápido.

De Dignitate et Augmentis Scientiarum y el Novum Organum equivalen a
la constitución de un mundo político cuya finalidad es la promoción social del
saber. Debe recordarse aquí que el último tuvo la pretensión de ser la “nueva
lógica”, esto es, el reemplazo del antiguo Organon
de lógica de Aristóteles y que, desde la Antigüedad, había asociado el saber
científico con la demostración argumentativa de lo ya-sabido. Como la ciencia antigua era un saber contemplativo y la
nueva uno orientado al uso social, es fácil imaginar la motivación de crear
algo tan extraño como una “lógica nueva”. Desde el punto de vista filosófico
político, o incluso metapolítico, esta “lógica” revestía particular importancia.
Se trata de una lógica del movimiento (esto
es, de la ciencia como una actividad social), frente a una lógica de la presencia, que es como podríamos llamar
a la lógica del viejo Organon, donde
se trata del conocimiento como el logro óptimo de una sociedad que ya es estable
y, a través de la lógica, contempla su verdad, que es estática. Hasta Bacon el saber del movimiento abarcaba sólo la
física; desde él abarcará también la sociedad, en tanto ésta es constituida
desde la orientación metapolítica de la física. Se presenta el movimiento generado por la ciencia
frente al reconocimiento de una
estabilidad cuya quietud generaba entre los antiguos un conocimiento más bien descriptivo
y, por lo mismo, estático.

Como ya sabemos, la constitución de la isla perdida del Mar del Sur seguía
el sentido de la práctica científica y social que venían siendo comunes ya desde
mediados del siglo XVI. El mejor ejemplo de esto es el De Revolutionibus Orbium Coelestium de Copérnico (1551), en cuyo
honor se ha llamado al surgimiento de esta tendencia histórica “revolución
copernicana”: el De revolutionibus propuso
una transformación del cosmos observacional por una fórmula que lo hacía más
apropiado para los cálculos prácticos del uso terrestre del tiempo. Es
necesario subrayar que los cálculos de la medida del tiempo fueron más
determinantes como criterio de verdad para el saber de la modernidad temprana que
las firmes convicciones frente a las que se opuso. No importó mucho sacrificar
el sentido común de una sociedad metafísicamente estable si eso podía ser
tomado como un factor favorable al mejor funcionamiento de los relojes; el
interés social de la verdad fue más importante que el problema relativo a la
verdad-verdadera de la hipótesis de Copérnico, que muy difícilmente estaba en
su tiempo en condiciones de ser probada, como ha observado ya hace tiempo el
historiador de la ciencia Thomas Kuhn en su The
Copernican Revolution (1957). Debe recordarse que Copérnico era sacerdote,
pagado por el Papa para la elaboración de la obra sobre la base de la cual
regiría en lo sucesivo el calendario que hasta el día de hoy da las fechas al
mundo occidental; la Iglesia no tuvo mayor problema con el libro del sacerdote
polaco sino hasta cuando serios desórdenes sociales se vincularon con los
cambios relativos a la cosmología y la física que se desprendían de su obra. Sólo
largo tiempo después se puso en marcha algo parecido al espíritu de venganza de
los metafísicos en la Iglesia y se puso en prisión a los científicos o se proscribió
sus libros para la lectura de los católicos devotos. Aunque no puede decirse
que la ciencia de la modernidad temprana fuese irónica en el sentido arriba
señalado, sí es razonable acotar que no se hallaba vinculada aún a nada que
fuese merecedor de ser calificado como metafísica del resentimiento y la
venganza. Anecdóticamente, hay que citar que Bacon tuvo un concepto bastante
desfavorable de la obra del buen padre Copérnico.

Otro motivo común de la práctica científica que Bacon recogió y puede
reconocerse en su Atlantis Nova se
halla vinculado con el anterior: se trata de la necesidad de incorporar la
práctica científica en un modelo democrático del saber. La ciencia del mundo de
los sabios era necesariamente elitista; mientras la ciencia dependiera de las
instituciones universitarias y de los sabios titulados por ellas era más
probable que se prolongara la concepción anterior del conocimiento en
detrimento de la que de facto usaban
los investigadores exitosos de su tiempo: el saber debía ser puesto fuera de la
ambición elitista de estas mismas instituciones, que requerían un conocimiento
exhaustivo del pasado (ese largo plazo de
la humanidad) del que ahora podía prescindirse pues (como se ha visto)
servía al objetivo metafísico de la estabilidad, y no del movimiento. Se puede
hablar, utilizando sin sobrepujar una expresión que en otro contexto utilizó el
historiador político Reinhart Koselleck, de un proyecto de democratización del conocimiento. Bacon, tanto como otros de su
tiempo, deseaba sustraer el conocimiento de la academia para emanciparlo de su
deuda con el pasado, lo cual implicaba por contraste su –literal- expulsión a
la calle. Es especialmente extraño encontrar en la descripción de la Casa de
Salomón de Atlantis Nova a sabios
recogiendo libros y cultivando ciencias que hoy denominaríamos “humanidades”;
también que se elogie allí el uso del latín universitario como medio de
comunicación, pero no hay que dejarse engañar por eso. Es probable que un
lector del siglo XXI tenga mayor claridad de distinción conceptual para interpretar
épocas pasadas, en la justa medida en que no se halla inmerso en ellas. En
cualquier caso, los padres de la Casa de Salomón difundían sus descubrimientos
y los entregaban al uso social, algo que es difícil concebir en los
catedráticos medievales.

A lo anterior el programa de la Instauratio
Magna y el Novum Organum sumaba una idea que sería aceptada pronto como
pertinente: el saber moderno no remataba en la mente del sabio, cuerpo de élite
de una sociedad cuyas funciones podían ser ajenas al saber; su nueva cara
democrática iba de la mano con el movimiento
histórico social y, por lo mismo, con el carácter inacabado del conocimiento. Como
ha notado Martin Heidegger en su famoso ensayo La época de la imagen del mundo (1938), no se podía tolerar más el
mantenimiento social de sabios privilegiados cuya muerte echaba a perder la
empresa del conocimiento y forzaba a comenzarla de nuevo. Debía en su lugar,
como observó también Heidegger, organizarse empresarialmente, es decir, en
función de resultados más permanentes que sus creadores. La ciencia de Atlantis Nova se realiza como una
actividad corporativa, en sociedades de discutidores, como la Casa de Salomón
misma lo era. El saber debía instalarse en la imaginación y el esfuerzo
mancomunado de muchos hombres con ataduras llevadas más por el interés (tanto
social como personal, incluso económico) que por la tradición o las
instituciones que la perpetúan en el tiempo. Hay un valor ético en la ciencia
que se halla en su índice de productividad, por decirlo de alguna manera. René
Descartes, quien sin duda fue lector de las obras de Bacon, y muy en especial
del Novum Organum y la Atlantis Nova, dedicó el capítulo final
–y el más extenso- de su Discours de la
Méthode (1637), el más célebre de sus libros, a subrayar este carácter
corporativo de la empresa científica. Mientras la ciencia antigua que hacía
sabios a los hombres era un logro personal y se iba con el sabio mismo a la
tumba a la hora de la muerte, aquí se trataba de un trabajo de cooperación que
unas generaciones podían (y debían) continuar con la contribución indispensable
de sus sucesores. Es el largo plazo de la
humanidad.
Sin que pueda documentarse la influencia de Bacon mismo en esto, pronto las
grandes monarquías europeas del siglo XVII dedicaron un presupuesto a becar a
los investigadores eficientes y reconocidos, así como a la promoción de
sociedades científicas análogas a la Casa de Salomón para estimular la
interacción entre los científicos y el intercambio de experiencias y trabajos.
Al principio el sistema no debía ser muy eficaz. Un ejemplo de ello es que
Descartes, quizá uno de los pedigüeños más notables en esta atmósfera becaria, murió
sin lograr cobrar la pensión que le correspondía como genuino científico que
era, y que el Rey de Francia le había otorgado luego de años de infructuoso trámite.
Es notorio que la democratización del saber, que en apariencia iba de la
mano con una desarticulación del ideal del sabio promovido por las
instituciones universitarias, generaba un problema filosóficamente muy grave.
Si no era a través de la lectura y la formación como se alcanzaba la educación
elitista y ociosa que los antiguos valoraban, ¿cómo sería posible entonces
conocer? El hombre de la calle, en medio de la multitud, es un free lance que aparentemente tiene todo
el peso del saber sobre sus hombros. Es un tópico conocido que en la Edad Media
tardía, luego de la aparición de las obras de Aristóteles perdidas de la
Antigüedad, en especial el De Anima,
así como los comentarios árabes y judíos sobre esa obra, dieron lugar a grandes
disputas sobre el contacto del hombre con la esencia de las cosas. Sea cual
fuere el derrotero de las discusiones, era claro que si de algo no había
cuestionamiento era del carácter espontáneo del vínculo entre el hombre y la
realidad, que se enriquecía y alcanzaba su lugar como una extensión y
perfección del saber socialmente acumulado. Pero es notorio que los físicos de
los siglos XVI y XVII tenían una concepción altamente distinta de ese carácter
presuntamente espontáneo.
Desde mediados del siglo XVI, y como consecuencia colateral de la Reforma
protestante, circularon libros que pusieron en cuestión la racionalidad humana;
los escolásticos, desde San Alberto y Santo Tomás, impusieron una versión del
discurso cristiano que enfatizaba la autonomía de la razón humana respecto de
la religión y acentuaron así la confianza que podía depositarse en ella; en
esto se hallaron en conflicto contra la tradición europea predominante los mil
años anteriores, que guardaba ante ella bastante desconfianza. Aristóteles y
sus seguidores posteriores, por otra parte, tendían a entender la razón como
una función biológica dentro de un orden natural. Así se halla, fuera de
sutilezas, descrita por el De Anima,
texto que llegó tardíamente al mundo occidental dando lugar, precisamente, a
filosofías como la de Santo Tomás. Pero la Reforma protestante fue, en gran
medida, una revuelta contra lo que los monjes europeos de la Edad Media tardía
tomaron por exceso de racionalismo, un exceso en el que vieron la obra de
Satanás en la Iglesia.
En un contexto satánico aparecieron de pronto –traídos por los griegos que
huían del avance de los turcos otomanos en el Imperio Bizantino- unos extraños
acompañantes del mundo moderno: el escepticismo y el pirronismo antiguos. En
una atmósfera de cuestionamiento y dudas contra el racionalismo aristotélico
tuvo una acogida muy grande la obra de Sextus Empiricus, una suerte de
enciclopedista de la época media del Imperio Romano y dos de cuyas obras, Adversus Mathematicus y, más aún, sus Hypotiposis pirrónicas, que
sobrevivieron a los bárbaros, tuvieron gran éxito en este siglo XVI irritado
contra la razón. La última obra fue reimpresa durante la juventud de Bacon, y
dio lugar a polémicas que se prolongaron durante toda la existencia en la
Tierra de Lord Canciller. Hizo posible un escepticismo fideísta que fue popular
entre los católicos, como en Michel de Montaigne o Francisco Sánchez, cuyas
obras corresponden más o menos con la cronología de Bacon. El escepticismo, que
cobró un aura antisatánica, se encontró pronto como socio insospechado de la
nueva ciencia, al separar la capacidad de saber del entorno naturalista y
biológico que había dado lugar a la concepción que los antiguos y los
medievales había heredado de Aristóteles sobre la ciencia. Como ya puede
imaginar el lector, la psicología aristotélica del De Anima no era compatible con la deseada imaginación de personajes
como Copérnico y Galileo. La razón humana, en tanto capacidad de conocimiento
del mundo, se vio libre muy pronto de sus ataduras naturales: se hicieron
repentinamente cuestionables el lenguaje humano, el entorno social, la
autoridad de los libros o los estados de ánimo personales, antes compañeros
inseparables de toda concepción de la racionalidad y el saber. Bacon tipificó
en el Novum Organum estas críticas de
origen escéptico con lo que la historiografía conoce como “la teoría de los
ídolos”.
De pronto, creer en la autoridad de los libros escritos por sabios, las
pautas normativas del lenguaje que todos hablamos, el sentido común que guía la
conducta sensata en una comunidad humana o las intuiciones del dúctil ingenio
personal, pasaron de presupuestos necesarios para hacer posible el saber a ser los
ídolos de una religión extraña y caduca. Había que reformarla, pues, con una
nueva constitución metafísica, con una gran fundación, algo así como la Instauratio Magna de Bacon.
Si quería hacerse ciencia desde la calle y no desde la universidad, se
requería de una concepción del conocimiento humano que superara y reemplazara
la que los escépticos habían dejado infundada. Éste es el origen de una idea
cara a la modernidad temprana; se trata del concepto de método que, como se ha examinado en estudios recientes de historia
de la ciencia, debe más a la descripción de la práctica de los nuevos
científicos que a la imaginación venturosa de los filósofos. Uno de los motivos
básicos de Bacon es esta idea de método, de la ciencia como un saber metódico.
Aunque el uso social actual del término es muy difundido, y resulta por ello
casi parte del panorama natural del saber en general, se hallaba revestido en
el siglo XVII de unos compromisos metafísicos que ahora se pasa muy
frecuentemente por alto, en gran medida porque son parte de los presupuestos
metafísicos del mundo moderno, que han resultado más exitosos en el largo
plazo. La dimensión metafísica del problema del método (que como ya nota el
lector, es el verdadero dios que reemplaza los ídolos premodernos) fue
destacada por ejemplo, por Descartes. A Descartes le llamaba la atención la
actitud de los investigadores científicos que seguían los resultados en su
labor sin preocuparse demasiado por su verdad; en tono extremadamente crítico,
escribió sobre Galileo (al que sin duda la posteridad debe como científico
bastante más que a él) que trabajaba “sin fundamento”, para expresar que no
había visto la parte metafísica del tema; algo bastante injusto, si uno lee con
paciencia (como seguramente Descartes no hizo) la defensa que hace Galileo de
sus trabajos de ciencia experimental en Dialoghi
supra due sistemi.
Una de las exigencias más recordadas del Novum Organum y que mayor presencia tiene en la Atlantis Nova es la idea del método.
Esto es, de entender el conocimiento no como una relación espontánea entre el
hombre y la realidad, sino como un vínculo artificial; mientras la mente o el
intelecto de los medievales tardíos es una función humana no muy desemejante a
la digestión, frente a la cual la idea de artificiosidad es simplemente un
sinsentido. Bacon la imagina como un procedimiento diseñado de manera
voluntaria y con un fin puesto, en este caso, por el investigador, que desea
algo de antemano; se trata de un detalle en que las obras de Bacon en general insisten
mucho pero que se halla sobradamente visible en la Atlantis Nova, sin que en cambio se use allí el término.
Como otros motivos que se hallan en la atmósfera de la nueva ciencia, no
fue Lord Canciller el inventor de la idea de que el trabajo del saber requiere
de un método no natural, aunque no debe desestimarse en cambio su rol como
difusor de esa propuesta, bastante difícil de aceptar conceptualmente en un
mundo virtualmente sepultado en una tradición tan radicalmente distinta.
Aparentemente la palabra “método” fue utilizada por vez primera en el sentido
aquí anotado por Acontius, en 1551, y no era desconocida mientras Bacon
redactaba sus trabajos de ciencia. “Método” implica la idea de procedimiento,
tomado del aspecto marcadamente operativo de la ciencia nueva, lo que va a su
vez va acompañado de un cierto horizonte normativo que lo hace traducible en un
conjunto de reglas. Las reglas se estipulan, luego, son artificiales; son
resultado de una maniobra, de un truco, una treta ideada para ciertos
resultados que, para la mentalidad premoderna, se consideraría actos de violencia.
Es muy famosa la mención que hace Bacon en el Novum Organum de que la naturaleza que se expresa por reglas ha
sido “torturada” para hablar, esto es, se le hace violencia con reglas que no
le son propias. La versión más famosa de la traducción del método en reglas artificiales
se debe a Descartes, cuya prosa la hizo popular en su Discours de la Méthode, escrito una década después de la muerte de
Lord Canciller y que lleva su impronta. Expresar el método en términos de
reglas y que se conoce reglas artificiales para aplicar a la naturaleza antes
que otra cosa (su “esencia” natural, por ejemplo) es un patrimonio que
históricamente es legítimo subrayar su origen en Bacon. Descartes tuvo la
astucia de entrever la naturaleza metafísico política de esta idea del
conocimiento y asoció hábilmente en el Discours
la idea de “regla” con una norma estipulada por un legislador constitucional o
el fundador de un orden civil. Descartes interpretó que entender la ciencia en
términos de reglas es análogo a entenderla como una constitución escrita, lo
que conlleva, por tanto, una concepción política del saber. En este contexto,
cuando la regla es parte de un proyecto metafísico político (o metapolítico),
de lo que requiere no es ya de un investigador, sino de un fundador. Atlantis Nova
tuvo por tal a uno: Salomona. Tanto el carácter artificial del método como la
violencia metafísica que se ejerce con la naturaleza para extraer de ella
conocimiento hacen que uno se pregunte si no hay algo del cafetismo de Rorty y
el nihilismo involucrado en todo esto.
La difusión del saber y su posesión social, el carácter empresarial de la
obra del saber, la democratización de la ciencia, el carácter artificial de la
razón y el rechazo de toda espontaneidad con el entorno social o natural como
criterio de verdad darían lugar un siglo después de la muerte de Lord Canciller
a la ideología de la Ilustración, esto es, a la idea de que el saber de los
sabios debía ser realojado en la publicidad, la circulación masiva de la
información y la habilitación de la opinión de todos. Bacon pensó que la
propuesta que él se había hecho en el Novum
Organum de lo que es un método (como repetiría después Descartes) podría
hacer a cualquier persona (no sabia) participar de la obra de la ciencia; se
trata de una de las más desafortunadas y falsas ocurrencias de Lord Canciller,
aunque no se lo puede responsabilizar de sus consecuencias sociales. Esta idea de
que todos pueden participar de la ciencia fue hecha realidad socialmente
hablando tiempo después, como ha señalado Reinhart Koselleck, gracias al
abaratamiento de la imprenta, que hizo posible que la república de las letras
acogiese al primero capaz de pagarse un pasquín o una hoja suelta, o la cogiera
distraídamente en una fonda o un café de ironistas del siglo XVIII. Koselleck,
con cierto espíritu apocalíptico, ha visto en esto la patogénesis del mundo burgués, esto es, un mundo donde
aparentemente todos somos sabios aunque, como es obvio, hay razones para creer
que la idea misma es absurda. En cualquier caso, la publicidad ilustrada, por
extraño que resulte, no fue aparejada de una actitud ironista y simpática, como
Bacon debió haber imaginado, sino de una metafísica, nihilista y vengativa, a
cuya disposición quedó luego el orden social, regido ahora por el público, esto es, por todos los
sabios no universitarios ni titulados. Una filosofía de la ciencia, que es
también una filosofía política, pasa de la ironía simpática a la estridencia
furiosa de la metafísica, una metafísica reformada que ahora pretende ser
además la razón que se instala en el mundo.

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martes, 11 de agosto de 2015
Francis Bacon y la política del milagro Prioridad de la profecía sobre la ironía / II- A Salomona: metapolítico de la ciencia
Francis Bacon y la política del milagro
Prioridad de la profecía sobre la ironía
II- A Salomona: metapolítico de la ciencia
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía

Para los pensadores premodernos en general, y no sólo para los antiguos, conocer
completaba, llenaba y culminaba el conjunto de los presupuestos que de hecho le
dan sentido a la existencia de una comunidad política. Era como la cultura superior,
las excelencias de los ritos religiosos, la poesía, las artes visuales,
musicales y escénicas, sólo que se diferenciaba de todo eso por su naturaleza
de logro personal; la ciencia era una virtud propia de un personaje social, el
sabio, cuya función era alcanzar un objetivo de la existencia humana que se
hallaba socialmente reservada para él. El conocimiento era el despliegue y la
plenitud de una persona, cuyo vínculo con la sociedad se hallaba en que ésta
debía crear las condiciones materiales que hicieran posible la subsistencia del
sabio que, para dedicarse a la ciencia, debía ser ociosa productivamente
hablando. En este contexto, una comunidad política sin conocimiento (esto es,
sin sabios) debía considerarse una sociedad incompleta, del mismo modo en que
un minusválido no es plenamente una persona; es una persona, pero no plena en
sus facultades. La ausencia de conocimiento (esto es, de los sabios) en una
sociedad que en otros rubros podría ser exitosa sería como una mala babosería reinando
sobre un hombre fuerte, joven y bello. Era mejor la sensatez y la orientación del
sabio marginal en una sociedad que fuera imperfecta en otros factores, como ser
menos extensa territorialmente o tener menos riqueza acumulada, y no había
razón teórica ni lógica para suponer que una sociedad pudiera ser muy exitosa en
otros aspectos sin la presencia de sabios, o hallarse ante la presencia de
ellos en una sociedad en otros aspectos disminuida o modesta. Bacon vio
claramente, no que el conocimiento de su época hubiera aumentado o mejorado
respecto del pasado, sino que era de una naturaleza enteramente diversa de lo
que se ha descrito. Bacon creyó que la nueva ciencia encerraba un elemento
móvil que no sólo cambiaba, sino que invertía la función social que los antiguos
le habían asignado a la ciencia y a sus cultivadores.
Bacon quería explicar en Atlantis
Nova que la analogía que se acaba de hacer para explicar la función que los
antiguos asignaban al conocimiento no ilustraba lo que los científicos contemporáneos
a él intentaban lograr, y que en cierta medida ya estaban logrando. Pero se
adelantó hasta el diseño del teléfono, los submarinos, los aviones y los
motores para producir energía; interpretó todo eso políticamente; pensó que se
trataba de las consecuencias de un cierto orden social que podía ser instituido.
Aunque pensaba en las posibilidades sociales y políticas de una realidad
histórica que ya existía, es notorio que otros utopistas de su tiempo no fueron
capaces de proyectarse al futuro de la misma manera sorprendente. Se trata de
un curioso saber intuitivo, puesto que referido en el futuro a realidades (como
los aviones, etc.), tomado con seguridad de la atmósfera de éxito sin
precedentes que los modernos iban difundiendo insensiblemente con sus logros sobre
el prestigio de los antiguos, aunque sea inexplicable no tanto que Bacon haya
imaginado ciertos logros tecnológicos fruto de la nueva ciencia, sino que sea
él quien lo haya hecho y no ningún otro utopista con una visión metafísico
política del futuro.

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domingo, 26 de julio de 2015
Francis Bacon: Ironistas y metafísicos amargados
Francis Bacon y la política del milagro
Prioridad de la profecía sobre la ironía (I/ IV)
Víctor Samuel Rivera
Miembro de la Sociedad Peruana de Filosofía
I. Ironistas y metafísicos amargados


En el café de los ironistas hay gente a la moda, preferentemente ociosa, tecnológicamente equipada y al día en lo que considera ser la comunicación universal; piensan con una sonrisa que gestan el espacio público, un lugar hermenéutico donde lo que se halla instalado es la hilaridad; ésta es mordaz y deliciosamente cruel contra las prácticas más ancestrales y venerables de la humanidad, y no hay cultura ni cosa sagrada que no sucumba en la mesa a su humor implacable. Felicita y se congratula de las transformaciones y los cambios sociales, que busca en su risa promover, por lo que se define de izquierda; pero no hablamos de las grandes transformaciones sociales, como las revoluciones, las guerras y proyectos de gran escala de fuera de su cultura, ni de los proyectos de largo plazo, en cuya perspectiva pueda pensarse desde más allá de su propia muerte, sea para la generación que sigue o para la eternidad. Las grandes aventuras de transformación de la humanidad en un periodo largo de la historia del mundo, que llenaron de ilusión antes a los utopistas, les son extrañas, y las realidades sociales que las invocan los perturban y molestan. Si es el caso que para la utopía se requiere de un plazo mayor a la memoria necesaria para un chiste, el ironista abomina de la utopía. Se sienten extraños en su café cuando se representan los pensamientos a largo plazo que han sido tan importantes para el mundo moderno, como las ideas de Francis Bacon, pero también Jean-Jacques Rousseau, Inmanuel Kant, el conde de Saint Simon, Juan Donoso Cortés o Carlos Marx, a las que inexorablemente se juzga ser consecuencia de algún tipo de desorden mental, del fanatismo, la superstición, la ignorancia o –lo que es lo mismo- la falta de información tomada de las redes sociales americanas, que son las correctas, y una cierta dosis de imbecilidad radical, que dentro del café en cambio parece cosa rara, y se ahoga si surge en un sorbo de serio café de Colombia. Los liberales ironistas, como sea, regalan algo de seriedad para los cambios o transformaciones históricos, ya que son de izquierda, siempre que el plazo de su percepción sea breve y efímero como lo fue el sorbo anterior de café, y se halle lejos de toda consideración de lo que podemos llamar el largo plazo de la humanidad; de cinco años atrás la experiencia humana no importa nada; de cinco años en adelante, tampoco. Esas realidades de largo plazo no resultan nada graciosas y carecen de eco en la cafetería de los ironistas.

Aparentemente el lector se halla ante una colisión de diagnósticos sobre
cómo son o deberían ser las sociedades liberales de izquierda; si se encuentran
o deberían estar pobladas por igualitarios resentidos o por ironistas
simpáticos. Pero Nietzsche habría entrevisto que la cafetería de los ironistas
era en realidad un club de metafísicos llenos de odio. En la última entrevista
que en vida hizo Richard Rorty para Eduardo Mendieta Rorty expresa de manera
especialmente enfática por qué el tipo de sociedad que su discurso quiso
representar tenía la obligación moral de actuar como policía mundial contra los
malos, esto es, contra los que podían tener un sentido serio de la existencia
como antes los comunistas. El nihilismo transformado en un lenguaje social
puede ser metafísico, en la más lamentable manera de expresar esa idea aunque,
por supuesto, no todo pensamiento metafísico es nihilista.

¿Por qué hacer referencia tan larga aquí a la ironía y la metafísica?
Porque este texto, aunque aún no aparente ser tal, es la introducción a un
pensador ironista, sólo que posiblemente no liberal ni de izquierda, como José
de la Riva-Agüero no lo fue. Un pensador que, siendo capaz de practicar la
genuina burla de sí mismo para crear la atmósfera de un aligeramiento de las
pretensiones de verdad instaladas en el mundo social fue capaz, a diferencia de
los ironistas rortyanos, de pensar ese mismo mundo en un plazo largo, el largo plazo de la humanidad. Instaló la
ironía como atmósfera, como espacio hermenéutico para proponer una utopía, de
tal modo que el acercamiento irónico se ligó a un pensamiento del futuro y, por
lo mismo, a un diagnóstico histórico que implica un cierto pensar que a la
misma vez, por extenderse al futuro, no puede sino ser serio. Pero serio sin los
caracteres desagradables que los antimetafísicos reprochan a la metafísca y
esto fue posible, al menos en el orden de las ideas, por el traslapamiento del
ironismo con un compañero insólito, que es el espíritu de profecía. Ese
ironista que asoció aligeramiento metafísico del pensamiento con espíritu
profético fue Francis Bacon, uno de los fundadores de la modernidad como utopía.
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Richard Rorty
lunes, 6 de julio de 2015
Esperando a los bárbaros (reseña)
Víctor Samuel Rivera
Universidad Nacional Federico Villarreal
(Lima, Perú)

La hermenéutica de Vattimo ha evolucionado desde
un nihilismo radical, de disolución universal del sentido humano en la estética
y la autorrealización narcisista, a ser la voz de los invisibles que padecen
ese mismo proceso como una violencia: de la conformidad estética en un mundo de
interpretaciones divergentes (y “débiles”) a la expectativa por lo nuevo en la
historia, la “ontología del evento”[5].
Esperando a los bárbaros es parte de
una trilogía impresa en Buenos Aires como proyecto editorial de la Federación
de Docentes Universitarios (Fedun). Esperando
a los bárbaros es la segunda y más novedosa entrega de esa trilogía, de la
que forman parte De la realidad a la
verdad[6]
y Dios es comunista[7]. Se trata de un conjunto de
conferencias y entrevistas ofrecidas en diversas visitas a la República
Argentina que relacionan a Vattimo con el mundo público culto “peronista” de
ese país (pág. 11), aunque también con los lenguajes sociales allí donde
alcanza la influencia de su obra, una influencia cuya geografía en este caso es
decisiva.
Vattimo, fuera de su Italia natal, ha logrado
su mayor acogida como filósofo, la mayor difusión editorial, lectoría,
participación en revistas, eventos académicos y colaboración de prensa, en el
mundo hispanoamericano. Esta influencia se halla más acentuada en España, donde
es colaborador del diario liberal-izquierdista El País y se encuentra la mayoría de sus publicaciones en lengua
hispana; también su influencia es muy pronunciada en la Argentina y el Perú.
Este vínculo hispanoamericano se ha visto reforzado por un compromiso explícito
con aquellos procesos políticos de la región que han sido contestatarios en los
últimos años del régimen económico, político y militar global del pensamiento
único (pág. 63)[8]. Como
se sabe, “pensamiento único” es una expresión creada por el publicista Ignacio
Ramonet en 1995 para referirse al contexto histórico global posterior a la
caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría; designa el predominio
consecuente del liberalismo político y económico (esto es, el capitalismo)
luego de la autodisolución del comunismo. Esta hegemonía liberal ha sido denunciada
por el turinés siguiendo una interpretación de Heidegger que permite reconocer en
este fenómeno un horizonte de violencia metafísica[9]:
contra los pueblos subordinados, contra “los invisibles y los silenciados”
(pág. 71). El filósofo de Turín parece situar la hermenéutica como un
compromiso ético y político con el evento,
que acontece en la disidencia y la subversión social e histórica contra la
imposición metafísica del liberalismo, especialmente en su faceta
latinoamericana.
La plasmación hispano-latinoamericana del compromiso
de Vattimo puede documentarse en Comunismo
hermenéutico (2011)[10],
obra conjunta con Santiago Zabala, orientada explícitamente para dar sustento
filosófico a los procesos políticos disidentes del pensamiento único en la América
Española; esa obra tiene como antecedente a Ecce
comu, libro impreso en honor a Fidel Castro (2006)[11].
Argentina es uno de los lugares de mayor acogida de esta filosofía comprometida.
No resulta nada casual la reimpresión con variantes de Ecce comu en Buenos Aires en 2009[12];
esta publicación inspiró parcialmente las Jornadas Internacionales de
Hermenéutica, organizadas desde ese año hasta el presente de manera bienal por
la Universidad de Buenos Aires. El compromiso entre la hermenéutica filosófica y
los procesos políticos disidentes en América Latina, así como su recepción
calurosa “peronista” en la Argentina explican la publicación en Buenos Aires de
la trilogía que Esperando a los bárbaros
integra; el Fedun no es una editorial académica, sino parte del aparato de
difusión de un organismo sindical. Pero detrás de la influencia social y el
interés político que las obras de Vattimo despiertan subyace un tema central de
significado filosófico. Se trata de “el caso Heidegger”, una polémica sobre el
compromiso político del maestro de Alemania que ha revestido inusual actualidad
en la academia luego de la aparición parcial de los Cuadernos negros del autor alemán en 2014[13],
texto cuya impresión esperaba inquieta la comunidad académica desde meses atrás;
estos Cuadernos negros ofrecerían
nuevas “pruebas” de lo obvio: del pensar comprometido de un autor en su
contexto social. Las implicaciones de “el caso Heidegger” son relevantes porque
se halla detrás de ellas la concepción de la racionalidad que la hermenéutica sostiene[14]
y que Vattimo, desde el giro de Del
diálogo al conflicto, opone al pensamiento único y la metafísica liberal.
¿Exige esto una ponderación del grado de “conflicto” que la ontología del
evento acarrea? ¿Cuánto riesgo corren los intérpretes sociales de la
hermenéutica?
Mientras los sindicatos de Buenos Aires difunden
la obra del turinés, es sintomático que la comunidad filosófica haya guardado
un prudente silencio sobre textos recientes de contenido político de Vattimo,
en particular con Ecce comu pero, aún
más, con Comunismo hermenéutico. Este
silencio se relaciona con la versión aplicativa, “peronista” o “bolivariana”,
con el interés y uso políticos que revisten ambas obras. En la hermenéutica en
general, pero con claridad indiscutible desde Hans-Georg Gadamer, la comprensión no va desligada de la aplicación[15],
esto es, de la capacidad de transferir los conceptos del filósofo a la
interpretación y el compromiso con situaciones humanas concretas. Este
programa, que Gadamer mismo se abstuvo de llevar a la práctica, se hace
perceptible en analogía de los textos recientes de Vattimo con la conducta
política y los escritos sociales de Martin Heidegger durante la fase
nacional-socialista de la historia de Alemania[16]
que, antes de la aparición de los Cuadernos
negros en 2014, pusiera sobre el tapete Víctor Farías en la década de 1980[17].
A este respecto, aunque nadie en la comunidad filosófica lo haya hecho
explícito aún y, más bien, se ha desdeñado[18],
el lector podría sospechar que la dimensión aplicativa de la hermenéutica de
Vattimo acarrea riesgos y peligros que, a la luz de la historia, el caso
Heidegger muestra indeseables. ¿No podría Vattimo y su compromiso
latinoamericano ir camino de cargar la filosofía con un nuevo “error” (algo así
como “el error de Vattimo”)? Éste es el tema central de Esperando a los bárbaros: la defensa de la hermenéutica como un
pensar desde el riesgo.

Es conveniente aquí seguir el orden expositivo
de las conferencias. “La muerte del arte de las obras de arte” es un extenso
comentario a una frase de Nietzsche (cfr. págs. 21-22) que se halla orientado a
señalar una propuesta sobre la experiencia artística en el tiempo presente, “en
términos políticos o proféticos” (pág. 43); el arte aparece definido como una
actividad que, por sus peculiares circunstancias históricas, tendría la misión política
de “proponer un mundo”, lo cual es sólo posible para el artista si se halla “en
contacto” con su entorno histórico (pág. 42). Es fácil reconocer allí la interpretación
social y política que hace Vattimo del ensayo de Heidegger El origen de la obra de arte (1934)[23],
y no extraña por ello que sea en función de Heidegger, en mayor medida que de
Nietzsche, que se articula el sentido de la conferencia. Para Heidegger la
experiencia de la obra de arte es un evento
de “verdad”, un acaecer ontológico semejante a la “fundación de un Estado”[24].
Se trata de ordenar aquí un discurso sobre “qué es una experiencia estética”
(pág. 22); en la estela de Heidegger, subraya el carácter fundante de una obra
de arte como generadora de instituciones sociales nuevas, esto es, como hito
social de un acontecer histórico transformador.
En el esfuerzo de “comprender la experiencia
estética” (pág. 23) como Heidegger la expresa, el lector reconoce un desarrollo
centrado en tres secciones. Se identifica una primera, que es un extenso
comentario a la interpretación histórica de la estética según Hegel (págs.
22-28). La comprensión de “arte” de la obra de arte, así como su fin, pasaría
básicamente por la herencia de la interpretación de lo artístico por Hegel, aunque
su definición correspondería a lo que Luigi Pareyson –profesor de Vattimo-entiende
como la concepción tradicional de la obra de arte (pág. 24): un acto de
imposición de una realidad autónoma, algo que “se impone” (pág. 24) en “una
época” (pág. 27). La segunda sección justificaría la posición de Heidegger a
partir de condiciones sociales específicas de inicios del siglo XX: una
acelerada industrialización y la objetualización mercantil de la obra de arte;
éstas habrían sido enfrentadas por las vanguardias artísticas que precedieron a
la conferencia de Heidegger de 1934 y en parte son su trasfondo de sentido
(págs. 28-38). La tercera y última sección constituye la propuesta de Vattimo propiamente
dicha (págs. 39-43). El lector observa que la definición del arte que pasaría
por clásica a través de Pareyson adquiriría un relieve nuevo en el
contexto social de las vanguardias
artísticas, frente al cual Heidegger habría politizado la imposición del
carácter singular y fundante de la obra de arte. Se trataría de la forma
filosófica de un “rechazo ético y político” (pág. 35) del significado social de
la obra de arte clásica en la época moderna (cfr. págs. 28-30).
El lector comprende pronto el trasfondo de
sentido de la conferencia sobre arte. Tras la propuesta final de
Heidegger-Vattimo sobre el carácter social fundante del arte se halla el hecho
de que Heidegger diseñó la versión final de El
origen de la obra de arte entre 1934 y 1935; tenía entonces a la vista el fastuoso
y multitudinario Congreso del Partido Nacional Socialista de Adolf Hitler en
Nuremberg, pero aún más la inmortalización de ese mismo congreso por Leni
Riefenstah
l en el film El Triunfo de la
voluntad (que sin duda es una obra de arte), en suma, la dimensión
monumental y artística de ese régimen nazi del que Heidegger era parte suscriptora
(cfr. pág. 21). Cuando Vattimo es explícito con la deuda de Heidegger a veces disimula
estas referencias nazis fechando el texto en 1936, cuando el vínculo de
Heidegger con el Partido Nacional Socialista se había aligerado bastante, al
menos respecto de la situación en 1934, que es la que explica el contenido
político de la conferencia sobre la obra de arte[25].
Aunque nadie podría reprochar una adhesión similar en Vattimo, lo cual así
pensado sería una mera vulgaridad periodística y una frivolidad estúpida, es
manifiesto que hay una analogía histórica entre uno y otro filósofo, como
Vattimo mismo admite[26];
se trata de una pertenencia mutua al horizonte de una concepción antimoderna y antiilustrada
de la racionalidad humana que (para seguir la estrategia de argumentación de la
conferencia) descansa en un contexto semejante[27].
“El error de Heidegger estuvo fundado en (un) sentimiento apocalíptico” (pág.
61) –escribe el de Turín-; por ello “es central que nos preguntemos si tenemos
razones para ser apocalípticos hoy” (pág. 62), esto es, si vale la pena
arriesgarse a error semejante. Y ya sabemos que hay un “cierto tono
apocalíptico reciente” que la obra reciente de Vattimo desea rehabilitar, con
todo y sus temibles “consecuencias”. Malgré
tout, urge separar Apocalipsis de
nazismo. Estamos en la conferencia siguiente.
La segunda conferencia no en vano se inicia
con una frase que Vattimo toma de Heidegger: “Un gran pensador siempre dice una
sola cosa” (pág. 47). Rápidamente el lector reconoce en la segunda conferencia
el complemento de la anterior: “cuando hablamos de los filósofos” hay veces en
que se debe dar cuenta de sus “vidas” (de sus vidas nacional socialistas) aunque
sea “controvertido y problemático” (pág. 48), relativo a algo “respecto de lo
que hablé hace seis meses” (pág. 49). Se trata –como ya sabemos- de un tema irresuelto
de la conferencia anterior, que acarrea desde su giro político en Del diálogo al conflicto y que es una
constante desde entonces[28].
Esta conferencia sitúa la anterior interpretación del arte como imposición
social de algo nuevo “desde nuestra condición apocalíptica”; el manido tópico
heideggeriano de la obra de arte como evento fundante, análogo a la “fundación
de un Estado”. Es desde y porque hay una situación apocalíptica que Vattimo se
ocupa de sustentar “la espera frente a la parusía” “sin intentar reducirla a
algo que ya pasó”; a “una persona como el Führer”
(págs. 72-73), por ejemplo, que es lo que haría un periodista muy documentado
pero distraído que buscara en Heidegger (¿o Vattimo?) a un hombre equivocado antes
que a un filósofo, como hizo antes Farías. Se trata de comprender e incluso de recuperar positivamente el error de
Heidegger, eliminando “lo que ya pasó” (esto es, el nacional socialismo) pero
“manteniendo una actitud crítica y conservando la esperanza” (pág. 73).
La conferencia “Esperando a los bárbaros” se
inicia con una introducción retórica al tema de la conferencia a través de la
explicación de su (doble) título, de un lado, un poema del griego Constantino
Kavafis, de otra, una frase de Heidegger interrogado sobre su rol en la
Alemania de Hitler. “Sólo un dios puede salvarnos” es una frase en una
entrevista que concedió Heidegger en 1953 para la revista Der Spiegel[29];
como ya se ha anticipado, esta frase se relaciona con su compromiso
nacional-socialista. El peso definitivo para el nuevo tono apocalíptico de
Vattimo se halla en vincular de manera expresa una concepción de la experiencia
histórica que acompaña, no sólo a Heidegger, sino al filósofo turinés mismo; se
trata de entender la hermenéutica y la ontología del evento desde una urgencia
y como un anunciar: como comprensión que no se agota en el presente, sino que
adivina y tantea, peronista o bolivariana, en cualquier caso desde fuera de
algo que, presente para el hombre, claramente no es de su disposición. En medio
de un futuro que es y se quiere misterio, ya que experiencia tremenda y
fascinante de una violencia insoportable, “con Heidegger y más allá de él”,
preparándose “para una nueva venida del Ser”[30].
Una manera de explicar esto en relación con la historia es pensar desde el
final, hacia la revelación de un advenir indisponible. El advenir de los bárbaros,
que no pueden ser conocidos (cfr. pág. 50), sino adivinados en la esperanza, la esperanza de “la salud que viene de
otro” (pág. 51).
Allí donde “el apocalipsis es el pensamiento
único” (pág. 63) “si Heidegger estuviera aquí diría lo mismo”, aunque “quizá
con una camiseta nazi” (pág. 67). Pero no es Heidegger quien se halla aquí,
sino Vattimo y, en última instancia, con él y a través de él mismo como
profeta, una experiencia histórica; instalada desde la violencia metafísica del
pensamiento único; es esta experiencia lo que, a nuestro entender, conllevaría el pronóstico de una “parusía”
(pág. 73). El hermeneuta adopta pues, una “actitud profética y política” (pág.
41); entiende que un pronóstico es anuncio de algo histórico que él mismo no sabe (cfr. pág. 48); diagnostica,
pues, con “temor” (pág. 50) y adivina
algo; espera en su advenimiento entre
los invisibles y los débiles, allí donde los cuadernos de un filósofo, negros,
verdes o rojos, parecen anunciar la esperanza.
Caetera
desiderantur…

Tomado de Araucaria digital/ Sección reseñas
[1] G. Vattimo y P. A. Rovatti (eds.), El
pensamiento débil
[1983], Madrid,
Cátedra, 1995, 363 págs.
[2] G. Vattimo, El fin de la
modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna [1985], Barcelona,
Gedisa, 2000, 169 págs.
[4] G. Vattimo, “Del diálogo al conflicto. Lección magistral de despedida
de la enseñanza”, en T. Oñate et alii,
El compromiso del espíritu actual. Con
Gianni Vattimo en Turín, Cuenca, Aldebarán, 2010, págs. 23-34.
[6] G. Vattimo, De la realidad a la
verdad. Conferencia con motivo de la distinción del Doctorado Honoris Causa
de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Fedun, 2014.
[7] G. Vattimo, Dios es comunista.
Conversaciones con Marcelo González Magnasco y Adriana Farías, Buenos Aires,
Fedun, 2014, 89 págs.
[8] Cfr. G. Vattimo, Dios es
comunista, págs. 55 y ss.
[9] Cfr. G. Vattimo, “Del diálogo al conflicto”, págs. 27-29: cfr.
particularmente G. Vattimo, “Metafísica y violencia”, en S. Zabala (ed.), Debilitando la filosofía. Ensayos en honor a
Gianni Vattimo, Barcelona, Anthropos, 2009, págs. 451-475; comparar el
anterior con G. Vattimo, “Fundamentalismo democratico e dialettica del
pensiero”, en VV. AA., Democracia
profunda, reinvenciones nacionales y subjetividades emergentes, Río de
Janeiro, Editora Universitaria Candido Mendes, 2007, págs. 403-410.
[10] G. Vattimo y S. Zabala, Hermeneutic
Communism. From Heidegger to Marx, New York, Columbia University
Press, 2011, 256 págs.
[12] G. Vattimo, Ecce comu. Cómo se
llega a ser lo que se era, Buenos Aires, Paidós, 2009, 131 págs.
[13] M. Heidegger, Überlegungen II-VI (Schwarze
Hefte 1931-1938), Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 2014 (GA 94); M.
Heidegger, Überlegungen VII-XI (Schwarze Hefte 1938/39),
Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann, 2014 (GA 95); M. Heidegger, Überlegungen
XII-XV (Schwarze Hefte 1939-1941), Frankfurt am Main, Vittorio Klostermann,
2014 (GA 96).
[14] Cfr. G. Vattimo, “La reconstrucción de la
racionalidad”, en G. Vattimo (comp.), Hermenéutica
y racionalidad, Santa Fe de Bogotá, Norma, 1994, págs. 141-161.
[15] Cfr. H-G. Gadamer, Verdad y Método. Fundamentos de una
hermenéutica filosófica, Salamanca, Sígueme, 1993, págs. 378 y ss.; J.
Grondin, Introducción a la hermenéutica
filosófica, págs. 168-169.
[16] Cfr. G. Vattimo, Della realtà, págs.
172 y ss.
[18] Cfr. D. M. Leiro, “Hacia una hermenéutica de
la escucha”, en T. Oñate et alii, El compromiso del espíritu actual. Con
Gianni Vattimo en Turín, Cuenca, Aldebarán, 2010, pág. 60.
[19] Hace referencia a una (entonces) célebre conferencia de Jacques Derrida
en Cerisy-La-Salle (1982). Cfr. J. Derrida, Sobre
un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía, México, Siglo
XXI, 2006, 79 págs.
[20] Cfr. G. Vattimo, Más allá del sujeto. Heidegger y la hermenéutica, Barcelona,
Paidós, 1989, págs. 15-16; G. Vattimo, Ética de la interpretación, págs. 16 y
ss., 64-65.
[23] M. Heidegger, “El origen
de la obra de arte”, en Sendas perdidas,
Buenos Aires, Losada, 1960, págs. 13-67.
[24] Cfr. M. Heidegger, “El
origen de la obra de arte”, pág. 51; G. Vattimo y S. Zavala, Hermeneutic Communism, pág. 42; G.
Vattimo, “Del diálogo al conflicto”, pág. 31.
[25] G. Vattimo, “Del diálogo al conflicto”,
pág. 29; G. Vattimo, Della realtà, págs.
125-126.
[26] Cfr. G. Vattimo, “Del diálogo al conflicto”, págs. 32-33.
[27] Como explícitamente
resalta el propio Vattimo en una entrevista de 2013; cfr. G. Vattimo, Dios es comunista, págs. 67-68; G. Vattimo, “Del diálogo al
conflicto”, págs. 28-29.
[28] Cfr. G. Vattimo, “Del diálogo al conflicto”, págs. 28-33; G. Vattimo, Della realtà, págs. 12 y ss.
[29] M. Heidegger, “Entrevista del Spiegel”
[1976], M. Heidegger, La autoafirmación en la
Universidad alemana. El Rectorado, 1933-1934. Entrevista del Spiegel, Madrid, Tecnos, 1989, pág. 71.
[30] G. Vattimo, “Metafísica y violencia”, en S. Zabala (ed.),
Debilitando la filosofía. Ensayos en honor a Gianni Vattimo [2007],
Barcelona, Anthropos, 2009, pág. 472.
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